El olor del fin del mundo Segunda parte #8
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Segunda parte #8

Había recuperado el olfato, la pasión por mi trabajo y el ímpetu. Recibía llamadas de amigos y colegas del mundo del arte, felicitándome y animándome a seguir, y hasta me ofrecían comprar cuadros que aún no había terminado.

Estaba sintiéndome realmente bien hasta que algo extraño comenzó a ocurrirme.

Empecé a sentir distintos algunos sabores que me habían acompañado desde siempre.

Primero fueron las papas fritas de paquete.

Me dio la sensación de que algún ingrediente nuevo les habían agregado y recriminaba a los productores por cambiar las recetas cuando eran tan perfectas.

Esa bendita manía de cambiar las cosas que funcionan.

Luego fueron los tacos de maíz. Empezaron a tener un sabor a rancio que no descifraba. Siguió el café, que agarró sabor y olor a gasolina. El huevo: a podrido. El pollo: a carne descompuesta.

De pronto estaba en mi apartamento y sentía unas ráfagas de fetidez insoportables. Todo lo que comía me sabía amargo, raro. No tenía con quién comparar esos sabores y pensaba que, tal vez, un corte de luz había dañado el mercado en mi casa. Pero ¿todo?

El cilantro y el ajo, dos de mis ingredientes preferidos para cocinar, se volvieron putrefactos. El vino tinto cogió sabor a almizcle y cañería.

Ya cuando tomé agua y me dieron arcadas supe que algo grave de verdad me estaba ocurriendo.

No podía siquiera bañarme en paz. La ducha emanaba unos vapores repugnantes, hediondos.

No soportaba el aroma desagradable del jabón ni del champú.

A las cremas dentales les sentía olor a menta podrida y terminaba vomitando cada vez que me intentaba cepillar los dientes.

No podía comer, ni beber, ni casi respirar.

Me llegaban, de repente, unas ventoleras inexplicables de pestilencia que me abrumaban, me desesperaban y que solamente sentía yo.

Empecé a llamar a emergencias para avisar que olía a gas, que tal vez una cañería se había roto, que el aire estaba contaminado, que la ciudad se estaba incendiando. Que revisaran, por favor, porque el fin del mundo había llegado.

Nadie más lo sentía. Un olor nauseabundo se apoderó de mi casa. De mi vida. La lista de lo que sabía y olía asqueroso iba aumentando con las horas y las ráfagas malolientes dejaron de ser temporales para mudarse a vivir conmigo.

Dejé de bañarme, de comer y de beber. Lloraba desconsolada.

—Antonio, me estoy volviendo loca. Estoy enferma.

—Ya va a pasar, Carmen. Intenta salir a respirar aire puro, al menos.

—No puedo. Me cuesta hablar contigo porque hasta mi propio aliento me huele feo.

Los párpados se me pelaron de tantas lágrimas amargas.

Empecé a sentirme débil y mareada todo el tiempo.

Sentía hambre, pero no podía comer. Sed, pero tampoco podía tomar agua.

Mi cama, debajo de mis cobijas y con mi almohada en la cabeza, era el único lugar medianamente seguro para mi olfato alterado y mis ataques de llanto e histeria.

Mi propia piel me olía fétido. Todo a mi alrededor parecía fermentado, podrido.

En comparación a lo que olía mi mundo, el olor a estiércol era un perfume.

Le pedí a Antonio que me mandara una nariguera de las que usan los nadadores para taparse la nariz, como cuando era niña y me obligaban a tomar una medicina. Con ese sellamiento nasal limité los olores, por lo menos mientras comía, y empecé a soportar las galletas de soda y el atún con mucho limón.

Acudí a un otorrino, que me recibió de urgencia en su consultorio y me envió un spray para bloquear los sensores nasales.

Así, por lo menos, podía descansar mientras el bloqueo funcionaba.

Con ese spray recuperé algo de calma, pero cuando el efecto pasaba, me despertaba de nuevo el olor a gasolina, a gas, a cañería.

Era enloquecedor porque, a pesar de ya saber que esos olores no eran reales, prendían las alarmas de mi cuerpo y me daban ganas de salir corriendo, no fuera a ser que me quemara en el incendio o me matara la inhalación de gas.

El otorrino no entendía lo que ocurría porque no había visto casos similares postcovid—19 pero me ayudó con el líquido bloqueador.

Acudí a otros médicos, pero mi caso era excepcional.

Los especialistas sabían de muy pocos pacientes similares y no había un tratamiento claro.

El desenlace del ciclo que habían visto era impredecible: covid-19, pérdida del olfato durante un tiempo, recuperación y el infierno…

la putrefacción. Parosmia. Así se llama lo que me dio.

Una condición extrema que sufrimos alrededor del diez por ciento de quienes tuvimos anosmia por el virus, y como todo estaba sucediendo al mismo tiempo, nadie sabía que ocurriría más adelante.

La anosmia es la ausencia total de olfato. La parosmia, la distorsión total. El excremento de la vida. Nada huele como debe oler. Nada huele bien. Hasta el oxígeno incomoda.

Un exitoso neurocirujano, que se convirtió en mi salvador, me explicó que la parosmia era el efecto de una desconexión entre los sensores de la nariz y los nervios del cerebro que procesan esos mensajes que envía el olfato.

Encontré en Facebook un grupo de apoyo para la gente con síntomas como los míos y me fui dando cuenta de que éramos miles en el mundo los que alguna vez tuvimos covid-19, luego perdimos el olfato y apenas meses después nos dio ese síndrome tan raro e incapacitante.

Entré a ser parte de un estudio digital en el que todos los días debíamos llenar un formulario con datos sobre cómo nos sentíamos y qué alimentos podíamos tolerar.

Allí aprendí que la pasta sola, sin mantequilla ni aceite, era medianamente soportable.

Lo mismo la zanahoria cruda. A veces aguantaba el agua tónica con limón y me sentía bebiendo champaña.

La leche y sus derivados sabían a metal. Asqueroso. El tomate parecía siempre podrido, como casi todo. El grupo me sirvió para confirmar que no estaba sola y para ir viendo qué les servía a unos y a otros y que fuera aplicable a mi condición.

Como el tema era cerebral, el neurocirujano me formuló una medicina diseñada para la epilepsia, que controlaba los impulsos cerebrales.

De esta manera, la cabeza dejaba de enviarle al resto del cuerpo alertas de mal olor ante todo lo que recibía.

Me recetó el medicamento por seis meses, en los cuales no podía tomar alcohol y debía estar muy pendiente de mis cambios emocionales.

Volví a vivir. A comer. A dormir. A disfrutar del aire libre.

Se me olvidó el olor a rancio y recuperé la risa y el optimismo.

Recordé el olor de la vida. Y el olor de Antonio.

¿Dónde estás, mi amor? Necesito olerte, necesito verte.

¿Todavía hueles a tabaco fresco con vainilla?

El grupo de apoyo de Facebook aún existe.

Se llama Parosmia/Anosmia support group .

Tiene 50.000 miembros. Muchos nuevos se han ido sumando porque, aunque parezca increíble, cinco años después de la pandemia siguen apareciendo nuevos casos.

Hay personas que no se recuperan del todo.

Como yo, que jamás volví a sentir los olores como antes.

Nada me huele exquisito, nada me huele espantoso.

No volví a cocinar. Ya no disfruto de los mariscos ni de la carne.

El pollo me empezó a gustar cada vez más, pero los pescados poco.

Mi mundo olfativo cambió por completo y el de mis compañeros del grupo de apoyo también.

A veces entro al estudio para ver qué hay de nuevo y siguen usando los mismos adjetivos del principio: horroroso, deprimente, miserable, frustrante, desagradable, fétido, nauseabundo.

Hay pacientes que llevan años con gripa o sinusitis.

A otros les dieron ataques de pánico y de vértigo que nunca antes habían tenido.

Muchos quedaron con depresión permanente.

Son, en su mayoría, personas muy jóvenes que rondan los treinta años y que quedaron (como yo) con unas secuelas rarísimas después de contagiarse.

A la medicina experimental para la epilepsia y al spray nasal del bloqueo les agregué terapias alternativas de un médico fabuloso que, con paciencia y sapiencia, fue encontrándole remedio a mi olfato averiado. Aprendí a vivir con los malos olores y le fui descubriendo nuevos sabores a la vida.

Cambié el vino tinto por vino blanco, y la pasta con limón, atún y aguacate se volvió mi plato preferido. El sol salió de nuevo y yo también. Volví a disfrutar de la tierra húmeda, de la brisa. De esas cosas de las que uno no se percata porque las tiene constantemente.

Fui rearmando mi vida con las ausencias y presencias de Antonio, pero él me causó tanto dolor y mis pinturas tanto bienestar que la ilusión y el trabajo para ser parte de una bienal ocuparon casi todo mi tiempo.

* * *

Había pasado más de un año desde la llegada del virus y ya nos habíamos vacunado cuando Antonio se contagió.

El mejor amigo de su hijo, que de vez en cuando iba a su casa, les llevó el virus.

El joven no tuvo síntomas, pero Antonio sí.

Muy rápido, se puso mal, débil, cansado, con tos, fiebre, desconcentrado.

Yo intentaba comunicarme a diario, pero él no me podía hablar.

ANTONIO

Luego te busco, mi Carmen.

No me buscaba.

CARMEN

Antonio, por favor, dime que estás bien .

Nos desconectamos. No tenía redes ni revisaba el celular.

Se me hizo más evidente que nunca ese amor a cuentagotas al que nunca pude acostumbrarme.

Fueron tiempos difíciles para todos. En medio de la adversidad, habíamos sido el bálsamo que nos permitió navegar las arbitrariedades del destino.

Las relaciones humanas son complejas y profundas, pero también frágiles.

La nuestra siempre estuvo cargada de fatalidad, de imposibilidades.

Nos amamos con el alma, pero nos rompimos de una manera irreparable.