Capítulo 12
Cedric
H e conseguido calmarme lo suficiente como para regresar al castillo. Lo que me ha sorprendido es la conversación que he escuchado tan sentimental por parte de Connor y Gillian. Siempre lo he sabido, son muy cercanos, mucho más que Ethan y yo, al menos, desde que comencé a alejarme de todos.
Y, sin embargo, no he podido evitar sentir celos, de su cercanía, de que sean capaces de hablar sobre lo que sienten sin tapujos, y peor aún, de mostrarlo.
Aunque escuchar a Gillian tan decidida a seguir su vida conmigo o sin mí no me ha gustado en lo absoluto, suena egoísta, y lo soy, no niego mis defectos.
—Cierto —concedo, adentrándome más en el salón—. Pero así son las cosas —me encojo de hombros, me sirvo un whisky que quema mi garganta—. No podemos cambiar el hecho de que estás preñada, y de que soy el padre.
—Por desgracia —escupe mi primo, me mira con autentico odio, algo que nunca había sucedido.
Crecimos juntos, soy el único responsable—.
Si tuvieras honor no le habrías puesto las manos encima, y el la única razón por la que todavía las conservas es porque no quiero que mi sobrino o sobrina tenga un padre manco, además de ser incapaz de amar incluso a los de su propia sangre.
No hay duda de que sabe golpear donde más duele. Que utilice al bebé que crece en el vientre de Gillian me parece muy rastrero, pero no digo nada, está utilizando mi táctica y pienso seguirle el juego.
—Perdería todo mi encanto, desde luego —replico irónico, Gillian bufa y rueda los ojos, Connor sisea.
—Deja de molestarlo —me recrimina mi futura esposa—. ¿Por qué para ti todo es una batalla?
—Sería muy aburrido si no lo fuera, Gillian —le respondo, perdiendo la sonrisa—. ¿Por qué para ti todo es un drama?
—Maldita sea, deja que le parta las piernas —escupe Connor, mascullando, a su hermana, pero suficientemente alto para que yo lo escuche.
—Inténtalo —le reto, no comprendo por qué algo en mi interior me empuja a retarlo, supongo que el dolor físico alivia el que no se ve, pero está ahí constantemente—. Vamos, primo —insisto cuando no se mueve.
—Basta, Cedric —Ethan y mi padre aparecen—. ¿Todavía tienes más ganas de que te golpee?
—Ahora ni siquiera me rozaría —me jacto, mi padre niega con la cabeza como si me diera por perdido, mi hermano se detiene a mi lado de brazos cruzados.
—¿Apostamos? —pregunta sorprendiéndome.
—Ethan —reprende nuestro padre—. Tengamos algo de paz, por favor. En cuanto lleguen los Sinclair, esto va a ser una batalla campal.
Se sienta frente al fuego, sus dedos aprietan el puente de su nariz, por primera vez me permito observarlo con atención.
¿Ese cabello blanco en las sienes estaba ahí hace mucho?
La realidad me golpea, mi padre no será eterno, al igual que nosotros hemos crecido, ellos han envejecido, al menos, han tenido la oportunidad. Mi madre y Brenda no la tuvieron.
—Si tanto le temes, puedo ir yo a Girnigoe. —Doy un paso al frente, me mira, lo hace con cansancio—. Soy yo quien debo asumir toda la culpa y la responsabilidad.
—Estaba ahí. —Gillian da un paso al frente llamando nuestra atención—. Por favor, deja de comportarte como un mártir, me agotas.
Escucho cómo Ethan contiene una carcajada, Connor ni siquiera lo intenta, observa a su hermana orgulloso. Mi padre nos mira; primero a Gillian, después a mí, y soy incapaz de adivinar lo que está pensando en estos momentos.
—Espero que no se lo pongas fácil, muchacha. —Miro a mi padre sorprendido—. Si lo haces, pasará por encima de ti. No permitas que jamás te pierda el respeto, no me obliguéis a intervenir en vuestro matrimonio.
—¿De parte de quién estás, padre? —pregunto enfadado.
—Del tuyo —responde sin dudar—. Del vuestro, en realidad. Si sigues por este camino, vas a perderla, y lo que es peor, a tu hijo o hija no nacido. Piensa antes de abrir esa bocaza que tienes más afilada que tu espada.
—Qué bien, estáis todos aquí —dice Maeve al entrar acompañada de mi hermana—. ¿A que no sabéis qué he estado haciendo? —pregunta animada.
—Hemos buscado cosas para el bebé —se adelanta mi hermana con su acostumbrada impaciencia—. Todo lo que tenemos de cuando éramos niños.
Gillian sonríe, le brillan los ojos. Intenta contenerse, pero sé que está emocionada.
Cómo me gustaría poder disfrutar igual que ella, de fondo escucho a los demás parlotear, acaban sentados alrededor del fuego y, como siempre, yo no lo hago.
Pero algo es distinto en esta ocasión, alguien coge mi mano y tira de mí obligándome a unirme a ellos.
No es otra que Gillian, y me doy cuenta justo en este momento que siempre lo ha hecho, incluso cuando éramos unos niños.
Cuando comencé a alejarme, ella insistía una y otra vez, no se daba por vencida, haciendo que fuera yo quien diera su brazo a torcer, hasta que crecí lo suficiente, y el odio conmigo para crear unas murallas insalvables a mi alrededor.
—¿Qué siente al ser abuelo tan joven, padre? —Me tenso ante la pregunta de mi hermana, sé que no existe malicia en ella, aun así, no puedo evitarlo.
—No soy tan joven, pequeña —le sonríe con dulzura—. Me alegra, pero me haría completamente feliz saber que va a nacer dentro del matrimonio y con unos padres que se aman.
Intento contener la risa, no lo consigo, por lo que atraigo todas las miradas sobre mí. A veces, dudo de si mi padre es consciente de todo lo que dice o su mente olvida lo que él hizo en su juventud.
—¿Tienes algo que decir, hijo? —pregunta, mirándome fijamente.
—Mucho, sin embargo, no lo voy a hacer —replico—. No quiero perturbar esta paz familiar —me burlo.
—Lo haces con tu simple presencia —masculla Ethan.
—Silencio —reprende su madre—. No digas una palabra más.
—No es necesario que me defiendas, Maeve. —Hace mucho que dejé de llamarla madre—. Deja que hable, me interesa mucho la opinión de mi hermanito.
Casi puedo escuchar cómo chirrían sus dientes. Gillian, sentada a mi lado, me pisa el pie con saña para llamar mi atención, la miro con el ceño fruncido, ella me devuelve el gesto dejando claro que no le gusta mi comportamiento.
—Acostúmbrate, esposa —susurro en su oído, sonrío al ver cómo se estremece.
—Todavía no lo soy —rebate entre dientes mientras se niega a mirarme, no me hace falta para saber que su cuerpo reacciona a mi cercanía sin necesidad de tocarla siquiera, mentiría si dijera que eso no me complace sobremanera—. Y si por mí fuera, no lo sería jamás.
Pierdo la sonrisa poco a poco, no me ha gustado nada su último comentario.
Me doy cuenta del silencio que nos envuelve, todos nos observan a la espera de mi estallido, por lo que me controlo como puedo, aprieto los puños con fuerza mientras muerdo mi lengua con saña hasta probar el sabor de mi sangre.
—Va a ser divertido —exclama mi hermana—. Me encanta que Gillian sea capaz de cerrarte esa bocaza que tienes, hermanito.
—¿Podemos pasar un rato en familia sin discutir? —la pregunta de su madre hace que mis hermanos dejen de intentar enfurecerme.
Todos hablan y yo, como siempre, me mantengo al margen y dejo que todo los recuerdos con Brenda reafirmen mi decisión, y reconstruyan la coraza que en ocasiones parece resquebrajarse.
Gillian, a mi lado, parece muy animada, me recuerda a la niña con la que corría por todo Dunmara en las semanas de verano que solía visitarnos.
Hasta que todo cambió y me di cuenta de que no podía permanecer a su lado porque mis sentimientos habían cambiado y eran demasiado fuertes.
La hora de la cena llega y la sirven tras la orden de la señora de Dunmara. No me pasa desapercibido cuando Gillian comienza a jugar con la comida en su plato, incluso cambia su forma de respirar, bebe, pero no siento que mejore su estado.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja para no alertar a los demás.
—Sí —replica, de inmediato, tensando su espalda—. Deja de mirarme, me pones nerviosa.
—No me mientas —siseo—. Parece que estás a punto de…
No me da tiempo a terminar de hablar cuando vacía su estómago de nuevo. Soy yo quien aparta su cabello y la sujeto para que no caiga de su asiento. Cuando todo pasa, parece agotada, la cojo en brazos y la llevo hasta su alcoba con Maeve y Nessa tras de mí.
—Niña, túmbate. —Muerdo mi lengua de nuevo para no decir nada—. Las náuseas son lo peor, y las tuyas han comenzado muy temprano.
—Pero me encontraba bien —se queja cuando la tumbo, cierra los ojos, pálida y sudorosa—. Pero el olor de la comida…
—¿Quieres decir que vas a vomitar cada vez que huelas algo para llenar el estómago? —pregunto incrédulo.
—No —resuelve Maeve—. Se le pasará. Los primeros meses son los peores.
Nessa regresa poco después con unos paños húmedos y agua para que beba. Me siento impotente y culpable porque es mi hijo quien la enferma. ¿Será algo normal como dice Maeve? ¿O realmente algo no va bien?
—¿No sería mejor llamar a la curandera? —pregunto, intentando no parecer muy preocupado.
—He dado a luz dos veces, Cedric —replica sonriéndome—. ¿Crees que pondría en riesgo a mi propia sobrina?
—No eres curandera —insisto—. ¿Por qué debemos dejar que sufra?