El olor del fin del mundo Segunda parte
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Segunda parte

“Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercios de insignificancias”.

La frase no es mía ni de Antonio; es de Sándor Márai, a cuyas letras regreso cuando intento explicar mi pasión por él: agobiante, dolorosa, triste y vertiginosa; con tintes de obsesión, si se quiere; de una urgencia que jamás entendió razones.

Me enamoré como se enamoran las mujeres apasionadas, y ahora, que lentamente estoy volviendo a ser lo que era, me espeluzno de recordarme tan vulnerable, en esa versión mía que jamás quiero volver a ser.

Él también estuvo mal. Las últimas veces lo vi desgastado, triste, como si le hubiera pasado la existencia por encima.

Nos pasó. Dejamos de reírnos juntos. Nos volvimos distantes y estábamos intentando reconstruir nuestras vidas lejos del otro cuando nos llegó una tragedia peor que cualquiera que pudiéramos pronosticar.

En ese entonces, un joven médico oftalmólogo, llamado Li Wenliang, hizo lo humanamente posible por alertar de un contagio masivo que le pareció más grave de lo usual y le cayó encima toda la represión de su país.

El doctor Wenliang detectó siete casos de un virus parecido al SARS que había provocado otra epidemia con menores consecuencias en el año 2003.

Intentó alertar a sus colegas, desesperado, y les recomendó utilizar elementos aislantes para frenar la propagación.

Pero nadie le hizo caso. El Gobierno comenzó a perseguirlo, a culparlo de extremista y a censurar sus diagnósticos.

Lo presionaron para que firmara una carta prometiendo silencio y lo acusaron de hacer comentarios falsos y de perturbar el orden social.

Le abrieron investigación por divulgar rumores.

Él siguió trabajando como pudo durante diciembre, atendiendo pacientes que le llegaban con síntomas de una gripa extraña, hasta que se contagió y fue internado en el Hospital Central de Wuhan, con mucha tos, fiebre y malestar general.

Le hicieron varias pruebas para definir si tenía coronavirus y las autoridades de su país lo negaron en público.

Murió a la semana. Su fallecimiento prendió las alertas sobre la veracidad del virus, pero ya era demasiado tarde. El covid-19 le estaba dando la vuelta al mundo.

Antonio y yo estábamos en plena guerra fría.

Yo continuaba con la terapeuta y su “equipo”, que todos los lunes, a las seis de la mañana, revisaba los avances en mi determinación para dejarlo, y había adquirido tal nivel de compromiso que me tenía que esconder también de ellos para saber algo de él.

Estaba decidida a no verlo más, aunque me costara el aire que respiraba.

Él, por su parte, me seguía enviando canciones y, de vez en cuando, alguna frase linda que me aliviaba la tristeza que sentía por su ausencia.

Me esmeraba por no flaquear, pero ¿qué hace uno cuando el hombre que ama le envía un mensaje a las 5:40 de la mañana con el que básicamente le notifica que amaneció enamorado?

Yo le contestaba con poemas como este, de Patricia Benito:

El amor,

con las manos abiertas

para darlo

y para dejar que se vaya.

Siempre.

No era capaz de sacarlo de mi vida. Mientras el mundo cuestionaba el hermetismo de China, él y yo lidiábamos con nuestros propios secretos.

Así es la vida con sus paradojas: las decisiones importantes, los grandes amores y los contagios de las enfermedades implican un alto grado de secretismo.

No contarles a los demás lo que deben hacer o dejar de hacer ante la posibilidad de un contagio, los riesgos mortales o lo que puede ocurrir facilita la propagación…

del virus y del amor. Cuando coqueteamos con el fuego, nadie nos advierte que las almas también se calcinan.

China levantó el telón de su secretismo cuando ya el mundo se desplomaba como un castillo de naipes en torno al covid-19 y, ante la incapacidad de controlar la expansión, comenzaron a cerrar una ciudad tras otra, un país tras otro.

Los edificios, los trabajos, las escuelas, los aeropuertos, las playas, las piscinas, los centros de esquí, las carreteras, todo. Hasta los cementerios.

Solo quedaron abiertos los centros médicos, los pocos lugares donde se podían conseguir alimentos y las oficinas indispensables.

Al principio, parecía muy lejana de nosotros.

Una pandemia con impactos al otro lado del océano.

Pensábamos que, como tantas enfermedades que no cruzaban continentes, como el ébola que azotó a África en 1976 y nuevamente en el 2014, el covid-19 tampoco nos tocaría.

Pero la literatura lo había contado y los expertos chinos lo tenían claro.

Todos correríamos el riesgo de enfermar y de morir.

Faltarían camas en los hospitales, médicos y enfermeras para atender a los enfermos y morgues para mantener los cadáveres apilados.

¿Y nosotros? ¿Qué pasará con nosotros, Antonio? ¿Hasta cuándo toleraremos esta distancia? ¿Sobreviviremos a ella? ¿Y si te mueres? ¿Y si me muero? ¿A dónde se irá tu olor, mi amor?

Más rápido de lo esperado llegó nuestro turno. El miércoles 25 de marzo, en la noche, salió el presidente en televisión, rodeado de sus ministros y principales asesores, y, tras explicar la gravedad del virus y la incapacidad para frenarlo, dio la orden de encerrarnos a todos.

Ya había varios contagios en Colombia. Una chica de 19 años, cuya identidad nunca supimos, viajó de Milán a Bogotá y fue el primer caso. En ese momento, 96 países ya habían reportado enfermos, incluidos Brasil, México, Chile, Ecuador, Perú y, ahora, Colombia en América Latina.

Muy pronto se registró también la primera víctima mortal, Arnoldo de Jesús Ricardo, un taxista de 58 años que se ganaba la vida recogiendo y llevando pasajeros en el aeropuerto de Cartagena.

Una noche, transportó a unos turistas italianos y dos días después comenzó a tener síntomas fuertes de gripa.

Lo diagnosticaron con resfriado común y lo mandaron incapacitado tres días a su casa.

Sin embargo, y ante la difícil situación económica que vivía, volvió a la brega del taxi.

Pero no pudo continuar. Regresó a la cama, vencido.

Llegó como pudo a un centro médico, donde le hicieron una placa de pulmones y el médico que lo atendió le dijo que no tenía nada grave.

Arnoldo, no obstante, no podía respirar.

Se sentía asfixiado y agotado. Fue a otro médico y a otro más hasta que, en la última clínica a la que llegó, lo aislaron por completo y lo pusieron en cuarentena bajo sospecha de covid-19. Falleció a los pocos días.

Su muerte evidenció la falta de claridad por parte del sistema de salud que apenas comenzaba a establecer protocolos para los casos de contagio.

Había miedo e incertidumbre. Ignorancia.

A la casa de su familia en Cartagena algunos vecinos le tiraron piedras cuando se enteraron del contagio y su hermana Liliana vivió tiempos terribles de rechazo, soledad y enormes dificultades económicas.

Su familia no pudo viajar a acompañarla en semejante tristeza y ella tampoco logró darle a su hermano la santa sepultura que dictaba su religión.

El taxista, bonachón, conversador y simpático, que trató de mostrarles lo mejor de su ciudad a unos turistas, fue la primera víctima mortal de las casi 143.000 que siguieron y que agregaron a Colombia a ese universo que arrasaba con las certezas que como humanidad habíamos construido.

Todo lo que conocíamos cambió. La vida, de un instante a otro, se convirtió en una pecera con conexión a internet que nos permitía relacionarnos con los que estaban igual de encerrados en otros lugares de la ciudad, del país, del mundo.

Las excepciones, poquísimas, para poder salir fueron asignadas inicialmente a aquellos que tenían trabajos especiales o mascotas.

Médicos, enfermeras, periodistas, domiciliarios.

Los que garantizaban con sus quehaceres el bienestar de los demás.

A los dueños de perros les autorizaron salir un rato al día y, al cabo de unas semanas, flexibilizaron también los permisos para que los deportistas no se enloquecieran del todo corriendo de las salas a las habitaciones en apartamentos diminutos.

Unos pocos gobiernos, como los de Brasil y México, privilegiaron la economía sobre el encierro para detener ese virus que se colaba sobre todos, invencible, como arena entre las manos, y las consecuencias fueron dramáticas.

Se les disparó exponencialmente el número de contagiados y, por consiguiente, de muertos.

Creíamos que la enfermedad podía entrar a nuestras casas camuflada entre el cilantro, los tomates o los zapatos que traíamos de la calle.

Entonces, lavábamos con agua y jabón, una por una, las hojas de las lechugas que llegaban a nuestros hogares y les rociábamos alcohol a las suelas de los tenis y a las llantas de los carros y bicicletas.

Los únicos beneficiados fueron los de los domicilios, porque el encierro nos volvió adictos a lo que pudiéramos pedir y pagar.

El miedo era que nadie sabía qué le podía ocurrir si se contagiaba.

Podía morir en la soledad helada de una habitación de cualquier centro médico, conectado a un respirador artificial que reemplazaba el funcionamiento de los pulmones y con la única compañía de miembros del personal de salud vestidos como astronautas.

Las imágenes que veíamos eran delirantes.

Gente muriendo en las calles de ciudades como Guayaquil, Roma o Madrid, cuyos sistemas sanitarios colapsaron muy rápido.

En Bogotá, en las ventanas de las casas de los más pobres y necesitados, comenzaron a colgar trapos rojos como señal de que el hambre atenazaba adentro.

Yo me enteraba de esas cosas a través de las noticias o de los chats con amigos, donde publicaban todo tipo de historias.

Entonces rompía el hielo con Antonio, mi cómplice de siempre, para pedirle que ayudáramos a los que más lo necesitaban.