El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Gillian

H e insistido en tomar el baño sola, y menos mal que lo he hecho, o mi madre hubiera descubierto lo que tanto deseo ocultar, aunque me encantaría gritarlo a los cuatro vientos.

Mis muslos estaban manchados de sangre, y verlo ha sido toda una revelación, darme cuenta de que de verdad había sucedido, que me he entregado a Cedric MacGregor sabiendo que jamás será mío.

Camino ensimismada por el pasillo penando ante esa certeza cuando escucho la voz de la pequeña de los MacGregor. Y habla con Cedric. No parecen estar discutiendo, pero puedo percibir la tristeza y la molestia en su voz, por lo que imagino que están hablando de lo de siempre.

He llegado a pensar que él lo utiliza como escudo, es su forma de mantener a toda la familia alejada, como si nos estuviera castigando por un motivo que desconozco y que no parece tener ganas de compartir, al menos, no conmigo.

—Odio ver vuestros rostros heridos porque no sois capaces de hablar como adultos. —Está enfadada—. Detesto que mi hermano se aleje cada vez más, hasta el punto de que no estoy segura de conocerte, ya no, y eso me hace llorar cada noche, Cedric.

—Nessa, yo… —guarda silencio—. No merezco tus lágrimas, pequeña —le habla con tanta ternura que siento celos incluso de su hermana, de mi prima—. Te quiero, puede que seas a la única que soy capaz de amar, pero no me pidas más.

Limpio una lágrima traicionera al escuchar sus palabras confirmando mis peores temores. No importa lo que haya sucedido entre nosotros, para él solo he sido una mujer más con la que pasar un buen rato y saciar su deseo, y yo he sido tan estúpida como para ofrecerme de buena gana.

Me alejo cuando me doy cuenta de que en breve saldrán de la alcoba y no quiero que me descubran, mucho menos que él sepa que he escuchado lo que jamás hubiera querido escuchar.

Me duele el corazón y el alma, y entiendo que esta será la última vez que venga a Dunmara, no volveré como tantas veces he hecho con la esperanza de que Cedric me vea, que vea a la mujer que lo ama más que a su propia vida.

—¿Estás mejor, querida? —Mi tía Maeve aparece ante mí sorprendiéndome—. ¿Qué sucede, pequeña? ¿Por qué veo tristeza y desolación en tus hermosos ojos?

—No pasa nada, tía —intento sonreír—. El baño me ha venido muy bien para templar mi cuerpo —bromeo, intentando desviar el tema, que no me mire como lo está haciendo ahora mismo.

—He tenido tu edad —comienza a decir mientras acaricia mi cabello todavía húmedo—. Y he sentido que mi vida no tenía sentido y que mis mayores deseos jamás se cumplirían. Sin embargo, la vida me premió con una familia maravillosa y con un amor tan inmenso que ha curado las heridas del pasado.

—Lo sé —asiento, sin estar muy segura de a dónde quiere ir a parar con sus palabras—. Y me alegro mucho, tía.

—No cambies de tema, jovencita —reprende con cariño y una sonrisa en sus labios—. ¿Crees que no me he dado cuenta? —me tenso—. Siempre le has seguido allá donde iba, y tus ojos lo encuentran esté donde esté…

—No es… —niega con la cabeza—. Lo siento.

—No te disculpes nunca por amar —reprende, cogiéndome de los hombros—. No te rindas, no permitas que te haga rendirte.

Guardamos silencio cuando Cedric pasa a nuestro lado sin siquiera mirarnos, no estoy segura de si nos ve. Mi cuerpo reacciona a su cercanía y después siente el frío calar hasta los huesos cuando se aleja sin ninguna dificultad.

—Nessa… —Me doy cuenta de que su hermana iba detrás porque se detiene junto a nosotras.

—Madre, lo estoy perdiendo —se lamenta—. Ya no me deja llegar hasta él.

—Cuando sea el momento, regresará —resuelve la señora de Dunmara—. No me cabe la menor duda. Bajemos al salón, los demás nos están esperando para la cena.

Puedo sentir la mirada de Nessa mientras camina a mi lado. Me pregunto qué es lo que está pensando, o qué busca encontrar; puede que sea mi prima, pero no comparto todo con ella, sobre todo, en lo que a Cedric respecta.

No me pasa desapercibido la mirada de mis padres, en especial, la de mi madre.

Sé que está preocupada, me conoce y sabe que algo sucede.

Pero no hablamos nada relacionado con cómo me siento, los hombres solo lo hacen sobre la guerra que creen que deberán enfrentar, las mujeres sobre sus quehaceres o sobre gente que conocen.

Mientras tanto, me mantengo al margen, recordando lo sucedido esta tarde, me remuevo en mi asiento y la molestia entre mis piernas me recuerda que todo ha sido real.

—¿Cuándo debéis regresar a Girnigoe? —pregunta mi tía.

—Dentro de dos días —responde mi padre—. Debemos recibir varios invitados, ya que estoy buscando un buen marido para Gillian.

El estruendo de una jarra rompiéndose me sobresalta, todos miramos hacia el sitio de donde proviene el ruido. Cedric se encuentra en el lugar de su mesa que hasta hace poco estaba vacío, al menos, la última vez que miré así era.

—Parece que me ha tocado la que estaba rota —masculla con ironía—. Si me traen otra, podré unirme al brindis por tan maravillosa noticia.

—Cedric… —advierte su padre.

—No he dicho nada —se defiende mientras una criada le trae una jarra nueva, él le guiña un ojo, la muchacha se sonroja complacida mientras yo me tenso y siento nauseas ante tal escena—. ¿No puedo alegrarme por la próxima unión de mi prima?

Si pudiera, me levantaría de esta maldita mesa para correr hasta él y golpearlo hasta el cansancio.

Hace apenas unas horas estaba en mi interior tomando de mí lo único valioso que tiene una mujer, y ahora parece que no le importa nada que mi padre comience a buscarme candidatos para casarme.

Sabía que este día llegaría, de hecho, no me niego a unirme en matrimonio, lo que detesto es hacerlo con alguien a quien no amo.

—Eso es maravilloso —exclama mi tía, intentando romper la tensión del ambiente—. Una boda.

—No entiendo por qué tengo que casarme antes que Connor. —Todos me miran—. Él es mayor que yo.

—Muérdete la lengua, Gillian —exclama horrorizado el aludido—. Yo soy un hombre.

—Eres imbécil —escupo furiosa con él y con todos en general.

—Gillian Sinclair —brama mi padre enfadado ante el insulto hacia su primogénito—. No te hemos educado para que hables de ese modo, mucho menos a tu hermano.

—¿Puedo retirarme? —pregunto entre dientes—. No me encuentro bien.

—¿Qué sucede, hija? —Mi madre se levanta preocupada—. ¿Llamamos a la curandera?

—No es necesario. —Hago lo mismo, quiero abandonar el salón y poder llegar a mi alcoba para curar mis heridas, aunque deba compartirla con Nessa—. Solo necesito descansar.

—Por supuesto —dice mi padre, mirándome ceñudo, me despido de todos y salgo lo más rápido posible que me permiten mis temblorosas piernas.

Recorro el pasillo y subo las escaleras mientras pienso en todo lo que acaba de pasar y en cómo he reaccionado con mi familia, los cuales no tienen culpa de nada.

—¿Huyendo? —Me detengo, pero no me giro para mirarlo—. ¿Por qué no me has dicho que vas a casarte? —acusa, es entonces cuando lo hago, lo enfrento enfurecida.

—¿Cuándo? —inquiero con rabia—. ¿Cuando estaba ahogándome por salvarte, o cuando estabas poseyéndome?

—No grites —ordena, mirando a nuestro alrededor para asegurarse de que nadie nos esté escuchando—. ¿Te has vuelto loca?

—Sí, debo estar loca para amar a un cerdo como tú —escupo, veo cómo el musculo de su barbilla tiembla y sus manos se aprietan en un par de puños—. ¿No tienes nada más que decir? ¿Vas a dejar que me case después de…?

—No es mi problema que te hayas abierto de piernas, Gillian —interrumpe, dejándome sin habla, el sabor de la bilis subiendo por mi garganta casi me ahoga—.

Que lidie el pobre diablo con el que te cases con ese problema —se burla, siento cómo mis ojos se humedecen, y a pesar de la visión borrosa, me parece ver un poco de arrepentimiento en su mirada—. Yo no…

—No vuelvas a hablarme —musito temblorosa—. No me mires, haz como que no existo. Cuando me marche de Dunmara, no volveremos a vernos, Cedric. Si pudiera arrancarme el corazón para olvidarte, lo haría —añado con rabia—. Te odio con la misma intensidad con la que te amo y me detesto por ello.