El olor del fin del mundo Primera parte #14
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Primera parte #14

No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando pude recomponerme, sentí una pierna encalambrada. No podía caminar. Un dolor rarísimo me bloqueó la parte derecha del cuerpo y casi que arrastrada llegué a mi apartamento. Me tiré en la cama vestida, deshecha, llorando como loca.

Lo recuerdo como una de las peores sensaciones de mi vida. Me paralicé. Me quemé en el infierno. Me di cuenta de que realmente estaba viviendo un amor muy dañino, muy triste. Habíamos superado el límite entre dos seres humanos. El límite de mi dolor y de su traición.

Sí, Antonio, me traicionaste, nos traicionaste.

Cuando me dijiste que te esperara, que te tuviera paciencia, que no te mirara más con los ojos vidriosos porque tú también querías estar conmigo.

Cuando, en medio de esa pasión que desconocía el lenguaje de la razón, tu lenguaje tan concreto, tan sensato, con tus argumentos destrozando mis inquietudes, me abrazabas, me decías que amabas, pero te parabas y te ibas.

Cuando me sumí en esas soledades nocturnas frente a las brasas vivas de tu ausencia, cuando te pedí que pasáramos una noche más, cuando me quedé esperándote y no llegaste.

Me traicionaste cuando me mandaste canciones diciéndome que me amabas, que querías estar conmigo, que era tu felicidad.

Cuando me llevaste a tu casa, a tu cuerpo, a tu cama.

Cuando volé durante horas para encontrarme contigo, cuando me enseñaste a esperarte para bañarnos juntos, cuando me curaste la tos con tus besos y tu paciencia.

Me traicionaste cuando te pudo la cobardía, la comodidad, la mediocridad y decidiste seguir durmiendo lejos de mí.

Yo también tuve la culpa, rompí mis fronteras para adaptarme a las tuyas en nuestro recelo, en nuestra euforia y en este destierro que hoy me parece más desgarrador que nunca. Me traicioné, Antonio, rompí mis límites y mis principios y por eso estoy tan rota.

Entendí esa noche que algo entre nosotros ya no se podía reparar y que, para poder continuar, debía irremediablemente salir de allí, de esa tristeza en que se había convertido mi vida.

El Hades de todos los días que se fue tragando mi alma a destiempo, como Saturno devorándose a su hijo en la pintura negra de Goya.

Me contacté con una nueva terapeuta de la que me había hablado una clienta recién divorciada de la galería. Otra especialista más para mi arsenal de maneras inconclusas de terminar un romance imposible. Esta vez no le conté a Antonio que buscaría ayuda.

La terapeuta me atendió con el compromiso de tener cita con ella todos los lunes a las siete de la mañana durante seis meses, por lo menos.

Eso hice.

—El equipo está muy contento con tu avance —me dijo un par de meses después de comenzar.

Me hablaba de cosas que no entendía, pero la verdad es que me sentía respaldada. Había estado tan agobiada que la terapia, rarísima, me daba algo de luz en esa oscuridad tan bestial que vivía.

—¿Cuál equipo?

—El nuestro. Somos varios acompañándote en este proceso. Sé que es doloroso, pero vas a salir adelante.

¿Cómo? ¿Cómo se sale adelante de un amor que uno no quiere dejar? ¿De un amor que uno está convencido de que es mutuo, profundo, real? ¿Cómo se convence uno mismo de que ese no es el camino, de que no envejeceremos juntos, de que su vida será otra?

Durante la hora de tratamiento, “el equipo” me ponía en posición horizontal, con los ojos cerrados, respirando al son de sus órdenes.

—Inhala, exhala. Despacio. Vuelve a inhalar. Sostén. Estás en un paisaje verde junto a un río. Te sumerges en él. Sientes el agua en tu cuerpo, flotas.

Yo solo quería sentir el agua de la ducha con Antonio embadurnándome de jabón.

Un lunes. Otro. Otro más.

Durante seis meses, con puntualidad británica, me entregué a la terapia mientras Antonio seguía merodeándome, pero ya se habían abierto unas grietas muy profundas entre los dos.

Él era un gran hombre, sumido en una vida de certezas de la cual no pudo ni quiso escapar, como Francesca en Los puentes de Madison .

Es la condición humana que está por encima de lo que somos o dejamos de ser, con nuestros pesos, complejidades y grises.

Yo, por mi parte, no soportaba más su felicidad insoportable, sus vacaciones lejos de mí, mis cenas lejos de él y los amaneceres separados.

Tuve miedo de él. Miedo de mí. Miedo de no poderme levantar mañana para ir a trabajar.

Mi vida cogió un sentido denso, pesado y penoso y dejamos de estar en sintonía con la plenitud y la armonía.

Entre más lo amaba, más doloroso se me hacía el abismo que se abría entre nosotros.

Nuestras conversaciones, que habían sido tan constantes, se detuvieron.

Antonio, mi amor, se te olvidó que amar a una persona consiste en hablar con ella, dormir con ella, vivir con ella y no destruirla.

Y entonces, mientras yo intentaba no contestar sus mensajes que condensaban nuestro dolor y nuestra oportunidad perdida, llegó la pandemia.

1 Eres el silencio sin aliento de la tarde

que tiembla al borde de una hermosa canción.

Eres el resplandor del ángel que enciende una estrella.

Lo más querido que conozco eres tú.

Algún día, mis brazos felices te abrazarán

y algún día conoceré ese momento divino

¡cuando todas las cosas que eres sean mías!