Segunda parte #5
Me recosté en la cama para que tuviera mejor visión y fui hasta donde llegaron mis manos, mi creatividad.
Hasta donde mis ganas desaforadas de tenerlo encima, adentro, me llevaron.
Lo vi gemir, retorcerse en la silla. Nos devoramos a punta de órdenes y miradas, de lejos, sin un solo beso, sin una sola caricia.
Sin un roce. Él, al igual que yo, llegó al clímax provocándose y provocándome, en un episodio rarísimo para dos amantes que se habían tragado sus humores con tanto deseo y que habían hallado en los encuentros clandestinos la única manera de sobrevivir.
El temor del covid-19 estuvo presente, como un monstruo que nos podía tragar de un bocado, y nos lanzó de bruces a un mundo en el que la pasión fue subyugada por la razón, por el miedo, por los muertos que habíamos contado.
Fue una tarde extraña en la que hicimos el amor a distancia: él, dándome instrucciones desde la frialdad de un sillón, y yo, revolcándome, despelucada y descolocada en la cama, con su voz dictatorial instruyéndome mientras intercambiábamos deseos y piezas de ropa que se iban esfumando de nuestros cuerpos.
Terminé agotada. Con las manos cansadas. Transpirando. Temblando. Mientras él permanecía reclinado en el mismo sillón del comienzo de la escena, completamente desnudo, chorreado y sudado. Con el tapabocas puesto.
* * *
Repetimos la película varias veces. Antonio encontraba la manera de esconderse con su teléfono en la mano y yo, desde mi casa, le pedía que me mostrara sus erecciones mientras me tocaba y bajaba mi cámara para que pudiera verme toda.
Me desnudaba bailando frente a la cámara que me llevaba a él.
Me exploraba y me movía como él me hacía mover.
Al ritmo de su aliento, su cuerpo endurecido y mis gemidos, llegábamos al clímax juntos mientras sonaba mi jazz de fondo y él, en su carro, parqueado en una esquina cualquiera, contenía los gritos de explosivo placer.
Volvimos a desfogarnos gracias a la tecnología que tanto nos alivió en ese espantoso año y lidiamos esos últimos meses pandémicos con encuentros virtuales cada vez más intensos.
Él se rehusaba a verme de nuevo. Le daba miedo.
¿Y qué hago con estas ganas, Antonio? ¿Hasta cuándo las debo esconder?
Si hemos de morir, que sea a nuestro modo, entre nuestras piernas, vencidos por el placer, tocándonos, oliéndonos, recordándonos por qué seguimos vivos , pensé decirle más de una vez, pero jamás lo hice. Los temores los lidia cada uno.
Y, sí, volvimos a estar juntos de una manera nueva, con la certeza de que el otro existía en algún lugar de la ciudad y conectados con ese hilo de los pensamientos que siempre he creído que conecta a quienes se aman, se extrañan, se añoran y quieren estar juntos.
Volvimos a ser felices a nuestra forma en esos instantes de tanto placer virtual a pesar de que la muerte nos rondaba.
—¿Y si te mueres? ¿Qué será de mí, Antonio?
—Pues seguirás viviendo, Carmen. La vida siempre sigue.
—Imposible, ya no puedo vivir sin ti.
—Eres una exagerada.
—Tengo miedo, mi amor. La gente se muere alrededor nuestro. Mi vecina del 405, por ejemplo. Tenía apenas 34 años y ninguna patología de base. También el portero de la galería. Y su esposa. Este puto virus nos tiene arrinconados. No parece haber escapatoria.
—Tranquila, mi Carmen. Fíjate que estamos bien.
—¿Y si nos morimos los dos, como el portero y su señora?
—Aquí, si alguien ha de morir, seré yo. La hipertensión no me deja mucho margen de maniobra.
Y si me muero, pues me muero. Pero no quiero ser quien lleve el virus a mi casa.
Mi hijo no solo me heredó el gusto por el jazz .
Recuerda que también sufre de hipertensión.
Él está en alto riesgo, como yo, pero yo ya he vivido. Quizá más de la cuenta.
—No digas eso, Antonio. Nos queda vida por delante.
—Sí, por eso nos toca cuidarnos tanto. A mí, especialmente. Tú eres joven, Carmen.
—Qué desolación tan horrenda, Antonio. Más bien avísame cuando te pueda ver por la cámara. A ver si me quitas, por un ratico, este antojo que tengo de ti.
* * *
De alguna manera juntos, pero lejos, capoteamos el tiempo, las estadísticas catastróficas y nuestras ausencias.
Volví a encontrar en el arte ese escape y esa forma de mantener mi alma estable, como siempre había sido.
Me inscribí en un ambicioso concurso, que prometía apoyo económico y logístico a los artistas jóvenes, para que, cuando terminara la cuarentena, pudiéramos participar en eventos y exposiciones de proyección internacional.
Con esa motivación, pintaba de día y de noche, llenaba formularios que me enviaban desde la galería y aprovechaba mi creatividad que estaba rebosante.
Empecé a lograr colores que antes no había podido.
Una obra tras otra, me sentía productiva, inspirada, competitiva.
Entre los lienzos, el olor a trementina, los documentos de la aplicación y el vino, transité los meses finales de la cuarentena.
El año iba a terminar y, como siempre, Antonio tenía planes diferentes a mí.
Decidí, entonces, irme al mar. Necesitaba acabar con los rezagos de todo eso que tanto me había mortificado.
Era consciente de que algo irreparable se había roto entre nosotros y de que yo ya no era la misma de antes.
La paleta de los colores de mi vida había cambiado.
Me fui al mar cuando ya las restricciones eran mínimas, y aunque aún no existían las vacunas, habíamos aprendido a convivir con el virus. La demencia inicial colectiva había disminuido significativamente.
Viajé con dos amigas a un hotel delicioso en una playa aguamarina. Nos habíamos hecho prueba de covid-19 y en realidad teníamos muy poca interacción con alguien distinto a nosotras, entonces nos sentíamos seguras y protegidas.
Al amanecer, yo me encargaba de preparar el café.
Siempre he viajado con una tetera de las que se usan para hervir el agua y llevo distintos cafés que vivo probando para saber cuál es el mejor.
La buena noticia es que han desarrollado cappuccinos, mocaccinos, lattes , descafeinados , toda una gama de instantáneos para que los adictos consumidores como yo podamos comenzar el día sin reclamar, energúmenos, la presencia de un buen tinto.
Bajábamos a desayunar y el lugar era inmaculado.
Huevos en sus diferentes formas; frutas, como el banano, que podíamos pelar; una cocina amplia y cómoda, con estrictas medidas de protección y distanciamiento que de alguna forma nos daban tranquilidad.
Luego, la playa. Pasábamos el día conversando y leyendo bajo unas bonitas chozas frente al mar.
Yo me ponía careta y esnórquel y me sumía en la profundidad del agua.
Comíamos pescado, arroz con coco, plátano, lo que producían la tierra y el agua, y en las noches nos dedicábamos a jugar cartas y a tomar vino para para que se nos borraran las huellas de ese pavor que habíamos cargado.
Lo único que embrutece tanto como el amor es el vino.
Aunque Antonio lo defendía. Decía que el vino no embrutecía a nadie, solo que desataba los demonios que cuidadosamente habíamos cultivado desde la infancia.
Yo siempre he pensado que el vino libera los fantasmas que uno guarda en la mesa de noche, los mete en la cama, entre la almohada, debajo de la cobija y los pone a dormir con uno.
Ahoga la cordura, incendia las voluntades y por eso es tan peligroso.
Por eso produce insomnio con angustia. Y, al día siguiente, un desasosiego insoportable que es lo más parecido a un guayabo moral.
Pero el verdadero problema del vino es que uno volvería a hacer todo y más de lo que hizo y dijo bajo los efectos de ese bendito elixir.
In vino veritas , decían con razón los romanos.
En el vino está la verdad. Abre las puertas que uno tiene cerradas, guarda las llaves de la vida.
Nos lleva. Pone a coincidir nuestras miserias y euforias y, bajo su efecto, siempre pasa lo que tiene que pasar.
Allá, en ese paisaje fabuloso y transparente, con el paso de los días y bajo el efecto del mar, me volví a sentir relajada, libre, feliz. Por fin.
Una mañana, fuimos caminando hasta el mercado más cercano a comprar bronceadores y esas cosas que se usan en la playa.
Compré, entre otras, una crema corporal con olor a vainilla y almendras dulces que me empecé a aplicar en las noches después de quitarme la sal de encima.
Me dejaba la piel aceitosa, hidratada, tersa, como si fuera Cleopatra, y con un exquisito aroma dulzón.
Unos tres o cuatro días después de la compra, me desperté como con un frío en lo profundo de la nariz, como si tuviera el tabique congelado.
Una molestia que jamás había sentido. Me tomé un antialérgico y me olvidé del tema hasta la mañana siguiente, cuando me desperté y los síntomas eran más fuertes.
Más frío en la nariz y más presión en las fosas nasales.
Sensación de tupidez, sin mocos ni fluidos.
Consideré la posibilidad de que fuera covid-19, pero, ante una circunstancia de esas dimensiones, uno intenta mirar para el lado contrario.
De todas formas, empecé a usar de nuevo el tapabocas cuando estaba con las amigas y les pedí que me dejaran dormir sola por si acaso.
Me dijeron que estaba paranoica. Podía ser.
Al final, siempre he sido nerviosa, medio hipocondríaca y la pandemia había intensificado mi fatalidad.