El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Cedric

C reo que no he pasado más miedo en mi vida que en las dos semanas en las cuales creíamos que Gillian no iba a salir con vida de su enfermedad.

Y ahora la veo ahí tumbada con los ojos abiertos y que se niegan a mirarme. El alivio me invade, pero también la rabia ante su indiferencia cuando yo he sentido que moría un poco cada vez que no conseguía que despertara, a pesar de mis ruegos.

La aparición de Maeve me obliga a permanecer en silencio cuando lo único que quiero es dejarle bien claro que no va a marcharse a ningún lugar, al menos, hasta que se recupere.

Mi voz interior grita que no permita que se vaya jamás, pero eso no es algo a lo que me vaya a rendir fácilmente, lucho contra mis sentimientos a cada paso que doy, y cuando siento que flaqueo, solo debo recordar a la moribunda Brenda.

—Informaré a mi esposo —besa la frente de su hija y sale de la alcoba, la curandera hace lo mismo después de dar instrucciones para su recuperación.

—No te preocupes, querida. —Mi madre sonríe—. Vamos a cuidarte muy bien, en nada de tiempo volverás a ser la misma de antes. No sabes lo contentos que estamos de que hayas despertado. ¿Verdad, Cedric?

—Sí —mascullo, ella me mira por primera vez y no veo nada—. Ya era hora.

—Lamento haberte incomodado —se burla, intentando ocultar el dolor que ha ocasionado mi ataque—. No es necesario que estés aquí si tanto te molesta mi presencia…

Aprieto los dientes con fuerza para no decirle unas cuantas cosas, no pienso hacerlo delante de Maeve, y no porque le tenga miedo a ninguna de las dos, sino porque no tengo tiempo para más problemas.

Doy media vuelta y salgo de la habitación como alma que lleva el diablo, mi hombro choca con el de Ethan, que llega en compañía de Connor y Nessa.

—¿Es verdad? —pregunta mi hermana ansiosa—. ¿Ha despertado?

Los miro durante un instante, después, sin responder, me alejo.

Escucho cómo Nessa pregunta qué demonios me sucede, Ethan le dice que lo olvide y Connor me maldice.

En otro momento, seguramente hubiera dado media vuelta y encarado por tal insulto, hoy no porque mis sentimientos son demasiado contradictorios.

Utilizo el entrenamiento cuerpo a cuerpo para descargar mis frustraciones, mi oponente se lleva todos los golpes y me tienen que detener entre varios más para que deje de machacarlo.

—Cedric —brama mi padre, imagino que alguien le ha advertido de mi comportamiento—. Detente —detesto que me dé órdenes, a pesar de que es mi laird.

Intento recuperar el aliento mientras me deshago del agarre de los dos hombres que me han detenido con brusquedad. Mis manos destrozadas y llenas de sangre, los nudillos en carne viva y yo soy incapaz de sentir dolor.

—Acompáñame. —No puedo decirle que no, al menos, no delante de los demás, que están muy pendientes de mi reacción—. Ahora —brama.

Le sigo hasta el lago en completo silencio. Se detiene en la orilla sin mirarme, con las manos tras la espalda, a la espera de que diga o haga algo. Me agacho y limpio mis manos, el agua helada haciéndome sentir de golpe el dolor, pero nada que no pueda soportar.

—¿Qué tengo que hacer? —Me detengo ante esa pregunta—.

¿Qué necesitas para dejar toda esa rabia atrás?

¿No te das cuenta de que te está arrastrando a un punto de no retorno?

Sé que es culpa mía, he esperado demasiado, he dejado que los años pasaran con la esperanza de que al crecer todo se solucionará, pero no es así.

—No hay nada que puedas hacer —mascullo, me guardo lo que pienso, ahora las dos personas a las que hizo daño están muertas, por lo que no puede cambiar el pasado.

—Entonces, ¿cuál es tu plan? —me tenso—. ¿Vivir como lo haces? ¿Alejar a todos los que te aman de tu lado para castigarnos? Si debes hacerlo, que sea yo el único que pague. Ni tus hermanos, ni Maeve, ni Gillian.

Le miro enfurecido, ¿cómo se atreve a nombrarla? Y peor aún…, ¿qué sabe? Hace mucho que dejé de hacerle confidencias, por lo que es casi imposible que logre comprender los sentimientos que me unen a la muchacha con la que crecí y que debería haber visto como una prima más.

—Tú no sabes nada —siseo incorporándome—. No vuelvas a preguntarme estupideces; si tanto te molesta mi presencia, bien puedes desterrarme de Dunmara —doy media vuelta dispuesto a marcharme, pero su voz me detiene.

—¿Crees que le haría algo así a mi hijo? —esa pregunta duele, y mucho más el temblor en su voz, ya que no he conocido un hombre más fuerte y decidido que mi padre.

—Siempre te quedarán Ethan y Nessa —replico sin mirarle, sigo mi camino dejándolo atrás.

Al regresar al castillo, no me sorprende encontrar a Ethan y Connor en el patio, hablan con un grupo de hombres. Al verme llegar, mi medio hermano camina hacia mí decidido, me tenso preparado para una nueva pelea.

—Tienes que parar —sentencia entre dientes, Connor lo sigue de cerca—. Si no puedes contener tu maldito carácter, no volverás a entrenar con los demás.

—Te recuerdo que esa es una de mis obligaciones —espeto—.

¿No te gustan mis métodos? ¿Te parecen demasiado agresivos?

Te recuerdo que, en una batalla, nadie va dando palmadas en la espalda.

Si no pueden soportar los golpes, tal vez deberían ser herreros —me encojo de hombros—. ¿No crees? —me burlo para enfurecerlo.

—Estás perdiendo el norte —exclama—. Si padre no te para los pies, lo haré yo —alza el mentón—. Parece que soy el único que no teme tus reacciones.

—Qué valiente —sigo burlándome—. Claro que sí, ve practicando esa valentía para cuando seas el laird de los MacGregor —escupo.

—¿Es eso lo que te molesta, Cedric? —Miro a Connor con ganas de borrarles esa sonrisa de imbécil de su rostro—. ¿Qué Ethan, siendo menor que tú, sea el laird?

—Sé muy bien cuál es mi lugar, Sinclair. —Doy varios pasos hacia él, mi hermano se interpone, río ante su protección para con su primo. Sin embargo, para mí solo hay reproches y acusaciones—. Harías bien en recordar cuál es el tuyo.

—Futuro laird de los Sinclair —añade con orgullo—. Harás bien en recordarlo, primo —replica con sorna.

—Basta. —Los tres miramos hacia la entrada del castillo donde Maeve y Rowenna nos observan de brazos cruzados y ceños fruncidos, dejando claro que han escuchado más de lo que deberían—.

Ethan, no te he criado para que creas que tu posición es diferente a la de tu hermano —reprende, y por mi parte, lejos de sentirme defendido, me siento agraviado—. Jamás vuelvas a decir algo así.

—Madre, no es lo que piensas —intenta defenderse—. Ya nadie puede controlarlo —me señala enfurecido—. Casi mata a golpes a uno de nuestros hombres.

Las mujeres me miran con lástima, aprieto mis puños heridos. No bajo la vista, no me disculpo. No pienso hacerlo y mucho menos con ellos, puede que no haya sabido controlarme, pero reconocerlo sería darle demasiado poder a todos.

—Estoy segura de que tu padre ya ha hablado con tu hermano y no volverá a suceder. —Su confianza en mí es casi una locura—. Ahora, dejadle en paz.

—¿Por qué siempre lo defiendes? —cuestiona herido y enfadado—. ¿Por qué sigues protegiéndolo cuando él te odia? ¿Acaso no recuerdas las veces que te ha hecho llorar con sus desplantes y humillaciones? Padre no hace nada, pero no pienso continuar de brazos cruzados.

—No podemos obligar a los demás a amarnos —responde, descendiendo las escaleras con toda la elegancia que la caracteriza—. Cedric no tiene por qué amarme.

—Pero sí respetarte —grita—. Eres la esposa de padre, la señora de Dunmara, mereces que te respete.

—Basta, Ethan —suplica, mirándome de reojo—. No compliques más las cosas. ¿Por qué no podéis llevaros bien? Siempre ha sido así…

—Hace años que no —escupe, mirándome con odio—. Y si lo parecía, es porque hacía como tú. Callar ante sus desprecios, pero ya me he cansado.

—Sois hermanos —implora—. Por favor…

—Para él no —interrumpe—. Solo aprecia a Nessa y ahora hasta eso está cambiando. No tengo por qué mendigar amor, que se vaya al infierno.

Se marcha, a pesar de que su madre lo llama, Connor lo sigue como siempre, escucho el sollozo de la mujer que me ha criado y algo se rompe por dentro.