El olor del fin del mundo Primera parte #11
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Primera parte #11

—El jazz lo cuenta y lo cura todo. Tú y yo no, Antonio. Me tengo que ir de ti —insistí.

Estaba dispuesta a dejarlo para siempre. Era un amor sin futuro, sin esperanza. No me cuidaba, no se proyectaba conmigo. ¿Qué hacía yo ahí? ¿Qué seguía haciendo?

Bajé con mis maletas al lobby . Al instante, bajó él.

Tomamos un taxi, llegamos juntos al aeropuerto y nos montamos en un vuelo eterno con escalas de regreso a Bogotá.

Ocho horas en las que guardamos silencio, entre miradas recriminadoras y ese hielo de la decadencia que se posa en las parejas que ya no saben qué decirse.

Como si fuéramos un matrimonio descompuesto.

Cuando aterrizamos, me dejó en mi apartamento y los siguientes días no hablamos. Era el sentido común contra mis ilusiones.

Entonces, contraté a una psicóloga para que me ayudara a enfrentar con dignidad la desgracia de amarlo tanto.

—Necesito su ayuda —le dije—. Estoy prendada de un amor prohibido. Necesito dejarlo.

La psicóloga escuchó con atención.

—¿Cuándo lo conociste?

—Hace unos tres años.

—¿En dónde?

—En un supermercado.

—¿Cómo terminaste en contacto con él?

—Me pagó la cuenta del mercado porque yo no tenía billetera. Pasaron meses hasta que nos vimos otra vez.

—¿Cómo se volvieron a encontrar?

—En un bar.

—¿Coincidencia?

—Supongo.

—¿Qué hicieron?

—Conversar.

—¿De qué conversaban?

—De todo. De nuestras vidas, de lo que hacíamos, de lo que nos gustaba. Fue una conexión profunda e inmediata.

—¿Y luego?

—Seguimos conversando. Es lo que hacemos todos los días.

—¿Cuándo se volvieron a ver?

—Al día siguiente. Y desde entonces hablamos todos los días.

—¿Quién saluda a quién?

—A mí me gusta esperar a que él aparezca. Pero si no lo hace, lo saludo yo.

—¿Hablan a diario?

—Sí.

—¿Todos los días?

—Y todo el día.

—¿Alguna vez han dejado de hablar?

—Un par de veces, un par de días, pero no más. Nos buscamos. “Ya. Dos días es suficiente”, me dice. Yo me río y retomamos la conversación que habíamos dejado pendiente.

—Cuéntame algo de lo que hayan hablado.

—Hace unos meses, yo estaba trabajando en una serie de obras sobre Cleopatra.

Cuadros y esculturas inspirados en su legado.

Mujeres portando brazaletes dorados con dos cabezas de serpiente, como el que le perteneció a ella y que ahora está en el museo del Louvre, en París.

Él se divierte con mis historias. Sabe mi vida, mi fascinación por Egipto. Sabe todo de mí.

—¿Por qué te gusta tanto Cleopatra?

—Por poderosa. Por bella. Porque enamoró a dos emperadores para preservar su imperio: Julio César y Marco Antonio.

Finalmente, a Marco Antonio lo venció otro emperador romano: Octavio.

Y terminó enterrándose su propia espada cuando le dijeron que la reina del Nilo había muerto.

Pero no era cierto. Cleopatra estaba viva, pero escondida de las tropas de Octavio.

Entre el mito y la realidad se cuenta que cuando Marco Antonio, moribundo, supo que ella lo esperaba, logró que lo llevaran a donde estaba resguardada en su gran mausoleo.

Lograron subirlo por una ventana porque las puertas estaban bloqueadas por seguridad y cuando, por fin, estuvieron juntos, él murió en sus brazos.

Cleopatra trató de negociar una salida digna con Octavio, pero no pudo.

La quería exponer encadenada, como trofeo de guerra, por las calles de El Cairo y Roma.

Entonces, ella decidió quitarse la vida.

No se sabe si se dejó morder por una víbora o si se chuzó con una peinilla envenenada.

En todo caso, murió. Fue la gran reina de Egipto, la mujer de dos emperadores romanos, una verdadera leyenda de la pasión y el poder.

Brillante, macabra, ambiciosa y poderosa.

El destino de su sepulcro es un gran enigma. Nadie sabe dónde está enterrada.

—¿Le contaste esa historia a… al señor?

—Esa y muchas otras. Como te habrás dado cuenta, me gusta contar historias. Y a él le gusta escuchar las mías.

—¿Se divierten?

—Muchísimo. Nos reímos.

—¿Y por qué quieres dejarlo?

—Porque a su lado paso del cielo al infierno. Se desaparece. Me envía una canción y no me dice nada más. No me siento cuidada ni protegida. Me desestabiliza. No quiero sufrir más. Necesito que me ayudes a dejarlo. Hago lo que me indiques —dije con una voz quebrada, de súplica.

Terminamos esa primera terapia sin acuerdos reales.

Ella insistía en que yo debía bloquear por completo a Antonio.

¿Bloquearlo? ¿Cómo bloquea uno a alguien que ama?

Yo quería, en esencia, una fórmula mágica para apartarlo de mi vida sin que me rompiera el alma.

Tomarme una pastilla que lo anulara de mi memoria, como los protagonistas de El eterno resplandor de una mente sin recuerdos , que acuden a un polémico invento para olvidarse mutuamente y no pueden. El destino no se puede manipular así.

Vinieron más consultas con la psicóloga, todas similares. Ella insistiendo en que yo era presa de Antonio, como un cervatillo perseguido por un león que lo quiere devorar. Pero, en mi caso, yo quería ser devorada.

* * *

Nunca supe si él era o no feliz cuando estaba lejos de mí.

Hay quienes son capaces de mantener relaciones paralelas la vida entera.

Pueden dormir con una persona pensando en otra.

Y seguir en una existencia de comodidades y monotonías sin necesidad de perseguir aquello que les hace arder el alma.

Como si tuvieran la certeza de otra vida después de esta en la que podrán ser realmente plenos.

Aceptan, entonces, por facilidad o cobardía, la mediocridad de un destino carente de pasiones desbordadas y sin eso tan fascinante que le ocurre al ser humano cuando se enamora, cuando siente.

No hay emoción más fuerte ni inspiración más grande que la que produce el amor.

¿Cómo alguien puede negarse a vivirlo? ¿Dejarlo en pausa?

¿Acabarlo? La única explicación que se me ocurre es que aceptan un mandato que se niegan a cambiar.

En la India, por ejemplo, una nación de casi 1.

500 millones de habitantes, la mayoría tiene la convicción de la vida después de la muerte.

Creen en la reencarnación y respetan las castas, aún presentes en algunos lugares.

Esto hace que millones de individuos acepten que en esta vida la fiesta se quedó así.

Las castas son estructuras sociales jerárquicas hereditarias a las cuales una persona pertenece desde que nace, lo que causa resignación sobre las pasiones y ambiciones de la existencia.

Se nace exitoso, infeliz, derrotado, triunfante o miserable, y eso es lo que se será en esta vida.

Lo que el destino eligió. En la reencarnación, la historia puede ser diferente, pues ya veremos qué nos depara la otra vida, que quizás será mejor que esta.

Mientras tanto, vivamos así. Una conformidad que me resulta abominable.

Otro ejemplo: la Iglesia católica, que tiene 1.

400 millones de fieles en el mundo y que exige la permanencia de una única pareja “hasta que la muerte los separe”, con amenaza de irse uno al infierno si rompe el mandamiento número nueve: “No desearás la mujer del prójimo”.

O al hombre. En la Biblia, la historia la contaron los señores.

¿Y si uno se encuentra a un Antonio en la vida?

¿O si se quiere separar antes de la muerte?

Tampoco hay que desearle el fin de la vida al prójimo para seguir viviendo.

Cabemos todos en el mismo mundo, ¿no? Y si el amor lo avasalla a uno, como suele avasallarnos en su cresta, ¿toca quedarse en la cotidianidad de una relación sin alborotes en las entrañas?

¿Con qué prueba sabe uno que no se arrepentirá en el ocaso de los años de eso que tanto anhelaba y dejó que se fuera?

Es la culpa judeocristiana que nos azota cada que queremos perseguir nuestras pasiones.

Pero ¿el amor no hay que buscarlo, adorarlo, seguirlo al precio que sea?

Como la magnífica escritora Isabel Allende, que se separó a los 74 años de su segundo esposo, tras casi 30 de matrimonio, y se casó con otro con el que es infinitamente feliz a sus 82.

Dice que, si se aburre, se separa y se vuelve a casar.

A Antonio lo adoré y sé que él también a mí.

Lo que nunca entendí es por qué no hizo un esfuerzo más para que estuviéramos juntos.

Por qué era tan inexpresivo. Por qué le costaba tanto decirme lo que sentía.

Supongo que, más consciente que yo de nuestros límites, no me quería pintar fantasías imposibles.

Pero las fantasías se pincelan, no con palabras, sino con acciones.

Él las tenía todas y luego las dejaba de tener.

Rebosaba mi cerebro de alegría con esos besos en los que mi ropa terminaba rápido en sus manos y sus buenos modales se convertían en los de un hombre carnal, desfogado, tocándose y tocándome.

Aunque era yo la que le decía una y otra vez cuánto lo amaba, él era quien me recordaba cuánto nos deseábamos. Lo unidos que estábamos. Lo mucho que habíamos vivido. Por qué debíamos seguir juntos. Intentaba que todo entre nosotros fuera perfecto bajo su explosión controlada.

—Si te hubiera conocido antes, no habría conocido a ninguna otra mujer en mi vida —me dijo un día.

Yo, estupefacta, lo besé de nuevo. Puse su rostro sobre mi pecho y dejé que reposara sobre mi corazón adolorido. Absorbí su boca y lo envolví con mi cuerpo. Nos perdimos nuevamente en las humedades de ambos y volví a ser la mujer más feliz sobre el planeta.

—Tomemos más vino, ¿o no quieres? —me preguntó ese día después de amarme.

—Yo siempre quiero más vino. Y más de ti, ¿tú?

—Obvio. Además, te ves más guapa con tus vinos encima.

Se levantó, agarró la botella que teníamos abierta y depositó en el cristal el carmesí fabuloso de un vino exquisito.

—Me tomo este y me voy —le dije.

—¿Cómo te vas a ir si estamos en tu casa?

—Me voy de tu vida, Antonio. Qué dolor tan insoportable el que me causas.

Lo recuerdo y me siento mareada.