Capítulo 19
Gillian
H e sentido su ausencia y me he dado cuenta de que se marchaba de mi lado antes de escuchar los gritos que deben haberlo alertado.
Me he dado toda la prisa posible sin hacer ningún esfuerzo, y por un momento creí volverme loca al escuchar la furia de mi padre, el temor de no llegar a tiempo para detenerlo casi acaba con mi cordura.
Ahora, abrazada a él, envuelta entre sus fuertes brazos e impregnándome de su aroma, de ese olor a hogar, no puedo más que sentirme completa. Lejos de ellos, de Girnigoe, siento que me falta la otra mitad de mi corazón, lamentablemente, siempre he sentido lo mismo al alejarme de Cedric y Dunmara.
—¿Estás segura de que quieres esto? —vuelve a preguntarme, mirándome a los ojos, sabiendo que nunca he sido capaz de mentirle—. Puedes volver a Girnigoe con nosotros…
—No —interrumpo—. Quiero esto, es lo que debo hacer, padre.
—Deber y querer no es lo mismo —replica—. Y lo sé por experiencia. Cometí el peor error de mi vida permitiendo que me dijeran qué era lo correcto y lo pagué con creces, estuve a punto de perder a tu madre para siempre y eso casi me vuelve loco…
—Lo sé —respondo con un nudo en la garganta al ver el tormento que aquellos recuerdos todavía le provocan.
—No puedes salvarlo —susurra, cogiendo mi cara entre sus grandes manos—. Si él te amara, yo dejaría que siguieras tu camino por mucho que me doliera, pero…
—También lo sé —interrumpo, no quiero hablar de sentimientos porque intento olvidar los míos y no me lo están poniendo fácil—. Por favor, padre —suplico—. Tengo que hacerlo, por mi hijo.
Cierra los ojos sabiendo que mi decisión está tomada y es firme. Podría obligarme, pero sé que no va a hacerlo. Vuelve a abrazarme, me sabe a despedida, y tengo que morder mi labio inferior para no romper a llorar de nuevo, eso ahora no va a servir de nada.
Un carraspeo interrumpe nuestro momento, Donnan y los demás han regresado y ni siquiera nos habíamos dado cuenta. Puedo sentir cómo mi padre se tensa al ver al laird de los MacGregor frente a él, solo yo me interpongo entre estos dos guerreros que nunca han enterrado el hacha de guerra en realidad.
—Creía que dejaba a mi hija bajo tu cuidado, MacGregor —masculla, me preparo para lo que pueda suceder a continuación.
—Asumo mi culpa, por supuesto —asiente, abro los ojos sorprendida—. Pero debo recalcar que se quedó preñada antes de que os fuerais, por lo tanto…
El gruñido de mi padre lo silencia, hace que me mueva y lo cojo de un brazo, mi tía Maeve del otro, y que mi madre se apresure a llegar hasta nosotros.
—¿Osas acusarme a mí por la falta de tu hijo? —pregunta entre dientes.
—Ni mi padre ni mi familia son culpables de nada —todos callamos, yo incluso ahogo un jadeo de sorpresa ante la defensa de Cedric para con los suyos—. Ya he dicho antes que soy el único responsable y como tal asumo las consecuencias.
—Basta —espeto llamando la atención de todos—.
No pienso repetirme porque siento que llevo días haciéndolo.
Lo hecho hecho está y no podemos cambiarlo —llevo una mano a mi vientre—.
Debo decir que el próximo que insinúe que mi hijo es un error o algo parecido va a conocer mi ira.
Cedric y yo nos casaremos mañana, os parezca bien o no, y solo nosotros acarrearemos con nuestro destino.
—Creo que es lo más inteligente que he escuchado en mucho tiempo —aplaude mi tía—. Desde luego, la inteligencia no la ha heredado de ti, hermano.
—Cállate, Maeve —escupe, ahora es Donnan quien lo observa como si quisiera arrancarle la cabeza por hablarle de ese modo a su esposa—. Mi hija no demuestra mucha inteligencia eligiendo este camino.
—O sí —miro a mi tío—. Ninguno de nosotros tenía fe en que nuestros matrimonios fueran dichosos, y no sé tú, pero doy gracias a todos los dioses por poner a Maeve en mi camino.
—En su momento no estabas muy contento —rebate con ironía—. Me parece muy gracioso que seas precisamente tú quien intente dar lecciones, MacGregor.
—Malcom, por favor —mi madre intercede—. Detente. Somos familia desde hace más de veinte años, ¿por qué no sois capaces de llevaros bien?
—Lo hacemos —sentencia con una sonrisa que no presagia nada bueno—. Si no fuera así, mi hermana sería viuda hace mucho.
Ambas mujeres bufan y ruedan los ojos dando a sus hombres por imposibles, me doy cuenta de que me siento muy cansada, también que me duele un poco la parte baja de la espalda y me tenso ante el temor de que mi inconsciencia tenga consecuencias para mi bebé.
—Deja que te lleve arriba. —Cedric lo hace sin esperar mi consentimiento, ¿en qué momento ha llegado a mi lado?—. No deberías haberme seguido. Te lo advertí…
—Disculpa si no quiero que mi hijo crezca sin padre porque su abuelo lo ha matado —bromeo para aliviar la tensión que recorre cada músculo de mi cuerpo.
—Siempre has sido demasiado dramática —musita mientras entramos en mi alcoba.
—Y tú tienes los sentimientos de una piedra —escupo al verme atacada—. No puedes pretender que los demás actuemos igual.
—Por supuesto que no —me da la razón—. Pero no quiero que jamás vuelvas a arriesgar tu salud o la del bebé por mí.
Muerdo mi lengua para no responder porque lo único que me gustaría preguntarle es; ¿cómo no hacerlo? No es algo que pueda controlar, me sale de lo más profundo de mi ser, es algo visceral, mucho más fuerte que yo misma.
—Bien, dejaré que te maten la próxima vez —es algo que no pienso, sin embargo, no tiene por qué saberlo—. Puedes irte. No creo que mi madre tarde en subir.
Justo en ese momento la puerta vuelve a abrirse y Rowenna Sinclair entra como un vendaval. Se hace cargo de todo y, dándose cuenta de que no lo necesito, se marcha dejándome a solas con la mujer que me trajo al mundo y que tan bien me conoce.
—A mí no puedes mentirme, Gillian —dice mientras peina mi cabello—. ¿De verdad quieres esto? Porque si te están obligando, poco me va a importar que seamos familia…
—Nadie me obliga a nada, madre —interrumpo—. No comprendo por qué todos os escandalizáis —exclamo—. Desde pequeña entregué mi corazón a Cedric, ¿de verdad os parece tan extraño que me haya entregado a él?
—¿Fuera del matrimonio? —pregunta, asiento—. Lo cierto es que nada puedo reprocharte, ya que también lo hice, pero no puedo negar que me hubiera gustado algo distinto para mi única hija.
—Lamento haberos decepcionado, pero en ese momento no pensé en nada ni en nadie, solo… —guardo silencio al darme cuenta de lo que estoy diciendo, enrojezco por la vergüenza, esto es algo que nunca he hablado con nadie—. Lo siento, no puedo decir nada más.
—No te disculpes por amar —acaricia mi mejilla—. A veces me olvido de que ya no eres una niña, sino una mujer.
Permanecemos en silencio largo rato, solo disfrutando de la mutua compañía, la he echado tanto de menos, pero me doy realmente cuenta ahora que la tengo a mi lado.
Que puedo escuchar sus consejos, sentir sus caricias y percibir su aroma, ese con el que he crecido y que siempre me recordará a ella, incluso cuando ya no esté en este mundo.
—¿En qué piensas, querida? —me pregunta, sacándome de mis ensoñaciones, no quiero decirle la verdad porque expresarlo a viva voz duele demasiado, no comprendo por qué me siento tan melancólica—. Pareces triste.
—No sé lo que me pasa —reconozco, encogiéndome de hombros—. Todo ha sido tan caótico. Primero enfermo, después descubro que estoy en cinta, ayer pensé que lo perdía y…
—Estos meses van a ser difíciles —sonríe con dulzura—.
Puede que te sientas la mujer más feliz del mundo y poco después la más desdichada sin que haya pasado nada para ese cambio.
Me gustaría tanto estar a tu lado en todo el proceso —se, lamenta cogiendo mi mano—.
Pero sabes que mi lugar está en Girnigoe, igual que el tuyo ahora está en Dunmara.
Pero vendré para el parto, eso no lo dudes.
—Puede que las nieves hayan llegado para entonces —replico preocupada ante esa posibilidad.
—Nada ni nadie me impedirá estar a tu lado ese día —sentencia con convicción—. Veré nacer a mi nieto o nieta sin importar lo que ocurra.
Sonrío porque sus palabras, esa firmeza en ellas, me da la confianza suficiente como para creer que dice la verdad. Que nada ni nadie podrá detener a Rowenna Sinclair para estar a mi lado, que incluso desafiará las inclemencias del tiempo para estar aquí y no dejarme sola en semejante trance.
—Y ahora vas a hacer caso a lo que dijo la curandera y no te moverás de esta cama hasta que ella dé el visto bueno, ¿me has entendido? —advierte con un dedo—. ¿Creías que no lo sabía? Maeve ha sido lo primero que nos ha dicho a nuestra llegada.
—No podía permitir que padre… —alza una mano para silenciarme.
—Deja que los hombres solucionen los problemas a su manera —interrumpe—. No íbamos a permitir que lo matara.
—Muy graciosa —mascullo al ver su sonrisa—. Conociendo a Cedric, no sabía cómo reaccionaría.
—Algo ha cambiado en él. —Abro los ojos sorprendida al comprobar que no solo soy yo quien lo nota—. ¿Ha sucedido algo más entre vosotros?
No pienso contarle que he cometido el error de dejarle ponerme las manos encima de nuevo, ni de que hemos vuelto a discutir y mucho menos que soy yo la que ahora prefiere mantenerse alejada por mi propia paz mental.
—No —respondo tras un breve silencio—. Lo cierto es que no ha dado tiempo ni siquiera para aceptar que vamos a ser padres.