Capítulo 25
Gillian
L os días pasan y no tenemos noticias. No sabemos si nuestros hombres están bien o les ha sucedido algo en el peligroso camino hacia las Orcadas.
Es un viaje largo, deben navegar hasta allí y, seamos sinceros, ni mi hermano, ni mi primo, ni Cedric lo han hecho antes, no han tenido necesidad porque nuestros padres han luchado mucho para mantener la paz en las Highlands como para que ahora un rey con ansia de poder los envíe al frente a luchar por una causa que no es la suya.
Mis sentimientos cambian con rapidez. Puedo pasar de la furia a la tristeza o dejar que los nervios me vuelvan loca.
Según mi madre y mi tía, es por culpa del embarazo, yo no estoy tan segura.
Muchas veces me asomo a la ventana y me imagino que los veo aparecer con la esperanza de que, si lo deseo con toda mi alma, el milagro se cumpla ante mis ojos.
—Todavía tardarán en regresar, querida —la voz de mi tía Maeve no consigue que aparte la vista del horizonte—. No creo siquiera que hayan llegado a su destino.
—Lo sé —suspiro—. Pero no puedo evitarlo. La espera terminará conmigo.
—¿Por qué tienes tanto miedo? —me giro sorprendida—. Cedric es un gran guerrero, todos ellos lo son.
—¿Tú no lo tienes? —cuestiono incrédula—. Tu esposo, tus hijos…
—Por supuesto —se posiciona a mi lado—. Pero confío en ellos. Si alguno no regresa, no será por su culpa, será porque ese es su destino.
No puedo creer lo que escucho, dejar la vida de las personas que amas en manos ¿del destino? No estoy segura de sí es alguna forma extraña que ella ha encontrado para sobrellevar el dolor y la preocupación, solo por ese motivo prefiero mantener la boca cerrada.
—Nunca había sucedido algo así… —musito pensativa—. Al menos, no desde que nací —la veo cómo asiente—. No logro comprender cómo lo soportan las mujeres que quedan atrás.
—Somos escocesas, querida —replica como si eso lo explicará todo—. Nacemos con la misma fortaleza que nuestros hombres, somos capaces de empuñar una espada si es necesario, y esperar con el corazón en un puño a que regresen con vida a nuestro lado.
—Entonces solo queda esperar —me lamento con resignación, suspiro hastiada—. Como alguno de ellos regrese con un solo rasguño… —mascullo, Maeve ríe bajito.
—Le curaremos. —Su mano se posa en mi hombro y lo aprieta suave, como si quisiera darme un poco de su fortaleza, esa de la que por ahora yo no dispongo—. Que regresen como sea, pero que lo hagan, eso es lo único que importa.
***
Esas palabras resuenan todos los días que se suceden después de esa conversación.
Intento mantenerme ocupada, ayudo a mi madre y a mi tía en todo lo referente al castillo, viene el invierno y hay que conseguir reservas de comida.
También comienzo a preparar la ropa de mi bebé, mi vientre cada día se abulta más, dejando en evidencia mi estado, mucha gente del clan me felicita, a pesar de que soy muy consciente de los cuchicheos a mi alrededor o de las miradas que dejan claro que no son estúpidos.
Sabía que llegaría este día, pero no me esperaba enfrentarlo sola. Nadie me falta al respeto, pero ir de boca en boca es mucho peor, podría decírselo a las mujeres, pero no quiero darle más problemas, por lo que decido callarme a la espera de que el rumor cese y dejen de darle importancia.
Entro en la alcoba de Cedric, la que comenzó a ocupar cuando se distanció de todos sin dar explicación ninguna. Cierro la puerta e inspiro el aroma que me da la bienvenida, tan él, y a la vez deja tan clara su ausencia.
Camino despacio, hasta sentarme en el lecho, me doy cuenta de que una de sus camisas reposa sobre él, la cojo y la huelo, un sollozo me desgarra.
Cierro los ojos sintiendo el peso de la pena y el remordimiento sobre mí, me hago un ovillo en el centro de la cama y abrazada a su prenda lloro desconsolada sin poderlo evitar.
—Lo siento —musito cuando soy capaz de calmarme—. Lamento tanto no haberme despedido de ti como querías, como yo tanto deseaba. Si no regresas, es algo que va a acompañarme mientras viva…
No estoy segura de cuánto tiempo trascurre, incluso me duermo y cuando abro los ojos me doy cuenta de que ha oscurecido. La puerta se abre sobresaltándome, aparece mi tía Maeve con el rostro descompuesto.
—Gracias a Dios —exclama, llevándose una mano al pecho—. Rowenna, está aquí —grita hacia el pasillo—. En la antigua alcoba de Cedric. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes…? —lamenta, llegando hasta mí—. ¿Tienes idea del susto que nos has dado, niña? —reprende.
—Lo lamento —susurro con la garganta en carne viva por el llanto—. Me he quedado dormida.
—Gillian —mi madre avanza con rapidez y me abraza, me dejo envolver en sus brazos—. Estaba tan asustada —su voz temblorosa me hace sentir como una estúpida egoísta—. No te encontrábamos, mi niña, y temía que la pena…
La abrazo más fuerte comprendiendo lo que quiere decir, pero su boca no puede. Temían que hubiera hecho cualquier locura, jamás lo haría, ya que, por mucho que ame a Cedric, amo más al ser que hemos creado juntos, por lo que no sería capaz de arrebatarle la oportunidad de vivir, de crecer.
—No pensé en eso… —reconozco—. Solo vagaba por los pasillos, llegué hasta aquí y… —suspiro, apartándome del férreo abrazo de mi madre—. Lo siento mucho.
—Al menos, ya sabemos dónde te puedes esconder —dice Maeve—. Deja de pedir perdón, niña. Nos has quitado diez años de vida, pero no es necesario que te fustigues. También ha sido culpa mía por no pensarlo antes.
—¿Te das cuenta de que inconscientemente has llegado hasta aquí? —pregunta mi madre mientras me levanto, me siento avergonzada, estúpida ante sus ojos—. Piensa en el bebé, Gillian. Cedric sabe cuidar de sí mismo, pero ese ser que crece en tu vientre día a día no.
Asiento dándole la razón. Las tres salimos de la alcoba, yo la última, miro una vez más hacia el interior, hacia las cuatro paredes que durante unas horas me han dado algo de paz permitiéndome sentirlo un poco cerca, a pesar de la distancia que nos separa.
Y con la que tendré que aprender a vivir hasta el día en que pueda regresar, pensar en lo contrario no es algo que pueda permitirme.