Segunda parte #2
—Me llegó otra foto de trapo rojo —le decía.
—¿Dónde?
—Tengo la dirección y el número de teléfono.
—Pásamelo. ¿Cuánto le quieres enviar?
—No sé, algo que alcance para un mercado.
Antonio enviaba dinero que nunca supimos si fue bien utilizado o no, pero eran tiempos en los que la compasión y la solidaridad podían salvar vidas.
Allá cada quien si se gastaba la plata en cerveza o en comida.
Yo, de alguna manera, con esas donaciones, aliviaba mis angustias y dormía más tranquila, pensando que había un trapo rojo menos colgando en mi fría ciudad.
Eran días en los que los ecos de miles de muertos resonaban por todo lado, como en Comala, el mítico pueblo de Pedro Páramo, que es el infierno más allá del más allá.
550 millones de personas se contagiaron en el mundo y no hubo manera de atenderlos a todos. Fallecieron 6.3 millones. En Nueva York, por ejemplo, la densidad de la población provocó una hecatombe.
La necesidad de respiradores artificiales, por consiguiente, se disparó en el mundo.
Un país como Colombia, en el que había cinco mil unidades de cuidados intensivos con ventiladores a comienzos del 2020, adquirió otros cinco mil en apenas cuatro meses, y cuando las noticias reportaban la llegada de un nuevo lote, celebrábamos como si fuera la fiesta de la Independencia. O de la salvación.
Lo que ocurrió con la pandemia es que la muerte nos mostró su cara, nos llenó de temor y nos obligó a una vida que jamás habíamos imaginado.
El covid-19 se esparció impune desde Sídney hasta la Patagonia, recordándonos que somos muy vulnerables sin importar cuánto control sobre la naturaleza habíamos logrado ejercer, como si no fuéramos parte de ella.
Estuve encerrada durante meses que se me hicieron eternos, lejos de los que amaba, de Antonio, de mis amigos y de mi familia.
Se acabaron los bares, los restaurantes, las exposiciones, las visitas a los museos, las clases de pintura y de baile.
Cuando ordenaron cerrar Bogotá, quedé atrapada en una soledad inaudita entre las paredes de mi pequeño apartamento.
No tenía perro, no hacía ejercicio y no tenía plantas para cuidar.
Tampoco sabía cocinar. Mi vida hasta entonces había sido una deliciosa sumatoria de libertades y encuentros secretos en los que la única que decidía qué hacer al día siguiente era yo.
Mis reglas eran las que me dictaba el amor por ese hombre que me volvía loca y cuyo olor anhelaba.
Mi vida olía a él, como el poema de Boris A. Novak:
Dos cuerpos y su olor miden la dicha…
No me lavo después: en mí, tu olor
furtivamente, misteriosamente
perdura, y sin cesar me escuece, así que
siento en tu huella hermosa y no visible
la más fatal de todas las palabras:
que estás lejos y que es inútil todo.
Estábamos lejos. Y todo era inútil sin él. Inútil y absurdo. Bestial. Y a mí el encierro me había cogido desprevenida. Uno se pasa la vida preparándose para lo que viene, pero jamás queda del todo listo para lo que llega.
Aunque tenía unos pocos ahorros para sobrevivir y desde la galería nos enviaron un bono para garantizarnos el mínimo bienestar, nadie sabía cuánto duraría esta vida en pausa.
Reduje de forma significativa mis gastos, pero me inscribí en cuanto curso virtual de cocina y manualidades encontré para mantenerme ocupada.
Reemplacé las noches de bares por fiestas virtuales en las que volví a ver en pantalla a los amigos que no veía desde tiempo atrás.
Con el paso de los días y el tedio, le fui encontrando cierto gusto a la jardinería y terminé haciendo de mi pequeño estudio una selva de lavandas, tomates, rosas, cactus y albahacas que alegraron mis horas de monotonía.
Aprendí a preparar comida india y una exquisita salsa de queso azul.
Los tomates fueron mis preferidos. Mi gran amiga Diana me envió una caja de tomates diminutos de colores y, como no podía comérmelos todos yo sola, busqué en internet recetas para preservarlos y me encontré una sencilla para cultivarlos.
Se cortan rodajas delgadas, se ponen sobre tierra plana y abonada, se riegan con suficiente agua sin encharcarlos y se mantienen así, húmedos, hasta que al cabo de unos pocos días comienzan a echar raíces que uno no ve y luego brotan unas hojitas que, cuando aparecen, son como el parto de un árbol de Navidad.
Luego salen ramas pequeñas, más hojas, más ramas, y un día, el menos esperado, unas pepas miniatura rojas y amarillas que van creciendo hasta terminar en una ensalada.
Precioso, rápido para los tiempos del virus y profundamente inspirador.
También sembré lavandas. Descubrí que, como provienen de las rocas secas del Mediterráneo, les gustan los ambientes con poca agua, soleados y ventilados.
Rocosos. Casi que es mejor nunca regarlas porque la humedad, el viento y el frío bogotano son suficientes, y hay que podarlas sin miedo después de que sueltan esas flores de aroma exquisito que impregnan el ambiente para que no se vuelvan paludas, sino rechonchas. Gruesas.
En una clase virtual de gastronomía, aprendí a preparar mi propio curry mezclando semillas secas de cilantro, hinojo y comino con cúrcuma, ajo en polvo y otras especias.
Lo usaba para preparar una sopa thai espectacular con camarones o langostinos, limoncillo y noodles; o pollo tikka masala , la más exquisita de las recetas de la India.
Perfeccioné también mi salsa de mostaza con trufa, que me recordaba el olor de Antonio: ni acre, ni cítrico, ni amaderado, ni dulce, ni floral, ni fresco. Antonio, mi amor.
Al principio no tuve ganas de pintar, tampoco de leer o de escribir. Pensaba exclusivamente en no contagiarme y en alimentarme de la mejor manera posible.
A diferencia de tantos escritores, artistas y compositores que encontraron en ese tiempo un momento inspirador sin igual en sus vidas, a mí la pandemia me paralizó la creatividad y, en cambio, me volví adicta a las noticias, a la televisión y a la radio.
Me pegaba todas las tardes al boletín que emitían el presidente y sus ministros, en el cual detallaban cuántos casos nuevos de contagio había en nuestro país, cuántos fallecidos y cuántos recuperados en las últimas 24 horas, así como la cantidad de pruebas que se hacían para detectar el virus.
Un incesante conteo de caídos con historias que pronto se convirtieron en estadísticas.
En esos boletines, nos enterábamos de todo lo que ocurría, los donantes de sangre que se necesitaban, las funerarias a reventar, los sepelios virtuales, los hambrientos que se multiplicaban en las calles, la escasez de alcohol, los que por poco acaban con el papel higiénico en los supermercados, la feria de los tapabocas.
Pasé de ponerme minifaldas en las noches de coquetería a pintarme la boca en piyama para sentarme frente al computador en reuniones digitales en las que desfogábamos el encierro a punta de excesos de marihuana y licor.
Rescaté el pintalabios rojo como una declaración de supervivencia y fortaleza.
La historia es la siguiente: en 1941, el primer ministro británico Winston Churchill, mientras los nazis bombardeaban Londres y sucedían los peores tiempos de la Segunda Guerra Mundial, declaró el labial rojo como artículo de primera necesidad.
La edición británica de la revista Vogue publicó en ese momento un eslogan que definió la importancia de verse y sentirse bien a pesar de las adversidades: beauty is your duty , decía.
La belleza es tu deber. Churchill amaba la boca roja tanto como Hitler la detestaba.
Se volvió un símbolo de poder político y social, de bienestar.
Una manera de inyectarle normalidad a la vida en medio de la destrucción.
Un gesto patriótico. Machista, dirían hoy algunos y no dejarían que Churchill le diera tanto estatus, pero jugó un papel importantísimo entre nosotras, las mujeres, y en los militares que se llevaban esa imagen antes de irse a los campos de guerra.
Con esa lección, decidí pintarme la boca de rojo ante las adversidades de la pandemia y, desde entonces, les regalo labiales rojos a mis amigas para que juntas, todas, unidas y maquilladas, mantengamos la moral disparada ante las crisis más agudas.
Antonio permaneció encerrado, lejos de mí.
No nos veíamos. Yo lo pensaba mucho. Pero ¿es la cabeza suficiente para mantener dos corazones conectados?
¿La fascinación de un hombre y una mujer no necesita de encuentros constantes, de manos agarrándose y tocándose y desvistiéndose?
Ya no éramos niños aunque nos amáramos como adolescentes y nos hubiéramos entregado durante tanto tiempo a nuestras pasiones en cuanto rincón escondido pudimos.
La pandemia se atravesó entre nosotros como una puerta de hierro, como el Muro de Berlín.
Él quedó al otro lado de mi vida, encerrado en su celda dorada; la distancia que yo me había propuesto tan milimétricamente con el equipo de terapeutas había logrado, de alguna manera, apoderarse de nuestras voluntades.
Buenos días. Buenas tardes. ¿Cómo vas? ¿Cómo estás?
Como si trabajáramos en un call center , nos encargábamos de saber que el otro sobrevivía.
—No, no podemos vernos —me recordaba Antonio, con su insoportable ponderación, cuando yo flaqueaba y le decía que me urgía estar cerca de él, volver a sentir su olor.
De vez en cuando, salía de su casa y me llamaba o me escribía. Entonces revivíamos las conversaciones que tanto habían definido la vitalidad de nuestra relación.
Entre los amantes, la palabra es un vínculo muy importante: lo que se dice y también lo que se calla.
Como nada es de uno, los desaciertos, los berrinches, los reclamos, las furias, los vacíos, las necesidades incompletas, las ganas, los espacios, la belleza, la inspiración, el silencio, las miradas, la compañía, ese amor incomprensible, lo que llenamos y lo que no termina siendo parte de una cotidianidad particular cuyo límite nadie sabe nunca cuál es.