Capítulo 5
Gillian
N o quiero despertar…
Volver a la realidad dolería más que permanecer en el limbo donde me encuentro, aquí al menos me parece escuchar la voz de Cedric hablándome con una ternura que hace mucho no siente por mí.
¿Qué me espera si regreso? Una vida de soledad, o peor aún, compartirla con alguien que no amo y que puede hacer de mi existencia un maldito infierno.
Nunca he imaginado un futuro donde Cedric no estuviera a mi lado.
Con el paso de los años y conforme más se alejaba, ese sueño se hacía más difuso y, aun así, me negaba a verlo, a perder la esperanza de que un milagro ocurriera y me devolviera al niño de diez años que se le iluminaban los ojos al verme.
—Hazlo, maldita seas —vuelvo a escucharlo, esas palabras tiran de mí, me hacen luchar por permanecer en un lugar donde ahora mismo me siento segura.
—Regresa, hija mía —mi padre suplica, se me parte el alma al escucharlo y me hace flaquear—. Por favor…
Abro los ojos por el amor que siento por el hombre que me dio la vida, lo hago poco a poco porque siento que pesan, me cuesta enfocar la mirada, pero cuando lo hago, veo a mis padres a mi lado, ni rastro de Cedric. ¿Lo habré soñado?
—¿Gillian? —mi madre solloza, intento sonreír para tranquilizarla, pero me siento muy cansada—. Gracias a Dios —exclama abrazándome, su aroma me envuelve, ¿de verdad quería dejar esto atrás? ¿Por él?, ¿por alguien que ni siquiera está a mi lado en momentos como estos?
—Nos has dado un susto de muerte, jovencita —la voz temblorosa de mi padre encoge mi corazón—. No comprendíamos por qué no despertabas si la calentura había desaparecido.
—Lo siento —mi garganta quema—. Agua —pido susurrando con la esperanza de aliviar la molestia—. Por favor.
Mi padre me incorpora y mi madre me da de beber con infinita ternura. Ambos me observan como si fuera un milagro que haya regresado con ellos y ahora mismo me siento muy culpable por haber sido tan egoísta como para solo pensar en mi dolor y no en el que les causaría si los dejaba atrás.
—¿Cuánto tiempo he pasado dormida? —pregunto.
—Dos semanas. —Abro los ojos muy sorprendida—. Muchos ya te daban por muerta.
—Pero debíais volver a Girnigoe —me lamento, agachando la mirada.
—¿Cómo íbamos a dejarte estando enferma? —cuestiona mi padre como si la simple idea fuera lo más descabellado del mundo—. ¿Sabes lo asustados que estábamos? Por el amor de Dios, si hasta Cedric ha cuidado de ti y…
—¿Qué? —interrumpo, incorporándome, me siento algo mareada—. ¿Es cierto, padre?
—Sí —asiente mi madre—. El chico parecía muy preocupado, incluso culpable.
—Él no tiene la culpa de que enfermara —musito, recordando el agua helada del lago y —. Podría haberme pasado en cualquier momento.
—Cierto —concuerda mi padre—. Y ahora que has despertado podemos regresar a casa.
—Malcom —replica mi madre—. Lo mejor sería que la viera la curandera. Puede que no esté lista para un viaje por corto que sea.
—Mujer, llevo demasiado tiempo lejos —dice contrariado.
—Puedo quedarme y regresar más tarde —interrumpo, ambos me miran pensativos.
—No voy a dejar que regreses sola —espeta mi padre—. Si Connor accede a quedarse, unos días más… — añade, rascando su barbilla—. Voy a hablar con él, a buscar a la vieja curandera y a dar la buena nueva.
Se marcha dejándome sola con mi madre, puedo sentir su mirada sobre mí, finalmente alzo mis ojos para encontrar los suyos. Frunzo el ceño sin comprender a que viene su silencio y su forma de observarme.
—¿Qué sucede? —pregunto nerviosa—. Madre, ya no tienes por qué preocuparte, voy a ponerme bien.
—Lo sé —musita—. Pero han sido unos días muy duros, he sentido que te perdía y que no podía hacer nada por evitarlo. Me desgarraba el alma cada vez que entraba en esta alcoba y descubría que no habías abierto los ojos, que no importaba quién implorara tu regreso, tú no volvías.
—Lamento el sufrimiento que os he causado —cojo su mano temblorosa.
—Cada vez que Cedric se quedaba contigo, tenía la esperanza de que fuera él quien te trajera de regreso —susurra, siento cómo mis mejillas se enrojecen—. Y creo que él también —añade, niego despacio, ella no sabe todo lo que ha pasado entre nosotros.
—Supongo que el sentimiento de culpa no lo dejaba tranquilo —intento bromear—. Sabes que Cedric no es capaz de sentir nada por nadie.
—¿Ni siquiera por ti? —cuestiona con cautela—. Sé que en los últimos tiempos ha sido esquivo, incluso cruel, pero eso me recuerda a mis comienzos con tu padre, y míranos ahora.
—No todos son Malcom Sinclair —replico con tristeza—. Cedric jamás me amará de esa forma ni de ninguna otra. Lo ha dejado bastante claro, por lo que es el momento de que siga adelante, no puedo vivir eternamente soñando.
—Cielo… —susurra afligida—. No quiero que seas infeliz. He intentado retrasar el asunto del matrimonio todo lo posible, pero tu padre… —niega frustrada—. Ya sabes cómo es de cabezota.
—Me casaré —sentencia—. No pienso esperar por un milagro nunca más.
La puerta se abre y aparece Cedric, que, aunque intenta aparentar normalidad, puedo ver que respira con rapidez y que sus ojos me buscan de inmediato.
Lo acompaña la curandera y me centro en ella mientras me revisa y hace preguntas que me cuesta responder al sentir la penetrante mirada de el joven que se ha negado a salir de la alcoba.
—Está muy delgada y débil, mi señora —le dice a mi madre, que me observa preocupada mientras aprieta sus manos en su regazo en señal de nerviosismo—.
He visto a su marido y me ha dicho que quieren marcharse cuanto antes —mi madre asiente—.
No lo aconsejo. La muchacha necesita reposo al menos dos semanas más, engordar y reponer fuerzas; si recae, no sobrevivirá.
—Dios mío —jadea a punto de llorar—. Haremos lo que haga falta.
—Vieja, no las asustes —reprende Cedric—. También dijiste que no despertaría y lo ha hecho.
—Es joven —se excusa—. Y cabezota, de eso no hay duda. —Río bajito—. Pero su cuerpo no responderá bien ante el viaje, ante el frío, yo no lo aconsejo. La última decisión es vuestra, mi señora.
—Madre —intervengo, todos los ojos puestos sobre mí—. Marchad a Girnigoe, ni siquiera hace falta que Connor se quede. Cuando me recupere, regresaré y podremos continuar con los preparativos para mi boda.
De reojo veo cómo Cedric se tensa, pero me niego a dirigirle ni un solo pensamiento.
—No me parece bien cargar con tu cuidado a tu tía y… —comienza a decir.
—No sigas, Rowenna Sinclair. —Todos miramos hacia la puerta—. Cuidaré de tu hija como si fuera mía. Marchad tranquilos.