Capítulo 28
Cedric
L as palabras de mi hermano son una sentencia.
Pronto nos rodean varios hombres liderados por uno enorme.
Soy alto, más incluso que mi padre o Ethan, y el que parece el cabecilla de la rebelión me sobrepasa por poco.
Sus ojos parecen dos bloques de hielo, su mirada vacía, desprovista de todo sentimiento, lo sé porque yo también me he sentido así durante mucho tiempo.
—No sois bienvenidos aquí —anuncia, alzando la voz, los aldeanos comienzan a esconderse en sus casas, se escuchan puertas cerrándose—. Dad media vuelta y decirle a vuestro rey que las Orcadas siguen siendo de los noruegos.
—Soy el laird MacGregor —replica mi padre, dando un paso al frente apoyado por su cuñado—. Este es el laird Sinclair —lo señala—. Nos han enviado para negociar la paz.
—No mintáis —brama—. Vuestro rey no quiere la paz, ni ninguna tregua. Quiere la sumisión de mi pueblo, y eso es algo que no va a tener jamás —alza el mentón con orgullo—. Marchad por donde habéis venido si no queréis que vuestra sucia sangre escocesa manche nuestras tierras.
—Cuidado, vikingo —masculla Malcom Sinclair—. No oses amenazarnos. Nosotros no somos como los que nos han precedido, debéis saber que podríamos haber llegado arrasando con todo, sin embargo, estamos perdiendo el tiempo hablando contigo, muchacho.
—No tememos miedo —espeta otro algo más joven—. Acabaréis como los anteriores, corriendo como ratas —se carcajea, mi mano se dirige a una de mis flechas para preparar mi arco, Connor me lo impide, lo miro con furia.
—Contente —sisea—. Deja que nuestros padres se ocupen.
Venía dispuesto a negociar, los comprendía en cierta manera. Pero no pienso permitir que nos humillen y se burlen de nosotros. Me siento orgulloso de quién soy y de mi patria, y ni un millar de vikingos me hará cambiar de opinión.
—Las Orcadas ya no os pertenecen —dice mi padre, gruñidos se escuchan a nuestro alrededor dejando muy claro lo que opinan de tal afirmación—.
Vuestro rey se las entregó al nuestro. Pedid explicaciones a quien corresponde.
Luchar contra nosotros no os va a servir de nada.
¿No os importan vuestras mujeres y niños?
—Nuestras mujeres luchan mejor que vosotros —exclama uno—. Son capaces de manejar mejor una espada que un perro escocés —escupe en el suelo frente a nosotros—. Da la orden, Einar —le pide al grandullón—. Deja que acabemos con ellos.
—Puede que entren en razón… —se burla mirándonos, retándonos—. ¿Qué decidís? ¿Sangre y muerte, o rendición?
Mi padre me mira, es su señal. Los MacGregor nos preparamos, los Sinclair nos imitan tras la orden de su laird.
—Imagino que preferís morir —espeta—. Atacad.
La batalla comienza, somos buenos guerreros, pero ellos también y son más numerosos.
Incluso los más mayores son temibles. Aunque estoy muy ocupado intentando mantenerme con vida, no pierdo de vista a los míos.
Sé que no debería preocuparme, Ethan es tan bueno como yo, tanto con la espada como con el arco o el cuerpo a cuerpo, aun así, me siento en la obligación de cubrirle la espalda, supongo que se debe a ser el mayor.
Mi padre lucha contra el líder de los noruegos, me apresuro a llegar hasta ellos porque no creo que pueda contra él. Los años no pasan en balde y, aunque es temido en las Tierras Altas, soy consciente de sus limitaciones.
Empujo al vikingo cuando está a punto de asestar el golpe mortal al hombre que me dio la vida. Me mira, asiente y se marcha para quitarle dos hombres de encima a Ethan.
—¿Por qué no te metes con alguien de tu edad? —increpo—. ¿O es que no te atreves?
—Pienso atravesarte con mi espada, sucio escocés —escupe con rabia.
—Inténtalo —me burlo mientras una y otra vez esquivo sus mandobles—. ¿Esto es todo lo que sabes hacer?
El rugido podría asustar al hombre más valiente de toda Escocia, sin embargo, a mí no me da tiempo a reaccionar. Su espada alcanza mi estómago, mi mano cubre la herida, siento el calor de mi sangre.
—¡Cedric! —escucho cómo mi padre vocifera, de reojo veo cómo ese error puede costarle la vida, por lo que, en vez de seguir luchando contra mi rival, corro hacia él en el momento que Ethan también llega a su lado—.
¿Qué demonios te he enseñado, muchacho? —recrimina mientras acabo con su atacante—. Estás herido.
—Cuidado —Ethan acaba con otro, estamos rodeados, me doy cuenta de que no vamos a poder salir de aquí con vida.
—Llévatelo al barco —le grito a mi hermano en el momento en el que veo que los Sinclair se baten en retirada—. Regresad —le grito de nuevo, me doy cuenta de que mi padre también está lastimado, apenas puede sostenerse sobre la pierna herida—. Ahora, Ethan.
Gruño cuando siento cómo una espada me atraviesa por la espalda, no dudo de quién es, mucho menos cuando escucho su carcajada. Ethan palidece, mi padre detiene su ataque y me mira aterrado y con un dolor en sus ojos tan parecidos a los míos indescriptible.
—Cedric —brama, siento el sabor de la sangre en mi boca—. No.
—Corred —es lo último que puedo decir—. Ethan, por favor…
En cuanto saca la espada de mi cuerpo, caigo de rodillas al suelo.
Mi padre lucha contra mi hermano, quiere llegar a mi lado, pero si lo hace, estará sentenciado y Ethan está cumpliendo con lo que le pedí de camino a este maldito infierno.
Con las últimas fuerzas de las que dispongo, me levanto y planto batalla a mi atacante, se sorprende de que sea capaz de alzar mi espada contra él de nuevo.
Pero se recupera pronto, lucho todo lo que puedo para darles tiempo a huir, para que, al menos, ellos sí puedan regresar a casa.
Casa… Hogar… Gillian.
Lo último que escucho es un nuevo bramido por parte de mi padre.
Ahora comprendo realmente que siempre me ha amado, le acaban de arrebatar un hijo, me deja atrás no por elección propia, sino porque así yo lo he decidido.
Al menos, con mi muerte, salvo a mi familia, es lo menos que puedo hacer por todos ellos.
—Parece que te dejan atrás, escocés. —Caigo al suelo jadeando, el dolor en mi cuerpo nubla mi visión, la sangre mana de mis heridas como un río—. Bienvenido al infierno.