Segunda parte #7
Recuerdo que tenía unos 25 cuando sufrí por primera vez uno de esos ataques. Fue un miércoles de octubre, la mañana siguiente al día en que murió mi padre.
Al amanecer, me paré de la cama con el corazón tan roto como nunca y salí de la habitación rumbo a la cocina para buscar un café, cuando un olor a flores blancas se apoderó de mi olfato.
Caminé como sonámbula entre los muebles de la sala, la biblioteca, el jardín, las demás habitaciones, la cocina, intentando encontrar las flores blancas que emanaban semejante olor, pero no había una sola.
Esa mañana conocí el olor de la muerte. El olor a flores blancas.
Y entendí que la muerte lo sacude a uno cuando se despierta, al día siguiente, para notificarle que lo que está viviendo no es una pesadilla, que la realidad es irreversible y que nunca más, jamás, pase lo que pase, su vida volverá a ser igual, porque ya sabe lo que se siente cuando se muere el padre.
Además del choque con la realidad y el olor a flores blancas, ese día me dio un ataque de pánico.
El primero de varios que tendría en mi vida.
Coincido con Rosa Montero, que los describe en El peligro de estar cuerda como una de las peores sensaciones que una persona puede sentir.
Bajo su efecto, uno no sabe qué es lo que tiene, pero siente que se va a morir, que se va a desmayar ya, que el corazón se le va a paralizar, que lo van a encontrar desgonzado, ido e irrecuperable.
Lo peor es que los ataques de pánico no son tan cortos, sino que duran el suficiente tiempo para hacerlo sentir a uno inseguro, enfermo y, encima, loco.
Todos los ataques que he tenido en mi vida han sido espantosos. Pero con el paso del tiempo, la terapia y la medicación los he lidiado. Aunque hace muchos años no me dan y los aprendí a identificar y ya sé que no me van a matar, les sigo teniendo respeto y temor. En realidad son muy fuertes.
Ese día de mi cumpleaños, sin las felicitaciones de Antonio, me dio uno que no pude detener.
El corazón se me salió del pecho, se me nubló la razón, me sentí morir.
Tuve que rogarle al portero que subiera a ayudarme, a acompañarme mientras me moría para no partir de este mundo en absoluta soledad, como los ancianos de España e Italia que se llevó la pandemia.
Respira, Carmen, ya va a pasar.
Cuando me calmé, no sé cuánto tiempo después, quedé desbaratada. Uno es frágil, mucho más frágil de lo que puede calcular. La línea que divide la cordura y la locura es muy delgada y en un instante de fragilidad, en cualquier segundo, uno puede pasar al otro lado.
Con el portero cogiéndome la mano, salí del ataque de pánico, pero tenía covid-19 y yo sabía, por la cantidad de información adquirida durante la pandemia, que cada día era un paso más o uno menos hacia la muerte.
Según los sobrevivientes, entre los días siete y ocho tras el contagio, los síntomas cambiaban y uno podía empeorar.
Decían también que, si uno pasaba del día nueve, seguramente se recuperaría.
Cuando me dio positiva la prueba, yo debía ir en el día cinco y mis síntomas seguían siendo de gripa normal.
Pero el tema con ese virus es que es traicionero: uno estaba bien un día y al siguiente se despertaba con un pie en el más allá.
Pasé mi cumpleaños entre el ataque de pánico y una tos seca que me empezó a quitar el aliento.
Conservaba el buen apetito y la risa, pero me sentía agotada.
Como estaba sola, me pasaba horas conectada en llamadas con las amigas solidarias que me entretenían y me cuidaban en la distancia.
Había un tratamiento que rondaba por redes sociales, uno en el que se mezclaban antibióticos con antigripales, vitaminas, descongestionantes y el famoso purgante para piojos, que prometía sanación.
Como había armado mi botiquín con la ayuda de mi amiga Leidy, tenía todos los remedios que recomendaban, y a las sugerencias médicas —le agregué— las recetas experimentales que me habían llegado. Terminé con una gastritis insoportable.
Con el paso de los días, comencé a perder la concentración y, sobre todo, la capacidad para pensar en varias cosas al mismo tiempo.
Leer un libro se me volvió una utopía. En la segunda página se me olvidaba lo que había leído en la anterior.
Me quedaba dormida hablando por teléfono y un día casi incendio el apartamento porque puse a hervir agua con hierbas aromáticas y se me olvidó.
La olla se quemó y, como no tenía olfato, no me di cuenta del olor a quemado que estaba impregnando la casa.
Mientras mi enfermedad avanzaba, mis amigas se hacían pruebas y estaban alertas a cualquier síntoma.
Tuvieron que llamar a quienes habían visto al regresar de la playa para avisarles que el covid-19 las rondaba.
Esa llamada era un pacto de humanidad que se estableció durante la pandemia.
Había que contarles a los amigos, con los que se había compartido en aquella cena o aquel café, que uno mismo o que alguien cercano a uno estaba contagiado.
Al colgar el teléfono, comenzaba una angustia que solo terminaba cuando se descartaba el contagio por completo. O no.
Con la llamada comenzaba una espiral de angustias cuyo destino era impredecible.
La manera en que el cuerpo enfrentaba el virus y la respuesta inmunológica estaba definida por una mezcla de suerte, precondición física y factores genéticos.
No se sabe. La mayoría de quienes murieron eran mayores y con comorbilidades, pero también fallecieron muchas personas sanas, deportistas, jóvenes y bien alimentadas.
La ciencia aún no ha contestado el gran interrogante de la gravedad del covid-19. ¿Por qué a unos sí y a otros no?
* * *
A raíz de mi enfermedad, Antonio intentaba aumentar su presencia en mi vida. Tranquila, recupérate, no tengas miedo, te acompaño. Pero esta vez mi soledad era inocultable.
Después del episodio de la olla quemada, me preocupé.
Me llenó de pavor agravarme y no dejaba de recriminarme por haber dejado mi vida en manos de un hombre que no me podía acompañar en el peor momento.
Sí, él estaba pendiente de mí. Me escribía.
Me mandaba comida a domicilio. Pero la realidad es que estaba más sola que nunca.
A partir del día diez comencé a sentirme mejor.
La debilidad continuaba, pero poco a poco el tabique se me fue descongelando, me pude parar con fuerza de la cama y comerme un buen pedazo de carne.
Volví a la jardinería, a amar la vida y por fin me llegó una buena noticia: me seleccionaron para participar en el Salón Nacional de Artistas.
Mi aplicación al concurso fascinó a los jurados y ahora tenía que ampliar el proyecto porque tal vez iría a una bienal.
Por fin, la vida me sonreía.
Seguí pintando. Llené mi casa de cuadros que hice en un desfogue de creatividad y me sentí profundamente agradecida por esa segunda oportunidad sobre esta Tierra.
Regresé a las citas virtuales nocturnas y la alegría fue suprema cuando, un mes después de contagiarme, de un instante a otro, recuperé el olfato.
Lo primero que olí fue el rastro de algo que estaba cocinando la vecina.
Sin que me lo esperara, mi apartamento se llenó del olor a cebolla, tomate, mantequilla y ajo tan típico de la gastronomía colombiana que atraviesa paredes para contarnos que allí al lado están preparando el almuerzo.
Busqué, apurada, la crema de almendras y olía delicioso; casi me la como.
Agarré unas naranjas y recordé su olor. Olí jengibre, me puse unas gotas de mi perfume de siempre detrás de las orejas, olí mi ropa.
Preparé una sopa de pollo con mucho cilantro, como me había recomendado mi amiga Sara, y me la tomé de un sorbo.
Sabía exquisita. Reviví. Compré flores y las organicé en jarrones por toda la casa.
Me senté en la ventana de mi apartamento y vi el cielo más azul que nunca.
Como el planeta entero se había detenido durante la pandemia, los mares, los ríos y, en general, la naturaleza respiraba, aliviada.
Si algo tuvo de positivo el encierro fue precisamente eso: la recuperación del medio ambiente cuando todas las actividades humanas entraron en pausa.
Aparecieron delfines y ballenas cerca de las costas y pájaros multicolores se apoderaron de los cielos.
El verde se hizo más verde y se vieron allá, a lo lejos, al otro lado del horizonte, montañas que por la polución no conocíamos. Volví a vivir.
De vez en cuando sentía cierto cansancio, pero el optimismo que me daba pintar con la expectativa de las buenas noticias lo curaba casi todo.
Así que me esforzaba por sentirme bien, por moverme, por recuperar el aire que había dejado de entrar en mis pulmones.
La ciencia avanzaba en busca de una vacuna a una velocidad inédita y la vida en todo el planeta había adoptado una nueva normalidad, con esperanza y optimismo, a pesar de tanta tristeza acumulada.
Seguía sin ver a Antonio. Habían pasado tres o cuatro meses desde nuestro encuentro del hotel y ya demasiado tiempo desde la última vez que lo había tenido adentro. Había rozado la tragedia con el contagio y ya no tenía ganas de pelear conmigo misma para sacarlo de mi vida.
—Mi Carmen, ya casi termina esto —me aseguraba.
—¿Crees?
—Sí, ya casi sale la primera vacuna. Toca viajar a Estados Unidos para conseguirla.
—¿Y tú me vas a llevar?
—Tú ya estás vacunada. Con el contagio estás protegida por un buen tiempo.
—Igual me la quiero poner.
—No te dejan tan pronto.
—No me vayas a dejar sin vacuna, Antonio.
—No. Apenas salga, voy a viajar a ponérmela. Y tan pronto como tú puedas, organizamos para que te la pongas también.
—Y, entonces, ¿podremos vernos?
—Sí, mi Carmen, por fin podremos vernos.
Antonio ya no me dolía como antes. La ausencia de fuego aplaca hasta las llamas más ardientes.