Capítulo 26
Cedric
L levamos un día navegando, partimos ayer al amanecer y no deberíamos habernos retrasado si no fuera por la maldita tormenta que nos sorprendió por la madrugada. El viento, la lluvia, los truenos… Parecía que los mismos dioses de nuestros enemigos nos iban a impedir llegar a nuestro destino.
Más de una vez, pensé que no lo lograríamos, que el barco naufragaría y acabaría con todos nosotros. Sin embargo, igual que comenzó con fuerza, se detuvo dándonos una tregua por la que había rezado en silencio.
—Mañana llegaremos a nuestro destino —anuncia mi padre—. ¿Tenéis claro cómo vamos a actuar? Es tierra hostil, por lo que no esperéis un buen recibimiento. Nada de matar mujeres o niños, ¿entendido?
—No somos como ellos —escupe uno de los hombres Sinclair—. Respetamos a los más débiles.
Voy a abrir la boca, pero mi hermano posa una mano en mi hombro, una orden silenciosa para que me mantenga al margen. Es su laird quien debe disciplinarnos, no yo, ni siquiera lo seré de mi propio clan.
—No vamos allí para competir sobre quién es mejor —reprende Malcom—. Centraos en cumplir nuestras órdenes. Quien comprenda que ahora las Orcadas son escocesas por las buenas, perfecto. Quien prefiera por las malas, se las verá con nuestras espadas.
Muchos vitorean, sigo sin comprender el porqué.
Miro el horizonte, todo lo que nos rodea es mar, y cuanto más avanzamos, más lejos de Dunmara estamos.
No puedo dejar de preguntarme si Gillian estará bien, si con mi ausencia se dará cuenta de que realmente el amor que dice que he matado con mi comportamiento es cierto que ha desaparecido.
O si, por el contrario, le hará comprender que no importa lo que suceda, lo que nos une nunca va a cambiar por mucho que ambos luchemos por ello.
No lo digo en voz alta, pero no vamos a conseguir nada por las buenas.
No si ya lo han intentado todo para que las rebelión se detenga.
Olvidan demasiado pronto que nosotros somos los primeros en defendernos de los ingleses, que no aceptamos que nos arrebaten nuestras tierras ni costumbres, ahora pretendemos hacer lo mismo.
Me alejo, quiero estar solo. Eso es algo que no ha cambiado, es como si el ruido que siempre escucho en mi mente se calmara en soledad. La luna llena alumbra el mar ahora algo más calmado, durante la tormenta he pensado que no llegaríamos y rezado para que no fuera así.
Sé que alguien se acerca, Ethan se coloca a mi lado, en silencio. Lo miro de reojo a la espera de escuchar lo que tiene que decir, pero no habla, por lo que decido hacerlo yo.
—Llegado el momento, si las cosas se complican, asegúrate de sacar a padre del campo de batalla e irte tú con él —musito, mirando a lo lejos.
—¿Pretendes insultarnos? —replica en tensión—. ¿Crees que somos unos cobardes o que no seremos capaces de sobrevivir?
—Deja de malinterpretar todo lo que digo, maldita sea —mascullo volviéndome hacia él, veo la furia en sus ojos, pero también la vulnerabilidad—. Padre es el laird de los MacGregor y tú lo serás algún día. El clan no se puede permitir perderos a ninguno de los dos.
—Para ser alguien que nos odia, te preocupas demasiado por nosotros —se burla—. No pienso huir como un cobarde, Cedric. Si debo morir, que así sea.
—Si tanto ansias morir, hazlo por una causa justa, por algo que merezca la pena y no por otros —espeto—. No permitas que acaben con tu vida mientras quien ha ordenado que tú juegues con la tuya está cómodo tras la seguridad de su hogar.
—Todavía intento comprender si tu cambio se debe a que sabes la verdad o a tu boda con Gillian —musita pensativo…
—Lo sabes igual que yo —replico—. Y eso es lo que me está carcomiendo por dentro —me mira frunciendo el ceño—. Saber que le hubiera hecho la vida imposible a Gillian por ser incapaz de luchar contra el odio que me envenenaba cada día…
—Pasa el tiempo y sigues sin hacer lo que te pedí —regaña—. Sigo pensado que debes hablar con padre.
—¿Crees que ahora, a punto de entrar en batalla, es el mejor momento? —recrimino—. Te dije que cuando creyera conveniente hablaría con él. Parece que no comprendes que al hacerlo puede que sentencie a tu madre.
—Tonterías —espeta—. Es la única excusa que te queda. Pero ni a ti te importa lo que le pase a ella, ni a padre le resultará difícil perdonarla.
No rebato sus palabras porque muy en el fondo sé que son ciertas.
Donnan MacGregor besa el suelo por donde pisa Maeve, su esposa, la compañera que eligió hace veinte años.
Aun así, siento miedo, mi hermano tenía razón, temo que, si digo la verdad, mi padre deje de quererme, porque sí, sé que, a pesar de todo lo que he dicho y hecho, sigue queriéndome, aunque no lo merezca.
—Si salgo con vida, se lo diré —sentencio—. Si muero, tú guardarás silencio —le ordeno mirándolo—. No servirá de nada que lo sepa.
—¿Te has vuelto loco? —escupe impresionado—. No vas a morir, pero en el caso de que lo hicieras, no pienso cargar con esa losa toda mi vida. Mucho menos sabiendo que a padre le daría paz saber la verdad.
—¿De qué habláis? —Connor aparece de la nada—. ¿Por qué dais por sentado que alguno de nosotros va a morir? Somos Highlanders, maldita sea.
—Y ellos descendientes de los vikingos —replico—. ¿Querías algo?
—Falta poco para llegar —anuncia—. Debemos prepararnos.
Asiento, Ethan se marcha en busca de nuestro padre, puedo sentir la mirada de Connor sobre mí, pero no dice nada más. Poco después, se marcha farfullando algo que no logro comprender. Diviso la costa frente a nosotros y me preparo como todos los demás para desembarcar en tierra hostil.
—Hemos llegado a Kirkwall —anuncia Malcom Sinclair—. Preparaos para lo que sea que esté por venir, parece que todo está en calma, demasiado para mi gusto —dice mientras observa con ojos de halcón.
Tanto los Sinclair como los MacGregor obedecen sabiendo que llevamos años siendo más que clanes aliados, somos familia.
En cuanto ponemos un pie en Kirkwall, se puede sentir la tensión en el ambiente.
Todo en silencio, como si fuera una isla fantasma cuando sabemos demasiado bien que no lo es, lo cual significa que están preparados para atacar.
Todos estamos en guardia, nuestros ojos atentos ante cualquier movimiento sospechoso que nos haga saber que estamos a punto de sufrir una emboscada.
Avanzamos hasta llegar a la aldea, es entonces cuando comenzamos a ver gente, aldeanos que nos reciben con miradas recelosas y gestos hoscos.
Lo que llama mi atención y la de mi primo es una muchacha que oculta tras una capucha permanece impasible ante nuestra llegada, pero cuando deja su rostro al descubierto, me doy cuenta de cómo reacciona Connor.
—No te distraigas —espeto—. No bajes la guardia.
—¿La has visto? —murmura anonadado—. ¿Alguna vez habías visto un cabello de ese color?
—No —replico—. Pero eso ahora no nos importa. Haz el favor de no pensar con la entrepierna —regaño—. No es el momento.
—No veo hombres armados —dice Ethan, llegando a nuestro lado—. O están escondidos, o es una maldita trampa.