Capítulo 14
Cedric
L a rabia me domina, Maeve intenta escusarse de cualquier manera para conseguir mi perdón, uno que no pienso darle, tendrá que vivir con ello hasta el día de su muerte o de la mía, depende de quien se reúna primero con su creador.
Y que Gillian la apoye es algo que tampoco pienso perdonarle.
—Tú no te metas —le espeto—. Tú tienes madre, no sabes lo que significa crecer sin ella.
—Tienes razón —asiente—. He tenido la suerte de crecer junto a ella, de tener unos padres que me aman. Pero tú también. —Ruedo los ojos—. Puede que no tengas la sangre de Maeve por las venas, pero no me cabe la menor duda de que te quiere como si fueras su hijo. ¿No puedes tú quererla como si…?
—Jamás —interrumpo, el sollozo de Maeve debería conmoverme, pero no me lo permito, imagino cuántas veces lloró mi madre, sé cuántas lo hizo Brenda y a nadie le importó.
—No lo espero —su voz tomada por el dolor—.
Solo quería que supieras la verdad con la esperanza de que seas capaz de ser feliz al lado de Gillian.
No quiero que ella pague por mis errores, centra todo tu odio en mí, pero, por favor, deja de hacerle daño a tu padre y hermanos. Yo soy la única culpable.
Se marcha, sale de la alcoba como un alma en pena.
—¿Vas a dejarla marchar después de todo lo que sabes ahora? —pregunta mi futura esposa.
—Solo he escuchado mentiras y excusas —espeto—. No tengo nada que decirle.
—No puedo creer que te haya amado toda mi vida. —La miro, agacha la cabeza—. ¿Cómo he podido querer a un ser sin alma?
—Hablas en pasado… —camino hasta ella—. ¿Quieres decir que ya no sientes nada por mí, Gillian?
—¿Cómo podría amarte? —replica, aprieto con fuerza la mandíbula—. ¿Cuántas veces me has despreciado, Cedric? ¿Cuántas me has alejado como si para ti fuera prescindible? ¿Me amas…?
Guardo silencio porque no puedo hablar. No tengo respuestas claras para ella, por lo que lo único que puedo ofrecerle es esto; mantenerme callado mientras nos observamos como adversarios, y siento la necesidad imperiosa de demostrarle algo, de dejarle claro que sus palabras no significan nada.
Y permito que esa necesidad me guií, me apodero de sus labios, a pesar de que lucha contra mí, poco después es ella la que corresponde con la ferocidad que nace de la rabia más absoluta.
Todo pasa demasiado rápido, cuando me quiero dar cuenta, estamos en la cama, sobre ella y adentrándome en su cuerpo que tan bien me recibe.
Sus piernas se aferran a mis caderas, sus brazos rodean mi cuello mientras gime mi nombre.
Me obligo a ir despacio, a disfrutarlo, porque puede que nunca más suceda algo como esto entre nosotros.
No es nada comparado a la primera vez, ni su respuesta, ni la mía.
No dejo de observarla, su rostro sonrojado y sudoroso, sus ojos oscurecidos que no se esconden de los míos.
Cuando alcanza el éxtasis, la sigo tras escucharla gemir mi nombre, echar la cabeza hacia atrás exponiendo su cuello, en el que me pierdo cuando me desplomo sobre ella mientras sigo estremeciéndome.
Después del estallido, solo se escucha en la alcoba nuestras respiraciones y el crepitar del fuego, puedo sentir el latir de su corazón contra mi pecho, piel contra piel.
—Esto no debería haber pasado… —Me tenso ante su susurro, me alejo abandonando su cuerpo.
—Deberías decirlo cuando no estuviera todavía en tu interior —espeto herido, pero ni loco voy a demostrarlo—. Claro que no tenía que pasar, al menos, ahora sabemos que no puedo dejarte preñada de nuevo —bromeo, levantándome de la cama.
—Bastardo —sisea, duele, esa maldita palabras siempre va a conseguir hacer mella en mí—. Te odio.
—No es un sentimiento nuevo para mí, pero tú dudo que seas capaz de sentirlo —replico, dirigiéndome hacia la puerta—. Tienes un gran corazón, no dejes que yo lo corrompa, Gillian.
Salgo, escucho golpes dentro de la habitación y me siento tentado a regresar para asegurarme de que esté bien, sin embargo, no lo hago porque no me veo capaz de enfrentarme con el odio que dice sentir por mí.
Mi mayor temor es que se haga realidad, que sus hermosos ojos, que un día se iluminaban al verme, se vean ahora empañados por ese maldito sentimiento.
Me encierro en mi alcoba pensando en todo lo sucedido. En las palabras de Maeve, que sonaban tan sinceras que remueven todo lo que llevo contenido en mi interior. Miles de dudas me asaltan, tantos años creyendo que conocía toda la verdad y ahora…
—No —siseo dando vueltas por la estancia como un animal enjaulado—. No puede ser cierto. Seguro que guardó silencio para no tener más problemas.
No puedo creer que haya callado y mentido a mi padre por mí. Por ese supuesto amor que siempre parece profesarme por más desprecios que le haga. ¿Es todo parte de un plan? Pero ¿cuál? Y lo más importante, ¿por qué esperar una década?
Por mucho que pienso, no consigo una respuesta que me satisfaga.
La más lógica es que dice la verdad, que su amor por mí le impidió hablar sabiendo que mi padre acabaría con la vida de Brenda sin dudar.
Sin embargo, si lo acepto, la visión de la historia que me contó cambia mucho y todo lo que he dicho y hecho a lo largo de los años no tendría razón de ser, convirtiéndome en un ser despreciable, y no estoy seguro de que sea algo con lo que pueda vivir.
Golpeo con mi puño la pared más cercana dominado por mis demonios, las gotas de sangre manchan el suelo sin que me importe, mis nudillos están destrozados, pero no soy capaz de sentir el dolor, ya que solo puedo pensar en todo el que he infligido a mi familia.
—No puede ser… —no puedo dejar de repetirlo—. Ya no sé qué creer, maldita sea.
Necesito saber la verdad, salgo de la alcoba y recorro raudo los pasillos, abandono el castillo al recordar las palabras de la vieja curandera. Voy en su busca para que ella me confirme las sospechas, de ser cierto lo que Maeve acaba de confesar, ¿cómo demonios voy a enfrentarlos?
Al llegar a la pequeña cabaña de la curandera, golpeo la puerta con fuerza, necesito respuestas y las quiero ya; soy impaciente por naturaleza.
Cuando abre y me ve, sus ojos recorren mi cuerpo en busca de la causa de mi presencia en su casa.
Mi mano llama su atención, asiente y se hace a un lado para dejarme pasar.
—Golpear paredes no va a solucionar nada, muchacho —me dice, cerrando la puerta, la miro sorprendido.
—¿Eres bruja? —cuestiono, sentándome frente al fuego—. ¿Cómo sabes que he golpeado una pared?
—Porque he vivido más tiempo que tú —se encoge de hombros mientras comienza a preparar algo—. Ya sé diferenciar las heridas, mala curandera sería si no pudiera hacer siquiera eso.
Guardo silencio a la espera de que comience a curarme. Muevo mi pierna con nerviosismo, todo me parece que va demasiado lento, como si el tiempo se hubiera detenido.
—No creo que hayas venido solo para que te cure. —Es demasiado sabia para mi gusto, se sienta frente a mí y me ordena con un gesto que le de la mano—. ¿Qué deseas saber? La verdad es que llevo demasiado tiempo esperándote, Cedric MacGregor, eres incluso más cabezota que tu padre.
—Me dijiste una vez que… —carraspeo— las cosas no eran como parecía. ¿A qué te referías?
—¿Mi señora al fin te ha contado lo que ha guardado durante tanto tiempo? —cuestiona de vuelta—. Debo decir que tiene más honor que cualquiera de este clan.
—¿También lo sabías? —escupo incrédulo—. Durante años pensaba que lo había ocultado bien.
—Para ser un niño, lo hiciste muy bien —replica riendo—. Muchacho, ¿de verdad pensabas que lady Maeve te iba a dejar ir y venir por el bosque sin preocuparse? Tenías unos pocos meses cuando comenzó a amamantarte junto a tu hermano. En su corazón eres su hijo, aunque no lo quieras admitir.
—Pero hizo que echaran a mi madre —exclamo, no siento dolor mientras me cura—. Enfermó y…
—Tu madre hubiera muerto igual —interrumpe con firmeza—.
Desde pequeña padeció ese mal. Yo era muy joven, pero ya acompañaba a mi madre y la ayudaba, recuerdo bien que tu madre contrajo unas fiebres que le dejaron secuelas para siempre.
Le advertí lo que sucedería si quedaba embarazada, después del parto, su cuerpo estaría demasiado vulnerable, pero no me hizo caso.
—Mientes —murmuro conmocionado—. Brenda me contó que…
—Lo que su mente enferma quiso creer —vuelve a interrumpir—. Nunca fue una mujer muy cuerda que digamos, pero la muerte de Lisset acabó de trastornarla, tanto como para intentar matar a tu hermano. ¿Cómo has podido dejar que ella te envenene sabiendo eso?
—Yo… —no tengo palabras, no puedo hablar—. ¿Qué he hecho?