Capítulo 16
Cedric
D escubrir una vez más que todo lo que creías cierto no lo es no es un golpe que pueda digerir de inmediato. Mucho menos cuando la puerta de la cabaña se abre dejando paso a uno de los muchachos que trabaja en las cuadras.
—Mi señora me envía a decir que os necesitan en Dunmara —jadea, dejando claro que ha venido hasta aquí corriendo, me levanto de inmediato, lo cojo por los hombros y lo zarandeo presa de un mal presentimiento.
—¿Quién…? —cuestiono.
—Lady Gillian —responde, salgo corriendo sin esperar a nadie más.
Tengo que llegar hasta ella, ¿por qué demonios la he dejado sola? ¿Por qué siempre pago con ella mi frustración y dejo que mis demonios me dominen dañándola en el proceso?
Cuando llego hasta su alcoba, la encuentro llorando, veo la sangre manchando su vestido, palidezco comprendiendo de inmediato que puede que esté perdiendo a nuestro hijo ante mis ojos y no puedo hacer nada por detenerlo.
Todo lo que me ha contado la vieja curandera llega a mi mente como una avalancha, ¿es mi castigo por todo el daño que he hecho a personas inocentes durante diez años?
Cuando la vieja se marcha tras darle un extraño brebaje y dejándonos más asustados que aliviados, me niego a marcharme, aunque Gillian me deja claro que no me quiere a su lado.
¿Puedo culparla? Por supuesto que no, y aunque sus palabras duelen y su frialdad corta como el cuchillo más afilado, me niego a volver a darle la espalda.
Permanecemos en silencio lo que parecen horas, ella con los ojos cerrados y yo a su lado sin dejar de contemplarla. Me doy cuenta de cuándo el dolor cesa porque deja de fruncir el ceño o hacer gestos que delatan su sufrimiento silencioso.
Cuando su mirada y la mía vuelven a encontrarse, una lágrima silenciosa recorre su pálida mejilla, me apresuro a limpiarla con ternura. Veo el miedo que tiene, el mismo que el mío.
—No sé si he dejado de sangrar —musita derrotada, parece tan cansada—. Y no quiero…
—Yo lo haré —me levanto del asiento que he ocupado en silencio durante horas, las más largas y dolorosas de mi vida—. Déjame ver —le pido con cuidado.
Aparto las mantas, veo que las sábanas están manchadas, intento no hacer ningún gesto que me delate.
Le insto a que abra sus piernas, alzo la falda y compruebo que no sangra, suspiro aliviado y le regalo una sonrisa, musita algo que no logro comprender y cubre su rostro con sus manos para ocultar el llanto que brota desde lo más profundo de su alma.
No me importa que me rechace, la abrazo con fuerza contra mi pecho, sé que llora de alivio, para dejar ir todo el miedo y la angustia de las últimas horas. Acaricio su espalda, su cabello, y susurro una y otra vez que todo va a ir bien, aunque nada parezca tener sentido ahora.
—Estaba tan aterrada… —dice contra mi cuello, sus lágrimas han mojado mi piel—. No quiero pasar por algo como esto nunca más.
—Te he dicho que todo saldría bien. —Beso su frente y aparto su cabello de su cara húmeda por el llanto incontrolable que todavía sacude su menudo cuerpo—. Ahora debes tranquilizarte.
Asiente, y vuelvo a tumbarla.
—Iré a pedir ayuda para cambiarte —le informo—. Estarás más cómoda de ese modo. Y algo para que comas.
Salgo de la alcoba, encuentro a mi padre en el pasillo, me sorprende. Ambos nos miramos, no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo lleva esperando.
—¿Ha parado el sangrado? —pregunta preocupado, asiento—. Gracias a Dios —musita—. Me alegra que te hayas quedado con ella. Te necesita más que nunca, no importa lo que diga, no permitas que te aleje en estos momentos.
—¿Qué haces aquí, padre? —cuestiono sin comprender.
—¿Crees que tu sufrimiento no es el mío? —devuelve, los remordimientos aumentan—. Sufro por ti, por Gillian y por ese bebé que también lleva mi sangre.
Agacho la mirada avergonzado, antes no me hubieran importado sus palabras, o, al menos, eso es lo que me habría dicho a mí mismo para calmar mi conciencia. Ahora ya no tengo excusas para hacerlo y la realidad me golpea con fuerza, vivir en ella va a ser muy difícil.
—Gillian es fuerte —le miro de reojo para verlo asentir—. Se pondrá bien.
—Eso nunca lo he dudado —replica—. Pero la naturaleza es cruel y muchas veces no somos capaces de comprenderla. El cuerpo humano es un misterio y la duda de cómo vaya a reaccionar persiste, ¿no crees?
—No creo que jamás deje de sentir miedo —reconozco—. ¿Cómo lo haces?
—No teniendo miedo ni a la vida ni a amar —responde sonriendo—. Forma parte de nuestra existencia, hijo mío. Y negarnos a ello solo nos hace sufrir más.
Me guardo para mí mis mayores temores, no solo a no saber amar, sino a que la gente que he dañado no sea capaz de perdonarme.
¿Tengo derecho siquiera a pedir su perdón?
Ya no se trata de orgullo, sino de completo terror a no ser merecedor de pertenecer a mi familia, esa que a lo largo de una década tanto he despreciado sin que lo merecieran.
—En cuanto lleguen los Sinclair, me gustaría ser yo quien los recibiera —me mira sorprendido—. Al fin y al cabo, soy el responsable de esta situación.
—¿Eres consciente de que Malcom Sinclair querrá sangre? —Asiento—. ¿Y de que no voy a permitir que te toque?
—No intercedas —abre los ojos—. Me lo merezco y soportaré lo que quiera hacerme. Dudo que me mate y deje a su nieto sin padre —me encojo de hombros.
—¿Qué sucede, Cedric? —Le miro dudando, decirle la verdad no es una opción—. Si algo más te preocupa, puedo ayudarte, lo sabes.
Debería odiarme por todas las veces en las que le he fallado, por todas las veces en las que su mujer ha llorado por mi causa y, aun así, tengo a mi padre ante mí tendiéndome la mano, una que no le he pedido en voz alta, pero que anhelo hacerlo como cuando era un niño.
—Nada —replico en voz baja—. Solo estoy preocupado. Voy a pedir que cambien las sábanas y le traigan algo ligero de comer.
—Ve —me dice, mirándome, sin estar muy convencido—. Me quedaré aquí por si necesita algo.
Asiento, ni siquiera me veo capaz de darle las gracias ante ese simple gesto. Me alejo raudo, bajo las escaleras de dos en dos y me detengo de golpe para no chocar con Maeve, que en compañía de Ethan salen de las cocinas.
—¿Gillian está peor? —pregunta mi hermano preocupado.
—No —respondo—. Ha dejado de sangrar. Venía a pedir que suban a cambiar las sábanas y quería subirle algo de comer…
—Por supuesto. —Maeve se da media vuelta y se hace cargo de la situación, dejándome con mi hermano, el cual me observa a la espera de mi reacción, puedo incluso sentir la tensión que emana de su cuerpo.
—¿No dices nada? —cuestiona a la defensiva, niego con la cabeza, podría decir muchas cosas que no van a reparar el daño—. ¿Nos estás ocultando algo?
—No —miento, al menos, no lo hago en lo que concierne a la salud de mi futura esposa—. Voy a volver con Gillian.
—¿Qué es lo que ha cambiado? —grita cuando me alejo, me detengo y lucho contra mí mismo por hablar o callar.
—Déjalo, Ethan —le pido derrotado, hace unas horas esta simple conversación hubiera terminado en pelea, ahora sé que no tengo motivo alguno por el cual luchar contra mi hermano pequeño.
Me alejo, aunque le escucho maldecir, después, la suave voz de su madre pidiéndole una vez más que me deje en paz. No recuerdo una sola ocasión en la que ella me haya recriminado nada, como si cargara con una culpa que no es suya.
Antes de entrar en la alcoba de Gillian y de que mi padre me vea, intento recomponerme porque desde hace horas siento que me estoy rompiendo a pedazos lentamente.
—Maeve se encarga —anuncio cuando llego a su lado—. Voy a entrar, no quiero dejarla mucho tiempo sola.
—Haces bien —asiente—. Si necesitas algo, sea la hora que sea, pídelo. Buenas noches, hijo.
Se marcha, lo veo alejarse cuando lo que quiero en este momento es correr hacia él y abrazarlo como llevo años sin hacer. En vez de eso, abro la puerta y me encierro en la alcoba de la mujer que no quiere saber nada de mí, pero a la que siempre he necesitado.
—Parece que has visto un muerto. —La miro sin saber que decir.