Capítulo 39
Cedric
—N o se escuchan gritos —bromea mi hermano, le doy un golpe en la nuca, él se queja, pero se ríe—. ¿Por qué me pegas? Estabas esperando, al igual que yo, para salir corriendo.
—No comprendo por qué demonios la detesta tanto —mascullo frustrado—. Dice que es feliz, intento de todos modos demostrarle mi amor, mi arrepentimiento. Pero con respecto a Freydis…
—Imagino que el miedo que pasó al pensar que no regresarías es algo que no le deja ver más allá. Y la vikinga es un recordatorio constante, por no decir que es demasiado hermosa para el gusto de muchas mujeres.
—Estupideces —espeto—. Mi esposa es la mujer más hermosa. No tengo ojos para otra, en realidad, nunca los he tenido.
—Es curioso. —Le miro—. Es cierto lo que dices, nunca te vi con mujeres… —añade pensativo—. ¿Era por ella?
Negarlo es una estupidez, asiento apartando la vista cuando sus ojos reflejan la sorpresa.
—Entonces, tú, cuando la embarazaste… —Cabeceo para que se calle—. No puede ser —exclama—. Eres apuesto —añade como si eso lo explicará todo.
—¿Y qué? —replico—. Mi odio no me dejaba pensar en nada…
—Pero deberías sentir —interrumpe, me mira como si fuera un espécimen extraño—. Dios mío, la amabas tanto que no eras capaz de tocar a ninguna otra.
—No quería ser como nuestro padre —reconozco ahora ya sin acritud.
—¿Y si jamás hubieras podido estar con ella? —pregunta en voz más baja.
—No sé qué hubiera hecho —reconozco—. Pero supongo que no estaría aquí. Tenía tan claro que deseaba destruirme que…
—No sigas —interrumpe de nuevo—. No quiero escuchar semejante pecado, mucho menos de tu boca. Eres mi hermano, maldita sea, Cedric. Daré gracias a Gillian toda mi vida porque ella te ha salvado, no fue ni el silencio de mi madre, ni su lealtad para contigo. Fue ella, fue tu esposa.
—Lo sé —asiento sonriente—. Siempre lo he sabido. Amarla me salvó de la oscuridad, aunque fue su amor el que me mantuvo con vida, todavía lo hace.
—Quiero tener lo que vosotros tenéis —se queja mientras avanzamos hacia la salida—. No pienso conformarme con menos.
—No debes hacerlo —concedo—. ¿Qué tal Moira? —pregunto irónico.
—¿Qué pasa con ella? —intenta disimular, pero no lo hace muy bien—. Es una buena muchacha. Y tanto padre como yo estamos dispuestos a que pertenezca al clan MacGregor.
—Sabes que no me refiero a eso —bufo, rodando los ojos—. No puedes ser tan estúpido, ella no se separa de ti, y la forma en la que te mira…
—No —detiene sus pasos y me mira con seriedad—. No sigas por ahí, no siento nada por la escocesa, no llama tanto la atención como la noruega. Lo cierto es que si Freydis me hubiera aceptado…
Escuchamos un golpe tras nosotros, alzamos la vista hacia las escaleras. Ahí en lo alto se encuentra Moira, la muchacha que al lado de su salvadora palidece, pero no por ello significa que no sea hermosa o carezca de valía.
—Lamento interrumpir —dice con voz temblorosa—. Gillian no quería preocupar a nadie, pero está en cama. Ha tenido un dolor muy fuerte en el vientre y Freydis y yo la hemos llevado a su alcoba. No parece que sea nada grave, mas…
Paso por su lado mientras sigue hablando. No necesito escuchar nada más para saber que mi esposa me necesita y para sentir que una vez más le he fallado por no estar a su lado para protegerla.
—No hay sangrado y el dolor ha desaparecido, no soy partera, pero diría que no hay peligro —escucho que le dice mi salvadora—. De todos modos, si no confías en mi criterio, puedo pedir que venga la curandera…
—No creo que sea necesario. —Me tenso ante sus palabras, entro en la alcoba revelando mi presencia—. Cedric…
—Esposa, vas a acabar conmigo —espeto intentando recuperar el aliento al verla aparentemente bien—. ¿Qué ha pasado? No deberías salir de la cama, al menos, hasta que nazca el bebé y…
—Alto —ordena—. No pasa nada. Seguro que Freydis tiene razón, puede que haya hecho un esfuerzo sin darme cuenta y mi cuerpo se ha resentido. ¿Crees que pondría a mi hijo en peligro?
—Por supuesto que no —resuelvo—. Eso no significa que no vayas a quitarme a mí años de vida con semejantes sustos —bromeo haciéndolas reír—. Por cierto, me complace ver que podéis estar juntas en la misma estancia sin tiraros de los pelos.
—Que gracioso —masculla—. Ni se te ocurra utilizar esto para estar encima de mí todo el tiempo —me advierte, alzo una de mis cejas porque ante esas palabras acuden varias imágenes a mi mente que nada tienen que ver con lo que ella se refiere, se da cuenta por mi mirada y se ruboriza—. ¡Cedric! —amonesta azorada.
—No he dicho nada —me defiendo mientras me carcajeo por su vergüenza. Me doy cuenta de que Freydis nos mira sonriente, pero en sus ojos un velo de tristeza impide que esa alegría aparente llegue a ellos.
—Os dejo solos —dice cuando se da cuenta de mi escrutinio—. Si necesitáis algo, estaré en mi alcoba…
Está a punto de salir de la estancia cuando las palabras de mi esposa la detienen, aunque no se gira para mirarla.
—No es necesario que te encierres, no eres nuestra prisionera. —No puedo sentirme más orgulloso, esta es la mujer de la que me enamoré—. En Dunmara todo el mundo es libre, Freydis.
—Gracias —musita, sale de la habitación dejándonos solos.
Me acerco hasta Gillian, sentándome en la cama mientras la observo en busca de alguna señal que me indique que sufre y lo hace en silencio para no preocuparme.
—Estoy bien —murmura, rodando los ojos—. Te conozco mejor que tú mismo —se jacta, acaricio su cabello algo sudoroso en sus sienes dejando claro que el dolor ha sido real e intenso—. ¿Te ha avisado Moira?
—Sí —asiento—. Y deberías haber dado la orden de inmediato en vez de intentar ocultarlo, no lo vuelvas a hacer —reprendo abrazándola, se deja hacer, apoya su cabeza en mi pecho.
—Me gustaría darme un baño —susurra tras un corto silencio en el que los dos hemos intentado tranquilizar nuestros corazones.
—Deja que te abrace un poco más —musito, acariciando su espalda—. Soy capaz de enfrentarme con la misma muerte, pero no con la posibilidad de que os suceda algo a ti o al bebé.
—No seas exagerado. —Sé que intenta relajar el ambiente, pero no me cabe la menor duda de que ella también se ha asustado—. No va a pasar nada. No quiero ni pensar cuando dé a luz…, ¿qué harás entonces?
—Tendrán que encerrarme —mascullo, levantándome para ordenar su baño—. Ahora vuelvo, ni se te ocurra moverte —le advierto con seriedad—. Lo digo en serio, esposa.
Salgo raudo mientras la escucho reír, sonrío como un imbécil, a pesar de saber que se está burlando de mí. Pido a las criadas que preparen el baño, me encuentro con las mujeres que no parecen preocupadas, por lo que Moira ha cumplido con mi petición de no asustarlas antes de tiempo.
—Gillian quiere un baño —explico cuando ven a las criadas preparando todo lo necesario.
—Marcharé a Girnigoe con el corazón y el alma en paz sabiendo que la cuidarás —dice Rowenna.
—Con mi vida —asiento—. Siempre.
Veo la emoción en sus ojos, puedo imaginar cómo se siente al saber que debe partir hacia su hogar dejando a su única hija atrás.
Si aún no lo han hecho es porque mi padre y Malcom Sinclair están planeando cómo defendernos del ataque de los noruegos.
Por no hablar de la idea de Freydis sobre el casamiento como arma contra su propio hermano.
Subo las escaleras en cuanto me informan de que la tina ya está lista. Gruño cuando veo que mi esposa no me ha obedecido y que está de pie desnudándose, cierro la puerta para darnos la privacidad que deseo.
—¿Nunca vas a hacerme caso? —pregunto, acercándome para ayudarla, para mí es un auténtico placer contemplar su espalda pálida, mis dedos la recorren, su piel se eriza, su cuello se arquea y deja caer todo su peso sobre mi pecho mientras mis manos la desnudan con delicadeza y una calma que estoy lejos de sentir.
Recuerdo el baño después de mi llegada, tal vez pueda devolverle el favor, sonrío.
—Cedric… —susurra temblorosa.
—Deja que cuide de ti —beso su cuello—. Adentro.
Jadea ofendida, contengo una carcajada de puro milagro ante su mirada agraviada.
Sé que me desea, sus pechos plenos con los pezones inhiestos, sus mejillas sonrojadas y el labio inferior hinchado por morderlo y así acallar lo que su cuerpo quiere gritar.
No pretendo torturarla, por eso, cuando está dentro de la tina y el agua caliente cubre su cuerpo, lavo su cabello con mimo, a pesar de que dolor de mi deseo insatisfecho me hace apretar los dientes ante cada gemido que sale de su garganta.
Cuando llega el momento de adorar su cuerpo, lo disfruto tanto como ella. Sus manos se crispan en el borde de la tina, sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos que invitan a apoderarse de ellos y beber de sus gemidos hasta quedar saciado.
—No me tortures más —musita entre dientes cuando mis dedos acarician entre sus piernas, lanza un grito y se tensa—. Dios santo. Ambos nos miramos sorprendidos de que haya alcanzado el éxtasis tan rápido, sin embargo, para mí es la señal de que ha llegado el momento de salir del agua.
La alzo sin molestarme en secarla, me apodero de sus labios por fin, gruño como un animal y la tumbo en el lecho con cuidado. Le hago el amor muy despacio, sin prisa, sin brusquedad, permitiéndome perderme en su interior hasta que ambos tocamos el cielo con los dedos.
Abrazados y saciados, nos dormimos con una sonrisa en los labios.