El olor del fin del mundo Segunda parte #6
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Segunda parte #6

La noche antes de regresar de esa playa aguamarina, empacando el equipaje para volver a casa, me puse un poco de la crema de Cleopatra en el brazo y no sentí su olor.

Hice lo mismo con el perfume que usaba a diario y tampoco.

Me olían a nada, absolutamente a nada. Me tuve que sentar en la primera silla que encontré porque me temblaban las piernas y sentía que me iba a desmayar.

Dios, perdí el olfato. Tengo covid-19. Busqué alcohol, corrí a la cocina por un detergente, por algún producto que me oliera a algo.

Nada. Absolutamente nada. Había perdido por completo el olfato.

No sabía qué hacer.

Perder el olfato durante la pandemia era un síntoma incuestionable de contagio. Por alguna razón que la ciencia aún no ha explicado, casi la mitad de los infectados de covid-19, como yo, tuvimos pérdida total del olfato. Anosmia. Ese es el nombre científico y el primer síntoma de mi enfermedad.

Asustada, llamé a mis amigas a los gritos y les pedí que me escucharan a lo lejos, sin pasar de la puerta de la habitación.

—Tengo covid-19 —les dije.

—¡No puede ser! Estás paranoica —contestó de inmediato una.

—Puede ser que esté paranoica —afirmé—. Pero, igual, tengo covid-19. No tengo olfato.

—Huele esto —me dijo otra. Y me pasó su perfume.

—Nada. No me huele a nada.

El diagnóstico era claro. ¿Y ahora? ¿Qué hago con esta angustia? ¿Y si me muero?

—Mañana te toca ponerte dos o tres tapabocas y montarte en el avión —afirmó una de las amigas.

—¿Y si contagio a alguien? —pregunté, nerviosa.

—No te puedes quedar aquí sola, en esta playa…

—¿Qué tal que te pongas grave? —dijo la otra.

—Aquí no hay ni siquiera un buen centro médico, Carmen.

—Te toca irte con nosotras.

—¿Montarme en un avión con covid-19?

—Pues tal vez no tienes covid-19…

—Sí tengo, ¡lo sé!

—Entonces te toca montarte en el avión contagiada.

Y punto. Se acabó la discusión. Nos fuimos a dormir.

La noche fue horrorosa: sin olfato, con la nariz helada, con escalofríos, con angustia.

Tengo covid-19, me voy a morir. ¿Me van a dar un respirador?

¿Me cuidarán? Soy relativamente saludable.

Como frutas y verduras. Hago estiramientos todas las mañanas y no fumo.

¿Mi cuerpo responderá bien? Necesito pensar en algo distinto.

Dormirme y despertarme cuando esto haya pasado. ¿Pasará?

Llegué al aeropuerto a la mañana siguiente y me sentí como si llevara un bulto de narcóticos encima. Dos tapabocas, gafas, no le hablaba a nadie, no miraba a nadie, no me acercaba a nadie. Un miedo terrible a ser descubierta.

En el avión, ocupé una silla junto a la ventana y viajé la hora y media del vuelo mirando las nubes tan blancas, tan esponjosas, tan limpias. Verlas me sacaba del horror que implicaba estar viajando en ese aparato lleno de pasajeros a los que podía contagiar. Me sentía irresponsable. Abrumada.

En Bogotá, cuando aterrizamos, me monté en un taxi con todas las ventanas abiertas y mis dos tapabocas encima.

No me hable, señor , por favor . En ese frío capitalino, el conductor no entendía por qué llevaba las ventanas abiertas y yo no dejaba de pensar en el taxista que se contagió con los turistas italianos.

Ya sabemos que todo lo que está mal puede empeorar; el destino es indolente.

Cité al señor de las pruebas caseras, que llegó un par de horas después, me metió el copito por las fosas nasales y a los veinte minutos me dijo que el resultado era negativo.

¿Y entonces? Estás paranoica, Carmen . Traté de oler de nuevo alcohol, de nuevo los perfumes, las cremas, los desinfectantes, hasta las lavandas que había sembrado en mi apartamento… y nada… El olor era a nada.

Me dormí pensando que amanecería mejor, ya sin malestar y con olfato.

Era una alergia, una gripa, el miedo. Carmen, tienes que calmarte .

La paranoia. Volví a pasar la noche pensando, horrorizada, en la Unidad de Cuidados Intensivos, en si me asignarían o no un respirador en caso de necesitarlo, en que no volvería a ver a Antonio. ¿A qué huele? Ya ni lo recuerdo.

Tengo miedo. Yo, que he visto a tantos caer, que armé todo un botiquín por si me contagiaba, que dejé de ver al amor de mi vida para evitar enfermarlo a él, estoy contagiada.

Lo supe desde el principio: todos moriremos de covid-19.

No volveré a verte, Antonio, y si el más allá no existe, como creo que no existe, ¿a dónde se irá nuestro amor, nuestros sueños, tu olor, el nuestro?

¿Por qué no te vi una vez más? ¿Por qué no te amé una vez más?

Tengo tos, estoy agotada. Pero el señor de las pruebas me dijo que no tengo covid-19 ¿Y si tengo? ¿Y si necesito un respirador?

La pandemia provocó una grave escasez de recursos vitales, con los respiradores como punto de inflexión entre la vida y la muerte.

¿A quién asignarle uno y a quién no? Esa fue una de las decisiones más difíciles para los expertos, que tuvieron que diseñar protocolos para definirlo, lo que básicamente implicaba elegir entre darle más posibilidades de vivir a una persona que a otra.

Las madres embarazadas, las mamás de menores de cinco años y los trabajadores de atención médica de primera línea tenían prioridad en la asignación.

Era la decisión más difícil. El mundo no se había tenido que enfrentar de esa forma tan masiva y con gráficos en mano a la perspectiva de tener que escoger entre una vida y la otra.

Los pacientes llegaban a los centros médicos y, en el examen de ingreso, según las condiciones que cumplieran, los iban ubicando en las diferentes listas que podían definir la posibilidad de seguir o no en esta Tierra.

Pasé la noche en total paranoia. Al amanecer, me desperté igual, sin olfato.

Me hice otra prueba y luego otra más. Todas salieron negativas.

Tres pruebas negativas. Pero yo seguía con el frío nasal y cada vez me sentía y me veía peor, más débil, más demacrada.

Tenía miedo. Era como si caminara al borde de un abismo cuyo fondo no vislumbraba, una carretera laberíntica que uno no sabe a dónde lo lleva, un viaje sin destino.

Pedí un oxímetro a domicilio, el otro gran elemento de la pandemia, un aparato para medir la cantidad de oxígeno que uno tiene en la sangre.

El virus anulaba el aire que entraba a los pulmones y las víctimas, sin darse cuenta, comenzaban a tener mal funcionamiento en órganos vitales.

Por eso los oxímetros se volvieron también artículos de primera necesidad.

Lo más importante para una persona contagiada era mantener oxigenado el cuerpo.

De lo contrario, un letargo se iba apoderando de su ser y a veces se llegaba ya tarde a los centros médicos, cuando los daños eran irreparables.

Era 7 de enero, día de mi cumpleaños. Aunque tres pruebas me habían salido negativas, yo continuaba con ese malestar y estaba convencida de mi contagio.

Mis amigas del mar habían planeado una cena en mi casa para celebrarme.

Llamé al señor de las pruebas una vez más, me hice la cuarta en cinco días y las dos rayitas del medidor se pintaron de rojo.

—Tienes covid-19 —me dijo.

Yo lo sabía desde el principio.

De inmediato fui reportada a la Secretaría de Salud y me volví una estadística más en una ciudad enferma, como yo.

Era mi cumpleaños y al horror de mi diagnóstico se sumó otro: a Antonio se le olvidó. Tenía covid-19 y ya era el mediodía de mi 7 de enero.

CARMEN

Se te olvidó oficialmente mi cumpleaños.

ANTONIO

¿Cómo así?

CARMEN

Así. Es hoy…

ANTONIO

No se me olvidó, me confundí. Pensé que era el 12.

CARMEN

Lo mismo. Se te olvidó.

ANTONIO

No. Perdóname. Feliz cumpleaños.

CARMEN

Gracias. Pero igual se te olvidó.

ANTONIO

Carmen, no se me olvidó.

CARMEN

Obvio que sí. Por favor, no me mandes flores ni regalos.

ANTONIO

Carmen…

CARMEN

No, Antonio. En serio.

Además, ya tengo el peor regalo encima:

una prueba positiva de covid-19.

ANTONIO

¡No puede ser!

CARMEN

Sí. Estoy contagiada.

Y se te olvidó mi cumpleaños.

Ya no me importaban sus felicitaciones. Necesitaba mi energía para recuperarme. Las cosas importantes no se olvidan. No hay que pedirlas. No hay que recordarlas. Frida Kahlo lo tenía claro:

Yo le duro lo que usted me cuide.

Yo le hablo como usted me trate.

Yo le creo lo que usted me demuestre.

Y, a ese párrafo magistral, mi amiga Deisy le agregó otra línea:

Y si lo tengo que pedir, no lo quiero.

Cada año, desde que conocí a Antonio, hice lo posible para que él pasara un cumpleaños feliz, para que se sintiera importante.

Jamás lo celebramos juntos y en la sumatoria de mi memorial de agravios siempre aparece su fecha llena de excusas y de ganas de no festejar, supongo que para justificar que no estuviéramos juntos.

Sin embargo, yo me encargaba, aun en la distancia, de hacerle memorable la fecha.

Le enviaba sorpresas, regalos, libros. Antonio y yo tuvimos una exquisita conexión literaria.

Él me regalaba textos que le recomendaban y yo me los leía con disciplina para luego comentárselos.

De alguna forma, leyendo sus regalos lo sentía cerca e iba subrayando las frases y anotando las ideas que quería desarrollar en nuestro siguiente encuentro.

Tuvimos, además de esa conexión sexual tan ardiente, un vínculo literario que alimentábamos con las letras que me regalaba y mi curiosidad por devorarlas.

Ese 2021 fue mi peor cumpleaños. Hacia el mediodía, timbró el portero y me entregó unas flores.

Me puse feliz. Pensé que Antonio intentaba remediar de alguna forma su olvido.

Pero no, no eran suyas; eran de las amigas del mar.

¡Me sentí tan derrotada! ¿Por qué seguía esperando atención y amor de un hombre que cada vez me confirmaba que su prioridad no era yo? ¿Por qué lo seguía amando tanto?

El corazón se me aceleró como si me fuera a dar un infarto. Me tocó sentarme, respirar. Tranquila, Carmen, ya va a pasar.

No pasó tan rápido. Me dio un ataque de pánico como no me daba hace muchos años.