Primera parte #8
Me paré de la silla alta de la barra. Me tomé lo que quedaba de la ginebra con tónica que había pedido.
Me despedí de la mujer que con tanta amabilidad me había servido los tragos y subí con Antonio a nuestra habitación.
Estábamos en los mejores momentos de nuestra relación.
Viajábamos juntos y nos despertábamos abrazados.
Antonio, mi amor, mis ganas eternas de ver el sol salir por tu espalda.
Jugábamos a ser una pareja real y yo caminaba desnuda del baño a la cama, sin preocuparme de cuándo me diría que nos teníamos que ir.
Esa noche, en cuanto cerramos la puerta, me empujó contra la pared y me besó con afán.
Me metió una de sus manos debajo de la falda mientras me bajaba la blusa de tiras con la otra y turnaba sus besos desenfrenados entre mi boca, mi cuello y mis pezones como únicamente él sabía hacerlo.
Yo le desabroché el pantalón con maestría.
Ya a esas alturas sabía cómo hacerlo rápido y sin su ayuda.
Le bajé los calzoncillos y levanté una de las piernas para que pudiera penetrarme con facilidad. Gemí duro al primer envión. Grité.
—Me matas, mi amor.
Comencé a moverme al ritmo de su danza, acaballada, gimiendo.
Sudamos. No tuvimos tiempo ni ganas de desplazarnos hasta la cama.
Cogimos allí, en la pared, al lado de la puerta, aún medio vestidos, y nos vinimos al tiempo.
Como nos gustaba. El paraíso era estar juntos.
Mark Twain lo dijo mejor en Los diarios de Adán y Eva : “Donde quiera que ella estuviera, allí estaba el Edén”.
En nuestro caso, donde quiera que estuviéramos juntos.
Mi amiga Karen, una rusa tomadora de vodka —obvio— y de vino tinto como yo, a quien conocí en un viaje a Washington D.C.
, me explicó un día que, según las reglas de los cuatro elementos, yo era fuego y que por eso necesitaba meterme al agua y hacer siestas a diario.
Para apagarme y volver a empezar. No sé si es cierto, pero me resulta imposible estar frente al mar, bajo la luna, y no entregarme a sus aguas.
Esa noche, en el hotel en el Caribe, después de hacer el amor, bajamos al bar de nuevo a buscar algo para comer.
Cuando terminamos, fuimos a la playa a seguirnos besando y yo me paré en la orilla para mojarme los pies en el agua.
Me quité la falda larga que llevaba puesta.
Quedé en calzones y blusa y me sumergí lentamente en el agua.
Antonio se paró en la arena, se quitó los pantalones y, después de insistirme que no avanzara más, ante mi terquedad, se metió detrás de mí.
En ese instante, ya un poco lejos de la orilla, mientras él intentaba acercarse a mí, el alcohol y el cansancio se unieron en un dúo mortal y sentí que me desmayaba. Perdí el equilibrio y me fui al fondo. Una ola me arrastró súbitamente y yo tragué agua de mar y empecé a vomitar.
Entre más vomitaba, más agua tomaba, más perdía la cabeza, menos fuerza tenía y más lejos veía a Antonio, que gritaba mi nombre, pero yo apenas podía escucharlo. Sentí horror. Miedo. Desespero. Pavor. Y luego calma. Una profunda calma.
La oscuridad se tornó azul clara y una delicada espuma comenzó a acariciarme el cuerpo casi con sensualidad mientras desfilaban ante mis ojos millones de peces de colores.
Aluciné. Me fui.
Cuando desperté, acostada sobre la arena de la playa, Antonio estaba a mi lado, con los ojos rojos e hinchados por la sal y por la angustia. Nunca lo había visto así. Me tenía cogida de la mano, y en cuanto susurré su nombre, se tapó la cara con la mano que tenía libre y se largó a llorar.
—¿Qué pasó, mi amor? —le pregunté.
—Te estabas ahogando, Carmen…
—No lo recuerdo.
—Te me fuiste. No pude cogerte y por poco… —Lloraba, desconsolado.
—No importa. Ya pasó. Ni siquiera lo recuerdo.
—Yo sí. De no ser por ese hombre que pasaba cerca, te habría perdido —me dijo y señaló, entre sollozos, a un salvavidas alto y atlético que se bebía una cerveza y me miraba, consternado también.
—Lo siento, Antonio.
—Lo siento yo, que no pude rescatarte.
La verdad es que nunca pudo rescatarme de nada. Ni de ese mar ni de las profundidades del abismo en que se convirtió ese amor tan profundo y bello que alguna vez le tuve.
Me ayudó a levantar de la arena. Me sentía frágil.
Mareada. Me dolía el cuerpo y especialmente me dolía vernos tan afligidos, tan agotados.
Convertidos en un par de desechos. Empapados.
Llenos de mugre y miedo. Nos pasó la tragedia de costado.
Caminamos despacio, arrastrando el peso del cuerpo, en silencio, hacia la habitación del hotel mientras los que estaban cerca nos miraban como lo que éramos en ese momento: los residuos sobrevivientes de la guerra del fondo del mar.
Ya en la habitación, Antonio me quitó la ropa, me secó suave con una toalla gruesa y me ayudó a poner algo ligero.
Pidió una bolsa de agua caliente a la recepción y me envolvió en cobijas y abrazos.
Yo me fui quedando dormida y así amanecimos, con la lección encima de que la vida es un instante y de que somos frágiles e insignificantes.
La muerte me besó esa noche, pero me dejó ir advertida. En cambio, diez años atrás, cuando murió Michael en Israel, no hubo avisos.
Fue una noche en la que bailábamos, atrapados por la música, en una súper discoteca que abrían durante los veranos y en la que dos mil jóvenes de todo el mundo nos reuníamos a la orilla del mar.
Sudábamos. Saltábamos. Bebíamos. Era la fiesta de la luna llena, que se celebra en el mundo desde Nueva York hasta Sidney, y Tel Aviv no era la excepción.
La cara de Michael estaba desencajada de tanta droga y en un momento de frenetismo se puso muy tembloroso.
—Te ves muy pálido —le dije—. ¿Estás bien?
Y es que Michael siempre estaba bien. Hasta esa noche.
Lo llevé del brazo a la barra del bar principal, que era enorme, llena de luces y gente de todo tipo pidiendo tragos y peleándose un espacio para sentarse.
Le di agua. Traté de calmarlo. Pero en un instante se desplomó.
Se fue al suelo. Elizabeth y Facundo, que nos vieron a lo lejos, llegaron corriendo al rescate y tratamos de abrazarlo, de pararlo, de despertarlo, pero no pudimos.
Gritábamos como locos. Los señores de la barra pidieron ayuda y llegaron dos guardias de seguridad que se lo llevaron cargado al hospital, donde murió horas después.
Le dio un paro cardiorrespiratorio. Su cuerpo no resistió un descontrol más.
En Tel Aviv había muchas drogas, mucha fiesta, mucha música, mucho amor, muchas ganas, mucha libertad, mucho dinero, mucho mar, muchas resacas y muy pocas personas que yo quería realmente y que marcaron mi vida, como George, Elizabeth y Michael.
El gran Michael que murió en una noche de excesos sin permitirnos siquiera despedirnos de él.
Nosotros, los del Dizengoff, no habíamos amanecido aún ni nos habíamos recuperado del dolor de su partida cuando llegaron unos policías al hostal a preguntar por las últimas personas que lo habían visto con vida.
Resulta que el padre de Michael era un importante diplomático austríaco que jamás había aceptado la condición de su hijo: libertino, drogadicto y —ese día supimos— gay.
Viajó de inmediato e hizo que nos investigaran a todos los que lo conocíamos.
¿Quiénes eran los cómplices de Michael? ¿Qué amigos tenía?
¿Qué trabajos hacían? Nos acusó de ilegales.
Mientras la Policía nos pedía documentos y permisos de trabajo que no teníamos, mandó a sacar sus cosas de la habitación y lo mandó a recoger en la morgue sin que tuviéramos la mínima posibilidad de volver a saber de él, de despedirlo como se merecía.
Entre las cosas que le entregaron al padre había condones, vibradores y ropa de mujer.
En mi habitación, uno de los polacos lloraba desconsolado, y ese día nos dimos cuenta de que era la pareja de Michael.
Se habían conocido en el hostal y mantenían un romance secreto a prueba de nosotros.
Coincidían en los amaneceres. Cuando uno salía a trabajar y el otro llegaba de rumbear.
Tenían sexo en los baños, en la librería/discoteca y en la cocina del Dizengoff.
Todo eso lo supimos cuando el padre y los policías obligaron a la recepcionista de gafas de sol a revelar los videos de las cámaras de seguridad.
Quedamos estupefactos viendo a Michael vestido de mujer, encerrándose en el baño con el polaco.
¡Cómo me hubiera gustado haber sabido la verdad!
Habría ayudado a Michael con su corazón azorado y su clandestinidad, porque la vida son también los secretos que guardamos.
Los nuestros y los de la gente que amamos.
Todos tenemos una esquina oculta que no revelamos y que nos hace profundamente humanos porque es un rincón en donde somos vulnerables.
Pero con los años aprendí que hay, sin embargo, un océano de distancia, todo el Pacífico, si se quiere, entre guardar un secreto y vivir un secreto. Como lo vivíamos Antonio y yo.
Años después de esa fiesta mortal, cuando llegué a Viena en un viaje de amigas, visité los principales cementerios de esa ciudad, pensando que tal vez encontraría la tumba de Michael.
Revisé los registros, nombre a nombre, uno a uno.
Nada. Encontré el majestuoso panteón de su familia, en donde reposaban los restos de varios que llevaban su rimbombante apellido, pero él no estaba.
Su papá lo desapareció. Borró los rastros de su hijo sobre el planeta.
A nosotros, al otro día de la muerte, nos pusieron vigilantes/espías en la puerta del Dizengoff, quienes nos impidieron volver a trabajar, y el hostal entró en decadencia cuando uno a uno nos fuimos marchando ante la imposibilidad de continuar haciendo lo que hacíamos: ganar dinero.