El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Cedric

D a media vuelta y se marcha tras sus últimas palabras, que han sido como puñales clavándose en mi pecho. Cierra la puerta de la alcoba que comparte con mi hermana, y me doy cuenta de que acabo de conseguir lo que tanto quería. Si me odia, en algún momento logrará olvidarme.

La única persona que me quiere y acabo de destrozarla, esto me confirma que ya no queda ni un solo rastro de humanidad en mí. Que he dejado que la oscuridad me envuelva por completo, a pesar del dolor sordo que siento en mi pecho como si me hubieran arrancado mi propio corazón en el proceso.

—Jamás pensé que llegarías a decepcionarme tanto, hermano. —De nuevo, la voz de Nessa me impide seguir regodeándome en mi propia miseria—. Dime que no he escuchado bien, dime que no lo has hecho… —implora, cierro los ojos—. ¿Cómo has podido? Sabes que ella te ama desde que erais unos niños y…

La escucho sollozar, mi alma se parte en dos, a pesar de ser negra como la noche. Ya que acabo de hacer llorar a las dos únicas mujeres que he querido en algún momento de mi vida, a las que sin duda entregaría cualquier cosa si todo fuera diferente.

—No está bien escuchar conversaciones ajenas, Nessa —reprendo, intentando continuar comportándome como se espera de mí, con la esperanza de poder seguir ocultando esa pequeña parte que sigue siendo débil.

—¿Solo vas a decirme eso? —acusa mientras me rodea y se planta frente a mí—. ¿La has tomado? ¿Vas a dejar que se case con otro?

—No es de tu incumbencia —ladro, es la primera vez que le hablo así, retrocede como si la hubiera golpeado—. Nessa… —suspiro—. No tengo nada que ofrecerle, ¿crees que sus padres aprobarían que se case con el bastardo MacGregor?

—¿Ese es el único motivo por el cual la acabas de destrozar? —cuestiona, cruzándose de brazos—. ¿La amas?

Me tenso, le miro desafiante a la espera de que mi silencio la haga marcharse, que no siga insistiendo, ni hurgando en la herida que sigue abierta y no creo que cierre jamás.

—Yo no sé amar, Nessa —replico e intento marcharme, pero me detiene, bufo hastiado—. Suéltame —ordeno con firmeza, por supuesto, no obedece.

—No me mientas, a mí no —rebate sin amilanarse—. Claro que puedes amar, a mí me quieres. —La miro, contemplo su rostro ahora diferente pero tan parecido a la niña que solía ser.

—Eres mi hermana —digo como si eso significara todo y nada al mismo tiempo.

—Y ella es alguien que ha crecido contigo —replica—.

Os he visto a lo largo de los años y hay algo que os une.

Mucho más grande que todo lo demás, no permitas que desaparezca —implora—.

Temo que, si lo haces, te pierdas para siempre en esa espiral de odio y resentimiento en la que te obligas a vivir.

—¿Me obligo? —me carcajeo—. No hables de lo que no sabes —espeto furioso—. Ni siquiera habías nacido.

—Pero he crecido junto a ti, en el mismo castillo —inquiere con fiereza—. Compartimos la misma sangre y los mismos padres y…

—Pareces olvidar que no es así —exclamo, alzando la voz de nuevo—. Deja que me vaya y no vuelvas a meterte en mis asuntos. Puede que seas mi hermana, sin embargo, eso no te da derecho a darme lecciones que nadie te ha pedido.

Me suelto y me marcho. Me alejo de ella, de Gillian y de todo lo que representan porque ella son mi única debilidad.

***

No duermo en el castillo. Lo hago en la pequeña cabaña de Brenda, guardo sus pocas pertenencias, en ellas encuentro un diario que me niego a quemar. Al alba, prendo fuego a todo para hacerlo desaparecer y me llevo solo el pequeño libro donde espero encontrar más respuestas.

Al regresar al castillo, siento algo extraño, como un mal presentimiento. Al entrar, veo a Maeve intentando consolar a Rowenna, mi corazón comienza a golpear con fuerza en mi pecho.

—¿Qué sucede? —murmuro, pero me escuchan, ambas parecen desoladas.

—Gillian ha enfermado —responde la mujer que me ha criado—. Tiene fiebre muy alta y una tos que no le gusta nada a la curandera.

Corro escaleras arriba y entro en la alcoba de Nessa para verla junto a Gillian, la cual yace en el lecho, pálida como un cadáver, sudorosa y su respiración se escucha antinatural.

—Abre las malditas ventanas —siseo aterrado por el olor de la muerte—. ¿Pretendes acabar con ella con este calor?

—Es lo que ha dicho la vieja curandera —se defiende mi hermana dudosa mientras yo contradigo las órdenes de esa vieja chocha.

—Me da igual —llego al lado de Gillian, no parece estar consciente, Nessa continúa mojando su frente y cuello con un paño—. Déjame a mí —le pido.

—¿Dónde estabas? —pregunta alterada—. ¿Dónde estabas cuándo ha comenzado a llamarte? —solloza—. Me han despertado sus ruegos y me he dado cuenta de que estaba ardiendo, temblaba y no podía hacer nada por ella.

—Ahora estoy aquí —replico—. Dame el maldito paño.

Me lo entrega y comienzo hacer lo mismo que ella estaba haciendo hasta hace unos instantes. Solo que yo bajo más hacia el pecho, incluso su estómago, a pesar de sus protestas ahogadas. Necesito que la fiebre baje, porque si no lo hace…

Esto me recuerda demasiado a la muerte de Brenda, cómo fue consumiéndose, cómo no lo consiguió y tuve que verla morir frente a mis ojos.

—Déjanos solos —le pido, alzo mis ojos para que vea que no es una orden, sino una súplica; en el caso de que Gillian vaya a morir, necesito despedirme, necesito estar con ella hasta el final, dejando de lado todas mis corazas.

Cuando se marcha, me permito sentir el terror ante la idea de que la muchacha tumbada en esta cama esté muriendo frente a mis ojos sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Mientras no dejo de mojar su frente, rostro, cuello y vientre, le pido una y otra vez que no se marche, que utilice ese odio que dice sentir por mí para vivir, si es que el amor que sentía ya ha desaparecido.

No me importa si debo soportar sus desprecios siempre y cuando la sepa a salvo.

—Eres demasiado joven —le digo—. Tienes toda una vida por delante. Siempre te he imaginado rodeada de un muchos niños. Serás una madre estupenda, por ello tienes que vivir —termino con fervor.

Acaricio su mejilla sonrojada, que todavía indica que la calentura no ha desaparecido. No abre los ojos, no se mueve, solo sé que sigue viva porque su pecho sube y baja, despacio a mi parecer, y eso es lo que más me aterra.

—¿Quieres que te cuente un secreto? —susurro en su oído, estremeciéndome—. Si fuera alguien digno de ti yo… —cierro los ojos con fuerza para contener el dolor—, con la única que me casaría sería contigo, con ninguna otra.

Contengo el aliento a la espera de que mi confesión la haga reaccionar, con la esperanza de que sí me escuche, pero no lo hace y a mí se me cae el mundo al suelo al pensar que no hay nada que pueda hacer para salvarla.

—Cedric —alzo la mirada, Rowenna Sinclair entra en la alcoba, demacrada pero decidida—. Gracias por cuidar de ella, querido —intenta sonreír sin mucho éxito—. Estoy segura de que le gustará saber que has estado a su lado.

Miro a la mujer que me ha visto crecer, recuerdo las veces que pasé semanas en su hogar, en el cariño que siempre me mostró, y no logro comprender por qué mi mente olvida todo eso. ¿Por qué?