El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Cedric

N o lo he hecho para vengarme, lo he hecho porque ya no podía soportarlo más.

Porque mantenerla alejada ya no era una opción desde el momento en el que se ha metido en el lago arriesgando su vida creyendo que salvaba la mía.

Puede que sea la única persona que me ame realmente, y me aterra y asquea el pensamiento de que descubra que en mi interior no hay nada que amar, que soy un ser despreciable consumido por la oscuridad y el resentimiento.

Sentirla entre mis brazos estremeciéndose y gimiendo de placer no es algo que vaya a olvidar con facilidad. No soy capaz de alejarme, de salir de su interior, porque sé que, cuando lo haga, la realidad se impondrá y deberé volver a mi plan original donde ella, por desgracia, no tiene cabida.

—No hagas eso —mascullo entre dientes, vuelvo a desearla, me alejo de su cuerpo sintiendo un frío que cala hasta lo más profundo de mi ser—. Ha dejado de llover, tenemos que regresar, o enviarán a alguien para buscarnos.

Siento su mirada mientras me visto, finalmente comienza a hacer lo mismo, sé lo que está pensando.

Que soy un miserable que acaba de aprovecharse de ella, y puede que lo sea, pero lo cierto es que no podía seguir conteniéndome, la deseo desde hace mucho y ese fue uno de los motivos por el cual no regresé a Girnigoe, a pesar de que Ethan iba cada año como era costumbre desde niños.

—Ya estoy vestida —el susurro me devuelve a la realidad, me giro para mirarla, sus labios hinchados dan buena cuenta de lo que hemos hecho—. Podemos regresar.

—Gillian… —pasa por mi lado como si nada, la detengo.

—No hace falta que digas nada —musita sin mirarme; yo, por el contrario, no puedo dejar de hacerlo—. No voy a contar a nadie lo que ha sucedido aquí. Sé que no me quieres, y mucho menos deseas verte atado a mí, por lo que no tienes nada de lo que preocuparte.

Sigue su camino, me siento como un maldito bastardo, pero a la vez me enfurece que parezca tan indiferente después de lo que hemos vivido juntos.

Puede que ella no lo entienda porque no tiene experiencia, cierro los ojos al recordar lo que he sentido al llegar a la barrera de su inocencia y saber que ningún hombre la había tocado hasta ahora, que yo era el primero y…

—No me digas cómo debo sentir. —Vuelvo a detenerla, alza sus ojos, en ellos veo tristeza, la suelto como si me hubiera golpeado—. Regresemos, olvidemos lo que ha pasado y sigamos con nuestras vidas.

—Por supuesto —asiente.

Ninguno de los dos vuelve a hablar, y cuando llegamos al castillo, nuestros padres nos regañan por lo preocupados que estaban por nosotros, ella les miente y les dice que la he salvado y que hemos tenido que guarecernos de la lluvia, pero siento la mirada de mi padre sobre mí, creo que él es capaz de ver lo que oculto en lo más profundo de mi alma, que siempre lo ha sabido y, aun así, ha guardado silencio.

—Vamos, querida —dice su madre—. Toma un baño para entrar en calor.

La veo marcharse sin que mire ni una sola vez hacia atrás. El silencio se instala en el salón, me marcho porque no puedo permanecer con ellos mucho tiempo si no quiero que me descubran. Sin embargo, mi padre parece tener otros planes.

—Cedric —me llama una vez estoy en el pasillo dispuesto a subir a mi alcoba—. Ven aquí.

Podría desobedecerle, pero sigue siendo mi laird. Puede que como padre me haya defraudado, a pesar de que a su lado jamás me haya faltado de nada, ni su amor ni nada material, sin embargo, sé lo que hizo y lo que sus acciones ocasionaron a dos mujeres inocentes.

—¿Qué es lo que pretendes? —Le miro sorprendido, mi corazón golpea con fuerza en mi pecho ante el temor de haber sido descubierto, ¡pero ¿cómo? Siempre he sido muy cuidadoso, nadie sabe que conozco la existencia de Brenda y lo que esta ha significado en mi vida a lo largo de los años.

—No sé a qué te refieres —replico con mis manos a la espalda convertidas en puños.

—Lo sabes bien —espeta de vuelta mientras no deja de mirarme—. ¿Crees que no reconozco esa mirada? —me tenso—. Eres igual que yo, no solo físicamente, sino en carácter.

Bufo y ruedo los ojos porque no nos parecemos en nada. Puede que muchos me digan que soy la viva imagen de mi padre cuando era joven, sin embargo, yo no me veo así, y desde luego no nos parecemos en la forma ni de pensar y mucho menos de sentir.

—Yo una vez también fui joven y estuve lleno de un resentimiento que no me dejaba pensar ni ver las cosas con claridad. —No le miro, no puedo—. Hice daño a los que estaban a mi alrededor, y he pagado por eso desde entonces. ¿Quieres vivir cometiendo los mismos errores que yo?

—No soy como tú —escupo con rabia—. ¿Qué es lo que temes, padre? —cuestiono, acercándome para que solo él pueda escucharme—. ¿Que llene Dunmara de bastardos como hiciste tú? —Veo que mis palabras le han hecho daño.

—¿Lo harás? —devuelve tras un breve silencio—. Cedric, ¿qué sucede? Dime que es lo que pasa y lo arreglaremos, hijo. He dejado que durante años te alejes, y ya no puedo alcanzarte…

—No quiero que lo hagas —interrumpo con un nudo en la garganta porque el niño inocente que fui hubiera corrido a sus brazos—. ¿Puedo retirarme?

Veo la lucha interna en sus ojos tan parecidos a los míos. Finalmente, asiente y me alejo, pero cuando subo las escaleras, veo a Maeve en lo alto, no me cabe la menor duda de que ha escuchado nuestra conversación por la forma en la que me mira.

Odio su maldita compasión, esa que ha hecho que me críe como si fuera su hijo cuando me odió incluso antes de nacer. Paso por su lado, escucho cómo susurra mi nombre, percibo su dolor y, aun así, no me detengo.

Me encierro en mi alcoba buscando la tan ansiada soledad, pero me veo interrumpido de nuevo cuando la puerta se abre con brusquedad, golpeando la pared.

Ethan se encuentra frente a mí, su rostro tan golpeado como el mío, mis heridas no me han dolido mientras me perdía en la neblina del placer entre los brazos de la única mujer que puede hacerme perder el norte.

—Creía que te había dejado claro que no iba a permitir que hicieras llorar a madre una vez más —masculla con los puños apretados y el cuerpo tembloroso por la furia que apenas puede contener—. ¿Debo molerte a golpes una vez más, Cedric?

—Yo que tú no lo intentaría —me encojo de hombros—. Antes he sido demasiado indulgente. Si vuelves a tocarme, te mataré.

Palidece porque se da cuenta de que no es una amenaza vacía, de que soy capaz de hacerlo, a pesar de que compartamos el mismo padre.

—¿Lo harías? —Esa voz… Ambos miramos hacia el pasillo, al no haber cerrado la puerta Nessa, nuestra hermana pequeña, lo ha escuchado y la forma en la que me mira me desarma—.

¿Serías capaz de matar a tu hermano, Cedric?

—Su pregunta me mata, la forma en la que sus ojos se humedecen—.

¿Sabiendo cuánto os amo y lo infeliz que me haría que alguno de vosotros ya no estuviera a mi lado?

—Nessa, no te metas —espeta Ethan.

—No le hables así. —Ambos me miran sorprendidos ante mi cambio de humor, puede que realmente me esté volviendo loco—. Nessa…

—No hace falta que me contestes —interrumpe, entrando en la alcoba—. Sé que no lo harías. No importa lo que te empeñes en creer, no importa cuánto luches por hacerlo desaparecer, pero amas a Ethan igual que me amas a mí.

—No me hagas reír. —Miro a mi hermano—. Nunca me ha querido como a ti, a pesar de que tenemos la misma madre. Tal vez algún día quiera compartir sus motivos…

Se marcha dejándonos solos. Mi hermana me observa, veo la dulzura en su mirada, esos ojos tan parecidos a los de su madre y a los de Ethan y que me recuerdan una vez más que no soy uno de ellos.

—¿Qué te aflige, hermano? —se acerca y acaricia mi rostro, es la única a la que permito que me toque—. Puedes hablar conmigo, guardaré tu secreto.

—¿Aunque eso suponga traicionar a tus padres? —pregunto de golpe, sorprendiéndola a ella y a mí mismo—. Nessa, no puedes ayudarme porque no puedes cambiar lo que soy.

—Eres Cedric MacGregor —rebate, agacho la cabeza sabiendo que no, en el fondo no—. Hijo de Donnan y Maeve MacGregor, mi hermano, mi amigo, mi protector…

—Basta —exclamo, si dejo que continúe, volveré a ser débil, y ya no hay tiempo para serlo—. Tu amor por mí no cambia mi nacimiento. Y cuando crezcas, serás capaz de entenderlo.

—No soy estúpida —replica airada—. Deja de tratarme como una niña —acusa molesta—. He crecido sabiendo muy bien cuál es tu origen, porque ni padre ni madre se han molestado en ocultarlo como si fuera un sucio secreto.