Capítulo 21
Gillian
H a llegado el momento. Lo que tanto he soñado está a punto de hacerse realidad y no me siento feliz por ello. Durante años, soné con ser la esposa de Cedric MacGregor, de ser la mujer que le diera hijos, sin embargo, siento como si me estuviera encaminando hacia un precipicio.
—Di solo una palabra y nos marchamos —susurra mi padre mientras descendemos las escaleras con cuidado, la curandera ha dado su permiso, después debo estar sentada todo lo posible y nada de bailar, no es que tenga muchos deseos de hacerlo—. Gillian…
—No pienso huir, padre —sentencio sin mirarlo—. No me has enseñado a ser una cobarde, por lo que te suplico que no vuelvas a insinuar algo así.
—Debí enseñarte a elegir bien a los hombres —rezonga, sonrío porque parece un niño pequeño malhumorado—. Cabeza en alto, pequeña. Demuestra el orgullo de los Sinclair.
—Siempre. —Obedezco en el momento en el que pongo un pie en el salón, donde todo está dispuesto para esta charada—. Vamos allá.
Cedric me espera al lado de su padre y hermano, no me pasan desapercibidos los golpes en su rostro y no dudo de quién se los ha causado.
Mi madre, tía Maeve y Nessa sentadas me sonríen emocionadas, intento devolverles el gesto para no preocuparlas, pero el peso de lo distinto que me parece todo a lo soñado comienza a ser insoportable.
—Me prometiste que no le harías daño —susurro disimulando.
—Prometí que no lo mataría y sigue respirando —rebate—. He cumplido mi palabra, muchacha.
No soy consciente de la gente a nuestro alrededor, solo puedo mirar al hombre que me voy a unir por propia voluntad, aunque no me imaginara para nada algo así cuando era una niña.
Supongo que, al crecer, la realidad de la vida se impone y no siempre sale como queremos, los planes no siempre funcionan, y aunque le he dado todo de mí, no ha sido suficiente para que él quisiera cambiar, dejar el rencor atrás para poder construir un futuro juntos.
—Gracias —murmura cuando llego a su lado.
Aparto los ojos porque me niego a adivinar qué sentimiento brilla en los suyos. La ceremonia comienza, me parece más larga de lo normal, mis piernas tiemblan y no estoy segura de sí son nervios o debilidad, sea como sea, no puedo flaquear ahora.
Agradezco que Cedric solo me dé un suave beso en la mejilla, pero más todavía que las personas nos envuelvan para felicitarnos, de esa manera, sin darme apenas cuenta, me alejan y puedo volver a respirar con tranquilidad.
—Podéis felicitarla mientras toma un pequeño descanso —dice mi tía, llevándome hasta una de las sillas—. Como sabéis, ha estado enferma…
No me pasa desapercibido que intenta ocultar mi embarazo, lo veo un estupidez, ya que la gente no es tonta, y mi hijo va a nacer sin que las fechas cuadren. Me importa poco lo que piensen de mí siempre y cuando lo respeten.
—Ten —mi madre me tiende un poco de agua—. Te veo pálida, ¿te encuentras bien?
—Solo algo nerviosa, eso es todo —respondo.
—Es lógico —replica Maeve—. ¿No recuerdas los nervios de la boda?
—Solo me acuerdo de que quería matar a tu hermano. —Ambas ríen—. Ya todo ha terminado, ahora solo tienes que ver cómo los demás se divierten sin ti —bromea, sonrío porque no puedo evitarlo.
—No me parece para nada gracioso —mascullo—. Si, al menos, pudiera bailar, mirad qué bien se lo pasa Nessa.
—Le encantan las fiestas y me alegra que la disfrute —dice mi tía—. La notaba triste, imagino que el distanciamiento con Cedric era el motivo. Para ella, sus hermanos son su vida.
Sé lo mucho que sufre, y nunca hasta ahora él había sido tan arisco con su hermana pequeña, parecía que era la única MacGregor a la que no solo toleraba, sino que en realidad amaba con todo su corazón.
—¿Te encuentras bien? —El susodicho llega a mi lado sin que me haya dado cuenta por mirar cómo disfruta su hermana menor—. Todos me han rodeado y…
—Estoy bien —interrumpo—. Estoy acompañada, por lo que no hace falta que te quedes aquí, ve y habla con los hombres o haz lo que debas —me encojo de hombros, mi madre me golpea con disimulo, la miro y ella me lanza una mirada de advertencia.
Sin embargo, no doy mi brazo a torcer, ahora soy una mujer casada y actuaré como mejor me parezca.
—¿Cómo van a estar los novios separados el mismo día de su boda? —pregunta mi tía horrorizada—. La gente hablará, niña…
—Va a hacerlo de todos modos cuando se den cuenta de que el motivo de este matrimonio es porque estoy preñada —musito.
—Gillian —reprende mi madre furiosa—. Deja de comportarte de este modo. No sirve de nada, tú misma me dijiste que ya no eras una niña, pues compórtate como tal.
Agacho la mirada avergonzada ante la regañina recibida delante no solo de mi familia política, sino de mi nuevo marido, uno que no tiene el mejor concepto de mí y que solo se ha prestado a esta charada por obligación.
—Por favor, Rowenna —intercede mi tía de nuevo—. Hoy es un día de celebración. Vayamos junto a nuestros esposos, dejemos a los novios asolas.
Se marchan mientras aprieto mis manos sobre mi regazo.
Las siento frías y temblorosas, una enorme y cálida las cubre.
Alzo la cabeza, Cedric no me mira, observa a la gente que danza a nuestro alrededor y, aun así, con este simple gesto me ofrece un consuelo que no le he pedido.
Podría retirarlas, dejarle claro que no necesito nada que venga de él, pero no sería cierto, por lo que decido seguirle el juego, al menos, por ahora.
—Deja de pensar —susurra como si nada sin mirarme.
—¿Cómo lo sabes? —inquiero a la defensiva—. Puede que te equivoques…
—Te conozco —me mira—. Pareces olvidarlo. No me aceptes si no quieres, no voy a obligarte. Pero no te conviertas en alguien como yo.
—No somos iguales —siseo con ganas de levantarme y mandarlo al infierno—. Yo jamás te hubiera hecho daño, Cedric.
—Lo sé —asiente—. Y por eso siempre he sabido que eras demasiado buena para mí.
Muerdo mi lengua, me niego a tener la misma conversación una y otra vez. La celebración continúa, me siento agotada cuando horas después los primeros invitados comienzan a marcharse, sin embargo, otros muchos parece que no tienen intención de hacerlo.
—Vamos arriba —Cedric se ha acercado de nuevo—. Estás intentando esconder un bostezo, y te he visto dar un par de cabezazos.
—Eso no es cierto —exclamo ofendida, ríe, su rostro se trasforma. Me deja sin aliento porque me recuerda demasiado al niño que me enamoró—. Pero algo debo concederte —asiento—. Necesito subir a mi alcoba de una maldita vez.
Habla con su padre y el mío, ambos me miran y cabecean en mi dirección.
Me pongo de pie comienzan los vítores, enrojezco porque sé lo que significan y se intensifican cuando el hombre que hace pocas horas se ha convertido en mi esposo me coge en brazos y comienza a subir las escaleras sin esfuerzo alguno.
Escondo mi rostro en su cuello muerta de vergüenza porque todos creen que vamos a consumar nuestro matrimonio sin saber que eso es lo que nos ha metido en este lío.
—Por Dios, qué vergüenza —exclamo en cuanto traspasamos el umbral de mi alcoba, pataleo para que me baje—. ¿Te parece que eso era necesario? —reclamo.
—No me culpes a mí —espeta defendiéndose—. Es la tradición.
—Me parece repugnante —mascullo ofuscada—. Todas las novias están nerviosas ante lo desconocido, no necesitan un montón de borrachos vociferando.
—Bueno…, tú no vas hacia lo desconocido —bromea, le lanzo una mirada que deja muy claro lo que pienso de su comentario—. No le des importancia, Gillian.
—Es que esos patanes piensan que tú y yo estamos… —callo porque no soy capaz de verbalizarlo.
—No puedo creerlo —se mofa—. La gran Gillian Sinclair se queda sin palabras y además siente vergüenza de que la gente piense que está retozando con su esposo.
—Cállate —le ordeno ofuscada, ya que se está riendo de mí—. Y vete de mi habitación.
—Lo cierto es que no puedo, esposa —se deja caer sobre el lecho y coloca sus manos tras la nuca, abro la boca sin poder decir ni una sola palabra ante la sorpresa—. No olvides que es nuestra noche de bodas, debo cumplir como un hombre, ¿no te parece?
—Eso ya lo hiciste —exclamo empujándolo—. Fuera de aquí, Cedric.
—¿No pensarás que vamos a dormir en habitaciones separadas? —pregunta, dejándome inmóvil, me mira fijamente y yo no sé dónde demonios esconderme.
—Muchos lo hacen —replico cruzándome de brazos—. Sobre todo, los que como nosotros se han visto obligados a casarse sin quererlo.
—Puede que estés furiosa conmigo por cómo me he comportado durante años, pero tú —recalca incorporándose— sí quieres estar casada conmigo. Y compartiremos esta cama hasta el día de nuestra muerte, ¿lo comprendes?
—¿Lo que yo deseo no cuenta, esposo? —replico, negándome a que sus palabras calen hondo en mi corazón—. Desde luego, tu modestia es… —no encuentro las palabras adecuadas para expresar cómo me siento, mi corazón late fuerte en mi pecho, mi cuerpo acusa la cercanía del hombre acostado en mi cama.
—Por supuesto —asiente—. ¿Qué clase de marido sería si no tuviera en cuenta tus opiniones? —pregunta—. Pero en lo que concierne a compartir tu cama, no pienso escucharte, Gillian.
—Tan egoísta e insensible como siempre —escupo, intentando poner distancia entre ambos—. Haz lo que quieras.