El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

Gillian

S é que algo sucede incluso antes de levantarme de la cama.

Es una especie de mal presentimiento que se confirma cuando escucho demasiado alboroto en el patio.

Me levanto, aunque no debería, y me encuentro con Cedric mirando justo hacia mi ventana.

Me extraña, todos parecen reunidos y por sus rostros comprendo que algo debe pasar, algo demasiado grave como para olvidar sus rencillas y permanecer juntos sin matarse a golpes.

En cuanto se abre la puerta dando paso al hombre con el que me casé ayer, doy media vuelta para mirarlo. Sé que no trae buenas noticias sin necesidad de escuchar su voz.

—Nos han ordenado partir hacia las Orcadas. —Guerra, es lo primero que pienso—. Gillian, yo…

—No lo digas —interrumpo, un escalofrío recorre mi espalda—. Debes ir —asiento—. Sé con quién me casé. Es tu deber y debes cumplirlo.

Lo veo dudar como si quisiera decir muchas cosas y no encontrara la manera de hacerlo, o el valor.

En otro tiempo, hubiera corrido a sus brazos llorando ante el dolor de su inminente partida y el miedo a no volver a verlo, ahora, por desgracia, todos sus desprecios han hecho demasiada mella en mí y no soy capaz de dar un paso hacia delante para hacer desaparecer la distancia física que nos separa.

—Puede que no regrese… —Me estremezco y mi corazón sangra—. ¿Es todo lo que vas a decirme? Estoy seguro de que en estos momentos nuestros padres están preparándolo todo. El tuyo debe mandar la orden a sus hombres para que se preparen, no tenemos tiempo que perder.

—Lo comprendo —muerdo mi labio inferior, luchando contra mi orgullo, el miedo al rechazo y el de no volver a verlo nunca más, que hace que me dé cuenta de que sigo amándolo más que mi vida—. No impediré que te marches, pero sí te pido que regreses para que mi hijo no tenga que crecer sin su padre.

—Maldita seas —escucho que masculla antes de que recorra la distancia que nos separa con varias zancadas—.

Deja el maldito orgullo a un lado, aunque solo sea por hoy.

—Su frente pegada a la mía, su aliento chocando con el mío, sus ojos me imploran—.

Dímelo una última vez —ruega, mis párpados se cierran con fuerza para retener las lágrimas que pugnan por brotar ante la desesperación que escucho en su voz y siento en mi alma.

—No puedo —me lamento—. ¿Por qué tuviste que herirme tanto? ¿Por qué ahora me imploras por algo que despreciaste durante años?

—Tienes razón —se aparta de mí—. No tengo derecho a exigirte nada, mucho menos a reprochártelo.

Supongo que esta es nuestra despedida. —Asiento, el nudo en mi garganta no me permite hablar—.

Espero que no nos lleve mucho tiempo sofocar las revueltas, pero si no regreso…

—niego con la cabeza, no quiero pensar en esa posibilidad—.

Al menos, ¿podrías hablarle lo mejor de mí a nuestro hijo?

Aunque no lo merezca, aunque tengas que mentirle…

—Lo haré —interrumpo, no soporto escucharlo hablar como si supiera que no va a volver—.

Puede que no te esté dando suficientes motivos para regresar a Dunmara, pero te rogaría que lucharas por tu vida con el mismo fervor con el que vas a luchar por Escocia.

No dejes que nuestro hijo crezca sin su padre.

—Volveré —promete con firmeza—. Regresaré a vuestro lado porque tengo mucho que demostrar y otro tanto por lo que redimirme.

Además, espero que este tiempo separados te permita recordar por qué te enamoraste de mí cuando no lo merecía, y así poder decirte todo lo que me llevo guardado en lo más profundo de mi corazón.

Cuídate y cuida del bebé. Adiós, Gillian.

Me quedo en medio de la habitación sin ser capaz de reaccionar.

El dolor me tiene prisionera de una vorágine de sentimientos que amenazan con hacerme vaciar mi estómago y doblarme en dos por el sufrimiento.

No sé el tiempo que trascurre hasta que soy capaz de reaccionar, parpadeo volviendo de golpe a la cruda realidad.

—Cedric —exclamo, corriendo hacia la ventana para verlos partir, salen uno a uno por el gran portón—. Adiós, mi amor —susurro mientras dejo que las lágrimas bañen mi rostro.

Me odio a mí misma por haber dejado que el rencor silenciara mi lengua. Por no decirle que, a pesar del dolor y de luchar por odiarle, mi corazón sigue siendo suyo. Se ha marchado creyendo que no lo amo, y lo que es peor, que cree merecerlo.

Mi padre y hermano encabezan la comitiva, tras ellos Connor y mi tío Malcom, Cedric el último. ¿Siempre ha sido así? ¿Esos gestos que para mí pasaban desapercibidos para él eran heridas que nunca cerraban?

Lloro por él, porque arrancan al hombre que amo de mi lado y del de su bebé.

Lo hago por mi padre, hermano y los hombres Sinclair, también por mi tío y primo, que dejan atrás a mi querida tía y a un clan desamparado.

¿Qué será de nosotros si alguno de ellos no regresa?

No puedo evitar enfurecerme con mi rey, con la corona, con sus ansias de poder y su juego político, que se cobra demasiadas vidas de escoceses fuertes y valientes.

Hombres que jamás regresarán a sus casas en aras de la paz y el ansia de dominar más territorio, uno que no nos pertenece.

—Hija —me doy media vuelta sin molestarme en ocultar lo que la partida de mi gente, de mi familia y de mi esposo causa en mí—. Lo imaginaba —se apresura a llegar hasta mí y me abraza—. Llora, cielo, hazlo, o el dolor no menguará.

—No le he dicho que lo amo —mis sollozos estremecen mi cuerpo—. Me lo ha implorado y no he podido —escondo mi cara en su cuello—. ¿Y si no vuelvo a verlo?

—No digas eso —coge mi rostro entre sus menudas manos—. Ellos van a regresar, todos —añade con fervor. Soy capaz de ver en sus ojos el mismo miedo que en los míos, ella entrega a su hombre, a su hijo y a toda su familia.

Me cuesta calmarme, y cuando lo hago, me siento tan agotada que no quiero hacer otra cosa que meterme de nuevo en el lecho y no salir hasta que regresen sanos y salvos. Si hubiera sabido que sería nuestra primera y última noche juntos, no le hubiera dado la espalda.

—Debes descansar. —Es mi madre quien me acuesta como tantas veces hizo cuando era una niña—. Tu único deber ahora es cuidar tu salud y la de tu bebé. Deja que los hombres se encarguen de lo demás. Nuestro rey sabe que ambos clanes son de los mejores guerreros que dispone en las Highlands.

—Hasta los mejores guerreros sangran —musito, mirando a la nada, no puedo dejar de pensar en eso, e imaginar las infinitas posibilidades en las que pueden resultar heridos—. Deben navegar en pleno invierno, eso es una maldita locura. ¿En qué demonios pensaba? —me enfurezco.

—Cálmate —ordena con firmeza—. No me obligues a llamar a la curandera.

No es nuestro deber inmiscuirnos en temas de hombres, niña.

¿Crees que no estoy furiosa?, ¿que no lo maldigo por arrancar de mi lado a mi marido e hijo?

¿Al padre de mi nieto? Todos somos familia, Gillian, y mi corazón sufre por cada uno de ellos.

—No estoy segura de poder soportarlo —reconocerlo me avergüenza sobremanera—. Voy a volverme loca sin tener noticias, esperando verlos aparecer, o lo que es peor, no hacerlo.

—Van a ser tiempos muy difíciles —asiente—. No voy a mentirte porque ya no eres una niña. Pero podrás con ello, tienes que poder. —Casi lo siento como una orden—. Rendirse y dejar que la melancolía te venza no es una opción, recuerda quién eres, hija mía.

—No sé ni quién soy, madre —me lamento.

—Eres la hija de Malcom Sinclair, esposa de Cedric MacGregor. ¿Te parece poco? —cuestiona—. La vida muchas veces te asestará golpes duros, y debes ser lo bastante fuerte como para resistirlos.

Se levanta y me informa de que va a traerme algo que calme mis nervios. Pero, antes de que salga por la puerta, necesito preguntarle algo que no creo que me permita vivir con tranquilidad hasta verlos sanos y salvos.

—¿Y si Cedric no regresa con vida? —detiene sus pasos—. ¿Y si es padre o Connor los que no lo hacen?

—Entonces tendremos que aprender a vivir sin ellos —replica con voz temblorosa.

Sale de mi alcoba cerrando la puerta lentamente. Sus palabras no me tranquilizan en lo absoluto. Sé que ella no será capaz de vivir con esa pena, ya sea que le suceda algo a mi padre o a mi hermano, por lo que no me puede pedir que haga lo mismo si es Cedric quien pierde su vida por Escocia.

Cierro los ojos, aprieto mis manos con fuerza intentando que mi cuerpo deje de temblar y que mi corazón amenace con partirse por la mitad. Debo lograr que todos los malos pensamientos desaparezcan para no perder la cordura en el proceso.

—Va a volver… —susurro una y otra vez para intentar convencerme—. Regresarán victoriosos y todo volverá a la normalidad. Ninguno de ellos me dejará sola, mi familia no se romperá, rezaré por ello cada día hasta el momento que de nuevo crucen ese portón.

Con esa nueva determinación, espero enfrentar lo que esté por venir.