El olor del fin del mundo Segunda parte #4
78%

Segunda parte #4

Cuando una persona fallecía en un centro médico, afuera se reunían familiares y amigos para despedirla, desde la distancia, en cuanto salía el carro fúnebre con los restos adentro.

Las funerarias comenzaron a organizar velaciones móviles en buses, con capacidad para cuarenta personas, en los que trasladaban máximo a diez y así evitaban contacto y contagio.

Los buses seguían al féretro hasta la puerta del cementerio, donde se detenía unos minutos antes de entrar.

Un momento más para decir adiós a lo lejos.

Silencio, dolor. Humo y olor a muerte. La zona era una espesa nube oscura que no se detenía porque el horno crematorio tampoco paraba.

Recibía decenas de muertos al día que, una o dos semanas después, convertidos en cenizas, eran finalmente entregados a los familiares.

Yo llevaba el luto de mi abuela encima. Estaba triste.

Un profesor de la universidad, escritor de novelas históricas, con el cual tuve un romance efímero mientras me enseñaba de cine y literatura latinoamericana, me dijo alguna vez que el duelo daba ganas de tener sexo, que el placer era la única manera de contrarrestar la muerte.

Si uno lo mira desde la óptica de la reproducción que surge del sexo y el cierre de la vida, puede tener algo de cierto.

O mucho. Serían antípodas. El inicio y el final.

Esa teoría me sirvió como excusa para pedirle una vez más a Antonio que nos viéramos. Le prometí que me haría la prueba de covid-19 y que no saldría ni a recibir al domiciliario hasta que llegara el resultado para poderlo ver a él.

Contraté un servicio de pruebas particulares que costaban 200.

000 pesos, unos 50 dólares de hoy. Llegó a mi apartamento un hombre joven, trigueño y fornido, vestido de blanco impecable, con sus dos tapabocas puestos, gorro antifluido, guantes desechables y un copito de esos de limpiarse las orejas, que me metió por la nariz como si me estuviera esculcando el cerebro.

Una sensación espantosa. El copito entraba por una fosa nasal y uno sentía picazón, dolor, ganas de estornudar y malestar general, y cuando uno pensaba que se iba a desmayar, lo sacaba.

Luego lo ponía en un estuche transparente que cerraba herméticamente y lo batía; mientras tanto, conversaba con absoluta naturalidad:

—Hoy hice doce pruebas, todas positivas.

Al cabo de diez, quince minutos, entregaba el resultado: negativo, decía ese primer copito mío.

—No tienes covid-19. Felicitaciones.

Sus palabras fueron mi pasaporte a la dicha.

Le mandé a Antonio foto del resultado, foto del enfermero haciéndome el gesto de triunfo con el dedo gordo hacia arriba, foto mía con él, foto mía sonriendo, foto del copito y, por fin, pactamos encontrarnos para conversar a distancia, pero mirándonos a los ojos.

Ya en esos días habían bajado las restricciones y uno podía ir al supermercado y salir a caminar un rato.

Regía el tapabocas, el autocuidado, la responsabilidad con uno mismo y con los que amaba.

Las calles, no obstante, seguían vacías.

No había bares, ni restaurantes, ni clubes de jazz abiertos, ni barras de whiskies y negronis.

En el apartamento de las chapas eléctricas sobresalía, abatido, un letrero que decía “Se vende”.

Era un hecho que nos íbamos a ver, pero no sabíamos dónde.

Después de muchas vueltas tentativas de planeación, en las que pasamos por su finca, mi apartamento, su carro y la casa de una amiga, acordamos encontrarnos en un hotel que alguna vez habíamos visitado.

Como el mundo ya no estaba para minifaldas ni brillos, opté por un pantalón sencillo y oscuro y una blusa blanca, sin encajes ni escotes.

Cambié mis botas y tacones por zapatos planos y me envolví en el chal verde que él me había traído de su último viaje, antes de la pandemia.

Estaba ya roído. Era lo único que me había abrazado durante los meses fríos de su ausencia, y, al ponérmelo encima, sentía algo de sus abrazos sobre mí.

Enfrenté la calle con la valentía que producen las ganas de ver a alguien a quien se quiere ver con todo el deseo posible.

Llegué temprano al lobby del hotel y lo esperé, ansiosa.

Fue extraño estar allí, parada, esperando a un amor inmortal mientras los pocos transeúntes que pasaban me miraban como si estuviera desafiando a la muerte.

Y, sí, ¿a qué más íbamos si no era a desafiarla, pero juntos?

Antonio llegó con su tapabocas puesto. Puso el puño de la mano derecha frente a mí para que yo respondiera chocando con el mío. Era el saludo de las nuevas circunstancias. Ya no había besos ni abrazos. Solo puños chocándose.

Mi impulso me llevó a acercarme para abrazarlo, a sonreír coqueta bajo el tapabocas, a querer tocarlo. Pero él ni se inmutó.

—Vamos —me dijo y me guio hacia la recepción.

Esta vez, las chicas que se encontraban detrás del mostrador, y que alguna vez nos habían mirado con pícara complicidad cuando llegamos una tarde con esas ganas que se nos salían por los poros, abrieron los ojos justicieros.

Atafagadas en trajes blancos, impermeables, pesados, calurosos; gafas transparentes protectoras; un tapabocas sobre otro, y guantes, como el enfermero de la prueba, nos recibieron con displicencia.

Nos entregaron la tarjeta de una habitación envuelta en un plástico.

Antonio la recibió y de inmediato la limpió con una toallita de esas empapadas en alcohol, como si la acabara de sacar de una cloaca.

Esa tarjeta era mi tiquete de regreso a la vida.

Estaba golpeada. Tenía el corazón arrugado de tanta ausencia y las manos peladas de tanto desinfectante.

No solo había perdido espontaneidad, también las huellas de mis dedos se estaban difuminando.

Me dolían. Me habían pasado por encima los tiempos contemporáneos, con todo y sus muertos, la partida de mi abuela, mis miedos, mi desamparo.

Mis ganas desmesuradas de meterme en la cama con él y su frialdad al verme.

Ni un abrazo. Ni una palabra cálida en medio de semejante tragedia en que se nos había convertido la existencia.

En aquel momento, nadie sabía con certeza si el virus podía adherirse a la ropa, permanecer en el aire o en las superficies.

Había muchas especulaciones que, con el tiempo, la ciencia fue desbaratando.

La única certeza era que el jabón de manos y el alcohol en concentraciones superiores al setenta por ciento podían eliminarlo.

Por eso nos lavábamos las manos incontables veces en el día y las autoridades comenzaron a limitar la venta de alcohol a una determinada cantidad diaria.

En ocasiones, mis salidas eran exclusivamente a comprar la dosis de alcohol para mi uso personal y para guardar algo en caso de que escaseara.

Los lujos de la pandemia fueron los desinfectantes, los tapabocas y la tolerancia.

La calma. La paciencia para los que quedaron encerrados con familiares, amigos o en pareja, obligados a la armonía.

Ya con la tarjeta para entrar a la habitación en la mano y habiendo superado el drama justiciero de la recepción, tomamos el ascensor y Antonio marcó el piso con el codo para evitar que el virus se pasara del número a sus manos.

Entramos a la habitación 418 y ya no me besó de inmediato, como siempre.

Fue directo al baño y se lavó las manos.

Luego salió, se quitó el abrigo y se sentó en un sillón ubicado en la esquina de la habitación, con su tapabocas puesto y sus piernas cruzadas.

Inmediatamente ingresé al baño, me quité la ropa, la rocié con alcohol y me di una ducha de agua tibia, como solía hacer antes de estar juntos.

Me di un baño placentero y largo, con mucho jabón, para limpiarme las posibilidades de tener el virus encima.

—Carmen, muévete. —Lo escuché decirme desde la habitación.

Me sequé y me puse la bata del hotel. Abrí la nevera para ver si había algo de beber y solo encontré agua sin gas. Tomé dos botellas, abrí una y le pasé la otra. Antonio la puso sobre la mesa que tenía al lado. No se quitó el tapabocas ni para tomar agua.

Yo me senté en el borde de la cama en silencio. Esperaba que se me acercara y me tocara como siempre. Que me besara desaforado. Que me dijera que me amaba, como antes, que me había extrañado y que hoy era el día más feliz en medio de esta tragedia.

En cambio, desde la distancia, me pidió que le mostrara mi cuerpo desnudo.

—Déjame verte —susurró.

Lo miré, impávida. Confundida. ¿No me iba a tocar? ¿En serio? Era un absoluto extraño frente a mí. Calculador. Cuidadoso.

Permaneció sentado en el sillón de cuero, con la ropa puesta, con el tapabocas puesto, con sus temores puestos, mientras yo, reprimida, antojada y empapada, guardaba mis ganas de acercarme por mi propio temor a ser rechazada.

—Quítate esta bata —me dijo.

Eso hice.

Me pidió que desplazara mis dedos sobre mi cuerpo. Sobre mi pecho.

Eso hice.

Le pedí que se desabotonara la camisa y se aflojara la correa.

—Y tú quítate el pantalón.

Eso hizo.

Quedó en los calzoncillos azules que yo ya le conocía y que alguna vez, por puro descuido, había dejado en mi maleta en uno de los hoteles de ciudad intermedia en los que nos encontrábamos.

En ese entonces, le mandé foto de los calzoncillos y los arrojé en el basurero del aeropuerto antes de montarme en el avión.

No podía andar con semejante prueba del delito encima.

Esa tarde en el hotel se los volví a ver. Los había comprado de nuevo.

Adentro de ellos sobresalía su miembro duro.

—Eres una delicia —le dije.

Me pidió que abriera las piernas. Que me metiera los dedos en la entrepierna como él lo haría, como tantas veces lo había hecho.

Eso hice.