El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 22
56%

Capítulo 22

Cedric

V erla con las mejillas sonrojadas por la furia y la vergüenza me encanta, saber que a partir de hoy es mía, que voy a compartir su cama y que tendré la oportunidad de ganarme su amor y confianza de nuevo me llena de una nueva ilusión por el futuro.

Una que hace mucho no sentía más allá de las ansias de venganza.

—Deja de sonreír, patán. —Intento contenerme, recordando que no es el momento para que se enfurezca, lanza una de las almohadas, es el detonante para que la primera carcajada surja desde lo más profundo de mi garganta—.

¿Te estás burlando de mí? —acusa, lanzándome otro.

Los esquivo sin problemas, y a pesar de que podría pasarme así toda la noche, va a terminar agotada y no quiero que le suceda nada.

Me muevo más rápido de lo que ella incluso puede llegar a imaginar, cuando se quiere dar cuenta está tumbada en la cama conmigo encima. Jadea, sus mejillas sonrojadas y algo sudorosa, contengo un gemido, ¿cómo he podido ser tan estúpido y creer que puedo compartir su lecho y no desearla?

—Quítate de encima —sisea removiéndose—. ¿Me estás escuchando? —reclama.

—Lo cierto es que no —musito, observando sus labios con ansia, aunque se encuentren fruncidos en un gesto de enfado—. ¿Te hago daño? —Veo la sorpresa reflejada en su mirada.

—No —susurra, algo comienza a cambiar para ella también, la tensión crece y lo que había comenzado con una pelea por su parte y un juego por la mía se trasforma en otra cosa—. ¿Qué haces…?

—Nada de lo que me gustaría —reconozco, mirándola fijamente, su lengua pasea sobre su labio inferior, sé que lo hace sin maldad, que ni siquiera es consciente de lo que ese simple gesto despierta en mí.

—Estás mirándome de una forma muy extraña… —musita, ya no se mueve ni forcejea, su respiración es trabajosa, sus pechos suben y bajan chocando con el mío, sus pezones volviéndome loco—. Cedric…

—Gillian —respondo porque no soy capaz de razonar—. No sé en qué demonios estaba pensando…

Me aparto sabiendo que, si no me muevo, no voy a poder seguir resistiendo la tentación de devorar su boca con las ansias que me dominan. Ella se incorpora y me mira interrogativa, paso una de mis manos por mi cabello intentando tranquilizarme.

—Eres tú el que has insistido —alza el mentón—. Por un momento, se me habían olvidado tus malditos cambios de humor.

—¡Te deseo, maldita sea! —exclamo interrumpiéndola, no quiero que piense que esto es un juego para mí o que lucho contra lo que siento por sentir que traiciono la memoria de nadie—. ¿No lo has pensado, esposa?

—No creo que pueda… —balbucea azorada—. El bebé…

—Ya lo sé —replico—. No te estoy reclamando nada, ni he venido hasta aquí buscando esto. Pero parece que mi cuerpo responde al tuyo, aunque luche con todas mis fuerzas.

—¿Y qué piensas hacer? —pregunta, alzo una de mis cejas sin comprender—. ¿Aliviarás tu calentura en otra parte?

Me tenso ante el insulto, acusarme de serle infiel no es algo que esperara escuchar de sus labios después de confesarle algo tan íntimo. ¿Acaso no se da cuenta el poder que tiene sobre mí?

—No sé cómo tomarme tu insulto, esposa —mascullo, me mira sorprendida—. Que pienses eso de mí no me deja en muy buen lugar, ¿no crees?

—Los hombres soléis hacerlo —se excusa algo avergonzada—. Y yo no sé cuándo podré cumplir con mis obligaciones maritales.

—¿Qué hombres? —cuestiono molesto—. Pondría la mano en el fuego porque tu padre jamás le ha sido infiel a tu madre, y el mío nunca le ha sido desleal a… —maldigo en silencio cuando me mira como si fuera obvio que estoy olvidando que yo mismo soy fruto de una infidelidad—. No soy como él —siseo.

—Te has empeñado toda tu vida en demostrarlo —ironiza—. No comprendo por qué hemos acabado hablando de nuestros padres —se levanta de la cama—. Voy a cambiarme y acostarme, si no quieres nada más de mí…

—Lo que quiero no me lo puedes dar —me mira sobre su hombro—. Por ahora —añado, dejando claro que no pienso olvidar aquello que nos une con tanta facilidad—. Por el momento, me conformaré con dormir a tu lado.

—Sigues con eso —masculla, dándose la vuelta—. No me mires mientras me cambio.

—No hay nada que no haya visto antes… —replico obedeciendo—. Debes dejar el pudor a un lado, Gillian. En un matrimonio no tiene cabida.

—No sé con qué mujeres estás acostumbrado a tratar, pero yo no suelo desnudarme ante extraños —reclama, poniéndose el camisón con rapidez.

Podría decirle la verdad, pero eso sería darle todavía más poder. Ya le he dado demasiado por esta noche, y creo que tiene mucho que pensar, al igual que yo. La información que me guardo puede esperar, después de todo, dudo mucho que me crea.

Nos acostamos en la cama, me da la espalda, por esta noche voy a permitírselo, no hace falta que sepa que no tengo pensado dormir de esta manera lo que nos reste de vida. Al contrario, quiero que lo haga entre mis brazos, al calor de mi cuerpo, escuchar su respiración e impregnarme de su aroma.

—Buenas noches, esposa —murmuro, observándola en la semipenumbra que nos rodea.

—Buenas noches, Cedric. —No me pasa desapercibido que al llamarme por mi nombre pretende imponer más distancia entre nosotros. Ahora entiendo cómo ha debido sentirse durante todos estos años en los que me empeñaba en alejarla.

De nuevo, me encuentro a su lado, en la misma cama, y a la vez tan lejos.

Sé que soy el responsable, la tenía, era mía, y con mis desprecios he conseguido lo que tanto pensaba que ansiaba.

Ahora esa ausencia, el sentirla tan cerca y a la vez tan distante, es lo que me está matando, además de saber que he sido injusto con la gente que solo ha demostrado amarme a lo largo de los años.

La noche se convierte para mí en algo interminable, por lo que, con las primeras luces del alba, decido levantarme. Lo hago despacio, al salir de la alcoba, no puedo evitar sentir que me dejo algo con Gillian que no creo que pueda recuperar.

Ahora necesito aferrarme a la esperanza, apelar al buen corazón que sé que existe en su interior para que, al ver que mi cambio es sincero, pueda darnos una oportunidad.

—¿Por qué estás levantando? —Me giro, creo que jamás seré capaz de escuchar cómo mi padre se acerca a mí, es la persona más sigilosa que he conocido en mi vida.

—¿Debería seguir en la cama por algún motivo en especial? —pregunto, me mira con el ceño fruncido.

—Algo no ha ido bien en tu noche de bodas si preguntas eso, hijo —replica, riendo por lo bajo, me parece extraño verlo tan relajado conmigo, normalmente siempre está a la defensiva, como yo con él.

—Recuerda que hace dos días el bebé nos asustó. —Asiente—. No quería hacer nada que pudiera dañarlo.

—Te honra, por supuesto —palmea mi hombro—. Serás un buen padre.

Guardo silencio durante lo que me parece una eternidad antes de dejar que uno de mis tantos miedos se exprese en voz alta.

—Si no he sido un buen hijo, ¿cómo voy a serlo? —cuestiono en voz baja, mirando por la ventana, así me ha encontrado y no me he movido.

—Nunca he pensado eso, Cedric. —Lo escucho suspirar y posicionarse a mi lado—. Siempre me he echado la culpa a mí mismo. Te cargué con un peso enorme incluso antes de nacer. Recuerdo cada una de las veces en las que Maeve me recordó cuál sería tu futuro como mi bastardo.

Puedo escuchar el dolor en su voz, los remordimientos.

Como me dijo la curandera, no muchos hombres reconocen a sus bastardos, mucho menos los lairds, ya que se arriesgan a problemas entre sus hijos, el poder en muchas ocasiones hace que se olvide quién eres y cuál es tu lugar.

Yo siempre lo he sabido, desde pequeño comprendí que iba a ser Ethan quien guiara a los MacGregor, y mi rencor no nació por ese motivo.

—Nadie me hizo sentir distinto. —Reconocerlo ante él es duro—. Supongo que otros no tienen la misma suerte.

—No, no la tienen —lo miro sorprendido ante el tono de su voz, más frío—. Maeve me contó muchas cosas a lo largo de los años que podrían helar tu sangre, hijo. Y lo soportó, gracias a Dios, tenía a Malcom de su lado, o su vida hubiera sido todavía mucho más difícil.

No lo sabía, lo que es peor, nunca me preocupé en averiguarlo. Porque que ella también es una bastarda no era un secreto para nadie, de hecho, la esposa de mi padre jamás lo ha ocultado como algo vergonzoso, ha llevado la marca de nacimiento con orgullo y nadie puede reprocharle lo contrario.

—Padre, yo… —estoy a punto de hablar, de liberarme de la carga que se torna insoportable con cada día que pasa.

—Buenos días. —Ambos somos sorprendidos por la llegada de Maeve, ella me mira, parece saber lo que he estado a punto de hacer—. Qué madrugadores.

—Buenos días, esposa. —Mi padre la besa, como lleva haciendo cada mañana desde que tengo uso de razón—. ¿Por qué no continúas en la cama?

—Sabes que una vez te levantas me es muy difícil —hace un mohín que le confiere juventud—. Hola, Cedric. ¿Está bien, Gillian?

—Sí, la he dejado dormida —respondo cuando hace unos días mi respuesta hubiera sido una mirada de resentimiento y el silencio más absoluto.

—Me alegro —sonríe—. La celebración de ayer fue demasiado para ella.

—Se recuperará —sentencio, no hay otra opción.

—Por supuesto —replica—. ¿Tenéis algo planeado para hoy?

—Tenemos invitados —responde mi padre—. Podemos posponerlo.

Un silbido llama nuestra atención, mi padre y yo corremos hacia el patio. Los vigías advierten de la llegada de varios jinetes, cuando nos informan que son hombres del rey, sé que no es nada bueno.

—¿Qué querrán? —pregunta Maeve preocupada, sus manos se aprietan en señal de nerviosismo.

Mi padre los recibe como señor de Dunmara, le entregan una misiva. Justo en ese momento sale Malcom, y al verlo, también le dan una, es cuando me doy cuenta de que se trata de algo mucho más grave de lo que nos podemos imaginar.

—¿Qué demonios significa esto? —exclama mi padre—. ¿Debemos ir a las Orcadas? ¿Por qué?

—Hay rebeliones —responde uno de ellos—. Los lugareños se resisten a comprender que ahora las islas nos pertenecen. Que ha sido su rey quien se las ha entregado a Escocia.

—¿Y qué tenemos que ver nosotros? —inquiere Malcom—. ¿Solo nos lo ordena a los Sinclair y MacGregor?

—Sí —responde escueto—. Nuestro rey sabe cuáles son sus mejores guerreros. Y los más fieles, ¿o se equivoca? ¿Debo darle una respuesta negativa por vuestra parte? ¿Vais a darle la espalda a la corona retirando vuestro apoyo?

Ambos hombres se miran, parecen comunicarse sin necesidad de palabras.

Por lo poco que entiendo, se nos ordena ir a las islas para conseguir sofocar una rebelión con la que parece que nuestro rey no contaba, somos puros peones en un juego de poder que parece estar perdiendo.

Los jinetes se marchan, Maeve se acerca a mi padre.

Su rostro descompuesto, llora en silencio, ella también ha comprendido que nuestro tiempo de paz ha terminado.

Mi hermano y Connor aparecen alertados supongo por la voz de alarma de nuestros hombres.

—¿Eran hombres del rey? —pregunta Ethan, asiento—. ¿Qué quieren?

—Debemos partir hacia las Orcadas —informo a la espera de que mi padre y Malcom se acerquen para darnos más información—. Se acabó la paz, hermano.

Abre los ojos sorprendido, incluso diría que por un pequeño instante el miedo brilla en su mirada. Connor maldice y no espera a que los mayores vengan hacia nosotros, no pierde el tiempo, comienza el interrogatorio.

—¿Es cierto? —le escucho preguntar—. ¿Debemos hacer el trabajo sucio? ¿Por qué deberíamos?

—En su momento juramos lealtad —responde su padre—. Y debemos hacer honor a esa promesa.

—Donnan… —comienza a decir Maeve—. No vayas —implora—. No permitas que nuestros hijos vayan a las islas. Sabes que son salvajes, no nos aceptan y nunca lo harán.

—No tenemos elección —masculla apretando la misiva en un puño—. De alguna manera, sabían que los Sinclair estaban aquí, quieren a los mejores y no aceptarán un no por respuesta, eso nos convertiría en rebeldes.

—No es necesario que vengáis con nosotros, padre —interviene Ethan—. Nosotros nos ocuparemos.

—Donnan, creo que tu hijo nos acaba de insultar —replica Malcom—. Muchacho, empuñábamos una espada mucho antes de que tú nacieras. ¿Crees que tenemos miedo de los vikingos?

—¿Malcom? —Rowenna Sinclair acompañada de mi hermana desciende las escaleras para llegar al patio y correr hacia su esposo—. ¿Es cierto? —lo mira a los ojos implorando una respuesta que no va a recibir, al menos, no una de su agrado.

—No me pidas que no vaya —dice, acariciando su mejilla—. Te casaste con un laird, nací para defender mi patria y a los míos.

—Asegúrate de volver sano y salvo —replica aceptando la realidad—. Y trae a todos de vuelta.

—¿Es una orden, esposa? —pregunta con ironía, ella se ríe, a pesar del sollozo que estremece su menudo cuerpo—. Sabes que lo haré. Nuestra sangre no bañará las Orcadas. Pondremos paz y regresaremos a nuestro hogar.

Miro hacia la ventana de la alcoba de Gillian. Acabo de casarme, mi mujer espera nuestro primer hijo, he descubierto la verdad después de una década creyendo todo lo contrario y ahora debo partir sin haber podido enmendar todos mis errores.

¿Y si no regreso? Mi familia pensará que nunca los quise, que al morir los seguía odiando como creí hacerlo durante demasiado tiempo.

Si mi vida termina en esas malditas islas, Gillian jamás sabrá que es la única mujer que he amado con todo mi corazón.

Que siempre he sido suyo incluso cuando yo mismo luchaba contra esa certeza con todas mis fuerzas.

Y lo que es peor, no conoceré a mi hijo o hija, no sabrá cómo era, y vivirá con ese vacío toda su vida.

—Maldita sea —maldigo con rabia—. Justo en este momento, ¿por qué ahora?

Como si la hubiera llamado con el pensamiento, Gillian se asoma, nuestras miradas se encuentran, en la suya veo confusión, no estoy seguro de lo que ella pueda ver en la mía.

¿Derrota? Decido que debo ser yo quien le informe de este giro en los acontecimientos.

Me gustaría poder despedirme de ella lo mejor posible por si mi destino es no volver a Dunmara.