Segunda parte #3
Esas palabras tan cargadas de reclamos, de furias, de necesidades, de admiración, de frustración y de pasión se van quedando en nuestra memoria; se vuelven poesía, canción o recuerdo; se estrellan contra las montañas y van al mar.
Regresan. Construyen y destruyen, pero el verdadero problema es que son muy pocas las personas cuyas palabras son coherentes con sus determinaciones.
Antonio y yo nos habíamos desbordado de declaraciones en los mejores tiempos de nuestro romance.
Casi que podía leer su estado de ánimo a través de un saludo de chat.
Pero en la pandemia se hizo aún más evidente que él tenía una lista de prioridades que yo no lideraba y fui aprendiendo a estar sin él.
Reviví exnovios y amores de barra. Bailé online y coqueteé por aplicaciones como nunca. Los solteros del mundo nos inventamos una manera de estar cerca en la distancia y aumentamos significativamente las mediciones internacionales de sexo virtual.
Me reencontré con Charlie, un amigo fascinante de la adolescencia que amaba las canciones de plancha y empezó a organizar conciertos virtuales para los cuales nos vestíamos de Daniela Romo, Juan Gabriel y Rocío Dúrcal.
Uno a uno, los participantes cantábamos frente a la cámara “querida, dime si tú vas a volver” y aplaudíamos, celebrábamos o condenábamos la presentación.
Brindábamos, nos actualizábamos, comentábamos las noticias.
Nos reíamos y, disfrazados de cantantes de los años 70 y 80, nos olvidábamos temporalmente de que la parca estaba sentada en la puerta de nuestras casas.
En esas rumbas volví a ver a Denisse, una rubia fabulosa con la que había coincidido en noches de alto voltaje en mis veintes.
Estaba loca en aquellos años y seguía estándolo ahora.
Preciosa y fascinante siempre. Nos volvimos a contar las historias inconclusas del pasado, de toqueteos en los baños de las discotecas y miradas fulminantes con los novios de las otras que estaban en la misma barra.
Denisse era dueña de una encantadora conversación magnética y sus carcajadas, desprovistas de cualquier responsabilidad, conservaban el humor ácido y la provocación de siempre.
Cuando éramos más jóvenes, nos encontrábamos en un sitio que se llamaba Alegro, una mezcla de bar popular con discoteca clandestina, donde las paredes en algún momento del amanecer sudaban de tanto erotismo y tanto calor y donde, entre las amigas, enredábamos al vigilante del baño para que alguna pudiera encerrarse con el guapo del momento.
Qué buenas horas pasamos reventándonos de la risa frente a las pantallas, de recuerdo en recuerdo y enviándonos recetas médicas para contrarrestar cualquier eventual malestar.
Aunque en realidad mi médica de cabecera de esos días fue Leidy.
Igual de paranoica que yo, encontraba en internet todas las recomendaciones —sin prueba alguna— que el mundo consumía para evitar contagios y reducir las molestias potenciales.
Con sus sugerencias, hice mi propio botiquín.
Compré todo tipo de vitaminas, medicinas experimentales —prohibidas o no— antihistamínicos, antigripales y hasta ansiolíticos que seguro serían necesarios en caso de contagio.
Gasté los ahorros que tenía preparándome por si entraba el covid-19 a mi casa o por si tenía que socorrer a alguno de los míos.
Tomé litros de una medicina para los piojos que supuestamente servía como antídoto y que a fin de cuentas no me ayudó, porque igual terminé contagiándome.
La virtualidad se convirtió en nuestra mejor aliada, pero también en una gran paradoja: nos permitió seguir viendo de alguna manera a los que amábamos, pero nos recordó que estábamos lejos, solos e imposibilitados.
Que los besos se habían detenido y que encontrarse con los amores de siempre era una utopía.
Fueron tiempos largos y trágicos que nos llevaron lejos de los padres y abuelos, los más vulnerables al virus, y en los que los solteros quedamos condenados a las pantallas y satanizados por aquellos que antes envidiaban nuestra libertad. Ya nadie quería vernos.
A Antonio le preocupaba contagiarse y enfermar a sus otros seres queridos. Sufría de hipertensión desde que entró a la adultez, una de las comorbilidades más mortales para quienes contraían el virus. Yo me sabía la teoría. Lo entendía. Pero ¿en serio no nos íbamos a ver?
—No, Carmen. En serio no.
—Antonio, nos ponemos un tapabocas, nos sentamos frente a frente y por lo menos nos podemos mirar a los ojos.
—¿Tú crees que yo podría tenerte al frente y no agarrarte?
—Yo sí podría.
—Obviamente no. Entiéndeme. ¿Qué tal que me contagie?
—Pero estás dando por hecho que estoy contagiada…
—Carmen, eres fuerte, joven, bella. Yo ya tengo el peso del tiempo encima…
—¿Y si nunca nos volvemos a ver? ¿Qué tal que alguno se enferme y se muera?
—Eso es lo que estamos evitando.
—¿Sobrevivir y no vernos?
—Sobrevivir, Carmen. Para vernos después, cuando todo esto pase.
—¿Tú crees que algún día volveremos a estar juntos?
—No lo creo, lo sé.
—¿Por qué lo sabes?
—Porque nos amamos.
—¿Me extrañas?
—Todos los días y todas las noches.
—¿Y entonces? ¿Por qué no te esmeras en verme? ¿Por qué me dejaste sola?
—Porque necesito sobrevivir, mi amor. No estás sola. Estoy contigo.
—No, Antonio. Estoy sola. Con una pantalla de computador y un teléfono y unos tomates y unas lavandas y un montón de amigos borrachos que beben como si el mundo se fuera a acabar. Estoy sola porque puedo estar en la mitad de un concierto, pero si no estoy contigo, estoy sola.
* * *
Por esos días, mi abuela murió de vieja, no de covid-19. Llevaba mucho tiempo acostada, quejándose de un malestar tras otro, y los años no le habían caído bien.
No sabemos cómo nos vaya a agarrar el ocaso de la vida.
Los que sobrevivimos a la pandemia ya sabemos que todo tiempo pasado no fue mejor.
¿Estamos preparándonos para un futuro más sano o estamos a todo fuego, quemando los cartuchos que nos quedan de la juventud?
Vivimos en un mundo de excesos, de desproporcionadas desigualdades, de riquezas y pobrezas extremas, de consumos desmesurados.
¿Dónde quedaron todas esas lecciones que aprendimos en los meses más trágicos de la enfermedad? ¿Aprendimos algo?
Mi abuela, que fue siempre sensacional, creativa y especial con sus nietos, jamás superó la muerte de mi abuelo, que murió cuando ella era muy jovencita y la dejó encargada de nueve mujeres.
Nunca la vi reírse a carcajadas ni tomarse un vino de más.
Sus expresiones amorosas las concentraba en enseñarles canciones a sus nietos y en contarles las historias de cuando decoraba con sus manos bendecidas unas tortas majestuosas, blancas, que parecían tejidas con hilos de azúcar, y que en varias ocasiones terminaron adornando matrimonios y fiestas soberbias en palacios presidenciales alrededor del mundo.
Era seria y malgeniada. Un día, se sentó, con su seriedad y su malgenio, y no se volvió a parar.
En realidad, mi abuela se empezó a morir de tristeza el día en que mataron a mi abuelo, en los tiempos fratricidas de la violencia en Colombia. Los años la apabullaron hasta que la vejez la arrasó. Con su muerte, murió también gran parte de mi infancia, y ni siquiera la pudimos despedir.
Su velorio fue online : un montón de amigos conectados desde diferentes lugares del mundo, viéndola a través de sus pantallas, encerrada en un ataúd de madera café, solita, en un salón enorme y desocupado.
Solo acompañada por dos de las mujeres de su vida: mi mamá y mi tía.
Nadie más. Todos vimos cómo llegaron unos señores con los trajes de astronautas del momento, se llevaron el féretro y avisaron que en un par de semanas entregarían las cenizas.
Mi mamá y mi tía ni siquiera se abrazaron.
Cada una, parada en una esquina de la sala, movió la mano en señal de saludo a la audiencia digital mientras los astronautas arrastraban a mi abuela, con mi infancia, rumbo a su viaje al más allá.
Durante la pandemia, ni siquiera la muerte fue lo que había sido.
Cuando alguien contagiado ingresaba a la UCI, los familiares no lo veían sino hasta que saliera recuperado o hasta que les avisaran a qué hora trasladarían el cuerpo al cementerio Serafín, en el sur de Bogotá, que fue el lugar en el que concentraron la mayoría de los cadáveres para las cremaciones.
Una tarde, me encontré en televisión un reportaje de los sepultureros de ese cementerio: Dinimo Barrios, que llevaba una década trabajando allí, y la auxiliar administrativa Heidy, de 33 años.
Ambos vivieron, con un impacto brutal, cómo la gente no pudo despedirse más de sus seres queridos mientras ellos mismos lidiaban con sus tristezas y temores.
Heidy lloraba parejo a las mamás de los bebés que no podían ver a sus hijos por última vez.
Ella misma era madre y vivía con sus dos chiquitos, que la esperaban cada noche en la habitación de al lado, donde dormían para evitar contagiarlos.
Durante meses, a los niños los cuidó la abuela, y solo se asomaban por una ventana para saludar a Heidy al verla llegar en las noches, ataviada de trajes de protección con los que intentaba que ni el covid-19 ni la muerte se le pegaran.
Meses sin abrazar a sus hijos, sin tocarlos, sin sentirlos cerca, sin sentarse junto a ellos.
Era una madre joven que había encontrado en el camposanto la única manera de criar a sus pequeños.
Ese reportaje me impactó mucho. El ritual de la despedida que los latinoamericanos adoptamos para acompañarnos cuando alguien que amamos muere se frenó por completo durante la pandemia. Se acabaron las misas masivas, las visitas de pésame y los funerales como los conocíamos.
Lo único más doloroso que la muerte fue la muerte en pandemia.