Primera parte #6
Esa conexión entre dos individuos que se manifiesta pensándose mutuamente desde el amanecer hasta el atardecer se llama amor.
Desearse. Anhelar olerse. Gustarse. Casualidades extrañas y especiales que son verdaderos regalos de la existencia, porque es mucho lo que debe coincidir en las fuerzas del universo para que dos personas sientan al mismo tiempo semejante fascinación.
Desde el primer instante en que tuve cerca a Antonio y pude olerlo, fui consciente de eso.
Pero nunca supe en realidad qué buscaba él en mí.
Me amaba, claro. Pero yo ya había aprendido, con los impulsos desbordados de mi corazón, que el juego del amor implica admiración, cuidado y proyección, que no siempre Antonio tenía hacia mí.
Y sin esos tres cimientos es imposible avanzar aunque los corazones latan al mismo ritmo y contra los temores que encarna el amor.
El escritor húngaro Sándor Márai, a quien debo mi profunda inquietud literaria por esos países que alguna vez estuvieron al otro lado de la Cortina de Hierro y quien describe en su literatura las complejidades humanas como pocos, lo explica: “La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, porque tiene miedo al fracaso. Le da vergüenza entregarse a otra persona y más aún rendirse a ella porque teme que se descubra su secreto… el triste secreto de cada ser humano: que necesita mucha ternura, que no puede vivir sin amor”, dice en La mujer justa .
Fue uno de los primeros libros que mi papá me regaló.
Leo desde que recuerdo, no para resolver mis preguntas, que son infinitas y que solo con el trasegar de la vida he podido ir resolviendo, sino porque los buenos libros también están llenos de interrogantes, y entonces no me siento tan sola ni tan perdida.
Márai se suicidó nueve meses antes de que cayera el Muro de Berlín en 1989, el año en que nací.
Estaba sumido en una tristeza desesperante tras el fallecimiento de su esposa Lola, su hijo adoptivo y sus dos hermanos.
Tenía unos huecos muy profundos en el corazón, que comenzaron cuando el comunismo se apoderó de la libertad de su patria en 1948 y prohibieron la divulgación de sus libros en su país.
Murió exiliado en Estados Unidos escribiendo en carne viva.
“La soledad que me envuelve es tan densa como la niebla invernal, es palpable. Hasta la ropa huele a muerte”, fueron algunas de sus últimas palabras.
Agarró una pistola y se estalló la cabeza de un tiro, acabando con su vida, pero dejándonos unas letras que arderán para siempre en la historia de la literatura y en la mía propia.
¿Cuánta valentía falta para no negarse al desborde vital de las pasiones, para arriesgarlo todo, para dejarlo todo?
Nos envejecemos recordando el amor que tuvimos y no asumimos y preferimos, como Francesca y como Antonio, la comodidad de un destino predecible, sin fuego, a permitirle al azar reconstruir la densa y opaca monotonía que ha caído sobre nuestras cotidianidades.
* * *
Cuando nos conocimos, yo tenía 26 años y no se me habían quitado las ganas descomunales de comerme al mundo que he cargado desde la adolescencia.
Había encontrado en el arte una forma de vida y subsistencia.
Era fiestera, amiguera. Ahorraba lo que podía para recorrer el país y el mundo, de feria en feria, y atrás iban quedando los tiempos difíciles en los que tantos galeristas me habían negado oportunidades, tirándome la puerta en la cara.
Alguno me dijo una vez, incluso, que los artistas incipientes nos habíamos convertido en una plaga.
Antonio, por su parte, era un hombre en el esplendor de la madurez.
El inventor del humor ácido más preciso que he conocido.
Un tipo exitoso que no necesitaba más que mover los ojos para poner el mundo a sus pies.
A punta de audacia, talento y disciplina había logrado una importante colección de arte contemporáneo bastante relevante a nivel internacional.
Seguía siendo bohemia y andariega. Siempre lo he sido.
Me he sentido más cómoda en el perpetuo frenesí de un aeropuerto, corriendo para alcanzar una conexión imposible hacia mi siguiente destino que en la monotonía de una misma ciudad con esa vida de bostezo, establecida y predecible, que implica cosas como un matrimonio en vía de descomposición.
En mis veintes, andaba con un morral ligero, siempre buscando experiencias nuevas que para una colombiana eran muy distantes.
En mi lado del planeta, la generación de mis padres creció con las imágenes del Che Guevara viajando en moto por Suramérica y las de millones de migrantes europeos que llegaron a Buenos Aires huyendo de las hambrunas y las guerras del siglo XX.
El resto del mundo quedaba muy, muy lejos.
En mis años juveniles, Argentina ocupaba un lugar importante en mi lista de pendientes por la fascinación de mi padre con el tango, la carne y el vino.
Y porque, finalmente, Carlos Gardel murió en Colombia.
El rock , la historia de la dictadura de Rafael Videla, el fútbol de Maradona y la guapura de sus hombres me significaban una fantasía que quería vivir.
Por eso, cuando conocí a un argentino que me embelesó con historias de Cortázar, el “Polaco” Goyeneche y Borges, pensé que moriría a su lado escuchando tangos y criando a Mafalda.
Pero ni morí a su lado ni crie a Mafalda.
Estudié Arte. Y en los últimos semestres, cansada de la monotonía bogotana y con esas ganas de caminarme el mundo, me obsesioné con marcharme de Colombia. Trabajar. Ahorrar. Vivir una experiencia distinta.
Argentina fue una gran opción y, por supuesto, Brasil, cuya historia me ha estremecido siempre y es indudablemente uno de los destinos más seductores del continente americano.
El único imperio paralelo a un país europeo, que se terminó de consolidar cuando Juan VI, en noviembre de 1807, decidió escapar hacia el nuevo continente, huyendo del asedio de las tropas de Napoleón Bonaparte.
El monarca portugués se marchó en sus fastuosas embarcaciones con su séquito real desde Lisboa hacia el Nuevo Mundo.
Trasladó a sus doncellas, su corte, sus jamones, sus quesos y sus pieles y montó un reino similar al que tenía en Portugal, pero en Brasil.
Con ópera en la mitad de la selva amazónica en Manaos y con una preciosa casa de campo en Petrópolis, a una hora de Río de Janeiro, por si el calor del verano, la simpatía excesiva de la gente o la espectacularidad de semejante ciudad le incomodaban.
Su hijo, Pedro I, heredó el reino y se convirtió en el primer emperador de Brasil.
Se casó a los 19 años con la impecable María Leopoldina de Austria, europea heredera de los Habsburgo, una de las más antiguas y poderosas dinastías del viejo continente.
Como buen monarca, mientras su esposa lidiaba con los avatares de la selva brasilera, se enamoró perdidamente de Domitila de Castro, fogosa, preciosa y sin escrúpulos.
A Leopoldina el pueblo la respaldaba porque fue una gran defensora de la independencia brasilera y por solidaridad ante las infidelidades de su marido, el emperador.
Ella lo amaba, pero él deliraba por la ardiente Domitila, y por ese amor desmesurado puso en jaque la estabilidad de su familia y de su imperio.
Leopoldina se sacudió la infidelidad y la tristeza y, antes de morir, muy joven, a los 29 años, consiguió la gloria para Brasil y marcó el destino de dos continentes mientras su marido y la amante protagonizaban una bestial historia de pasión, poder y traición, que narra deliciosamente Javier Moro en El Imperio eres tú , uno de mis libros preferidos.
Siendo jovencita, soñaba con vivir en Brasil o en Argentina, pero ahorrar en pesos o reales resultaba una utopía.
Entonces, buscando posibilidades, apliqué a un kibutz en Israel, cuando el mundo aún no hablaba de Gaza y cuando el Estado judío tenía la legitimidad que los años horrorosos de la Segunda Guerra Mundial le habían dejado.
Israel seguramente ganará la guerra que libra contra los palestinos de Hamás, pero perderá su legitimidad.
Los tiempos más atroces y recientes de ese conflicto comenzaron tras el ataque del 7 de octubre del 2023, cuando un grupo de terroristas de Hamás se metió al kibutz Nir Oz, en territorio israelí, masacró a 1.
200 personas y secuestró a 250, en su mayoría civiles, incluidos unos 30 niños.
La respuesta del Estado judío, en cabeza del primer ministro Benjamín Netanyahu, fue brutal.
Bombardeos, hambruna, niños desnutridos y huérfanos, periodistas muertos, el desprestigio internacional y millones de voces reclamando justicia para Netanyahu y la conformación de un Estado palestino.
Los kibutz son pequeñas aldeas de carácter socialista, fundamentales en la economía de Israel.
Colonias —en su mayoría agrícolas— en las que viven judíos de diferentes partes del mundo que trabajan por igual en una especie de economía circular con alma de hipismo en la cual todo es de todos.
Pero no son solo para judíos. Sobre todo durante el verano, son visitados por chicos y chicas del mundo entero que llegan como voluntarios a vivir la experiencia de esas aldeas, a trabajar y a conocer amigos.
El Gobierno de Israel subsidia gran parte de lo que se consume en los kibutz y, al ser visitados por tantos jóvenes de diferentes lugares del planeta, se vuelven espacios en los que las vidas se articulan en torno a emociones extraordinarias de trabajo cooperativo y mucha diversión.