Capítulo 18
Cedric
C laro que no me he dormido, dudo que lo haga, pero es lo único que se me ha ocurrido para que Gillian por fin pudiera relajarse en mi presencia y descansara como es debido, ya que marcharme y dejarla sola no era una opción.
Abro los ojos en cuanto me doy cuenta de que está profundamente dormida. La miro y sonrío como un estúpido, como hace mucho que no me permitía hacerlo porque sigue teniendo el mismo rostro que me ha perseguido durante toda mi vida.
Sus mejillas salpicadas por algunas pecas, sus pestañas, su pequeña nariz y sus labios tentadores.
Ya no me parece que esté tan pálida como hace unas horas y en su rostro ya no queda rastro del rictus de dolor de antes.
Me giro despacio para quedar frente a ella, me gustaría abrazarla, pero no quiero que despierte, mucho menos que se aparte de mí como estoy seguro de que hará y no me siento preparado para ello, estar al otro lado no es algo que me esté gustando.
Me pregunto de dónde demonios he sacado las fuerzas para alejarme tanto de ella cuando siempre ha sido mi debilidad, supongo que el odio y el rencor llegaron a cegarme tanto que ya no era capaz de ver nada más a mi alrededor.
Finalmente, el sueño me vence, cierro los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, duermo como un niño.
***
Me despierto al escuchar gritos, me levanto con rapidez y salgo de la alcoba raudo, rezando para que Gillian no se despierte. Sé muy bien de quién se trata, por lo que ha llegado el momento de enfrentarme a Malcom Sinclair por mis actos.
—Al fin apareces —brama el Sinclair, Maeve y su esposa intentan detenerlo—. Pienso matarte, y ni tu padre va a poder salvarte. ¿Cómo demonios osas ponerle las manos encima a mi hija?
—Hermano, por favor —ruega Maeve preocupada—. Van a casarse y…
—Será si lo permito —grita interrumpiéndola—. Gillian es demasiado buena para un bastardo como tú.
—¡Malcom! —brama Maeve enfurecida, su cuerpo tiembla por la rabia que apenas puede contener—. Jamás vuelvas a decir algo así, estás hablando con mi hijo…
—No lo es —vuelve a interrumpir—. ¿Cuándo vas a dejar de defenderlo? Él no te ve como su madre, Maeve. Te odia y desprecia, y no haces otra cosa que protegerlo cuando no lo merece.
—Eso a ti no tiene que importarte, hermano —se tensa como la cuerda de un arco—. Deja a Cedric en paz, las cosas ya no se pueden cambiar. Gillian espera un hijo suyo y él va a hacerse cargo de ambos. ¿Qué más quieres?
—Que la respetara —sisea, mirándome con ganas de sangre—. Han crecido juntos, son primos.
—No lo somos —hablo por primera vez desde que he irrumpido en el salón—. Tú mismo has dicho que soy un bastardo, por mis venas no corre sangre Sinclair.
—No vas a casarte con ella —sentencia, mi mayor temor parece cumplirse frente a mis ojos; sin la aprobación de su padre, no hay mucho que pueda hacer.
—No puedes hablar en serio, esposo —miro a Rowenna, quien hasta el momento solo ha intentado retener a su esposo para que no se abalance sobre mí, aunque si algo está claro es que no lo ha hecho porque no quiere, las dos menudas mujeres no son impedimento para su fuerza—.
Mi nieto tiene padre, quiero que nazca dentro del matrimonio.
—No con él —rebate entre dientes—. Prefiero la vergüenza y el escarnio antes de que este miserable sea el marido de mi hija.
—Supongo que tengo algo que decir al respecto, padre.
—Todos nos volvemos hacia la puerta sorprendidos, corro hasta ella porque no tendría que estar fuera de la cama, mucho menos haber bajado las escaleras y así se lo hago saber, no me hace caso, solo mira hacia su progenitor—. ¿Connor no te explicó la situación?
—Hija —exclama Rowenna, quien acorta la distancia que las separan y la abraza—. ¿Estás bien? —la observa en busca de cualquier señal que le indique lo contrario—. Maeve nos ha dicho lo que sucedió ayer, lamento muchísimo no haber estado a tu lado, mi niña.
—Estoy bien, mamá —replica—. Cedric estuvo conmigo y cuidó de mí. —Los ojos de lady Sinclair se posan sobre mí, veo gratitud, aunque no la expresa a viva voz.
—Debes volver a la cama, sabes lo que dijo la curandera —susurro, asiente, pero no se mueve ni me permite cogerla en brazos—. Gillian…
—Lo haré cuando mi padre deje de hacer escándalo —alza el mentón—. Me ha despertado.
—¿Debo pedir perdón por ello, muchacha? —Está furioso, pero no con ella—. ¿Pretendes que me quede de brazos cruzados después de lo que te ha hecho?
—No sé cuántas veces voy a tener que repetir que Cedric no me hizo nada que yo no quisiera. —A pesar de que sus mejillas enrojecen, no calla—. Me entregué de buena gana, lamento decepcionaros, pero no soy una víctima, por lo que no necesito que repares mi honor.
—¿Estás escuchando a tu hija? —reclama a su esposa frustrado—. ¿Qué demonios les haces a las mujeres de mi familia que te entregan su amor y lealtad a pesar de despreciarlas?
No puedo contradecirle porque hasta hace unas horas así era. Me empeñaba en enterrar cualquier sentimiento puro por ellas y cubrirlo por completo de odio y desprecio. Negarlo sería mentir y me prometí a mí mismo no hacerlo nunca más.
—Puede que no lo merezca —asiento, dando un paso al frente—. Aun así, quiero casarme con Gillian, darle mi protección y criar juntos a nuestro hijo.
—Padre —comienza a caminar hacia él hasta llegar a su lado—.
Sabes que siempre ha sido él —susurra, imagino que no quiere que la escuche, lo hago y algo en mi interior se resquebraja—.
No lo hagas por Cedric, ni siquiera por mí, ya que sé que tienes razón.
Hazlo por mi hijo, por tu nieto. —Sus manos se posan sobre su vientre todavía plano, Malcom Sinclair baja la vista hacia allí y puedo ver cómo se emociona—. ¿Lo harás?
—Maldita sea, niña —masculla cerrando los ojos—. No estoy preparado para ser abuelo. Y menos que seas tú quien lo haga —la abraza, Gillian se rompe, escucho cómo Rowenna solloza a mi lado.
—Lo siento —musito sin mirarla.
—Siempre supe que serías tú. —La miro sorprendido, todos daban por hecho que acabaríamos juntos menos yo—. Aunque tenía la esperanza de que fuera ella quien te salvara, no que fueras tú quien la arrastrara a la oscuridad que te rodea.
En su voz escucho el lamento de una madre preocupada por el futuro de su hija.
Del tormento que supone pensar que no va a ser feliz a mi lado porque no soy capaz de amar como todos esperan.
Una lástima que todos ignoren que para mí ya ha cambiado mi vida, no solo por la llegada de un hijo que no esperaba, ni por el amor de una mujer que no merezco, sino porque por fin, después de años de ceguera, alguien ajeno a mi entorno ha tenido que quitarme la venda que cubría mis ojos e impedía que viera más allá del odio que me dominaba.
—No tiene por qué ser así… —susurro mientras vuelvo a observar la escena tan conmovedora entre un padre y una hija.
Somos interrumpidos por la llegada de mi padre, hermano y primo. Al ver la estampa, los tres detienen sus pasos, observan a su alrededor como si de ese modo pudieran asegurarse de que no existe riesgo de derramamiento de sangre, más bien de la mía.
—Connor —exclama lady Sinclair, corre para abrazar a su hijo, mayor quien la levanta del suelo sin dificultad—. ¿Has crecido?
—Por supuesto que no, madre —replica—. Me dices lo mismo desde que era un niño…
—Para mí siempre lo serás —dice con cariño—. Te he echado de menos.
Por supuesto que no responde, aunque la forma en la que la mira deja claro cuánto ama a su madre, y me hace sentir la ausencia de la mía.
Sin embargo, no puedo evitar mirar hacia donde se encuentra Maeve, se ha alejado de su hermano y acercado a mi padre, susurran, se comunican entre sí y debo reconocer que, durante mis primeros años, ella llenó ese vacío, de hecho, ni siquiera existía el sentimiento de ausencia.
—Veo que tío Malcom no te ha arrancado la cabeza. —Ethan ha llegado a mi lado sin que me diera cuenta—. ¿Cómo lo has conseguido?
—Las mujeres lo han detenido. —Me mira casi horrorizado, en otro tiempo hubiera reído ante su gesto—. No me han dado opción.
—Dios mío, qué vergüenza —exclama—. Lo imaginaba. Madre no iba a permitir que su hermano te dañara por mucho que lo merezcas.
¿Lo merezco? Por supuesto, todos lo saben…