El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

Gillian

E stoy mucho más tranquila, el dolor ha cesado y ya no sangro. Siento que la vida de mi hijo ya no corre peligro y puedo respirar por fin sin sentir esa opresión en el pecho ante la posibilidad de perderlo.

Es Cedric quien me tiene completamente perdida.

Acaba de regresar y parece que ha visto un fantasma, me mira como hace años que no lo hacía y no logro comprender qué ha podido pasar para que cambie tanto.

¿Es un espejismo? ¿Se comporta diferente movido por el miedo de perder a nuestro hijo, ese que le ata a mí?

—No es nada —frunzo el ceño—. Ahora mismo traerán algo de comer, ¿tienes hambre? —Me doy cuenta de que intenta desviar la conversación, algo que suele hacer siempre.

—Un poco —respondo, no quiero preocuparme, aunque sea algo que no puedo evitar, espero que llegue el día que pueda conseguirlo.

—Eso es bueno —se acerca hacia la ventana—. Supongo que mañana llegarán tus padres. No quiero que te entrometas —no lo dice como una orden, algo que vuelve a sorprenderme—. Lidiaré con lo que esté por venir.

—¿Pretendes morir para no tener que casarte conmigo? —bromeo, intentando pasar por alto el dolor al pensar en esa posibilidad, no lo quiero muerto, mi mayor deseo es que viva, aunque no sea a mi lado.

—Pretendo hacer las cosas bien —responde sin volverse a mirarme—. Es hora de asumir las consecuencias.

—Ni mi hijo ni yo los somos —escupo molesta—. Ni queremos un mártir, creía que ya te había quedado claro, Cedric.

—Lejos estoy de serlo. —Se vuelve para mirarme por fin—. Sabes que soy un miserable bastardo, pero todavía me queda algo de vergüenza. Soy un hombre, te toqué cuando no debía y por ello asumiré lo que tu padre decida para mí.

—Por el amor de Dios —mascullo—. Sé quién eres. Puedo acusarte de muchas cosas, pero nunca de que me hayas forzado a nada. Por lo que ambos somos responsables y es el único motivo por el cual accedo a una boda sin amor.

Aprieta los labios como si quisiera callar algo, aparta la mirada. Somos interrumpidos por la llegada de varias criadas, unas llevan sábanas limpias, otras comida, y tras ellas, llega mi tía con su acostumbrada sonrisa.

—Hemos tardado un poco más porque he pensado que te gustaría darte un baño. —Asiento satisfecha.

—No debe moverse —dice Cedric, le miro de una manera que debería dejarle claro que no quiero que interfiera.

—Por ello puedes alzarla en brazos y dejarla en la tina —replica Maeve—. Ella estará mucho más cómoda, créeme.

Lo escucho mascullar algo que no logro comprender, no es que yo tenga muchas ganas de que vuelva a ponerme las manos encima, pero si no queda otra opción, lo haré.

En cuanto me alza entre sus fuertes brazos, las muchachas comienzan a limpiar, me da vergüenza todo el estropicio que he provocado.

—Debería desnudarse —le dice a mi tía, esta asiente—. Hazlo, yo la sostendré.

Con agilidad, pronto quedo desnuda, escondo mi rostro en su cuello mortificada, no solo porque él puede verme, sino porque hay demasiada gente aquí dentro para mi gusto.

—Ya está —susurra con ternura, siento que el agua poco a poco envuelve mi cuerpo—. ¿Está bien de temperatura?

—Sí —respondo muerta de vergüenza—. No hace falta que te quedes ahí parado, no voy a ahogarme aquí dentro.

Se incorpora y cruza de brazos, aunque no dice ni una sola palabra para replicarme, sus simple postura me deja claro que no piensa obedecerme. No sé si lo hace solo para mortificarme o porque realmente teme que algo me suceda.

Comienzo a limpiarme, intentando olvidar que está a mi lado, pero su imponente presencia y su mirada, que siento como fuego ardiente sobre mi piel, no me lo permiten.

—Ahora debes tomar ese delicioso caldo y dormir. —Mi tía prepara uno de mis camisones—. Mañana estarás mucho mejor, aunque recuerda que no debes salir de la cama.

—Mi madre va a volverse loca —musito—. ¿Podrías explicárselo antes de que llegue aquí como un vendaval? —pregunto, mi tía se ríe.

—Claro, querida —asiente—. Aunque dudo que me escuche.

Salgo del agua y me apresuro a dejar que Maeve me cubra, Cedric de nuevo me lleva hasta la cama ahora ya limpia y preparada para mí.

No tardo en taparme lo mejor que puedo con la manta antes de que pasen por mi cabeza el camisón, no suspiro aliviada hasta que todos se marchan y solo quedamos el padre de mi hijo y yo.

—¿Vas a darme de comer también? —pregunto a la defensiva, no me gusta verme tan vulnerable, mucho menos ante él.

—Por supuesto.

—A mis manos no les pasa nada, Cedric. ¿No tienes nada importante que hacer?

—Más que tú y mi hijo no hay nada. —Su respuesta me deja con la boca abierta.

—No sé qué demonios ha pasado y realmente no quiero saberlo —comienzo a decir ofuscada, ahora soy yo la que me niego a sentir, a que mi estúpido corazón golpee con fuerza mi pecho cada vez que él abre la boca—.

Pero deja de hacer esto. Prefiero que seas el Cedric de siempre, al menos, sé a qué debo atenerme.

No es el momento para que me confundas, necesito paz y tranquilidad para centrarme en traer a mi hijo al mundo.

—Puedo comprender eso —dice mientras comienza a darme el caldo, acepto porque, cuanto antes empiece, antes acabamos con esto y se marchará de una vez—. Sin embargo, no voy a desaparecer. Ni ahora ni después.

—Entonces, ¿qué pretendes, Cedric? —Vuelve a darme una cucharada antes de responder—. ¿Que sigamos como hasta ahora?

—No —niega—. Pero aceptaré lo que me pidas.

—¿Y si te exijo que me cuentes qué ha sucedido para que parezcas un hombre completamente distinto?

.—No es el momento —responde, mirándome fijamente—. No quiero que mi familia… —guarda silencio, dejándome más preguntas que respuestas.

—¿Desde cuándo te preocupas por ellos? —cuestiono—. No quiero más.

Frunce el ceño, pero deja el cuenco y me ofrece un poco de agua. La tomo y me dejo caer sobre los almohadones, lo cierto es que tengo mucho sueño. Antes el miedo y el dolor me impedían sentir algo más allá del terror absoluto, pero ahora que he podido relajarme, mis párpados comienzan a pesar.

—Puedes marcharte —susurro, cerrando los ojos—. No es necesario que pases la noche en vela. Estoy bien, el peligro ha pasado.

—No voy a moverme de aquí —sentencia—. Duerme, no te preocupes por mí.

—No debería hacerlo —mascullo—. Pero que te quedes ahí como un pasmarote no va a ayudarme a conciliar el sueño. —Lo escucho suspirar, de inmediato, noto cómo el colchón se hunde, abro los ojos impresionada para comprobar que acaba de acostarse a mi lado y que ha cerrado los ojos dispuesto a dormir.

—¿Qué haces? —inquiero.

—Me has dicho que no me quede observándote dormir —se encoge de hombros, sus manos tras la nuca dejando al descubierto los músculos de sus brazos—. Así que yo también lo haré. Tengo el sueño ligero, y, si te pasa algo, lo sabré de inmediato.

Lo observo lo que me parece una eternidad, me queda claro que no piensa marcharse, por lo que obedezco y, por extraño que parezca, caigo rendida de inmediato.