Capítulo 8
Cedric
A unque no la veo, su presencia me persigue.
Saberla en Dunmara me está volviendo completamente loco. No me he acercado a su alcoba, sé por Maeve y mi hermana que se recupera, pero más lento de lo que debería, y eso me tiene de los nervios, porque temo que la enfermedad que casi la mata no se cure jamás.
—¡Cedric! —el grito iracundo de mi hermana llama mi atención, me alejo del grupo de hombres con el que estoy hablando porque imagino que lo que tiene que decirme no lo puede escuchar nadie más—.
Eres un maldito cerdo —sisea al llegar frente a mí, sus puños golpean mi pecho, frunzo el ceño sin comprender qué demonios le pasa.
—Basta, Nessa —espeto reteniendo sus manos y cogiéndola por las muñecas—. ¿Qué te pasa?
—¿Cómo has podido hacerlo? —masculla entre dientes, veo la cólera en sus ojos humedecidos, siento su rabia en los temblores de su menudo cuerpo—. Ella siempre ha confiado en ti y…
Me tenso y la suelto comprendiendo a que se refiere.
La miro sin pestañear, intento no reaccionar a su acusación porque no creo que sea ella la que merece explicación alguna.
Me observa con tanta desilusión, como si su héroe le hubiera fallado, que incluso puedo sentir el sabor de la vergüenza en mi boca.
—No te inmiscuyas —espeto, no puedo decir nada más—. ¡Por qué demonios te lo ha contado!
—No lo ha hecho por iniciativa propia, créeme —replica—. Estábamos hablando sobre ti —gruño—. Le imploraba que no te diera por perdido, que debía salvarte sin saber que eres un maldito demonio, un bastardo sin corazón ni vergüenza alguna…
—¿Has terminado? —interrumpo al ver cómo jadea en busca de aire tras su exabrupto—. Si ya te has dado cuenta de que soy una persona que no merece redención, harías bien en dejarme en paz.
—No puedo hacerlo porque te amo demasiado —comienza a llorar, mi coraza se desquebraja, mi corazón duele—. Puede que no lo merezcas y, aun así, no voy a darme por vencida.
—Eres demasiado cabezota —escupo—. Haz lo que quieras, pero mantente alejada… —me doy media vuelta dispuesto a marcharme.
—¿De verdad vas a dejar que se case con otro sabiendo que no es virgen? —Sus palabras me detienen, me tenso y miro a mi alrededor para asegurarme de que nadie la ha escuchado—. Sabes qué sucederá cuando se enteren. La estás sentenciando, ella es inocente, odianos a nosotros, pero Gillian…
Continúo andado, dejando que hable sola.
No puedo seguir escuchando, estoy furioso por sus acusaciones, por su terquedad, pero, sobre todo, porque Gillian ha contado algo que debería haber quedado entre nosotros, no porque tema las consecuencias, ya que nadie puede obligarme a hacer nada que no quiera, y poco me importa lo que opinen los demás.
Me dejo guiar por la furia y subo las escaleras para dirigirme a la alcoba de la mujer que va a terminar con la poca cordura de la que dispongo. Abro sin pedir permiso, la encuentro en la cama mientras borda, alza la mirada y al verme se sorprende, pero recupera el control de inmediato.
—¿A qué debo el honor de tu visita? —pregunta en voz baja mientras deja su labor a un lado, la veo delgada y pálida.
—¿No podías mantener la boca cerrada? —acuso mientras doy un portazo, me acerco a la cama—. ¿Esperas con eso que me case contigo? —pregunto con sorna—. ¿Por qué lo haría si ya he conseguido lo que quería?
Palidece más si eso es posible. Su barbilla tiembla antes de que apriete con fuerza sus labios y aparte la mirada de la mía.
Sus manos tiemblan cuando cogen de nuevo su labor intentando hacer como que no me ve, actúo movido por la frustración y lanzo la maldita cosa al otro lado de la habitación, aun así, no me mira.
—¿Qué quieres de mí? —termina preguntando—. Me estoy manteniendo lejos de ti, Cedric, Y me iré en cuanto pueda…
—Estaría bien que te callaras —inquiero—. Mi hermana no tenía por qué saber nada. No creas qu,e en el caso de que le dé por hablar, eso va a cambiar algo.
—No lo hará porque así se lo he pedido y yo sí confío en ella —alza el mentón con el orgullo herido—.
Pero no te engañes, no lo he hecho por ti —sonríe con tristeza—, sino por mí, no quiero verme atada a un hombre que me detesta.
Así que puedes quedarte con todo tu odio y que ese sentimiento te acompañe en las noches frías y solitarias.
—No te equivoques —mascullo, acercándome a ella demasiado—. Cuando quiero compañía, la encuentro con facilidad, y ellas sí son mujeres de verdad.
Veo cómo traga con fuerza, cómo lucha por aguantar mi mirada para no dejarse vencer, a pesar del dolor que le causan mis palabras. Me alejo para combatir las ganas de besarla, de borrar esa sombra en sus hermosos ojos con mis labios.
—Adiós, Cedric —musita.
Salgo de la alcoba, casi choco contra Maeve, que me mira sorprendida, después preocupada, el tiempo parece detenerse.
—¿Estás bien, Cedric? —Gruño ante su respuesta y me alejo sin responderle, que lo haga su sobrina.
Decido ir hacia las cuadras y salir a galope a lomos de mi caballo. Necesito alejarme porque siento que estoy a punto de romperme en millones de pedazos y que ya no seré capaz de recomponerme de nuevo.
Necesito recorrer el valle que conozco como la palma de mi mano, desde la cima ver todo lo que alcanza mi vista y que pertenece a los MacGregor, que algún día será de Ethan, y entonces, ¿qué me quedará?
¿Vivir relegado a sus migajas? Escucho la voz de Brenda recordándome que todo debería haber sido mío si mi padre le hubiera dado su lugar a mi madre.
¿Cómo hubiera sido mi vida de ser así? Lo único que me pena es que entonces Nessa no existiría, ni Ethan.
Posiblemente, seríamos enemigos de los Sinclair, lo que significa que Gillian y yo jamás nos hubiéramos conocido.
Pero para tener a todos ellos en mi vida, dos mujeres perdieron la suya, creo que me han arrebatado demasiado.
Me detengo al descender las escaleras porque escucho a mi padre hablar con mi hermano.
Hablan sobre el problema de las islas, hace meses que esa zona es un polvorín, no dudo que eso estalle en cualquier momento y tengamos que intervenir.
Sé que Maeve se ha negado hasta el momento a que Ethan batalle, pero si entramos en guerra, no habrá nada que pueda hacer por seguir protegiendo a su querido hijo.
—¿De verdad lo crees, padre? —No doy a conocer mi presencia, no me apetece entablar conversación con ellos, y mucho menos que me pidan una opinión que en realidad no desean—. Si el rey nos requiere, tendremos que marchar.
—Si llega ese momento, tu madre no va a tomarlo nada bien —masculla, me río ante lo previsibles que son—. Y lo cierto es que no quiero enviar a ninguno de mis hijos a librar una guerra que no es nuestra.
—No puedes impedirlo, padre —rebate mi hermano—. Nos has enseñado bien; si tenemos que marchar, regresaremos sanos y salvos.
Ethan tiene demasiada confianza en sí mismo y en los demás, lo que no sabe es que es algo que no puede asegurar y hacerlo significa mentir y dar falsas esperanzas a los que se quedan atrás.
Me marcho porque estoy harto del sentimentalismo de los que me rodean.
No le temo a la muerte, nunca lo he hecho, por lo que, si hay guerra, seré el primero en ir sin importarme volver o no, después de todo, no dejo nadie a quien le importe de verdad.
Al salir, me doy cuenta de que ya no tengo donde ir.
Brenda ya no existe, siempre acudía a ella cuando todo lo demás era demasiado como para soportarlo, pero ahora no puedo hacerlo.
Miro tras de mí al imponente castillo donde nací y me he criado, ¿desde cuándo ya no lo siento como mi hogar? Y lo que es peor, ¿volveré a hacerlo?
—¿Qué haces aquí, muchacho? —Miro a mi lado para ver que la vieja curandera, la cual ha vivido mucho más de lo esperado, se encuentra a mi lado—. ¿Todavía dejas que el pasado te atormente?
—¿De qué demonios hablas? —mascullo—. ¿Te han mandado llamar?
—No —responde—. No debes preocuparte, la muchacha Sinclair es fuerte y joven.
—No me preocupa —espeto a la defensiva, ella me mira como siempre suele hacerlo, como si conociera cada secreto que ocultan las viejas piedras de Dunmara.
—Ayudé a tu madre a traerte al mundo, chico —dice, alzo una de mis cejas interrogante porque no sé dónde quiere ir a parar—. Y te he visto cambiar hasta convertirte en este ser huraño y enfadado con el mundo.
—No sabes nada, vieja —gruño enfureciéndome—. No me conoces.
—Pero tengo ojos y oídos —rebate sin amilanarse—.
Veo lo que haces y creo saber por qué, no soy persona que le guste inmiscuirse en lo que no le concierne, pero voy a darte un consejo que no has pedido —me mira con fijeza—.
No todo es lo que parece, y no es aconsejable dejarse convencer por una sola versión.
Me tenso, ¿qué es lo que sabe? ¿Acaso conocía la cercanía de Brenda con las tierras MacGregor? De hecho, el bosque donde se ocultó durante años está dentro de nuestro territorio, por eso intenté asegurarme de que nadie pudiera encontrarla con facilidad, eso hubiera significado su muerte inmediata.
—No sé de qué hablas —opto por seguir mintiendo, llevo tanto tiempo haciéndolo que ya es parte de mí—. Creo que tu cabeza ya no funciona correctamente, curandera.
—Desde luego que no —se ríe sin que la haya ofendido mi comentario mordaz—. Sin embargo, me acuerdo de cómo fueron las cosas antes de que tú nacieras, y lo más importante, lo que pasó después. ¿Crees que la gente no sabe que odias a la mujer de tu padre?
—No te metas —siseo conteniéndome, me doy media vuelta dispuesto a marcharme.
—Ella no te quitó nada —me detengo, miro sobre mi hombro enfurecido, aprieto la mandíbula con rabia—. Te lo dio todo. Piensa en ello, muchacho.