El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Gillian

A nuncian la llegada de jinetes, y a pesar de que mi madre intenta detenerme, no se lo permito.

Soy la primera en salir al patio en el momento en el que los hombres comienzan a llegar, liderados por mi tío, quien es recibido por su esposa, mi padre y Ethan junto a Connor, pero no veo por ningún lado a Cedric.

Comienzo a impacientarme, veo muchos heridos, también mujeres que lloran porque sus hombres no han regresado. Corro hasta mi tío, y me mira con tanta desolación que sé antes de que pronuncie una sola palabra que lo que tiene que decir va a partirme el corazón.

—¿Dónde está? —musito con voz temblorosa, siento cómo mi madre se posiciona a mi lado, Nessa al otro, e intentan tranquilizarme—. Por favor…

—Mi hijo ha… —no es capaz de pronunciarlo, por lo que me dirijo hacia Ethan, que parece tan destrozado como Donnan.

—Gillian, él… —niega con la cabeza—. Nos salvó a todos. —Mira a la nada mientras comienza a llorar—. He dejado atrás a mi hermano —se lamenta, la furia me invade, comienzo a golpearle el pecho.

—¿Cómo has podido hacerlo? —le grito—. Le has abandonado, maldito cobarde —me revuelvo porque intentan apartarme—. Él jamás lo hubiera hecho.

—Cielo, por favor, detente. —Mi madre intenta abrazarme—. Cedric no querría esto, piensa en tu hijo.

Me detengo de golpe, mi bebé, mi pequeño milagro.

Mis manos van hacia mi vientre, ya abultado, lo acaricio mientras cierro los ojos sabiendo que Cedric jamás podrá hacerlo.

Mis piernas fallan, no me sostienen, sin embargo, no caigo al suelo, mi madre y Nessa me sujetan mientras de mi garganta brota un alarido de puro dolor.

Mi alma se desgarra al pensar que nunca más volveré a verlo, que no le dije que le amaba cuando me lo suplicó.

Los sollozos sacuden mi cuerpo con fuerza, no soy capaz de respirar, siento que me estoy ahogando en un mar de sentimientos. Intentan calmarme sin éxito, no consigo ver más allá de todo lo que me han arrebatado.

—No puede ser —musito una y otra vez—. Él no me dejaría, no nos dejaría —me niego a creerlo—. Está vivo, tiene que estarlo.

—Llevadla dentro y que venga la curandera —ordena mi padre.

Connor me alza, lo sé porque musita un perdón que no sé si podré concederles algún día. Lo que tanto temía, el miedo que siempre sintió aquel niño herido, se ha hecho realidad, lo han dejado atrás, le han dejado morir en una tierra hostil.

—Cedric… —grito antes de perder por completo el conocimiento.

***

Escucho voces a mi alrededor, pero no quiero despertar. No pienso hacerlo, no quiero vivir en un mundo donde mi esposo ya no está. No me importan los ruegos de mi madre, ni los sollozos de Nessa, la cual ha perdido a su hermano mayor, solo quiero morirme para irme con él.

—No va a lograrlo —musita Nessa—. No sin mi hermano, él era su fuerza.

—Va a hacerlo —sentencia mi madre—. Tiene un hijo que cuidar, maldita sea. No puedo creer lo que ha sucedido.

—No puede estar muerto. —Mi corazón se rompe un poco más—. Ethan me ha explicado lo que ha sucedido, no lo estaba cuando se ha llevado a mi padre de allí y sí…

Abro los ojos, ambas se sobresaltan. Me incorporo a pesar de sentirme muy mareada.

—¿Qué has dicho? —pregunto—. Si estaba vivo, puede que…

—Hija mía… —Alzo la mano para acallarla, no quiero escuchar nada—. Gillian, tenemos que ser realistas. La posibilidad de que Cedric haya sobrevivido son pocas.

—Pero no es imposible —exclamo—. Es fuerte y joven. Un buen luchador. Puede que lo tengan prisionero, pero si vamos hasta allí y…

—Eso es una locura —interrumpe, poniéndose en pie—. No pienso permitir que salgas de Dunmara. Tu lugar está aquí o en Girnigoe, será tu elección como viu…

—No lo digas —le grito, levantándome también de la cama—.

No seré viuda hasta que no tenga frente a mí el cuerpo de mi marido.

Lo quiero aquí —grito sin importar que todos me escuchen—.

Aunque sea para enterrarlo donde corresponde.

Lo han abandonado como a un perro, y si nadie va a por él, lo haré yo misma.

La puerta de mi alcoba se abre para dar paso al laird MacGregor. Parece que ha envejecido diez años desde que partió de Dunmara, sus ojos se encuentran con los míos, me doy cuenta de que su pierna está herida.

—Estoy preparando un nuevo grupo de hombres para regresar por mi hijo —anuncia—. Tienes razón, lo traeré de vuelta vivo o muerto. Lamento muchísimo lo ocurrido, créeme, hubiera preferido ser yo quien ocupará su lugar, entregaré mi vida si es necesario por traerlo de vuelta donde pertenece.

—Él siempre os ha querido —comienzo a llorar cuando me mira sorprendido—. A pesar de que esa perra lo envenenó en vuestra contra, ha dado su vida por vosotros y …

—¿Qué estás diciendo? —interrumpe, demasiado tarde me doy cuenta de que he dicho más de lo que debería, aunque ahora ya nada importa—. ¿Quién hizo qué?

—Brenda. —Ethan entra también, su padre lo mira anonadado—. No estaba muerta como todos pensabais. Lo encontró cuando tenía diez años y, desde entonces, envenenó su mente para que nos odiara.

—¿Cómo puede ser? —musita conmocionado—. ¿Quieres decir que esa maldita perra vaga por mis tierras a sus anchas?

—Ya no. —Ahora llega Maeve muy digna, sabiendo que es muy posible que su esposo la odie—. Murió hace unos meses.

—Lo sabías —acusa dando un paso atrás—. ¿Sabías que mi hijo se veía con esa bruja y no lo impediste?

—No podía arrebatarle eso también.

—¿Te volviste loca? —grita enfurecido—. Has dejado que durante años te despreciara, que me odiara, sabes lo que he sufrido al ver cómo mi hijo se alejaba de mí cada vez más, y no me dijiste nada.

—Lo siento —solloza cubriendo su rostro—. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando en realidad, ya era demasiado tarde. Brenda había jugado bien sus cartas, los malos éramos nosotros y ella la pobre víctima.

—Al menos, la hubiera matado —grita de nuevo sobresaltándome.

—Entonces, Cedric jamás te lo hubiera perdonado —alza el mentón con orgullo—. Me equivoqué, pero en ese momento hice lo que creía correcto.

—Y ahora mi hijo ha muerto pensando que yo… —cae de rodillas, su esposa se apresura a llegar hasta él—. Regresaré a esa maldita isla, no dejaré piedra sobre piedra, si es necesario, la reduciré a cenizas, pero regresaré con Cedric a Dunmara.

—Él sabía la verdad —susurro, Donnan alza la mirada empañada—. Tanto tía Maeve como la curandera se la contaron. No quiso decir nada, imagino que creyó que no merecía vuestro perdón.

—Ni el tuyo —dice Ethan, lo miro destrozada, asiento sabiendo de sobra que es verdad.

No puedo olvidar su súplica, la forma en la que me miró por última vez al no obtener un te amo por mi parte. Si hubiera sabido que no iba a regresar… Me dejo caer de nuevo sobre la cama porque las fuerzas me abandonan.

Los remordimientos puede que nos acompañen a todos los presentes hasta el día de nuestra muerte.