Primera parte #7
Apliqué a un kibutz , me aceptaron y me marché al Medio Oriente, donde pasé un tiempo fenomenal, pero a mí, que los excesos me encantan, en algún momento me pareció que tantas tardes de licor y drogas eran demasiado.
Trabajábamos en las mañanas y después del almuerzo nos reuníamos alrededor de nubes de marihuana, carcajadas y botellas de vodka barato.
Éramos jóvenes y libres. Habitantes de un mundo en el que nos sentíamos seguros.
Jamás me aburrí, porque es imposible aburrirse con veinte o treinta jóvenes como uno, libres, con las piernas fuertes para caminar de país en país y con una infinita curiosidad por saber lo que ocurre en la siguiente frontera, cuando te sellan el pasaporte.
Pero como mi sueño real era viajar, no acabar con las neuronas que tenía, me marché del kibutz un viernes de Shabat y jamás regresé.
Me instalé en Tel Aviv, en el Dizengoff Square Hostel, un hostal de viajeros a donde desembocaban los que ya habían pasado por el kibutz , en busca de trabajo bien remunerado.
El Muro de Berlín había caído dos décadas atrás y muchos jóvenes de la antigua Cortina de Hierro, que crecieron en las restricciones del comunismo, les apostaban ahora a lugares como Israel, donde se pagaba bien por la mano de obra barata.
Fue así como meseros, cuidadoras de niños, limpiadores de casas y oficinas y lavadores de platos, no necesariamente con permisos para trabajar, coincidimos allí en una dinámica en la que checos, polacos, húngaros, australianos, ingleses y, claro, colombianos como yo, buscábamos experiencias nuevas o trabajábamos por necesidad para enviar remesas a los países de origen.
El Dizengoff era la casa de todos. Una recepcionista rubia, de gafas siempre oscuras y de pelo corto que hablaba perfecto inglés, un poco de alemán y nada de español, nos designaba al azar nuestro espacio en cuartos múltiples, de seis u ocho camarotes, en los que compartíamos la existencia con los vecinos de cama.
Yo le caí en gracia porque el día que llegué le compré dos cervezas y le ofrecí una a ella.
Por eso, cuando le pedí que me ubicara en un lugar silencioso y ordenado, me envió a la habitación de los polacos.
Seis muchachos, también en sus veintes, que trabajaban de noche y dormían de día.
Entonces, en realidad, eran muy pocas las veces en las que coincidíamos.
Yo era la única mujer del dorm . De la habitación. Me gustaba estar allí porque los polacos eran pulcros, cordiales y respetuosos. Hi, Carmen. ¿How are you?
De ahí no pasaban.
Viviendo con ellos, le hacía el quite al desorden de otras habitaciones en las que las parejas compartían una cama sencilla entre olores a cigarrillo, tabaco y alcohol que se mezclaban con el del sexo del amanecer.
En contraste, lo máximo que me pasaba con los polacos era despertarme en la madrugada y ver a alguno en calzoncillos mientras se tomaba una cerveza.
Me daba media vuelta y seguía durmiendo.
Los baños del Dizengoff eran comunitarios y nos turnábamos para limpiarlos, porque si le dejábamos esa tarea a los administradores, la mugre se nos metía por los poros.
Entonces, entre los polacos y yo destinábamos un día a la semana para el aseo general del dorm y otro para el del baño.
Lavábamos las cobijas y toallas y sacábamos las latas de bebidas que se habían quedado.
Yo me tomaba una copa de vino en las tardes, cuando llegaba de trabajar, y ellos, religiosamente, su cerveza cuando llegaban al amanecer.
Nunca coincidíamos en los horarios, pero los estragos de nuestros beberes quedaban depositados en el armario de al lado de la puerta, y cuando aseábamos la habitación, nos encontrábamos un museo de latas arrugadas y copas pegajosas que eran las esquirlas de la semana.
En las jornadas del orden, los veía reírse y limpiar en un idioma del que no comprendía nada, pero la felicidad se entiende en cualquier lengua.
El Dizengoff era un lugar en el que vivíamos en calma a pesar de las diferencias culturales, de la distancia de nuestros hogares y de la convivencia que, de todas formas, podía ser compleja.
Había una pequeña biblioteca que tenía cara de bar y en la que nos encontrábamos en las tardes, cuando unos llegaban y otros salían.
Allí conocí, entre el humo de los cigarrillos y el vodka, a Facundo, que terminó entregado a una pasión prolongada con mi amiga Elizabeth, y a George, un inglés encantador con el que me fui de viaje en un emocionante romance exquisito de buses, trenes y carreteras al ritmo del único CD que teníamos, que era de Fito Páez.
Hacíamos el amor juntando margaritas del mantel mientras los astros se reían otra vez , como dice la canción, y luego peleábamos, nos reconciliábamos y nos volvíamos a pelear hasta que terminábamos trepados en otro bus o en otro tren rumbo a un destino exótico, porque lo que nos gustaba y nos unía era viajar. Y hacer el amor después de pelear.
Nada fue fácil durante esos meses en Israel, pero los momentos de felicidad eran extremos y el aprendizaje, infinito.
Fueron tiempos de historias inconclusas y noches que se prolongaban indefinidamente.
Éramos sobrevivientes de los excesos y los corazones rotos.
Nos enamorábamos una noche para siempre y al día siguiente a duras penas sabíamos el nombre de ese amor eterno del amanecer previo.
Jugábamos a la rebeldía. A no sentir la nostalgia de estar lejos. A lidiar con las necesidades y a alimentarnos de lo que trajera alguno del restaurante en el que trabajaba o de lo que se robaba del supermercado local.
Tuvimos tristezas muy profundas, como la muerte del gran Michael en una de esas noches de fiesta.
Un guapo simpatiquísimo que era del parche del bar/biblioteca a las seis de la tarde, pero que solía pasarse de tragos y de drogas.
El amanecer en que murió habíamos bailado toda la noche en la discoteca del momento, con vista al mar sobre un malecón enorme de madera y una luna esplendorosa que iluminaba a Tel Aviv.
Era adorable, divertido, siempre pendiente de todos.
Del trago que tomábamos. De poner la música correcta en el momento preciso.
Rubio, de ojos claros, camiseta raída, pantalones desgastados, brazos fuertes, manos amplias, uñas impecables y maneras formales que contrastaban con su look de andariego descuidado y sus múltiples tatuajes en el cuerpo.
Mantenía una amplia sonrisa en el rostro y olía a cigarrillo trasnochado y a noche inconclusa.
No le conocimos nunca pareja ni se involucró con alguna de nosotras, las amigas del Dizengoff que compartíamos las adversidades de la soledad y la aventura.
A mí me atraía muchísimo por atento y detallista, pero él jamás pasó de sus cortesías, sus buenas maneras y sus abrazos conmigo cuando la noche se ponía turbia, la música era demasiado alta y yo me quería largar de donde estuviéramos para meterme en el mar.
Me acompañaba hasta la orilla y me trataba de convencer de no sumergirme.
Pero nunca lo lograba. Yo terminaba nadando en esas aguas heladas, con mis tragos encima, y luego del chapuzón, Michael me llevaba de su mano a mi habitación.
Los polacos casi nunca estaban en el dorm de noche, y hubiera podido meterme entre las piernas de Michael cuando me dejaba en la cama, pero él nunca abrió esa posibilidad. Era cercano, íntimo. Me abrazaba, me besaba en la mejilla con cariño y se marchaba. Good night, my dear .
Se aseguraba de que yo estuviera a salvo, y la verdad es que con él cuidándome desde la orilla del mar en esos amaneceres plateados adopté la mala costumbre de meterme al agua en la noche.
* * *
Esa costumbre del agua en la oscuridad solo se me quitó cuando Antonio, tiempo después, me salvó de morir ahogada.
Lo había acompañado a uno de sus viajes de trabajo en el Caribe y, como se había demorado tanto en regresar al hotel, yo me había tomado una bebida de más en el bar.
Cuando entró y me vio sentada en la barra, se me acercó sigiloso y me abrazó por la espalda.
—Vamos, mi amor —me dijo al oído.
Me di la vuelta, estiré los brazos lo que más pude para cubrirlo de lado a lado y lo besé apasionadamente.
Cerré el libro que estaba leyendo, Modern Love , una recopilación de pequeños reportajes de amor que habían sido publicados en el New York Times y que luego se convirtió en serie de televisión.
Me ha gustado siempre leer historias de amor.
Uno de mis libros de romance preferidos se llama El momento en que todo cambió , de Douglas Kennedy.
Un genial escritor estadounidense que cuenta la trágica historia de Petra y Thomas, una pareja de enamorados que se conocen en Berlín en tiempos de la Guerra Fría y que construyen un drama tan apasionante como triste.
Lo leí azarada y compungida. A este no le voy a hacer spoiler porque vale la pena leerlo.
Cuando lo terminé, lloré una tarde entera.
Es una historia durísima que lo deja a uno pleno de reflexiones sobre la confianza, las mentiras y la lealtad.
El amor de Petra y Thomas llegó a mis manos cuando Antonio estaba en sus peores momentos, luchando contra el covid-19, y, como si fuera un presagio de la tragedia que nos acechaba, me causó una tristeza muy profunda que me duró varios días.
Como si me hubiera puesto en el rostro una verdad irremediable: por más que nos amáramos, teníamos tiempo de caducidad.
Volvamos al bar del hotel.