El orgullo del MacGregor (Sinclair 3) Capítulo 1
3%
El orgullo del MacGregor (Sinclair 3)

El orgullo del MacGregor (Sinclair 3)

Por Jane Mackenna

© inepub.com

Capítulo 1

Gillian Sinclair

—¡C edric! —lo llamo al verlo salir furioso, pero Connor me detiene.

Observo a mi hermano, que simplemente niega con la cabeza, sin necesidad de palabras me está diciendo que no lo siga, que no es la mejor idea, sin embargo, siento que no estoy haciendo lo correcto.

La forma en la que me ha mirado…

Cierro los ojos mientras una lágrima solitaria recorre mi mejilla porque me duele, me ha mirado con tanta desilusión como si esperara de mí algo que no le he dado.

¿Es una locura? Teniendo en cuenta cómo me ha recibido hace unas horas cuando yo he soñado con ese encuentro durante años, puede que la única estúpida sea yo y esté viendo cosas donde no las hay.

—Deja que se tranquilice, niña —aconseja mi tía—. Ahora está demasiado furioso y puede hacerte daño.

—Él nunca me pondría las manos encima —rebato con fervor.

—Ya no lo conoces, Gillian —miro a mi primo, que intenta limpiarse el rostro destrozado—. No es aquel niño que jugaba contigo.

—¿Qué le ha pasado? —pregunto con tristeza, miro a todos a mi alrededor sin que ninguno de ellos me dé una respuesta, alzo el mentón tomando una decisión y no pienso permitir que nadie me disuada—. Le preguntaré a él, entonces.

—No vas a ir —grita mi hermano enfadado—. No me obligues a tener que golpearlo también.

—Deja que vaya, muchacho. —Todos miramos a mi tío, que ha permanecido en silencio, parece destrozado—. Tal vez ella sea la única a la que permita acercarse lo suficiente como para que baje la guardia. Siento que he perdido a mi hijo hace años y no sé por qué…

Me suelto del agarre de Connor y salgo decidida, dejo que mi instinto me guíe, ese que siempre ha estado presente cuando de Cedric se trata.

¡El lago! Siempre que visitábamos Dunmara, él nos llevaba allí, aunque hiciera frío.

Corro todo lo rápido que puedo rezando por recordar e ir por el camino correcto.

—¡Cedric! —grito al llegar al claro y no verlo, el agua parece moverse—. Dios mío, no puede ser… —me lanzo sin pensarlo, a pesar del frío y de que mi vestido al mojarse pesa más que yo.

Lucho por nadar, sin embargo, comienzo a hundirme, y al hacerlo, unas manos se aferran a mi cintura, llevándome a la superficie. Cuando abro los ojos mientras intento recuperar el aliento, me encuentro con los de Cedric encolerizados.

—¿Se puede saber qué demonios crees que estás haciendo? —brama, mirándome como si hubiera perdido el juicio—. ¿En qué estabas pensando, estúpida?

—No me insultes —jadeo—. Pensaba que estabas…

—¿Creíste que me había arrojado al agua? —pregunta incrédulo para después comenzar a reírse sin dejar de mover sus piernas para mantenernos a flote, golpeo su pecho desnudo por la rabia y el miedo que he pasado—. ¿Me has golpeado? —pregunta, deteniendo sus carcajadas.

—Te estás burlando —replico, alzando el mentón—. Estaba asustada y tú solo sabes reírte de mí.

—Así que te preocupa lo que me suceda… —dice como si fuera algo que ni siquiera se le ha pasado por la cabeza—. Me sorprendes, Sinclair.

—Tú, por el contrario, me decepcionas —musito—. Ahor,a suéltame.

Me observa por lo que me parece una eternidad, maldice cuando comienza a llover con furia, nada rápido y llegamos a la orilla mientras los truenos parecen tambores de guerra y los relámpagos rompen el cielo.

—Corre. —Coge mi mano y tira de mí, le sigo porque no sé qué más puedo hacer, o al menos, lo intento, ya que mi ropa mojada pesa mucho como para poder seguir su ritmo.

Llegamos a lo que parece una cueva, miro a mi alrededor y me doy cuenta de que ha sido utilizada en más de una ocasión. Lo confirmo cuando Cedric saca de detrás de unas rocas dos viejos mantos y me tiende uno.

—Quítate la ropa mientras enciendo el fuego, o morirás congelada —masculla.

—No voy a desnudarme delante de ti —exclamo—. Prefiero pescar un resfriado.

—No tienes nada que no haya visto antes —escupe, mirándome de reojo mientras intenta encender la hoguera improvisada—. No temas que vaya a abalanzarme sobre ti, me gustan las mujeres dispuestas y con más carne en el cuerpo.

Agacho la mirada avergonzada, sabiendo que tiene razón. Soy menuda y demasiado delgada, no tengo las curvas que le gustan a muchos hombres. Eso nunca me había importado, ya que solo quería gustar a uno en concreto, pero parece que este jamás sentirá por mí lo mismo que siento por él.

—Hazlo de una maldita vez —ordena entre dientes—. Me estás poniendo nervioso.

Me castañean los dientes y me duele cada parte del cuerpo por los temblores, así que decido que, ya que no va a sentirse atraído por mi desnudez, bien puedo asegurarme de al menos no morirme por intentar salvar a alguien que no quiere ser salvado.

Me alejo todo lo que puedo y le doy la espalda, me cubro con el manto y me quito la ropa lo más rápido posible sin que nada quede visible.

Cuando me giro, descubro que él ha hecho lo mismo y se ha anudado la tela en la cintura sin molestarse en cubrir su pecho, se me seca la boca, mi lengua intenta humedecer mis labios sin mucho éxito.

Supongo que esto que siento es el deseo del que todos hablan. La sensación de calor recorriéndome el cuerpo helado hasta hace un momento. El extraño tirón en el bajo vientre, la humedad entre mis piernas y la necesidad casi dolorosa de querer que me toque, que me mire al menos.

—Acércate al fuego —ordena de nuevo—. En cuanto deje de llover, volveremos al castillo. Tu padre va a matarme…

—¿Tienes miedo? —me burlo, intentando romper la tensión que soy capaz de palpar entre nosotros, por fin alza sus ojos para encontrar los míos.

—Yo no tengo miedo a nada —masculla—. Si vas a decir tonterías, mejor cierra la boca.

—No me des órdenes —replico harta de que se crea con el derecho de decirme lo que puedo o no hacer—. No eres nadie para hacerlo.

—Soy el que te ha salvado tu miserable vida —se levanta con lentitud—. ¿O crees que hubieras sido capaz de salir del lago tú sola?

—Si tanto me odias, ¿por qué no has dejado que me ahogara? —pregunto dolida, me dejo llevar por mis emociones y golpeo su pecho desnudo con mi mano, una y otra vez—. No te he pedido nada, maldito asno arrogante.

Detiene mis golpes, ambos nos miramos durante lo que me parece una eternidad. Cuando vuelve a hablar, su voz me parece más ronca de lo normal.

—No vuelvas a pegarme, Gillian —sisea temblando, me suelta como si el simple contacto fuera demasiado para él.

—¿O qué? —no sé muy bien que es lo que me lleva a desafiarlo, pero cierro el puño y le golpeo de nuevo—. ¿Qué vas a hacer? ¿Pegarme? —le reto, escucho cómo rechina los dientes antes de que su mano aferre mi nuca y sus labios se estampen contra los míos.

Gimo por la sorpresa y el ramalazo de placer que el simple contacto me proporciona.

La mano que tengo libre se aferra a su cuello, mientras que con la otra sigo sujetando el manto que me cubre.

Sus brazos, por el contrario, me aprietan contra su cuerpo, jadeo cuando me doy cuenta de que nuestros pechos solo están separados por una fina tela.

Mis pechos los siento pesados, mis pezones doloridos, me remuevo inquieta mientras él no deja de besarme, nuestras lenguas buscándose como viejas conocidas.

—Me vuelves loco —espeta contra mi cuello, mientras su lengua hace un recorrido que me deja la piel en llamas—. ¿Por qué me retas? ¿Por qué sigues buscándome?

—Porque te amo —musito la confesión sin que me cueste lo más mínimo, se detiene durante un instante, me mira con una intensidad que me hace estremecer—. Sé que tú no sientes lo mismo, pero…

Me acalla de nuevo con su boca, esta vez no se detiene y yo no se lo pido.

Termino tumbada sobre el suelo al lado del fuego y con Cedric sobre mí.

Gimo cuando nuestras pieles se sienten por primera vez sin ninguna barrera, me besa, me acaricia, y cuando al fin me hace suya, solo grito por la sorpresa y el dolor.

Se mantiene quieto hasta que me acostumbro a su tamaño, después todo se vuelve un torbellino de sensaciones en las cuales termino sumergiéndome entre gemidos de placer.

Lo siento temblar sobre mí mientras se vacía en mi interior. Sollozo por el placer tan sublime que me acaba de proporcionar. Por el mundo nuevo que ha descubierto para mí, y porque, durante unos instantes, he sentido que le pertenecía en cuerpo y alma.