El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Gillian

C uando se marcha, me acurruco en el lecho y lloro por todo. Por la libertad que voy a perder, por el miedo de saber que dentro de unos meses una persona va a depender completamente de mí y de un hombre incapaz de amar, al menos a mí.

También lo hago porque sé que mis padres se van a llevar una decepción.

¿Cómo voy a mirarlos a la cara después de esto?

Espero que no hubieran dado su palabra a ningún otro clan, no podría soportar ser la causante de una guerra después de todo lo que durante años ha hecho mi padre por conseguir la paz.

—Tengo miedo… —musito a la nada, mis manos se posan sobre mi vientre plano—. ¿Por qué me has escogido como madre?

Mi mayor temor es no saber cuidarlo como corresponde. Peor aún, que Cedric no sea capaz de amarlo, si ya me duele su desprecio para conmigo, si alguna vez osa hacer sentir a nuestro hijo o hija que no es querido, yo misma me iré de su lado sin mirar atrás.

Intento imaginar el futuro que tengo por delante y solo veo soledad.

¿Podré soportarlo por el bien de mi bebé?

Siempre me he considerado una mujer valiente, pero no él lo que a Cedric respecta.

Estaba dispuesta a marcharme y no regresar jamás a Dunmara para no verlo, tenía decidido aprender a vivir sin él y ahora me veo obligada a unir mi destino al suyo por un momento de locura.

—¿Gillian? —Me giro para mirar hacia la puerta, mi tía entra y cierra—. Ten, asentará tu estómago y templará tus nervios.

—Gracias —me incorporo, limpiando las lágrimas de mi rostro, pero no pasa desapercibido para los ojos de Maeve, que me mira preocupada.

—Sé que ahora lo ves todo negro —dice sentándose a mi lado mientras me tomo lo que me ha traído—. Pero si el destino tenía esto preparado para vosotros es por algo.

—Pues que cruel —musito—. Unirme a alguien que no me ama…

—Creo que te equivocas —la miro extrañada—. Hay dos personas a las que Cedric no puede odiar, una es Nessa y la otra eres tú. No importa lo que él diga o haga para obligarse a alejaros, eso no va a cambiar por mucho veneno que… —se calla, sin embargo, ya es demasiado tarde y no voy a dejarlo pasar.

—¿A qué te refieres, tía Maeve? —pregunto—. Por favor, no me ocultes nada. Voy a ser su esposa y necesito saber todo lo que pueda ayudarme a llegar hasta él.

—He guardado el secreto durante más de una década —comienza a decir con pena, una que estruja mi corazón—.

He mentido a mi esposo, pero no podía arrebatarle de nuevo a una persona a Cedric por muy mala que esta fuera.

Cuando su madre murió, poco después, la mejor amiga de Lisset intento matar a Ethan y Donnan la desterró.

Jadeo horrorizada, algo había escuchado a lo largo de los años, porque no se destierra así como así a alguien de un clan. Su crimen tiene que ser proporcional a tal castigo.

—Todos pensamos que se había ido lejos, tal vez vuelto con su familia.

—Asiento para animarla a seguir porque me doy cuenta de que le cuesta revivir esos momentos—.

Pero no fue así. Esperó cerca hasta que Cedric cumplió los diez años —sentencia, algo se rompe en mi interior porque recuerdo muy bien que fue esa época en la que empezó a cambiar.

—Ella… —Asiente interrumpiéndome—. Maldita sea.

—Podría haberla detenido, ¿sabes? —cuestiona sonriendo con tristeza y arrepentimiento—. Cuando me di cuenta ya era tarde. Cedric la necesitaba, ya me odiaba, y yo… —Cubre su rostro con sus manos para ocultar el dolor.

—No querías ser la responsable de que la mataran y que él te odiara más. —Asiente—. ¿Dónde está?

—Ha muerto —responde cuando se tranquiliza—. No hace mucho. Pero durante años se ha encargado de esparcir su veneno, Cedric se ha ido alejando y cerrando a nosotros, sin embargo, desde su muerte, supe que todo estallaría.

—Entonces, la culpable de que yo haya perdido al amor de mi vida es esa perra —siseo enfurecida—. Durante años lo ha envenenado con a saber que cuentos, y lo hemos pagado las personas que lo amamos.

—Es mi culpa —susurra—. Si no hubiera callado… Pero Donnan la hubiera matado, era la única persona que conocía a Lisset y no quise arrebatarle eso también.

—Puedo entenderlo, pero ha sido un precio demasiado alto, tía —replico—. Ahora espero un hijo suyo y temo que su rencor sea demasiado…

—O puede ser su salvación —rebate—. ¿No lo crees posible?

—Antes pensaba que mi amor sería suficiente para salvarlo, pero nadie puede ser salvado si no quiere, y yo me he cansado, cada intento ha sido una herida difícil de cerrar.

—Lo comprendo —dice, cogiendo una de mis manos entre las suyas—.

Muchas veces estuve a punto de rendirme con tu tío, de hecho, lo hice.

Volví a Girnigoe embarazada de Ethan con el firme propósito de no regresar, lo hice porque era lo que debía, el precio fue alto, pero la recompensa mereció la pena.

—Duele demasiado —digo asustada—. Tengo miedo —reconocerlo en voz alta ha sido liberador, hacerlo con alguien más vergonzoso.

—Claro que tienes miedo, mi niña —acaricia mi cabello—. Pero no estás sola. Nos tienes a todos nosotros, los cambios aterran, aunque algún día volverás la vista atrás y sonreirás ante lo que has conseguido.

Me siento algo más tranquila y las náuseas me han dado una pequeña tregua, por lo que Maeve me deja sola para que duerma un poco y recupere fuerzas.

En cuanto se va, cierro los ojos y me abandono al sueño reparador con la esperanza de que, al despertar, pueda encontrar la solución a todos mis temores.

***

Al despertar, me encuentro bien, así que decido bajar al salón, permanecer encerrada no va a hacer que todo lo ocurrido desaparezca.

Al primero que veo es a mi hermano, y me mira tan decepcionado que me siento morir. Puede que últimamente nos hayamos distanciado porque no respetaba mi decisión de luchar por alguien que, según él, no lo merece, sin embargo, hemos crecido juntos y lo amo.

—¿Estás bien? —pregunta, intentando sonar indiferente.

—Sí —asiento—. Todo lo bien que puedo estar teniendo en cuenta la situación.

—Ya he enviado la carta a nuestros padres —informa sin mirarme—. No creo que tarden. No me sorprendería tenerlos aquí mañana.

Asiento intentando que los nervios no hagan mella en mí de nuevo. Cruzaré ese puente cuando llegue la hora, y rezo para que estén lo suficiente calmados como para escucharme.

—¿Por qué él? —cuestiona mientras observa por una de las ventanas, sus manos a la espalda esperando mi respuesta.

—Ya lo sabes —replico acercándome—. Siempre ha sido Cedric. Y aunque me hubiera casado con otro, mi corazón le pertenecerá hasta que muera. No importa qué haga o diga, no importa si no lo quiere, si no me quiere a mí. Es algo que no puedo cambiar.

—¿Cómo voy a dejarte aquí sabiendo que no vas a ser feliz? —me pregunta, mirándome atormentado—. Eres mi hermana pequeña, debí cuidar mejor de ti, protegerte, pero…

—Por el amor de Dios, Connor —exclamo—. No me ha violado. No me forzó, ¿de acuerdo? Yo lo quería, no has fallado en absoluto, por lo que no quiero que cargues con una culpa que no es tuya.

—No estoy preparado para verte como una mujer casada y con un hijo —replica—. Siempre serás esa niña que correteaba detrás de mí.

Me río ante los recuerdos que sus palabras traen a mi mente. Mi infancia ha sido muy feliz, he crecido junto a personas que me han demostrado su amor incondicional, y ahora, ¿se supone que debo conformarme con menos?

—He crecido, Connor —digo—. Tú también te casaras y tendrás hijos que pienso consentir, por cierto —bromeo.

—De eso ni hablar —espeta, los dos reímos—. ¿Cómo piensas hacerlo si ya no estarás en Girnigoe? Jamás imaginé regresar sin ti.

—Por el contrario, yo siempre supe que mi lugar estaba en Dunmara o en cualquier otro sitio donde estuviera Cedric.

—Sabes que, si él te amara, nada más me importaría, ¿verdad? —cuestiona, asiento con un nudo en la garganta—. No importa lo que se empeñe en decir y demostrar, sigue siendo mi primo, crecimos todos juntos, puedo perdonárselo todo, menos si sigue haciéndote daño.

—No puedes protegerme eternamente —le digo con cariño—. Libraré mis propias batallas y me esforzaré por vencerlas.

—Por supuesto que sí —asiente—. Eres una Sinclair, no me cabe la menor duda. Pero, mientras tanto, odio saber que vas a sufrir. No importa lo que suceda, si sientes que no puedes más, manda llamarme y vendré por ti.

—No será fácil, pero conseguiré ser feliz con Cedric o sin él —decido, debo comenzar a pensar de ese modo, a creerlo, o no seré capaz de afrontar lo desconocido que la vida me tiene reservado.

—Me complace escucharlo. —Ambos nos giramos para ver entrar a Cedric, cabello despeinado y cara enrojecida por el aire gélido del invierno escocés—. Al menos, los dos pensamos lo mismo.

—MacGregor —advierte Connor, ambos se retan en silencio, solo se miran, pero no dudo que sean capaces de comunicarse—. Cuidado.

—¿Ya no soy Cedric? —se burla—. Primo, vas a romperme el corazón.

—Por el momento, te he golpeado la cara —continúa él retándolo, mientras sonríe con suficiencia. Es cierto, el pómulo lo tiene morado y el labio partido. Mi hermano no está mucho mejor—. Y puedo arrancar tu negro corazón si la haces llorar de nuevo.

—Cuanta agresividad —niega sin sentirse amenazado—. Puede que sea un bastardo, que no quiera esta boda, pero ambos sabéis que jamás la golpearé.

—Hay palabras y acciones que duelen mucho más —musito, dos pares de ojos me miran, Connor dividido entre el deber y su amor por mí, Cedric con hastío.