Primera parte #9
Una mañana, agarré los dólares que tenía ahorrados, me despedí de los polacos, abracé a la recepcionista de las gafas negras y me fui con Elizabeth y Facundo para otro hostal en donde comenzamos una nueva vida.
El Dizengoff Square Hostel cerró para siempre.
* * *
La muerte de Michael fue un dolor muy profundo para nosotras que tanto lo queríamos.
Habíamos construido una amistad bonita y nos teníamos para lamernos las heridas de la melancolía que a veces nos abarcaba en ese lugar tan lejano, en el que no estábamos exentos de las ráfagas de tristeza que llegaban desde el otro lado del mar.
Recuerdo que un día estábamos sentados en las afueras de una pizzería y de pronto se nos acercó una señora vestida de blanco impecable y nos regaló una pizza . Debió pensar que éramos mendigos.
La mujer se llamaba Jannita Dussman. Era una judía de unos 40 años, que nos pidió el contacto y nos invitó un par de veces a almorzar.
No éramos precisamente unos jóvenes hambrientos.
Pero valorábamos cualquier gesto de generosidad que el mundo tuviera con nosotros, y si iba acompañado de un buen plato de comida que nos sacara de la económica monotonía de los noodles con atún, el falafel y el shawarma , aún mejor.
Éramos andariegos, mochileros y trabajábamos para ganar algo de dinero que nos permitiera vivir bien esa aventura en la que estábamos sumidos, rumbear como nos gustaba y, en especial, viajar. Queríamos explorar.
Jannita Dussman me ofreció trabajo cuidando a sus tres hijos y terminé encargada de unos niños de cinco, tres y un año en una casa amplia y luminosa de dos niveles y un cuarto subterráneo amplio que servía como búnker en caso de un ataque enemigo, cerca del aeropuerto Ben Gurion, a unos cuarenta minutos de Tel Aviv.
Nuestra vida en ese tiempo era una sorpresa constante, excesiva, de carcajadas, de Jannita Dussman con su perfecta educación enseñándome a criar a sus hijos y pidiéndome que limpiara con blanqueador las paredes de su casa embadurnadas de chocolate.
Yo seguía el ritmo de sus exigencias a mi manera, jugando con los niños, enseñándoles a nadar, aprendiendo de ellos algo de hebreo, viajando los fines de semana, ahorrando lo que más podía.
Shalom, manishmá . Hasta que un día Jannita me dijo con ponderación que yo no era lo que ella esperaba.
—No puedes seguir trabajando conmigo —me dijo.
—¿Por qué, Jannita? ¿Cómo así?
—Porque tú no eres lo que debe ser una niñera.
Tenía razón. Tengo talento para muchas cosas, pero no para cuidar hijos.
Tal vez por eso decidí, desde joven, no ser madre.
Me pagó los 800 dólares del mes que habíamos acordado y, con un abrazo grato y su sonrisa apropiada, me condujo a la puerta de su casa.
Tomé el autobús de los viernes de Shabat y llegué al Dizengoff, donde Michael me recibió con una cerveza helada en la mano y George, feliz de que regresara, me besó hasta el amanecer.
* * *
Todos estos recuerdos vienen a mi mente mientras pienso en Antonio y me limpio las lágrimas escribiendo esta historia.
Me pregunto: ¿dónde queda el pasado si uno no lo escribe para recordarlo?
Ni Michael ni George, mi amor del Medio Oriente, están ya conmigo.
La muerte, siempre tirana, me los arrebató con esa arbitrariedad con que le arrebata a uno a los que ama.
George cumplió el sueño de su vida, pero tuvo poco tiempo para disfrutarlo.
Falleció a los 34 años en un país asiático, cuando yo ya estaba de regreso en Colombia.
Se había convertido en uno de los principales chefs de The Fat Duck, un prestigioso restaurante de Londres que tiene tres estrellas Michelin.
Había viajado a Hong Kong para preparar una cena privada en el Hotel Mandarín Oriental y una mañana, luego de comprar en el mercado local los ingredientes que necesitaba, el taxi en el que viajaba junto a otro chef fue arrollado por un bus de dos pisos con cuarenta personas adentro.
El conductor del bus inexplicablemente perdió el control del vehículo, se llevó al taxi por delante y lo mandó por un despeñadero.
Los dos chefs y el taxista fallecieron de inmediato y cincuenta personas más resultaron heridas.
Elizabeth me contó tres o cuatro días después, cuando la noticia le llegó.
—Amiga, tengo que decirte algo.
—Habla…
—George murió.
—¡¡¡¿Cómo?!!! ¡¡¡¿Qué?!!!
—Lo supe por Instagram. Le escribí a su hermana y me lo confirmó.
Lloré con mucha tristeza, como se llora ante un tiempo que jamás volverá.
Hay personas que lo marcan a uno para siempre, que lo llenan de lecciones, de kilómetros recorridos.
George era maravilloso, divertido, cosmopolita.
Un alma libre que me contagió de su esencia, y cuando terminamos el periplo de Israel, conservamos la amistad.
Sabíamos del otro, de la manera como se iban articulando nuestras adulteces.
Él, con su pasión por la cocina, y yo, con mi locura por el arte.
De vez en cuando me llegaba una caja llena de regalos, imanes de nevera, postales, dulces, recuerdos que había acumulado en sus viajes por el mundo y que atravesaban mares para que yo recordara cuánto me pensaba.
Entonces lo llamaba por alguna de esas plataformas aún incipientes de comunicación y nos quedábamos horas conversando mientras él se fumaba sus porros de marihuana y yo me tomaba mis vinos.
George fue muy importante en mi juventud, en mis noches de desazón en el Medio Oriente, sumidos en ese romance extraordinario que tuvimos, cimentado sobre carrileras de trenes y buses, atravesando a toda velocidad un mundo tan lejano.
Lo recuerdo entre excesos, carcajadas y horas de fuego, con Fito Páez cantando un recuerdo desde el África, un sueño con el Liverpool Bar y ella que siempre se va , sin saber entonces que él se iría antes de tiempo.
* * *
A Antonio también lo cogió por sorpresa esa locura de romance que nos atropelló.
Vivíamos ansiosos por saber del otro, por contarnos al caer la noche las historias del día y por encontrar tiempos minuciosos para coincidir. A mí me gustaba de todas las maneras en las que una persona le puede gustar a otra. Estar a su lado, viéndolo leer o trabajar, era suficiente.
—Ya casi termino —me decía.
Yo sabía que no. Que le faltaban varias horas más concentrado en algo distinto a los dos, pero no me importaba.
Disfrutaba verlo en su mundo, tan ajeno al mío, caminando de un lado al otro en nuestros escondites, hablando por teléfono, resolviendo sus asuntos mientras su olor hurgaba en mi falda, escapaba por las ventanas, por las paredes, se iba a darle la vuelta al mundo y regresaba metiéndose por debajo de la puerta para terminar entre mi nariz, mi corazón y mi cabeza, donde solo yo podía percibirlo.
Estábamos juntos a nuestra manera. Día y noche sabiendo el uno del otro. Pero mientras nuestras vidas se iban construyendo alrededor de esa enorme pasión clandestina, fueron pasando los años y yo me fui llenando de sueños entristecidos con cada partida suya.
¿Qué sentías, Antonio?
¿Cómo podías irte?
¿Cómo podías dejarnos con esas ganas bestiales de seguirnos amando?
¿Cómo podías enfrentar el mundo sin mí cuando yo, a duras penas, podía respirar sin ti?
¿Cómo pudiste dejarnos ardiendo de amor tantas veces y marcharte mientras yo me rompía en pedazos diminutos que solo volvían a unirse cuando nos encontrábamos de nuevo?
* * *
Un día me invitó a su casa. Ya llevábamos un buen tiempo juntos y por fin conocería el templo de su privacidad. Su recinto sagrado. Un edificio alto de ladrillo con una gran recepción.
—Buenas tardes, la esperan —me dijo el portero al llegar.
Subí.
Antonio abrió la puerta y apareció ante mí una sala enorme y fascinante, adornada con sensacionales obras de arte que él fue explicándome una a una.
—¿Quieres un vino? —me preguntó.
—Te quiero a ti.
De inmediato, me condujo al mesón de la cocina, donde me desnudó por completo y volvió a recorrer con sus labios carnosos desde mi boca hasta mi entrepierna. Me llevó cargada al sofá de la sala, me paseó de una habitación a otra hasta que terminamos en su alcoba, oliéndonos y rumiándonos el sudor.
Desde ese día se nos convirtió en rutina amarnos en su casa cuando él decía que podíamos, y a mí me resultaba profundamente sexy ponérmele encima en un lugar tan místico y lejano para mí.
Me recogía o yo llegaba en taxi, subíamos, nos ignorábamos en el ascensor ante la presencia de cualquier vecino, como si fuéramos desconocidos, y luego, ya con la puerta cerrada, nos quitábamos la ropa, mueble tras mueble, cuarto tras cuarto, hasta incendiar su lecho.
Una tarde, cuando acabábamos de hacer el amor, él se paró a hablar por teléfono.
Yo aproveché la soledad de esa habitación impecable para recorrerla y detallarla.
Era el espacio de esa vida suya que yo desconocía.
La decoración, las fotos cursis de los viajes donde aparecía un niñito que iba creciendo portarretrato tras portarretrato.
Los libros leídos por él, subrayados de principio a fin, y las plantas verdes y florecidas en todo el recinto hablaban de un lugar cuidado con esmero.
Abrí una puerta y me encontré con un clóset perfecto, en el que colgaba su ropa frente a la ropa de una mujer.
Un vestier de madera maciza, iluminado milimétricamente, lleno de cajones y camisas que miraban todas hacia el mismo lado.
Abrí cajón tras cajón y encontré un vibrador muy parecido al que me había regalado en mi cumpleaños anterior y que se había convertido en nuestro juguete favorito. Estaba escondido, envuelto en un camisón de seda platinada.
Me dieron arcadas.
Cerré como pude aquella gaveta, intentando mantenerme ecuánime, y en ese instante él colgó el teléfono.
—Carmen —me llamó.