Segunda parte #9
Por razones que comprendo, pero que me son insuficientes, él decidió permanecer en su otra vida, lejos de la mía.
Y cuando se puso mal, descubrí una condición horrorosa: la del muro de las comunicaciones en un amor secreto cuando llega una enfermedad.
¿A dónde podía llamar? ¿A quién? ¿Cómo podía saber si algo realmente grave le ocurría?
En el mundo que durante años construimos, solo existíamos él y yo, mis ojos encharcados todo el tiempo y un profundo silencio cuando alguno de los dos no contestaba. Ese silencio, cuando él se contagió, se volvió demoledor.
CARMEN
Antonio, por favor, dime algo.
Nada, absolutamente nada.
Volví a sentirme densa, triste, como ya no quería estar.
Abatida por los más bellos recuerdos de los dos, de esos tiempos ya recónditos en que nos embadurnábamos de carcajadas y de semen; cuando bebíamos negronis y whiskies, no para emborracharnos, sino para desfogarnos y confesarnos, con el atrevimiento que produce el licor, todo lo que ya sabíamos.
Cuando nos penetrábamos el cerebro y el corazón en la cama y en la ausencia de los domingos en la tarde, en los que nos enviábamos poemas que escondían nuestra pasión y nuestra frustración; cuando no habíamos dimensionado el tamaño de la catástrofe que se nos venía encima.
Mis ilusiones de una vejez a su lado se habían desmoronado y me devoraron las llamas del miedo que conocí en esos meses espantosos de la pandemia, cuando la vida me obligó a ver el mundo y nuestro tiempo de una manera tan distinta a lo que había conocido.
Antonio no aparecía y yo pensaba en todas esas cosas que nos habíamos dicho y hecho y en cómo, después de estar juntos, siempre necesitaba y quería más, mucho más, pero él no podía dármelo.
Pensaba en su ecuanimidad y en su amor siempre tan mesurado; en cuando me abrazaba fuerte, como si me fuera a romper los huesos, y en cuando me decía que no llorara más porque él sabía que íbamos a estar juntos, pero igual se marchaba.
Pensaba y recordaba todo eso tan hermoso que vivimos, cuando fuimos intensamente felices, cuando nos escapábamos del universo.
Estaba recostada en mi cama, medio dormida, recordándolo, invocándolo, y de pronto empecé a sentir un olor a flores blancas.
Las mismas flores blancas de la casa de mi infancia en la mañana siguiente al maldito martes en que murió mi papá.
Salí de la habitación y me senté en la sala para recibir ese olor.
Lo identificaba porque el día en que lo sentí por primera vez conocí la verdadera tristeza.
Y a uno jamás se le olvida a qué huele la tristeza, cuándo la conoce y lo vulnerable que es cuando se acerca.
Me serví una copa de la última botella de vino tinto que me quedaba de las que Antonio me traía de sus viajes.
Puse a Adriana Varela y le pregunté a la tristeza por qué volvía si yo no la estaba llamando, si no la quería cerca.
Pero la tristeza es parte de nuestras vidas.
Le tenemos pavor aunque vayamos hacia ella, desfogados, en las autopistas del placer.
Llega cuando menos la esperamos y es imposible de esconder, como el enamoramiento y como los síntomas del covid-19.
Hoy, vas a entrar en mi pasado,
en el pasado de mi vida.
Tres cosas lleva mi alma herida:
pasión, pesar, dolor.
Hoy,
vas a entrar en mi tristeza
y hoy
nuevas sendas tomaremos.
Qué grande ha sido nuestro amor
y, sin embargo, ¡ay!
mira lo que quedó.
Así estaba, cantando ese tango fabuloso y triste, cuando recibí una llamada desde el número de Antonio. Era su madre. Se comunicó conmigo por primera y única vez para decirme que ese hombre, al que amaba con locura y por encima de cualquier existencia, estaba en cuidados intensivos.
—¿Desde cuándo? —le pregunté.
—Esta mañana ingresó, Carmen.
—No puede ser… —dije, suspirando.
—Sí. Estuvo cuatro días hospitalizado, pero sus pulmones no respondieron. Tuvieron que intubarlo.
—¿Qué dicen los médicos?
—Que hay que esperar. Y confiar en su cuerpo.
Guardé silencio hasta que ella rompió mi llanto mudo.
—Carmen…
—Dime.
—Quiero que sepas que te voy a avisar de cualquier cosa que ocurra.
—Gracias.
—Lo siento mucho. Siento todo mucho —me dijo.
Colgamos y yo quedé inconsolable.
Antonio, mi amor. Esta vez no te vayas, por favor.
Las cosas así no se suelen recordar hasta que ha pasado mucho tiempo porque el impacto es tan profundo que, para que uno pueda sobrevivir, la memoria borra los detalles.
De otra manera, sería imposible seguir adelante con semejante dolor a cuestas.
Solamente con el pasar del tiempo uno se recupera y comprende por qué lo vivió y, sobre todo, para qué lo sobrevivió.
Lidié durante largo tiempo con un desconsuelo muy profundo y una culpabilidad injusta conmigo por la amargura que le imprimí a nuestros últimos tiempos, exigiendo algo que no podía tener.
Pero la vida, que está tan llena de lecciones, le da a uno la razón cuando ya no vale la pena, cuando ya para qué.
Poco a poco superé el mal olor que me dejó la pandemia y regresé al fondo del mar a donde había dejado a Antonio. También volví al bar de jazz y a tomar negronis. Nunca más vino tinto.
Comí de nuevo carne y, a veces, tacos con cebolla y cilantro.
Visité hace unos meses el restaurante The Fat Duck de Londres, donde trabajaba George cuando murió.
Regresé a Tel Aviv, que, tras la guerra de Gaza, se volvió una ciudad histérica.
Ya no quedan huellas mías, ni de Elizabeth y Facundo, ni del Dizengoff Square Hostel.
A Antonio lo pienso y lo extraño todos los días de mi vida. Mis amigas me han visto llorar de todas las maneras posibles en las que se puede llorar a un hombre.
Un amor así no se olvida nunca.
El covid-19 me partió la vida, me quitó el único olor al que quisiera regresar: el del tabaco fresco con madera dulce, cuero, vainilla, gotas de ámbar y un par de cítricos.
Ese olor en el que comenzaba mi mundo. El olor de Antonio, mi amor, mi poeta.
Mi secreto más profundo, el que todavía me revienta las paredes de las venas y me vuelve a matar mientras recuerdo las últimas palabras que me dijo su madre antes de colgar el teléfono: que yo era, como desde el principio, cuando él me enviaba una canción al amanecer, su primer pensamiento al despertar y su último antes de dormir.