Capítulo 9
Gillian
L os días se suceden uno detrás de otro. Y hoy por fin voy a bajar a la planta baja para poder comer con los demás, al menos, lo haré en compañía, ya que no me queda mucho tiempo en Dunmara.
—Has recuperado algo de peso, pero no mucho —dice Nessa mientras me ayuda a vestirme, es cierto, los pocos vestidos que traje siguen quedando algo grandes—. ¿Nerviosa?
—¿Por qué iba a estarlo? —pregunto, aparentando indiferencia—. Sois mi familia, no extraños —sonrío para ocultar todo lo que está mal, he mentido, por supuesto, porque siento tantos nervios ante la posibilidad de verlo que mi estomago se revuelve.
—Tu hermano está deseando marcharse. —Asiento—. Creo que necesita demasiada acción —bromea.
—Connor nació para la guerra —respondo asintiendo—. Se parece demasiado a mi padre.
—Ethan siempre quiere demostrar que es igual de bueno en la batalla como Cedric —me tenso al escuchar ese nombre—. Ambos son buenos, pero creo que ninguno es consciente porque siempre compiten.
—Cosa de hermanos —me encojo de hombros, me pellizco las mejillas y cojo aire para darme valor para salir de esta alcoba que ha sido mi refugio estás últimas semanas—. ¿Bajamos?
—Por supuesto —salimos mientras continuamos hablando, recorremos el pasillo riendo—. Me alegra tanto de verte al fin recuperada.
¿Lo estoy realmente? Es algo que me he preguntado durante días. Según la curandera la enfermedad ha pasado y no ha dejado secuelas, sin embargo, no me siento como yo misma, o tengo mucho apetito o lo pierdo por unas nauseas que van y vienen sin explicación alguna.
—Querida —exclama mi tía Maeve—. Me alegra tanto verte tan repuesta y fuera de la cama —parece emocionada mientras me abraza con sumo cuidado, como si creyera que me puede romper—. Siéntate.
Lo hago en el lugar de siempre, lo que significa que frente a mí se encuentra el hombre que es el causante de todos mis desvelos, de las lágrimas que ya me niego a derramar y de que poco a poco deje de creer en el amor.
Ese que he sido testigo de que sí existe por mis padres, por mis tíos, pero que parece negado para mí.
—Qué bueno verte, Gillian —dice mi tío Donnan—. Hemos estado muy preocupados, chiquilla.
Cedric bufa, pero me niego a mirar en su dirección, mi hermano se sienta a mi lado, a mi izquierda lo hace Nessa, Ethan toma asiento al lado de mi tormento personal.
—La curandera me ha dicho que podríamos partir en breve —miro a Connor, está muy serio y no puedo evitar preguntarme si le preocupa algo—. ¿Cómo te sientes tú?
—Bien —me apresuro a sonreír—. No debes preocuparte por mí, podemos regresar en cuanto lo desees.
Asiente complacido, incluso juraría que siento cómo su cuerpo deja de estar en tensión. Hablaré con él en privado más tarde, necesito saber que todo está bien, un nuevo temor crece en mí al pensar que algo pueda suceder en Girnigoe.
Como con gana, todo está delicioso y todo trascurre con tranquilidad, al menos, toda la que puedo sentir teniendo a Cedric frente a mí, puedo sentir su mirada y, aun así, no le sigo el juego.
Una arcada me sobreviene sin que la pueda controlar, lo que he comido abandona mi estómago, cubro mi boca intentando detenerlo, pero me es imposible.
—Gillian —exclama mi hermano, levantándose de su asiento, aparta mi cabello mientras no puedo dejar de vomitar—. Por Dios santo…
Todo da vueltas a mi alrededor, unos fuertes brazos me levantan y se encaminan conmigo escaleras arriba mientras escucho cómo mi tía ordena que llamen a la curandera.
Cierro los ojos y me apoyo en el hombro de Connor sintiéndome agotada de pronto, otra vez no, ruego en silencio temiendo haber recaído.
—Me has mentido —recrimina mientras me deja en la cama—. ¿Por qué?
—No lo he hecho —me defiendo en voz baja—. Me encontraba bien, tal vez he comido demasiado o…
—Estás pálida como un cadáver, maldita sea, Gillian —exclama—. No vamos a salir de Dunmara hasta no saber qué demonios te ocurre.
—Gillian —Nessa llega a mi lado preocupada—. Tranquila, seguro que no es nada.
—Claro que no —mis párpados pesan, pero lucho por no cerrarlos, no quiero preocuparlos más—. Lamento lo que ha sucedido.
—No digas tonterías, niña —mi tía entra en la alcoba—. Eso nos puede pasar a cualquiera.
—Salid todos —ordena la vieja en cuanto llega.
Mi hermano es el primero en hacerlo, le sigue mi prima, sin embargo, frunzo el ceño cuando Maeve se queda.
Antes de que la puerta se cierre, me doy cuenta de que Cedric se encuentra en el pasillo, parece impasible, pero veo algo en su mirada que me niego a descifrar.
La vieja palpa mi vientre, mis pechos, me tenso ante tal escrutinio. Pero todo deja de importar cuando hace la siguiente pregunta.
—¿Desde cuándo no sangras? —enrojezco hasta la raíz del cabello, y no soy capaz de alzar la mirada porque siento la de Maeve sobre mí—. ¿Muchacha?
—He estado enferma… —intento escusarme, al menos, eso es lo que me he dicho a mí misma en cuanto me di cuenta de que tenía un retraso.
—Y eso no es suficiente motivo —rebate, mirándome con una intensidad que me hace sentir muy incómoda.
—¿Qué has hecho, querida? —Cierro los ojos dejando que las lágrimas fluyan. Mi tía se sienta a mi lado y coge una de mis manos—. ¿Gillian?
La miro, me siento tan mortificada. No quería que nadie más supiera de mi desliz, es un error con el que solo yo quería cargar, pero parece que eso ya no va a ser posible.
—Lo siento —sollozo, me gustaría desaparecer en este momento—. No pensé…
—No llores —me pide con dulzura—. ¿Crees que no te entiendo? No te estoy recriminando nada, pequeña.
—He decepcionado a mis padres —musito intentando controlar el llanto—. Ellos…
Maeve me abraza intentando que me tranquilice, la vieja curandera se mantiene al margen, no opina, no habla.
—Estás de muy poco. —Asiento—. Puede que lo pierdas —esa afirmación duele, no importa lo que mi embarazo signifique, no puedo evitar amarlo.
—No quiero que nadie lo sepa —le imploro a ambas—. No digáis nada, por favor.
—No me compete a mí decirlo —se encoge de hombros—. Pero el padre debería hacerse responsable. No tienes por qué guardar reposo, avisadme si comienza a sangrar.
Sale de la alcoba dejándome sola con mi tía, la cual ahora mira por la ventana pensativa. No puedo evitar sentir que he decepcionado a todo el mundo, que mi error va a tener consecuencias para todos los que amo.
—No vas a poder ocultarlo mucho tiempo —la miro apesadumbrada—. Y casarte para intentar que otro lo críe no es algo que yo vaya a permitir, querida mía. Puede que me odies, pero no voy a dejar que lo hagas, con el tiempo me lo agradecerás.
—No me ama —replico con un nudo en la garganta—. No quiero obligarle a cargar conmigo. No me obligues a vivir de ese modo…
—He estado en tu lugar, Gillian —se acerca, acaricia mi mejilla—. Y mírame ahora —sonríe intentando controlar la emoción—. No fue fácil, no voy a mentirte, pero valió la pena.
—Ni Cedric es su padre, ni yo soy tú —intento convencerla—. Por favor…
—Lo siento —niega alejándose un par de pasos—. No voy a mentir a mi esposo. Espero que puedas perdonarme algún día porque te amo como a una hija, sin embargo, el bebé que ya crece en tu vientre es el nieto del hombre que amo y no voy a arrebatárselo.
Se encamina hacia la puerta, la abre y hace pasar a todos, incluso Cedric obedece. Agacho la cabeza, cierro los ojos y espero que la tormenta estalle a mi alrededor.
—¿Qué te sucede, Gillian? —pregunta mi hermano muy tenso.
—Está embarazada. —El silencio nos envuelve, la calma que precede la tempestad.
—¿Cómo dices? —El primero en hablar es el laird MacGregor, lo hace con frialdad, entre dientes—. ¿Qué demonios has hecho, Cedric? —brama, después escucho una maldición y un golpe seco.
Alzo la cabeza asustada, Connor acaba de derribar al padre de mi bebé de un puñetazo. El cuerpo de mi hermano tiembla, jadea como si no fuera capaz siquiera de controlar su propia respiración. Se enzarzan en una pelea en la que claramente está ganando mi hermano porque su adversario no lucha.
—Basta —vocifera mi tío, él y Ethan intentan separar a Connor de Cedric—. Los golpes no resolverán nada, muchacho.
—Claro que sí —sisea—. Lo voy a matar…
—No puedo dejar que lo hagas —inquiere Donnan—. Es mi hijo. No lo ha hecho bien, pero responderá como un hombre.
—No me digas lo que tengo que hacer —espeta levantándose, el golpe de esas palabras es brutal—. ¿Crees que soy como tú, padre?
—Parece que estás dispuesto a cometer los mismos errores que yo —replica, Cedric aprieta con fuerza sus puños—.
Llevas casi toda tu vida castigándonos por la condición de tu nacimiento, ¿dejarás que tu hijo pase por lo mismo?
—Nuestros ojos se encuentran por primera vez desde que Maeve ha dado la noticia y todo ha estallado por los aires.
En ellos veo resentimiento, ira y dolor, solo consigue que me sienta aún peor.