Capítulo 30
Cedric
N o estoy muerto, pero cualquiera en mi lugar desearía estarlo.
Encerrado en una celda mugrienta, ardiendo de fiebre por mis heridas mal curadas que hubieran matado a cualquiera, pero a mí parece ser que no me quieren ni en el mismísimo infierno.
En cuanto me tiraron aquí, me di cuenta de que no estaba solo.
Una muchacha escocesa también corrió a mi lado al ver mi estado.
Intentó curarme lo mejor que pudo teniendo en cuenta que no disponíamos de nada.
No fue hasta la noche cuando pensaba que iba a morir por la pérdida de sangre que la puerta volvió a abrirse para dar paso a una encapuchada.
***
—Sabía que vendrías —dice mi compañera de encierro—. No he podido hacer nada por él. Solo intentar que dejará de sangrar…
—Es un milagro que no haya muerto ya —escucho que murmura—. La fiebre ya ha comenzado. Voy a curar y coser, ponle algo en la boca para que no grite, si no, alertará a los hombres de mi hermano.
Ni siquiera tengo fuerzas para replicar, para decirle que no pienso emitir sonido alguno.
Sin embargo, cuando comienza a curarme, me alegro de no haberlo hecho, muerdo el palo que tengo entre los dientes con fuerza para ahogar los gemidos de dolor.
Mi cuerpo tiembla, me siento sin fuerzas, lo único que quiero es morirme y dejar de sufrir.
Ya ni siquiera el pensamiento de no volver a ver a Gillian y no conocer a mi hijo.
—He hecho todo lo que he podido —se lamenta—. Ayúdame a que beba algo para bajarle la fiebre. Si no le mata la infección, lo harán el frío o mi hermano.
Me atraganto con el brebaje que me dan, pero, aun así, insisten en que debo tomarlo todo. Cuando me vuelven a tumbar, solo quiero dormir.
—Volverán a por él. —Mi compañera de encierro no duda—. Su familia no va a dejarlo aquí.
—Puede que solo se lleven un cadáver y más muertes a sus espaldas —lamenta mi salvadora—. Einar no va a darse por vencido. Los odia demasiado, los culpa por la muerte de su esposa y…
—Tu hermano es el mismísimo demonio —interrumpe—. Yo no soy un guerrero, no supongo una amenaza y me tienen encerrada como un perro por el simple hecho de ser escocesa.
—¿Crees que no lo sé? —replica—. Desde que nuestro maldito rey cedió nuestras islas, Einar ha cambiado. Pensé que llegaría a aceptarlo, pero cuando Aileen murió… —guarda silencio, abriría los ojos si pudiera.
—Según me contaste, murió en el parto, ¿qué culpa tenemos los escoceses? —cuestiona la muchacha.
—Ellos mataron a mucha gente de la aldea, entre ellos, a la partera —responde dando la explicación requerida—. Puede que no sea lógico, pero en su mente lo es.
—¿Quieres decir que va a matar a todos mis compatriotas por el hecho de que uno asesinó a la única mujer que podía salvar a su esposa? —sigue interrogando.
—Es el sentimiento de culpa —continúa diciendo, entreabro mis ojos—. Él no estuvo a su lado, tenía que protegernos y luchaba contra los invasores mientras su mujer se desangraba.
***
Esa noche ninguno de los tres creímos que saldría con vida. Moira, que así se llama la escocesa encarcelada conmigo, me ha cuidado lo mejor posible desde entonces. No estoy seguro de cuánto tiempo ha pasado porque duermo y despierto desorientado.
—Ya no tienes fiebre —dice impresionada—. Es un milagro.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —Mi garganta quema, mi voz demasiado ronca.
—Tres días —responde, calculo que mi familia debe estar llegando a Dunmara. Mi corazón duele al pensar en cómo se tomará la noticia de mi muerte Gillian—. Pensábamos que no lo lograrías…
—¿Tú y quién más? —cuestiono de nuevo mirándola. Su rostro cubierto de mugre, cabello oscuro, pero con un color de ojos muy extraño, no son marrones, no son verdes, pero trasmiten paz.
—Freydis —replica—. Es la hermana menor de Einar.
—Que supongo que es el bastardo que lidera la rebelión. —Asiente e intento incorporarme, pero gimo al no conseguirlo, ella me detiene para que permanezca tumbado en el frío suelo—. ¿Y está de acuerdo en que su hermana salve a sus enemigos?
—Ella lo hace igualmente —se encoge de hombros—. Fue la que impidió que me violaran, la que ha curado mis heridas y la que me trae algo de comida.
—Una santa —me burlo—. No deja de ser hermana de quien es.
—No son iguales —continúa defendiendo—. Freydis desea la paz. E intenta buscar una solución que aplaque la ira de Einar.
—Dudo que halle alguna que dé consuelo a su alma —musito recordando los años en los que he vivido cegado por el odio, culpando a las personas incorrectas de todos mis males—. Tenemos que salir de aquí.
—Lo he intentado —replica frustrada—. Pero no hay salida posible. Mucho menos para ti que ni siquiera puedes tenerte en pie.
—Tal vez esa muchacha que es un dechado de virtudes nos ayude —sugiero irónico—. ¿No lo habías pensado?
—Se arriesga demasiado —frunce el ceño, pensativa—. No creo que tenga el valor para desafiar a su hermano tan abiertamente.
—Pues moriremos aquí —sentencio—. Ahora no estoy en disposición de luchar, dudo que pueda sostener mi espada, si la tuviera.
—Lo sé —asiente—. Perdí las esperanzas hace semanas, highlander.
—Me llamo Cedric MacGregor —me presento como es debido.
—Moria Lennox —replica con una sonrisa llena de tristeza.
—¿Qué haces tan lejos de tu hogar, muchacha? —pregunto interesado.
—Buscar a mi padre —alzo una de mis cejas—. Investigaba las piedras de Brodgar y no volvió a casa.
—Es una soberana estupidez entrar en tierra enemiga por unas malditas piedras —mascullo.
—Se lo dije, pero no me hizo caso —escupe—. No podía dejarlo abandonado. —Sus ojos se empañan—. Pero lejos de salvarlo, lo único que he conseguido es terminar encerrada y con una sentencia de muerte pendiendo sobre mi cabeza.
—Puede que él también esté muerto. —Veo el dolor reflejado en sus ojos, muerdo mi lengua, agacha la cabeza y no vuelve a hablar.
Por mi parte, podría golpearme por ser un bastardo sin sentimientos.
Moira no necesitaba escuchar eso por mi parte, seguramente la esperanza de volver a ver a su padre es lo que la ha mantenido cuerda hasta ahora.
No muchas mujeres tendrían la fortaleza de sobrevivir a condiciones inhumanas como estas.
Me pregunto por qué todavía me mantienen con vida, ese malnacido podría haberme matado en batalla y, sin embargo, me mantiene encerrado como a un perro. ¿Es una especie de venganza? ¿Pretende conseguir algo teniéndome en su poder?
—¿Todo ha estado en calma mientras estaba inconsciente? —pregunto, llamando su atención, me mira pensativa, tarda en responder.
—Lo cierto es que sí —susurra—. Es raro porque siempre están al acecho, pendientes de que ningún escocés pise su isla, como ellos la llaman.
—Entonces algo está pasando —sentencio.