El olor del fin del mundo Primera parte #13
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Primera parte #13

Qué más quisiera yo que no ser rehén de estas circunstancias que me obligan a quererte a destiempo, a amarte a plazos y con fechas fijas.

Qué más quisiera yo que amanecer a tu lado todos los días y que el resplandor de tu rostro sea lo primero que divisen mis ojos al alba.

Qué más quisiera yo que estar libre para nosotros, sin deberes paralelos, ligeras nuestras almas, sin cadenas ni ataduras.

Pero cuando uno tiene hijos, la vida ya no nos pertenece en su totalidad.

Ese amor de las entrañas nos ancla para siempre a un destino por nosotros escogido: el deber de un padre.

Quisiera escribirte que quizá todo sería distinto si nuestros caminos se hubieran encontrado antes, pero te estaría mintiendo impunemente e insultando tu inteligencia.

La verdad es que, si nos hubiéramos conocido en otra época, no seríamos los que somos ahora y no habría sido posible que nos enamoráramos así.

En resumen, estamos locos de amor, mi amor, pero yo tengo un pasado y un presente.

Te escribo estas líneas con el corazón adolorido de saberte tan llena de amargura.

Lo siento tanto. A veces me duele el pecho, te lo juro.

Por favor, no dudes de este amor que te tengo, del que también soy rehén entre tus brazos hasta que tu alma bondadosa me lo permita.

Entiendo tu incertidumbre, pero bien sabes lo que somos —refugio, sobre todo refugio— y lo que sentimos.

Vamos con calma,

Antonio.

¿Con calma?

¡Ay, Antonio!

¿Me pides calma a mí, que he sentido el peso de los años en mi espalda?

¿Que te he esperado cada tarde, cada noche?

Sé bien que el punto de nosotros está en tus manos.

No necesito que me lo recuerdes; no soy tan imbécil como para no saberlo.

Cuida tus palabras, Antonio, como no nos has cuidado a nosotros.

No vaya a ser que algún día te las tengas que tragar.

Me puse furiosa, me sentí triste. Fatal. Todas las verdades de nuestra imposibilidad estaban resumidas en esa carta. “Vamos con calma”.

Antonio no podía prometerme más ni darme más.

Empecé a entenderlo. Tenía la absoluta certeza de su profundo amor por mí, pero la nuestra era una situación muy compleja, la del amor limitado y las alas rotas.

Antonio no podía dejar su vida, o no quería, y, en la demencia que me producía su amor, pasé de estar furiosa con él a sentirme culpable de todo, de no comprenderlo, de no respetarle sus tiempos y su vida establecida antes de que se cruzara con la mía; culpable del desgarro que había entre los dos y de la distancia enorme que me obsesionaba con imponer a quemarropa.

Un remordimiento descontrolado se me metió en el corazón y terminé pidiéndole perdón.

—Lo siento —le dije.

—No tienes que pedirme perdón nunca.

—Sí. Porque nos causé una enorme tristeza.

Había estado desbordada toda la semana. Me sentía sola y con el mundo encima, aplastándome como si fuera un bloque de cemento que me asfixiaba.

Hasta las cosas más elementales me lo recordaban, porque tenía el corazón muy triste.

Sin Antonio, mis días eran opacos. Lo había extrañado y ahora me sentía culpable de haber puesto tanta distancia entre nosotros, de haber perdido el juicio entre todas esas emociones que experimentaba con él en mi vida, de no haber sido lo suficientemente fuerte para soportar las realidades.

Llamé a la psicóloga para una cita de urgencia.

—Lo siento, pero no puedo a dejar a Antonio —le dije.

—Sí puedes. Lo que pasa es que no quieres.

—Da igual. No lo voy a hacer.

Le agradecí su tiempo y sus intenciones y terminé con la terapia. No iba a dejar a Antonio, entonces dejé a la terapeuta. Lo llamé y le conté.

—Zafé a la psicóloga —le conté.

—Me alegro.

—¿Recuerdas para qué la contraté? —le pregunté.

—Sí. Para dejarme.

—Bueno, pues no te voy a dejar.

Antonio me dejaba ir y volver de mis dramas y guardaba silencio mientras yo recuperaba la calma. Podía tardar dos o tres días, pero siempre, siempre regresaba. Tenía un poder especial sobre mí. El poder de la risa, de la complicidad y de hacerme sentir viva en cada molécula de mi ser.

—¿Nos vemos mañana? —me preguntó ese día.

—Sí. Donde siempre.

Volvimos al apartamento de las chapas eléctricas, donde nos quisimos con devoción.

Los encuentros entre nosotros tenían el componente especial de ese amor que nos embriagaba, pero los de la reconciliación nos recordaban que éramos profundamente frágiles ante el otro: aire fresco en medio del hollín de la vida.

El mundo afuera olía a estiércol. Adentro, entre nosotros, era una explosión rarísima de emociones que se encontraban con otras igual de complejas y se unían en una danza de besos y sudor que, cuando terminaba, solo provocaba volver a bailar y a besar.

Olíamos a ganas de vernos dos segundos después de despedirnos.

A eso huele la fascinación, y lo define de manera hermosa el poeta Miguel Gane en su libro La piel en los labios :

Pasa con ciertas personas lo que con el cine:

cuando creías haber visto todas las películas

que merecían la pena,

una tarde, una noche,

de pura casualidad,

te topas con alguien que te cambia la vida.

Según Richard Schwartz, profesor de la Universidad de Harvard, uno de los principales efectos del enamoramiento es el incremento del cortisol, la hormona del estrés.

En un artículo titulado El amor en el cerebro, explica que el aumento de cortisol en el cuerpo, ante la presencia del ser amado, nos provoca alteraciones en el estado de ánimo, la tensión arterial y hasta en los niveles de azúcar en la sangre.

Los síntomas del amor. Emociones descontroladas que se traducen en “pensamientos invasivos, obsesivos y aterradores del amor precoz”, dice el estudio.

Y como si toda esa explosión de químicos cerebrales no fuera suficiente, la dopamina aumenta sus niveles a medida que uno se va enamorando.

La dopamina es una hormona que el cerebro produce con actividades físicas que nos hacen sentir placer: el sexo, el deporte, el consumo de alcohol y de drogas.

La atracción por otra persona produce dopamina y por eso el cuerpo se siente tan bien, por eso la euforia, por eso la felicidad que causa la presencia del ser amado.

El enamoramiento es un proceso químico en el cerebro.

Y el órgano que manda sobre el cuerpo es el cerebro.

Por eso el descontrol, la obsesión, la ansiedad, las ganas, el bienestar, el ímpetu.

Nada produce un coctel tan fuerte de emociones en el ser humano como el amor.

Nos vuelve gigantes, pero también diminutos.

Tan fuertes y eufóricos como frágiles. Casi brutos.

En su libro La mujer incierta , la genial escritora y poetisa Piedad Bonnett lo resume así: “El amor nos vuelve irremediablemente dependientes, nos descerebra, nos hace profundamente vulnerables y nos condena a salir heridos ” .

El amor nos hace encontrarle sentido a la vida, nos hace sentir que somos invencibles, que los poemas y las canciones más bellas fueron hechas para explicar lo que sentimos.

Por eso es tan bello, tan peligroso y tan inmanejable.

No importa cuántos mares o bosques existan entre dos amantes, sus cerebros están conectados inexplicablemente y bastan un par de palabras para despertar toda esa dopamina que excita al otro y recordarnos que hay un corazón que vibra en algún lugar al ritmo nuestro.

Antonio y los excesos de dopamina que me producía, sus canciones de madrugada y sus imposibilidades, me desbordaron.

Tuvimos una adicción mutua. Una necesidad mutua.

Pero se nos fueron yendo los años en esos amaneceres cansados, en los que yo terminaba con el corazón hecho trizas, lidiando con mis inseguridades…

y cuando era otra vez domingo, otra vez Navidad y él no estaba a mi lado, me volvía a quebrar y mis ilusiones previas desaparecían a patadas.

Me desmoroné. Me morí en el entretanto, y cuando comprendí que estaba recorriendo el segundo círculo del infierno de Dante Alighieri, me asusté.

Según La divina comedia, en ese lugar están las almas de los lujuriosos, condenadas a vientos indetenibles, a huracanes, a torbellinos que no las dejan descansar en paz y que les cobran cada segundo del infinito, de las fogosidades excesivas y prohibidas que vivieron.

Allí están los amantes que, como Antonio y yo, como Paris y Helena de Troya, se poseyeron con el corazón y la carne por encima de las convenciones sociales.

Yo ya estaba viviendo un infierno en la Tierra cada fin de semana, cada domingo a las nueve de la mañana cuando me percataba, una vez más, de que Antonio no aparecía desde el viernes. Me dio miedo que todo empeorara y, en efecto, ocurrió.

Un jueves en la noche, tras un día maravilloso porque había vendido uno de mis cuadros más costosos, iba caminando hacia mi apartamento, pero me detuve en la puerta del bar de jazz y alcancé a ver a Antonio a la distancia.

No estaba solo. A su lado sonreía una mujer.

La misma con la que estaba aquella primera tarde en el restaurante francés.

Agarré con fuerza mi cartera, mi dignidad y mis nervios y seguí caminando mientras las calles se me mezclaban con las luces de los carros, la lluvia incipiente, los transeúntes, la pesadez de la noche y la imagen de Antonio mirándome en ese mismo lugar, en esa misma barra, años atrás, ayer, anteayer, encima de mí, debajo de mí, bajo la ducha, en la cama, a mi lado.

Tan lejos y tan cerca. Me sentí desmayar.

Perdí el control. Me puse histérica. Me tuve que sentar en una acera helada y las arcadas me pudieron. Vomité.