Primera parte #10
Salí corriendo del vestier con el vibrador escondido en la mano, nerviosa, rebotada, perturbada, enferma.
Me quería marchar de inmediato. Pero él, como siempre, me dio un abrazo, me dijo un par de secretos, me retuvo, me quitó la poca ropa que tenía puesta y me hizo el amor otra vez en la cama. En esa cama.
Horas más tarde, ya en mi casa, me volvió la tristeza.
Ese día comprendí que Antonio era feliz sin mí.
Tenía un motivo para pararse de mi lado y marcharse a un lugar en el que lo esperaba una vida lejos de nosotros.
Entendí por qué desde el viernes se interrumpía nuestro idilio hasta el lunes, cuando aparecía al amanecer con una de sus canciones y su invitación a encontrarnos esa semana.
Yo cedía. Y horas después me entregaba en sus brazos a la pequeña muerte. La petite mort .
Es así como llaman los franceses a ese instante del orgasmo en el que el cerebro parece que se desvaneciera tras haber alcanzado su punto máximo de agite. El absoluto silencio postcoito en el que el deseo nos rompe por dentro. El medidor más importante de la pasión. ¿Abrazas o sueltas? ¿Sigues?
¿Hay intimidad más profunda en una pareja que la que ocurre tras La petite mort , cuando la placidez se instala en todas las fibras de nuestro cuerpo?
¿No es en ese instante, con las ganas de quedarse, de continuar oliendo, de repetir, cuando el amor sube o baja irremediablemente dos escalones?
Te levantas, vas al baño, te miras al espejo, te sabes vulnerable y con el corazón en carne viva.
Buscas qué ponerte. Sonríes con picardía, evocando la imagen de segundos atrás, y de pronto aparece ese horroroso peso moral que cargamos las mujeres por no haber detenido lo que no quisimos o pudimos detener.
Es en ese preciso instante cuando la culpa y la realidad se mezclan en un amasijo que deriva en una decisión que puede cambiarnos la vida: te vas o te quedas.
¿Te tomas la pastilla roja de Matrix o la azul?
En mis pequeñas muertes, antes de Antonio, siempre me marchaba al amanecer.
Recuerdo a un viajero rubio, pelilargo, con una sonrisa contagiosa y una conversa muy agradable, a quien conocí un domingo por la tarde en la barra de un bar a donde me gustaba ir para hacerle el quite al aburrimiento del cierre del fin de semana.
El tipo era escritor de libros de viaje.
Había recorrido gran parte de América Latina buscando tesoros turísticos para recomendarles a los mochileros del mundo.
Yo estaba en la barra y leía un periódico dominical mientras me bebía una ginebra con agua tónica, moras, arándanos y otros frutos rojos, adornada con un ramito de romero.
Me gustaba ese coctel que parecía una ensalada de frutos del bosque y que se teñía de rojo a medida que el licor me hacía efecto.
En esas estaba, revisando la programación sobre los conciertos, exposiciones y otros eventos que no quería perderme esa semana, cuando el mochilero rubio se sentó a mi lado.
Sacó uno de sus libros de viajes y yo, curiosa, deposité mi mirada sobre él. Había una foto preciosa de un león marino reposando sobre una roca en un paraje que yo conocía.
—¿Estuviste en las islas Ballestas? —le pregunté.
Así comenzamos una conversación sobre Perú, que yo había visitado con un grupo de amigos fabulosos en diciembre del año 2010. Estábamos obsesionados por recorrer el país inca y la joya de la corona: la deslumbrante ciudad de Machu Picchu.
De eso hablamos.
—Conozco las Ballestas y casi todo Perú —me contestó—. ¿Y tú?
—También. En la Navidad del 2010 rentamos un carro con seis amigos e hicimos un recorrido por la costa hasta el sur, hasta Nazca.
—Las inquietantes líneas de Nazca…
—Las vi desde una avioneta. De recordarlo, me mareo —le conté.
La conversación pasó de los incas a las sábanas coloridas de mi apartamento de soltera, donde después de un clímax extraño, porque no logré descifrar su olor, me quedé dormida dándole la espalda, rozándolo.
Cuando desperté y lo vi a mi lado, en mi cama, en mi paraíso, en mi intimidad, quise que se marchara cuanto antes.
El tipo, en cambio, estaba fascinado. Me propuso desayunar, caminar, visitar un museo, volver al bar, almorzar, bailar.
Yo solo quería, como en la película de Eliseo Subiela, El lado oscuro del corazón , hundir un botón y mandarlo a los confines de la Tierra.
Esa es una de las escenas más especiales del cine latinoamericano: el protagonista evoca un poema del argentino Oliverio Girondo según el cual a una mujer se le perdona todo, menos que no sepa volar.
Y como la que tiene al lado no lo hace volar después de hacer el amor, el hombre espicha su botón del olvido y la manda al centro de la Tierra.
La escena es magistral y también muy criticada por machista.
Pero define exactamente lo que uno haría con alguien que no lo hace volar cuando se despierta en la misma cama.
Sería fabuloso tener un botón similar para activarlo cuando uno quisiera.
Me tocó decirle —ya incómoda— que debía cumplir obligaciones con la universidad y que, por lo tanto, era preciso que se retirara.
En esa época yo no trabajaba. Me había ganado una beca y me pasaba el tiempo entre los museos, los bares y el estudio.
Fue, tal vez, la etapa más rebelde de mi vida.
La más libre. La que añoro cuando el tiempo, con sus circunstancias, me recuerda que en el alma salen llagas y que los pies duelen de tanto andar.
A veces, cuando revivo esos momentos en mi memoria, en medio de la monotonía, me siento como un colibrí enjaulado.
Esa mañana, el viajero se marchó y jamás volví a saber de él.
* * *
Mi libertad fue siempre mi prioridad. La antepuse a cualquier compromiso, por más seductor que fuera, hasta que apareció Antonio, con sus manos enormes y su cabeza perfecta.
Tan deslumbrante, tan inteligente. Desde la primera vez juntos quise despertarme todos los días a su lado.
Quise cambiar mi sagrada soledad para escuchar a su lado la canción que me enviaba.
Antonio me cambió la vida. Fue capaz de resolver las dudas que había cargado durante mi existencia y de ponerme los pies en la Tierra cuando mi cabeza volaba sin freno y sin rumbo, cuando se me olvidaba que en nuestro pacto yo no siempre existía.
Me amó como nadie, pero también me convenció de que ese amor a plazos era suficiente.
Me volvió mesurada. Contenida. Alguien que nunca había sido.
El amor es un baile en el que uno aprende al ritmo del otro.
Este hombre, con sus reglas minuciosas para vernos y dejarnos de ver, convirtió mi insatisfacción en una manera de vivir para su comodidad, seguridad y protección.
Para que no se tambaleara su vida como puso a tambalear la mía.
Para poderme tener y dejar y volverme a tener y a dejar incondicionalmente cuantas veces quisiera.
—¿Tú comprendes lo que es sentir? —le pregunté alguna vez.
El mundo se mueve por sentir. Por experimentar esa fantasía. Por respirar casi sin aliento pensando en alguien. Sentir que el aire no alcanza y que las mariposas en el estómago se apoderan del cuerpo. Sentir con la cabeza, con cada célula y con cada deseo del ser. Sentir. Sentirse. Sentirlo.
Yo me quejaba, me atemorizaba y me desvelaba de tanto sentir lo que él me producía.
Me asustaba. Me intimidaba. Me acongojaba.
Me volvía débil y temblorosa. Pero, al final, cuando me volvía a despertar, comprendía que lo que me ocurría era que estaba viva.
Que mi cuerpo, mi corazón latiente, mi nerviosismo y mi ansiedad me decían que, a pesar de las circunstancias, allá afuera había alguien que me hacía sentir, que me hacía bullir la sangre, que me mojaba con solo escuchar su voz grave al otro lado del teléfono.
¿No se trata de eso la existencia? ¿De encontrar a alguien que te haga sentir?
Un privilegio y un don. Un regalo y un poder.
El poder de Antonio sobre mí. Sobre nosotros.
El poder de sentir. Sentirse vivo. Un lujo, un placer.
Un motivo. Eso era él. Mi motivo. Y por eso soportaba sus idas, sus silencios que me torturaban, sus reclamos injustificados cuando yo intentaba rearmar mi vida, sus ausencias.
El jazz me salvó. Marcó nuestra era. Es la banda sonora de ese tiempo que me latiga el corazón y me sigue acompañando en las risas y las tristezas.
El jazz nació en las comunidades de esclavos negros en Nueva Orleans, en el siglo XIX, y en un momento las autoridades religiosas intentaron incluso prohibirlo, pero no pudieron.
Se volvió clandestino, como nosotros. Era la música en la que improvisaban nada más y nada menos que el deseo de libertad, la fraternidad.
Trasgredió limitaciones, se fue expandiendo hacia Nueva York y Chicago, y cuando terminó la esclavitud, se consagró como la madre de los ritmos contemporáneos.
El jazz es liberación, redención, salvación.
Es pasión pura, es Louis Armstrong cantándonos Fly me to the moon mientras apuramos nuestros tragos al frente de una chimenea y la cama nos llama, como diciéndonos que no perdamos el tiempo, que nos urge estar dentro del otro, porque de ninguna otra manera estamos realmente completos.
Una noche, en el hotel de Nueva Orleans, a donde nos volábamos año tras año para ir a su festival de jazz , después de recorrer la ciudad de bar en bar y de saxofón en saxofón, le dije que quería ser madre.
—Ya estoy viejo para tener otro hijo y mi papá me enseñó que uno no puede andar por ahí regando la descendencia —me dijo.
—¿Regándola? ¿Te parece que un hijo conmigo es regar la descendencia?
—Yo sería feliz, pero ya no fue en esta vida, Carmen.
—Solo conozco esta vida.
—No se puede. No en esta vida. No en la que nos tocó.
Agarré mis cosas.
—Me voy —le dije.
—¿Para dónde?
—Para la mierda.
—A la mierda no le gusta el jazz .
—Me voy, en serio.
—En serio, a la mierda no le gusta el jazz .