El omega poseído del alfa adinerado (Alfas Bratva nº 3) MAXIM
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MAXIM

Caminó por el perímetro a medianoche.

Caminó por el perímetro interior, pasando por los puestos de guardia, por el almacén de vehículos, la entrada de servicio del edificio y la esquina del muro oriental donde los abedules habían crecido contra la mampostería, como hacen los árboles cuando se meten donde nadie los invita.

Caminó con las manos en los bolsillos del abrigo, el aliento convertido en vaho por el frío, y los sonidos del complejo a su alrededor. Los movimientos de los guardias, un perro en algún lugar fuera del muro, el silencio particular de las dos de la madrugada en Moscú.

Había rechazado la oferta de Chesnokov sin sopesarla. La estaba sopesando ahora, en el frío, porque el frío facilitaba ciertos tipos de pensamiento.

Lo que Petrov había ofrecido era real. El reconocimiento de neutralidad durante el período de transición valía algo. La alternativa —la posición actual, que era—

Petrov observando y construyendo un caso, Sokolov observando y calculando cuándo actuar, dos facciones que habían notado su adquisición y que decidían por separado qué hacer al respecto— era una posición que habría que gestionar.

Se detuvo junto al muro oriental y miró los abedules. Su corteza era pálida en la oscuridad invernal, el blanco característico de los abedules rusos, lo más ruso que conocía, y que de algún modo habían acabado creciendo contra su muro perimetral sin que él los plantara.

Pensó en la pregunta del omega. ¿Vas a hacerme daño? Formulada a la mesa, en una habitación cerrada con llave, con la calma de alguien que había decidido que merecía la pena preguntar, fuera cual fuera la respuesta.

No había respondido. Se había marchado. Técnicamente, seguía sin responder, porque la pregunta seguía ahí y él se había negado a encararla desde la noche en que fue formulada.

La encaró ahora, en el frío, con los abedules y la oscuridad moscovita, sin nadie que lo observara.

No iba a hacerle daño. No era una conclusión complicada; no requería análisis; no le había hecho daño ni había planeado hacerlo, y el plan no había cambiado.

Lo que había cambiado era el significado de lo que no estaba haciendo. No voy a hacerle daño había sido, la primera noche, una declaración de parámetros operativos. Quería control. Propiedad absoluta.

Era algo más —algo que ocupaba un espacio diferente en su taxonomía interna, algo para lo que no tenía nombre y que no iba a encontrar esta noche, caminando por el perímetro a medianoche entre abedules.

Reanudó la marcha.

Pensó en los próximos tres días. Pensó en lo que significaban tres días sin supresores para un omega presentado en su primer celo que nunca había pasado por un ciclo sin control.

Pensó en lo que había leído, después del inventario de la primera noche, sobre la biología de la situación —en cómo el trabajo de su organización a veces le había exigido entender las cosas a nivel técnico antes de poder tomar decisiones correctas— y pensó en las conclusiones a las que había llegado y en la decisión que llevaba días sin tomar.

Iba a tomarla ahora. Tenía la costumbre de tomar decisiones en el frío, porque el frío silenciaba las partes innecesarias.

Lo gestionaría él mismo.

Se lo dijo al muro oriental, a los abedules y a la oscuridad moscovita, en el silencio particular de un hombre que decide algo cuyo peso comprende. Tenía opciones. Las había revisado.

Eran opciones legítimas —un cuidador profesional, un protocolo médico, un piso franco— y las había revisado con absoluta calma, pero algo en él no se había inclinado hacia ninguna, llevaba días sin inclinarse hacia ninguna, y había dejado de fingir que esa inmovilidad seguía siendo una decisión pendiente.

Lo gestionaría él mismo, porque el omega había ordenado los libros por tamaño, había preguntado si Maxim iba a hacerle daño, había comido sin fingir que no tenía hambre y había dicho, en un momento inapropiado de una conversación sobre Catalina la Grande—

La parte sobre las mujeres que lo dirigían todo entre bastidores mientras los hombres discutían sobre quién mandaba fue interesante.

Y algo en Maxim, que llevaba quince años en silencio —del modo en que las cosas se silencian cuando construyes un sistema en torno a su silencio—, había notado todas estas cosas, las había ido notando, y había producido, finalmente, esta noche, en el frío, una conclusión sobre la que iba a actuar.

Estaba seguro al cincuenta por ciento de que estaba cometiendo el error de su vida.

Estaba seguro al cincuenta por ciento de que el error no era lo que él creía.

Giró en la esquina sureste y volvió bordeando el muro sur hacia la entrada del edificio, el aliento convertido en vaho, los guardias en sus puestos, el invierno moscovita haciendo lo que hacía, y Maxim entró con la decisión tomada, las manos en los bolsillos y el rostro impasible, porque eso era lo que hacía, le había servido y seguiría sirviéndole.

Por la mañana se lo diría a Ruslan. Diría: Lo gestionaré yo mismo. Lo diría sin entonación, porque la entonación no era un recurso que usara innecesariamente, y Ruslan lo recibiría sin expresión, y el asunto quedaría zanjado.

Fue a su escritorio. Escribió durante una hora. Se acostó.

No subió. Había tomado su decisión, y no necesitaba tomarla de nuevo.

Durmió porque había decidido hacerlo, y durmió bastante bien para ser un hombre al que le quedaban tres días antes de que todo cambiara.

* * *

La mañana trajo el informe de Bogdan. El perímetro exterior había sido tanteado dos veces durante la noche.

Ambos tanteos fueron discretos —vehículos individuales, una lentitud sospechosa, el ritmo característico de quienes miden en lugar de pasar de largo.

Ni Petrov ni Sokolov se habían movido contra el complejo. Ambos estaban estableciendo parámetros.

Y noticias de su contacto de inteligencia en el círculo exterior de Petrov.

Chesnokov no sería el último enviado. El siguiente paso, si el rechazo de Maxim se mantenía, era la escalada.

Las opciones de Petrov para escalar estaban limitadas por su exposición política durante la disputa sucesoria, pero no eran ilimitadas.

Estaba esperando una oportunidad. Un alfa distraído por el celo de un omega era, según el análisis de Petrov, una oportunidad.

Maxim leyó el informe y lo archivó. Lo archivó con precisión. La información era relevante, sus implicaciones estaban claras, el plazo era de tres días. Tenía tres días antes de que la situación cambiara, había tomado su decisión sobre esos tres días, y la decisión era correcta.

Fue a buscar a Ruslan.

—Lo gestionaré yo mismo —dijo—. El celo del omega. Cuando llegue.

Ruslan lo miró. No por mucho tiempo. Un segundo de mirada que no comunicaba nada y contenía todo lo que Ruslan había notado y elegía no decir.

—Entendido —dijo Ruslan.

Maxim asintió. Volvió a su escritorio.

Se sentó a su escritorio con el primer expediente de la mañana abierto delante y pensó, durante exactamente el tiempo necesario para confirmar que no estaba reconsiderando, en los guantes de cuero de arriba, sobre una mesita en una habitación que olía a cedro, a vainilla y a aire frío, y en los tres días que quedaban, y en lo que había al otro lado.

Cogió la pluma.

Se puso a trabajar.