Capítulo 20
Cedric
M e marcho cuando lo único que quiero es quedarme, pero siento que no es el momento de interrumpir el reencuentro de madre e hija.
Además, no me ha gustado la sensación de que no pertenecía a ese lugar, niego con la cabeza para dejar de pensar en tonterías, debo centrarme en lo importante y ahora mismo ese no soy yo.
—¿Creías que iba a aceptar a tu hijo de buen grado, Donnan? —Detengo mis pasos en la escalera para escuchar la conversación, las voces retumban entre los muros de piedra de Dunmara—. ¿Es ahora mi hija alguna forma retorcida de venganza?
—No digas tonterías —exclama mi padre—. Nadie preña a una mujer por venganza.
Lo escucho maldecir, luego el golpe. Bajo corriendo las escaleras, mi padre se limpia la sangre del labio. No lo pienso, solo actúo, empujo a Malcom Sinclair para alejarlo e interponerme entre ellos.
—Pégame a mí —escupo furioso.
—Esto es nuevo —se carcajea—. ¿Desde cuándo defiendes a tu padre?
—Eso a ti no te importa —replico—. Él no es responsable de nada, déjalo al margen.
—Bien —asiente—. Parece que comienzas a ser un hombre…
El primer puñetazo me hace trastabillar hacia atrás; si fuera otro, podría devolverle el golpe, pero tratándose del padre de Gillian, debo aceptarlo sin devolvérselo. Escucho a mi padre ordenar que se detenga, soy consciente de que Ethan y Connor llegan advertidos por el escándalo.
Tras el tercer puñetazo, escupo la sangre en el suelo, aprieto los puños recordándome una vez más por qué no debo devolverle los golpes.
—Padre —llama Connor—. No queremos que mañana aparezca en su propia boda con el rostro destrozado.
Gruñe, pero al fin se detiene, algo que tendré que agradecerle más tarde a mi primo. Todos me miran a la espera de que haga o diga algo ante lo sucedido, por mi parte, solo puedo sentir paz, y espero que Malcom Sinclair también.
—Solo eso te salva, MacGregor —masculla—. Eso y que por desgracia eres el padre de mi nieto. Pero haz a mi hija llorar una vez más y te mataré.
Sé que no es una amenaza vacía, que es muy capaz de cumplirla sin que le importe la paz entre clanes, y sinceramente no soy merecedor de que más personas mueran para vengarme.
Entiendo que no puedo convencerlo con palabras, llevo diez años comportándome como un maldito patán y no puedo pretender que de la noche a la mañana los de mi alrededor confíen en mí.
—No puedo prometer tal cosa —se dispone a abalanzarse sobre mí de nuevo, pero su hijo lo detiene—. Sin embargo, no es algo que desee que suceda.
Los ojos de los presentes se posan sobre mí, deben estar pensando todo tipo de cosas y sacando sus propias conclusiones. Por mi parte, todavía no me siento preparado para aceptar mis errores en voz alta y rogar por el perdón que no merezco.
—Reza para que la vida no te dé hijas y no tengas que pasar por esto —masculla, soltándose del agarre de Connor—. Si ese es el caso, espero que cuides mejor de ellas que yo de la mía.
Da media vuelta y se marcha, parece derrotado. La culpabilidad es un sentimiento difícil de sobrellevar, y ver cómo el gran Malcom Sinclair parece herido de muerte no es algo que me guste ver. Connor va tras él, los observo hasta que los pierdo de vista.
—Vamos a curarte, anda —dice mi hermano—. Padre, entretén a las mujeres. Van a poner el grito en el cielo cuando lo vean.
—Maldita sea —musita, saliendo del salón…
—Buena la has hecho —reprende como suele hacer—. Vamos.
—Puedo curarme solo —es difícil dejar los viejos hábitos de golpe—. No voy a morirme.
—Era una manera menos directa de ordenarte venir conmigo para hablar en privado, zoquete —replica, perdiendo la paciencia.
—No tengo nada más que decir —rebato, intentando marcharme, detiene mi huida.
—Yo sí —afirma—. Y vas a escucharme.
Finalmente, le sigo por pura curiosidad, aunque mi antiguo yo pugna por salir y mandarlo al infierno. Llegamos al lago, yo mismo lavo mi cara con el agua fría del arroyo, las heridas escuecen, pero nada que no sea soportable.
—¿De qué querías hablar? —pregunto harto de su silencio, me giro para comprobar que me observa de brazos cruzados—. ¿Ahora te quedas callado?
—Sé la verdad —intento no demostrar ninguna emoción, soy un experto en ello—. Escuché todo, sé lo que hizo mi madre y por qué. Y ahora entiendo tu cambio, lo único que deseo saber es, ¿por qué? —frunzo el ceño sin comprender la pregunta—. ¿Por qué no pudiste hablar conmigo?
—Eras un mocoso, Ethan —espeto—. ¿Qué pretendías arreglar?
—Soy tu hermano —rebate—. Eras mi héroe, mi todo. Mi mejor amigo. Y de la noche a la mañana comenzaste a alejarme, si no lo hacía, me pegabas y, aun así, siempre volvía.
Agacho la mirada ante los recuerdos que sus palabras traen a mi mente. Tiene razón, cuando éramos niños, en ocasiones, pagaba mi frustración y dolor con él, con una persona inocente que no comprendía que yo me estaba rompiendo en pedazos.
—Ni hubieras podido hacer nada —repito—. Y hablar sobre esto ni cambia el pasado ni borra lo sucedido.
—No, pero, al menos, sé por qué —replica—.
Entiendo que esa mala pécora envenenó tu mente, destrozó tu infancia y…
—aprieta los puños, en sus ojos puedo ver la furia contenida—.
Consiguió lo que quería, Cedric, y era herir a nuestros padres.
Y lo peor de todo es que tú lo permitiste. Fuiste su arma.
—¿Crees que no lo sé? —le grito—. Pero ya no puedo cambiarlo, maldita sea.
—Tienes que hablar con padre. —Niego—. Sí, tienes que hacerlo. Al menos, se merece saber el motivo por el que su hijo le odia.
—No quiero crear problemas —rebato—. Deja el pasado donde pertenece.
—Ni hablar —gruño—. No vas a asustarme. No pienso permitir que siga cargando con una culpa que no es suya, Cedric. ¿No crees que, al menos, le debes eso?
—Si hablo, puede que tu madre tenga problemas con él —intento que entienda—. ¿Quieres eso?
—Puede que se enfade, pero se le pasará —se encoge de hombros—. No puede estar enfadado con ella por mucho tiempo, la ama demasiado.
—Lo haré cuando todo se calme, ¿de acuerdo? —intento ganar tiempo—. No puedo tener tantos frentes abiertos, Ethan. Tengo que concentrarme en Gillian y mi hijo.
—Una simple conversación con padre no va a cambiar todo lo demás, pero a él le darás una paz que no conoce desde hace una década.
Sé que no va a dar su brazo a torcer, que no va a dejarlo pasar, y lo único que consigue es que me sienta como un animal acorralado al que están a punto de matar.
—¿De qué tienes miedo? —Me tenso, que sea capaz de ver incluso lo que intento ocultar no me gusta—. ¿Temes que no te perdone?
No respondo, comienzo a caminar para alejarme, agradezco que no me siga porque me siento demasiado expuesto.