Capítulo 27
Gillian
H a pasado una semana. Tiempo suficiente para llegar a su destino y con suerte detener las rebeliones y volver sanos y salvos, que no lo hayan hecho me hace pensar que nada ha sido tan fácil, que mis esperanzas son estúpidas.
Como cada día desde su marcha, paseo por los alrededores del castillo sin alejarme por órdenes de mi padre.
Los hombres que han quedado a cargo hasta su regreso nos cuidan con celo, sabiendo que somos lo más importante para ellos.
Mis pensamientos son nefastos, me sumen en una melancolía contra la que no soy capaz de luchar.
Cada noche, antes de intentar dormir. rezo para que al abrir mis ojos todos estén de regreso. Cuando consigo abandonarme al cansancio, sueño con que Cedric está a mi lado, en nuestra cama, pero al despertar la dura realidad se impone como un mazazo.
—No debe alejarse más, mi señora. —El joven que me vigila detiene mis pasos, lo miro parpadeando, intentando regresar al presente.
—Lo siento —musito—. Regresemos.
Lo hacemos en silencio y a paso ligero. Si salgo es porque la curandera me ha dicho que es bueno caminar para tener un buen parto, que debo conseguir recuperar todas mis fuerzas para el día que deba dar a luz a mi hijo.
Aunque hay muchas mañanas en las cuales las náuseas me impiden madrugar, intento hacer todo lo que me ha aconsejado para asegurarme de que mi hijo o hija nacerá fuerte y sano.
—Ya estás aquí, niña. —Mi tía y mi madre bordan al lado del fuego—. Siéntate y recupera el aliento.
Obedezco porque me siento las piernas temblorosas, hoy he ido un poco más lejos de lo acostumbrado, como si inconscientemente quisiera correr hacia Cedric, aunque eso no sea posible.
Contemplo las llamas danzar, me pierdo en los recuerdos, en las cosas que no dije e hice cuando pude.
En todo lo que guardé por temor a su rechazo, y una vez más, su voz, sus súplicas llegan a mí como dagas directas al corazón.
Me remuevo en mi asiento, contengo a duras penas las lágrimas para no preocupar todavía más a las dos mujeres que no me pierden de vista como si temieran que en cualquier momento pudiera hacer una locura.
—Gillian, querida… —Alzo la vista y miro a mi tía—. ¿Has pensado nombres para el bebé? —Niego despacio—. Vaya, bueno, todavía hay tiempo.
—¿Lo hay? —cuestiono en voz baja—. Cedric no lo tuvo para que pudiéramos hablarlo. Ni siquiera sé que nombre le gustaría ponerle en el caso de que sea niño o niña. Y ahora puede que nunca lo sepa…
—Claro que sí —exclama mi madre—. ¿Qué te he dicho sobre atraer las malas noticias, hija? Debes pensar que viene en camino y que todo saldrá bien.
Asiento sin decir una palabra más porque no es lo que ellas quieren escuchar. Nessa llega con flores y comienza a colocarlas por el salón, su madre alaba la belleza y el aroma que desprenden, a mí no puede importarme menos.
—Me alegra verte aquí —me dice al llegar a mi lado—. Tal vez mañana me puedas acompañar al prado.
—Me encantaría —replico, desde el otro día intento aparentar una normalidad que no siento. Sonríe, a pesar de que soy capaz de ver la tristeza que intenta ocultar para que su madre no sufra más de lo que ya lo está haciendo.
Intento que mis días sean lo más productivos posibles, cansarme hasta caer rendida en mi lecho que lo encuentro vacío y enorme para mí sola y dejar que el sueño me lleve lejos, aunque sea por unas pocas horas. Es la única forma de conservar la cordura que en muchas ocasiones temo perder.
—Si no estuvieras en estado, podríamos cabalgar un rato… —dice Nessa, sentándose a mi lado.
—De eso nada, señorita —replica su madre—. Ya escuchaste lo que dijeron tu padre y tu tío. No es seguro alejarse de Dunmara.
—Me aburro muchísimo —exclama enfurruñada, no puedo evitar reír porque me recuerda demasiado a cuando éramos unas niñas. Ella me mira y me imita, son estos pequeños instantes los que me mantienen cuerda, los que alejan el miedo y los remordimientos—. No es gracioso.
—Sí lo es —rebato—. Nessa, puedes hacer muchas cosas, sin embargo, deseas la única que por el momento no está permitida.
—Se comporta como una niña —añade su madre, Nessa le saca la lengua, y las mujeres, lejos de escandalizarse o enfurecerse, también comienzan a reír.
—Disculpad si no me entretiene bordar —masculla, cruzándose de brazos—. ¿Creeis que seré una buena esposa? —pregunta tras unos instantes de silencio.
—Por supuesto que sí —responde su madre ofendida—. Te he criado para ello. ¿Qué clase de madre sería si no lo hubiera hecho? Cualquier hombre estará encantado de ser tu esposo, eso si tu padre no le arranca la cabeza primero —bromea.
—¿Así cómo demonios tengo que encontrar marido? —replica—. Espanta a todos mis pretendientes.
—Cielo, tu padre se encargará de encontrar alguien que te merezca —intenta tranquilizarla—. Eres joven todavía, ¿por qué esa prisa por casarte?
—Tengo la misma edad que Gillian —inquiere.
—A mí no me metas —espeto—. Sin embargo, si me pides mi opinión, te diría que tu madre tiene razón. Hay un tiempo para todo, espera a que llegue tu hombre.
—Tú no has esperado, doy por hecho que es porque sabes que mi hermano es tu hombre —me ruborizo, agacho la mirada maldiciendo en silencio por mis palabras—. Cedric y tú estabais destinados desde vuestro nacimiento y que ambos luchéis contra ello es una pérdida de tiempo.
—Creo que no me podéis acusar de no luchar por él —me tenso, esta conversación ya deja de tener gracia—. Llevo años haciéndolo.
—Lo sabemos, querida —tía Maeve interviene, dándose cuenta de que Nessa está presionando demasiado—. Nadie duda de tu amor por mi hijo.
—Solo él. —Miro a Nessa con ganas de golpearla—. ¿Qué? —replica altanera ante mi mirada—. Es la verdad, se fue de aquí creyendo que no lo amas. Espero que a su regreso y los dos dejéis de comportaros como asnos y reconozcáis vuestros sentimientos, o me voy a enfadar.
Se levanta y se marcha igual como ha llegado. Nessa siempre ha sido como una tormenta de invierno, esas que llegan sin avisar, pero que arrasan todo a su paso.
—No le hagas caso —miro a Maeve preocupada por su reacción—. Aunque intenta disimularlo, está aterrada ante la idea de que alguno de los hombres no regrese. Es la primera vez en su vida que mi esposo e hijos deben luchar lejos de casa, y teme perderlos.
Puedo comprenderla porque me pasa lo mismo. Sufro por mi padre, por mi hermano, por mi esposo. Ese hombre que me robó el corazón cuando apenas éramos unos mocosos comenzando a vivir.
No volvemos a hablar, yo me sumo en mis pensamientos, en mis recuerdos más felices, donde Cedric no estaba lleno de resentimiento, donde no me alejaba sin que yo pudiera comprender el porqué.
Donde no existían las guerras que lo separaran de mí, no hay enemigos, solo juegos, risas y complicidad, que desaparecieron de la noche a la mañana dejando mi mundo desolado.
Dejo que mi infancia regrese a mí para esconderme de la dura realidad y así soportar los días que están por llegar.