Capítulo 24
Cedric
D ejarla atrás me está partiendo en dos.
El dolor aumenta a medida que nos alejamos de Dunmara hacia el punto donde nos reuniremos con los hombres Sinclair.
Nunca me había planteado mi lealtad para con mi rey porque, desde que entendí lo que significaba ser un guerrero, no dudé ni una sola vez, pero ahora, después de hacerme partir de mi hogar y dejar a la mujer que amo, siento que lo odio.
—No te has despedido de tu hermana —recrimino a Connor, me mira de reojo.
—Deberías agradecérnoslo, imbécil —masculla—. Tanto mi padre como yo hemos decidido que debería despedirse de su recién estrenado marido, que puede ser que no regrese.
—Qué magnánimo —me burlo—. No tengo intención de morir, lamento desilusionarte.
—Puede que en muchas ocasiones desee arrancarte la cabeza, pero no quiero que mueras, Cedric.
—Lo miro sorprendido ante su confesión—.
Eres mi primo, y aunque la mayor parte de nuestra vida te hayas comportado como un idiota, recuerdo los buenos tiempos.
Además, tu muerte significaría destrozar a mi hermana, y eso es algo a lo que no me quiero enfrentar.
Una vez más mi familia me demuestra que el único equivocado he sido yo, que el único que ha sido capaz de hacer daño sin que me temblará el pulso he sido yo. Todavía no comprendo cómo en mi mente todo pudo cambiar tanto como para no ver la verdadera realidad.
Recuerdo lo que ha sucedido en cuanto he bajado y montado en mi caballo, con el rostro descompuesto porque Gillian no me había dicho lo que tanto ansiaba escuchar de nuevo. Maeve se ha acercado cautelosa, pero con el firme propósito de hablar.
***
Me mira desde su altura, alza el cuello para que nuestros ojos se encuentren. Los suyos rojos por las lágrimas derramadas al ver que la orden real le arranca a toda su familia.
Desciendo del caballo, en otro momento no lo hubiera hecho, le hubiera dado la espalda sin sentir ningún remordimiento. Acaricia mi mejilla, se sorprende cuando no me separo ante su contacto como tantas veces he hecho a lo largo de una década.
—Regresa sano y salvo, hijo mío —susurra emocionada, trago el nudo de mi garganta—. Por favor… Recuerda que dejas atrás a tu esposa y tu hijo no nacido.
—No tengo intención en dejar que me maten… —digo tras un breve silencio—. No llores, a mi padre no le gusta.
Ríe sin ganas, niega con la cabeza mientras su mirada se dirige al hombre con el que ha estado casada veinte años. Luego, de nuevo, vuelve a centrar su atención en mí, me observa como si no lo fuera a hacer en mucho tiempo, o como si temiera no poder hacerlo nunca más.
—Te pareces tanto a él… —murmura—. Incluso en el carácter. Puede que no lo creas, que incluso reniegues de ello, pero eres más MacGregor que muchos otros.
Su mano abandona mi rostro, las aprieta sobre su regazo como si estuviera batallando consigo misma o reuniendo valor para decir o hacer algo, frunzo el ceño.
—¿Sería mucho pedir que cuidaras de ellos? —pregunta angustiada—. El rey no solo se lleva a mis hijos y al amor de mi vida, me arranca a mi hermano y sobrino, y yo no puedo soportar…
Se rompe frente a mí y no tengo corazón para permanecer inmóvil. La abrazo, se tensa, pero después deja caer todo su peso sobre mí como si no fuera capaz de sostenerse por más tiempo.
—Te juro que volverán sanos y salvos —susurro sobre su cabello, mis ojos se encuentran con los de mi padre, húmedos por la emoción de ver que por primera vez en años no alejo a su esposa—. Tenemos que marcharnos, ¿cuidarás de Gillian?
—Por supuesto —asiente, separándose y limpiando su llanto—. No debes preocuparte por ella. Solo por volver sano y salvo para ver nacer a tu bebé.
Asiento y subo de nuevo a mi montura….
***
Nos detenemos en el sitio acordado para esperar a los Sinclair. Me encargo de mi caballo ensimismado en mis pensamientos.
—Cedric —me giro para ver a Ethan mirándome de una manera extraña, incluso juraría que está nervioso, ¿qué demonios le sucede a todo el mundo hoy? —. He visto cómo te despedías de madre…
Me tenso preparado para los reproches o para las incómodas preguntas para las que no estoy preparado.
—Gracias —me sorprende, aunque intento no mostrarlo—. Gracias por abrazarla, por despedirte de ella como haría un hijo que la ama.
Me guardo para mí muchas cosas, asiento dando por zanjada esta conversación y así se lo hago saber girando sobre mí mismo y continuando con lo que estaba haciendo antes de su llegada. Igualmente, no escucho cómo se aleja, por lo que puedo suponer que todavía tiene algo que decir.
—¿Lo has hecho por qué temes no volver? —la pregunta podría ofenderme—. ¿Acaso tienes planeado dejarte morir? ¿Es tu forma de escapar de un matrimonio que no querías? —esa última acusación me hace volverme de golpe enfurecido, da un paso atrás sorprendido.
—No vuelvas a decir eso jamás —siseo—. El motivo del porqué haga las cosas no te incumbe. Déjame en paz.
—Solo quería que supieras que no está en mis planes dejarte morir, no vas a hacerlo si yo puedo evitarlo.
—Pareces olvidar que soy uno de los mejores guerreros que tienen los MacGregor —me jacto—. ¿Por qué das por hecho que serás tú quien deba salvarme el culo? —cuestiono cruzándome de brazos.
—Me alegrará que no sea así —se encoge de hombros—. Solo te lo advierto por si se te pasa por la cabeza alguna estupidez.
—Asegúrate tú de cubrir tu espalda —le exijo—. No quiero tener que hacer de niñera en el campo de batalla.
Lejos de enfadarse, se ríe, muerdo mi labio inferior para no hacer lo mismo. Se aleja para acercarse a nuestro padre, que habla con varios MacGregor que nos acompañan en este viaje. No muchos, no hemos querido dejar Dunmara y a las mujeres desprotegidas.
Decido cazar algo para llenar el estómago, cojo mi arco y las flechas y me adentro en el bosque que nos rodea con sigilo hasta que una mano se posa en mi hombro. Reacciono con rapidez, y maldigo porque se trata de Connor, que me observa con esa sonrisa burlona tan suya.
—Te acompaño —dice sin más—. Dos mejor que uno, ¿no crees?
Por toda respuesta, le lanzo un gruñido y continúo avanzando entre los árboles. Preparo mi arco, agudizo el oído mientras mis ojos observan a nuestro alrededor.
Unas dos horas después, Connor y yo regresamos con varios conejos, tendrá que servir. Han preparado varias hogueras, me siento en la que ocupa mi familia y, sin mediar palabra, comienzo a prepararlo todo para cocinar la carne que hemos traído.
—Imaginábamos que habíais ido a cazar —dice Malcom Sinclair—. La próxima vez avisad, esto no es un viaje por placer, los enemigos pueden estar en cualquier parte.
—Todavía no hemos salido de las Highlands —digo sin mirarlo—. No soy un niño para pedir permiso…
—Cedric —interrumpe mi padre, le miro de reojo—. Basta.
—¿Cuál es el plan? —pregunta mi hermano, sentado a mi lado.
—Las órdenes son claras —responde el Sinclair—. Sofocar la rebelión y que entiendan que ahora las islas pertenecen a Escocia. Deben jurar lealtad, algo que no será fácil, y el rey lo sabe.
—Y, aun así, nos envía —mascullo—. Deberíamos primero intentarlo por la via diplomática.
—¿Desde cuándo hacemos eso? —pregunta Connor—. Tengo mi espada preparada para dejarle claro a cualquier vikingo lo que pasa cuando no se respeta a los escoceses.
—Ellos defienden su tierra —replico—. Se la han arrebatado sin que nadie les pidiera opinión.
—Eso deben resolverlo con su rey —se encoge de hombros—. No es nuestro problema.
—Lo has convertido en tuyo desde que permites que otro te ordene luchar sus batallas mientras se sienta en la seguridad de su trono —rebato.
—Cedric —mi padre me ordena callarme, nunca, jamás he cuestionado a la corona hasta ahora—. Somos Highlanders, hijo, esto es lo que hacemos desde que tenemos la fuerza suficiente como para empuñar una espada.
—Y lo hago con gusto para proteger a quien amo, mi tierra, pero ir hasta las Orcadas por algo meramente político…
—Iremos, cumplimos nuestro cometido y regresamos a casa —sentencia mi padre para zanjar la conversación—. No somos cobardes, no volveré a Dunmara con el rabo entre las piernas.