El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Cedric

L o primero que he pensado en cuanto Maeve ha dicho que está embarazada es que estaba mintiendo, que era una forma de obtener venganza, tanto de ella como de Gillian. Pero en el momento en que nuestros ojos se han cruzado, he sabido la verdad, me ha golpeado con una fuerza demoledora.

Ya que junto con las palabras de mi padre me han hecho sentir como un miserable que está repitiendo lo mismo que tanto he llegado a odiar.

—Te recuerdo, padre —comienzo a decir con mordacidad, es algo que no puedo evitar hacer, cuando me atacan debo regresar el golpe—, que ni estoy casado, ni he engañado a ninguna mujer.

De reojo veo como Maeve palidece, agacha la cabeza, algo dentro de mí se remueve inquieto, pero me obligo a ignorarla. Ethan intenta abalanzarse sobre mí, pero nuestro padre lo detiene con una de sus manos sin dejar de mirarme en silencio, me pregunto qué demonios le pasa por la cabeza.

—Por favor… —el ruego de Gillian llama la atención de todos, solo Nessa se ha acercado hasta ella para consolarla—. No quiero esto, no quiero que obliguéis a Cedric a hacer nada.

—Pero ¿qué dices, Gillian? —pregunta su hermano, mirándola como si estuviera loca—. Te ha arrebatado tu inocencia y…

—No hizo tal cosa —interrumpe con firmeza—. La entregué de buen grado, él no me obligó. Sabía lo que hacía y las consecuencias que pudiera tener no las pensé, por lo cual veo justo que sea yo lo única que sufra por ello.

—Las cosas no funcionan así, muchacha —dice mi padre derrotado—. Sé que no quieres que esto pase de este modo —asiente—. Pero es lo mejor, debéis pensar en el bebé.

Me río porque no puedo evitarlo, atrayendo las miradas de nuevo hacia mí. La situación me parece tan surrealista, que sea precisamente quien dé lecciones es ridículo, aunque en el fondo sepa que tiene razón.

—Ninguno me habéis dejado hablar —inquiero, mirándolos uno a uno—.

Todos dais por sentado que no voy a hacerme cargo.

—Ahora mis ojos se encuentran con los de Gillian—.

Pero estáis equivocados. Mi primer pensamiento ha sido precisamente cumplir con mi obligación para que mi hijo no sea un bastardo como yo.

El silencio tras mis palabras es demoledor. Todos los ojos puestos en mí menos los que de verdad me importan; suplico en silencio que me mire, a pesar de la rabia que siento al verme acorralado, no puedo darle la espalda a mi hijo.

—Nos casaremos —sentencio.

—No —exclama, alzando la voz—. No pienso casarme contigo y nada ni nadie va a obligarme a ello.

—¿Me estás retando? —pregunto—. Deja de pensar en lo que tú quieres y de comportarte como una niña. Nos casaremos mañana.

—¿Sin siquiera hablar con mis padres? —cuestiona irónica—. Ni hablar.

—Está aquí tu hermano —rebato—. Con eso es suficiente.

—Avisaré a los Sinclair —interviene mi padre— En cuanto lleguen, os casareis.

Se marchan uno por uno, hasta que solo quedamos Gillian y yo en la alcoba.

Se levanta de la cama sin mirarme, me fijo en su cuerpo, nada parece haber cambiado y, sin embargo, en su vientre crece mi hijo, un ser inocente que no tiene culpa de todo lo que llevo guardado dentro, de mi incapacidad para perdonar y amar libremente.

—No creas que la llegada de mis padres me hará cambiar de opinión, Cedric —me dice acercándose—. Tú no quieres casarte conmigo, ni yo contigo.

—Poco importa —me encojo de hombros, intentando mostrar una indiferencia que no siento—. Mi hijo no será un bastardo como yo.

—Esa es tu excusa para todo, ¿verdad? —ataca—. Nadie más que tú te llama así. Eres el único que pones esa barrera. —Parece tan derrotada, el Cedric de hace años la hubiera abrazado—. ¿Hasta cuándo?

—Moriré siéndolo, Gillian —replico mientras me encojo de hombros—. Es algo que aprendí a temprana edad. Intentar ocultarlo o no llamarlo por su nombre no va a hacer que las cosas cambien. ¿No crees?

—No quiero vivir contigo —dice exasperada—. No quiero marchitarme al lado de un hombre al que no le importo, uno que permite que el rencor lo domine, mucho menos quiero que mi bebé crezca.

—¿Crees que le haría algún daño a mi propio hijo? —pregunto, el simple hecho me horroriza, y que ella lo piense, que dude de mí en ese aspecto también.

—Tú mismo has dicho que no sabes amar —rebate—. Hay tienes tu respuesta. Por favor, déjame sola. Quiero descansar.

Sé que lo mejor, lo más prudente, sería hacerlo.

Está embarazada, ha estado muy enferma, además, sus padres siguen lejos y ya puedo imaginar cómo van a reaccionar.

Si Malcom Sinclair no me mata, será casi un milagro.

¿Lo tengo merecido? Puede, no debí tocarla.

¿Me arrepiento? No, no lo hago, aunque nunca lo reconozca en voz alta.

Podría decir muchas cosas, discutir hasta destrozarnos, pero decido obedecer y salgo de la habitación con paso lento, siento que mi cuerpo pesa mucho más que hace una hora cuando todavía no sabía que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Lo que no esperaba encontrar es a Ethan apoyado en la pared de enfrente de la alcoba de Gillian. Parece muy tranquilo, pero lo conozco, sé que está furioso conmigo y que me haya esperado es buena prueba de ello.

—¿Tienes algo que decirme? —pregunto.

—¿Tenías que utilizarla a ella hasta ese punto? —sisea, alzo una de mis cejas—. Gillian no es culpable de nada, Cedric.

—Nunca he dicho lo contrario —me encojo de hombros—. ¿Por qué te importa, Ethan? Ya he dicho que voy a responsabilizarme…

—Y ese es el maldito problema —exclama—. Para ti es una obligación y mi prima se merece ser una elección, ¿lo entiendes?

—Qué bonito —me burlo, gruñe en respuesta—. Siempre has sido el romántico de los dos.

—¿Te parece gracioso? —me empuja—. ¿No has visto su cara, la tristeza en sus ojos? ¿No podías saciar tu calentura con otra, maldito imbécil?

—Cuidado, hermano —advierto—. Sabes lo que pase si tensas demasiado la cuerda. Harías bien en no meterte en asuntos que no te conciernen.

—Gillian es mi prima, hemos crecido todos juntos —se defiende—. Sabes que no te temo, Cedric. Si tenemos que pegarnos, lo haré, pero quiero dejarte algo muy claro. Si la haces sufrir…

—¿Qué? —devuelvo el empujón—. ¿Vas a ir corriendo a decírselo a padre? —me burlo recordando las veces que de pequeño sí lo hizo—. Va a ser mi esposa, en su vientre crece mi hijo, harás bien en recordarlo en el futuro.

Pasa por su lado para marcharme, dando por terminada esta absurda discusión.

—No la mereces —grita deteniendo mis pasos—. Ella te ama, siempre te ha amado.

No digo nada, pero podría. Sigo mi camino alejándome de sus reproches, discutir con él hasta acabar a puñetazos no es algo que vaya a resolver mi dilema.

Tiene razón, no merezco ni el amor de Gillian, ni tener un hijo, ni formar mi propia familia, cuando he renegado de la que me ha criado.