El olor del fin del mundo Primera parte #12
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Primera parte #12

Ese día le conté que había contratado a una psicóloga para que me ayudara a dejarlo.

—¿Y te ha servido?

—Montones… ¿no me ves?

—Te veo divina. Ven acá.

—No. Es en serio. Esto no tiene sentido, Antonio.

—Tú sabes que te amo, Carmen. Por favor, sé paciente.

—¿Paciente? ¿Para qué, Antonio? ¿Para que te puedas ir otra vez de vacaciones sin mí? ¿Para que te sigas yendo de nuestro lecho al amanecer? ¿Paciente para qué?

—Carmen, tú y yo vamos a estar juntos. Por favor, te repito: sé paciente.

—Es que ya no te creo.

No sé cómo habría sido mi vida si nos hubiéramos cruzado antes.

Finalmente, uno es lo que ha amado y ha vivido, lo que ha llorado, lo que ha dado y lo que se ha guardado.

Uno es lo que ha soñado, las canciones que ha escuchado, las películas que ha visto y los libros que ha leído.

Uno es lo que ha viajado, las peleas que ha tenido, los vinos que se ha tomado y las rabietas que ha sentido.

Uno es lo que es en el tiempo que está viviendo.

El destino no existe. El único camino es el recorrido.

Y eso que somos, después de tantos recorridos, fue lo que causó en el otro ese deseo intenso de estar juntos.

Aunque él tuviera la sangre fría para ponernos en pausa cada tanto.

* * *

Un martes coincidimos en un restaurante al mediodía. Él con sus compañeros de oficina y yo con un grupo de galeristas que por esos días miraban la posibilidad de incluirme en una importante exposición grupal.

ANTONIO

Ve al baño.

CARMEN

¿Ya?

ANTONIO

En quince minutos. A la 1:45 p. m.

A la 1:44 de la tarde, fui a un baño medio oculto que había en la terraza y me senté en un banco cerca de la puerta para cumplir con la cita, convencida de que él no sería capaz de subir. Pasaron unos segundos y entonces…

ANTONIO

Ya estoy. Entra. Baño mixto.

Me puse nerviosísima. ¡Qué atorrante eras, Antonio!

Miré hacia ambos lados para asegurarme de que nadie me estaba viendo y abrí la puerta de un baño que tenía dos figuras, un hombre y una mujer.

Ahí adentro estaba él, con toda su picardía y su genialidad, riéndose como un niño chiquito y maldadoso.

Me dio un abrazo enorme, largo, apretado. Depositó sus labios en mi cuello.

—Tranquila —me susurró.

Me besó lenta y profundamente y me bajó la ropa interior.

Metió los dedos en la humedad de mi entrepierna, causándome una excitación deliciosa con alma delincuencial.

Yo le abrí el pantalón, me arrodillé ante su miembro enloquecedor y deslicé la lengua de arriba a abajo mientras lo acariciaba con las manos, le agarraba las nalgas, lo chupaba, lo succionaba, lo lamía. Antonio gemía.

—Carmen, me vas a matar.

Terminé con la cara y las manos embadurnadas de ese olor exquisito y carnal de Antonio. El olor del sexo escondido, del deseo más sublime. Nos morimos juntos, escondidos en ese baño, y resucitamos para salir inmunes al bullicio del mundo que nos esperaba en un restaurante a las dos de la tarde.

Abrió la puerta con cautela y con mis calzones en la otra mano.

—Me los llevo —me dijo. Y se marchó.

Yo quedé encerrada, estupefacta, sudando, oliendo a él, alterada. Y sin calzones.

Me compuse la ropa, me peiné y salí.

Afuera, dos meseros me miraban mientras Antonio —ya sentado con su grupo— clavaba los ojos en mí como si no me conociera.

Seguí derecho hasta llegar a la mesa en la que me esperaban y, al rato, cuando ya los formalismos del almuerzo habían terminado, le envié un mensaje invitándolo a que se acercara.

Mis compañeros de almuerzo, los galeristas, lo conocían porque era un buen comprador de arte.

Antonio saludó, cordial, y se sentó en una silla desocupada que había a mi lado.

—Entrégame mis calzones —le susurré al oído.

—No. Son míos.

—No, Antonio.

—¿Para qué los necesitas?

—Para no andar sin calzones. Por favor…

—¿Cómo te los entrego aquí?

—Tíralos al piso. Yo los recojo.

—No…

—Por favor. O grito.

Soltamos los dos una risotada que no pasó desapercibida en la conversación de la mesa.

El ambiente era fabuloso. Ya estábamos en el postre, tomábamos café con whisky y al fondo Chavela Vargas, con su ronquera legendaria, juraba que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo, como nos devoró a nosotros.

—Antonio está interesado en adquirir una obra mía —comenté para desviar la atención—. Para mí, es un gran orgullo…

Los galeristas sonrieron, como celebrando la intención, y continuaron con su charla. Antonio aprovechó el descuido para lanzar mis calzones morados, mojados, al piso, bajo la mesa, cerca de mis pies.

—Estaba pensando en comprar la Naturaleza muerta que Carmen pintó recientemente —dijo cuando se repuso.

— Naturaleza viva —replicó uno de los galeristas—. Así se llama la obra.

—Viva, entonces. Como ella… en todos los sentidos —contestó Antonio.

Sonrieron.

Aproveché el momento para acercar con el pie los calzones. Me agaché, los recogí y los metí a mi cartera.

Al rato, Antonio se marchó, sonriente, educado, como siempre. Nosotros nos quedamos en el restaurante, pedimos un par de bebidas más y hasta luego.

En la terapia siguiente, le conté a la psicóloga el episodio de los calzones. Le dio de todo, menos risa.

—Te tiene atrapada —me dijo.

Insistió en que lo bloqueara del celular.

—¡¿Cómo voy a hacer eso?!

—Es la única manera: se llama contacto cero.

—¿En qué consiste?

—En romper absolutamente todo tipo de comunicación con él. Es la única manera de sanarte, preservarte y evitar una recaída emocional.

—No voy a bloquearlo.

—Hazlo por ti —me dijo.

—No puedo.

—Sí puedes. Debes proponértelo.

—Antonio me encontraría así me fuera a China.

—Claro, porque tú quieres ser encontrada.

Llegamos a una negociación: yo limitaría mis mensajes, intentaría no contestarle o —al menos— no buscarlo hasta la siguiente sesión con ella, en una semana.

Pero Antonio conocía perfectamente mis debilidades, sabía qué fibras tocar para hacerme reaccionar, revivir…

Ante mi silencio, me preguntaba por temas que para mí eran ineludibles, como las exposiciones de arte en la ciudad, ante lo cual yo no era capaz de ignorarlo y volvíamos a engancharnos.

Intenté, entonces, darles respuestas cortantes a sus preguntas y me esforcé por poner un muro entre los dos.

Así estuve durante tres o cuatro días, pero tampoco pude.

Me dolía, lo extrañaba, me entristecía no saber todo el tiempo de él.

Le envié una carta, intentando explicarle mis cuitas.

Estoy tristísima, Antonio.

A esto le aposté, rompiendo mis propios límites, porque me enamoré de ti y porque sigo siempre los dictámenes de mi corazón.

Y mi corazón vibra por ti. Te amo y soy consciente de que tenemos una suerte infinita, en esta paradoja que es la vida, por sentir la magia que sentimos juntos.

Sentir esto es muy poderoso. No es cotidiano.

Es un lujo. Es estar vivo. Tenemos una complicidad exquisita y muy, muy especial.

Estamos juntos en un mundo paralelo que solo entendemos los dos.

Es muy hermoso. Es nuestra burbuja, nuestro escape.

Pero requiere responsabilidad y cuidado. Delicadeza y respeto.

Cuando pasan días sin verte, cuando sabes que he estado triste, que tengo miedo del futuro, que me están pasando los años; cuando sabes que te necesito y siento que no manifiestas maneras de hacerme sentir importante, me pierdo en nuestros desasosiegos, me siento sola.

El amor es frágil y, en una circunstancia como la nuestra, todo es extremo, duele muchísimo.

Hay miedos. Inseguridades. Soledades. Ya hemos hablado de esto.

Ya te lo he dicho. Lo obvio no se pide. Uno está o no.

Uno no es lo que dice, uno es lo que hace.

Cómo nos comportamos y cómo hacemos sentir a la gente que amamos.

Entiendo tus circunstancias y las respeto.

Me he adaptado a pesar de lo difícil. Y decidí caminar a tu lado sin saber hacia dónde iba porque me he sentido de tu mano.

Porque creo en los dos. Porque nos enamoramos.

Y porque alguna manera nos inventaríamos para poder vivir este amor.

Este deseo. Esta pasión. Esta profunda complicidad que tenemos y que es tan difícil de encontrar.

Pero estos días han sido tristes para mí, Antonio.

He intentado seguir sin ti, pero me duele el alma.

No puedo dejar mi corazón al aire para que se rompa.

Tú sabes que te adoro, que te cuido, que estás en mis prioridades y que me derrito por ti.

Por nosotros. Lo sabes y lo sientes. Pero el amor, mi amor, hay que cuidarlo.

Y no se cuida con palabras volátiles. Se cuida con acciones.

Con gestos y con presencia en la cotidianidad.

Son esas cosas las que definen si uno sigue caminando sin saber hacia dónde va, pero sabiendo por qué lo hace.

Yo ya no sé nada entre los dos.

Carmen.

Antonio me contestó.

Carmen, amor de esta y todas mis vidas.