El olor del fin del mundo Primera parte #5
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Primera parte #5

Me puse muy dura y él también. Me quité los calzones para que pudiera tocarme más y se los puse sobre la cara para que los oliera.

Antonio cogió la cerveza que tenía en la mano y me la derramó encima.

Me dio escalofrío y lo siguiente que sentí fue su lengua recorriendo todos los pliegues de mi cuerpo. Todos.

—Voy a follarte —me dijo.

—No lo anuncies —le contesté.

Entonces, sentí por primera vez su embestida.

Nuestros cuerpos se unieron como piezas de un rompecabezas.

Estaba viva, completamente entregada desde los pies hasta el cerebro.

Nos mordimos, nos apretamos. Nos cabalgamos desfogados.

Nos reventamos de ganas contenidas. Recorrí con mi nariz y con mi lengua los recovecos de su cuerpo y dejamos de ser dos extraños para empezar a conocernos en un mundo en el que, desde ese instante, nos sentimos cómodos y vivos: el mundo de la pasión.

Como si nuestros besos hubieran estado guardados en el refrigerador de la eternidad para ser descongelados ese día.

Cuando terminamos, supe que irremediablemente me enamoraría de él.

Antonio, en cambio, estaba convencido de que seríamos temporales.

Quería tener conmigo una aventura pasajera, descartarme, chulearme como se hace con las tareas pendientes.

Una vez, tal vez dos. O tres. Pero no más.

Una historieta con la bonita que acababa de conocer.

Nada memorable. Algo que no interfiriera con la estabilidad de su vida.

Pero el destino nos tenía guardado mucho más que un par de veladas y esa tarde comenzamos una conversación que terminó años después, cuando ya no me cabían más fisuras en el alma y él ya no estaba ahí para remediarlo.

Aunque en realidad nunca supe cómo actuar frente a todo aquello que me producía, cómo comportarme con ese deseo tan avasallador que me despertaba, a qué hora escribirle, si llamarlo o no, cómo buscarlo, cuándo iba a aparecer, cuándo no, fui aprendiendo, a partir de esa tarde, a conocer sus límites, sus excesos y sus condiciones.

Me volví experta en seguirle el ritmo a sus horarios y él a mi libertad.

En ese tiempo, mi vida transcurría entre los estudios del postgrado y mi trabajo en la galería de arte, en la que me dedicaba a armar y desarmar exposiciones a cambio de que impulsaran mi obra.

De vez en cuando, con algo de suerte, un comprador se llevaba uno de mis cuadros y eso me permitía pagar por adelantado los servicios domiciliarios de varios meses y comprarme un vestido.

Él, por su parte, deambulaba entre nuestras tardes secretas, sus negocios y su vida en un mundo que, a pesar de las obviedades, yo prefería evadir, como evocando el sabio proverbio ruso que dice: “si no quieres que te mientan, no preguntes”.

Le gustaban el jazz y la música clásica, como a mí.

Pocos sabíamos de su talento oculto para tocar el saxofón, que había aprendido durante su tiempo de universitario en Nueva Orleans, y cada año nos escapábamos al festival de música de esa ciudad durante tres o cuatro días en los que nadie era más feliz que yo al lado del río Mississippi… y de él.

Cuando nos amábamos, nos amábamos de verdad.

Mientras hacíamos el amor, no parábamos de mirarnos y nos esmerábamos por complacer al otro, por fascinarlo, por hacerlo llegar al clímax en una seducción perfecta.

Era una pasión inmensa la que sentíamos, una complicidad absoluta en todo el cuerpo, como si el mundo solo girara para los dos.

ANTONIO

Mensaje de despertar.

Y me llegaba una canción.

Tus ojos son un cielo embrujado, son lluvia de estrellas.

Tu boca, la fuente que emana la savia de amor.

Tu pelo, figura que calma al morir las horas.

Tus manos, la cera que cura tristeza y dolor.

CARMEN

Estoy profundamente enamorada de ti.

De cada esquina de tu ser. De tus canciones.

De lo que me dices y me haces. De tus besos deliciosos.

De tus palabras. De tus pensamientos.

Estoy enamorada de lo que sea que seamos nosotros dos.

ANTONIO

¿Alguna posibilidad de que pases

por mi oficina más tarde?

CARMEN

No creo. Me da pereza el escrutinio.

Siempre intenté cuidarnos, mantenernos ocultos, que nadie sospechara de lo que teníamos y éramos precisamente porque teníamos y éramos mucho.

Estaba convencida de que la mejor manera de proteger nuestro tesoro era manteniéndolo alejado de cualquier foco.

Yo era una artista incipiente, joven, apenas en construcción, y él era un hombre importante, bastante mayor que yo, con una vida que me negaba a ver.

¿Cómo iba a aceptar que estaba con alguien más si juntos éramos todo lo que un hombre y una mujer pueden ser?

ANTONIO

Como quieras.

Me gustaría verte, pero entiendo si te incomoda venir.

CARMEN

No me quiero exponer.

Siempre fui consciente de que encontrar semejante nivel de conexión es un tesoro, un tipo de certeza que ocurre pocas veces en la vida, como le dijo Francesca a Robert en Los puentes de Madison , la mítica película protagonizada por Clint Eastwood y Meryl Streep, que en 1996 se convirtió en un himno al amor y terminó de catapultar a Streep como la leyenda del cine que es.

Francesca Johnson era una mujer casada, con dos hijos, que vivía en un pueblo cualquiera de Estados Unidos en el que nunca pasaba nada, cuando conoció a Robert Kincaid, un célebre fotógrafo de la National Geographic que llegó al poblado a retratar los hermosos puentes de la zona.

Se conocieron y al cabo de unas horas se sumieron en un romance de locos que duró los cuatro días que él permaneció en el lugar.

Días y noches de una pasión deliciosa y una complicidad alebrestada por el afán, por el límite, porque él —sí o sí— se marcharía.

—Vente conmigo —le propuso la última velada que compartieron juntos, después de hacer el amor en una ducha vaporosa y de muchos besos. El cierre perfecto para la despedida de un amor cinematográfico.

Ella estaba sentada en un pequeño comedor de la cocina, alterada porque no entendía la locura del amor que la había atropellado, con los ojos rebosados de llorar y las manos sobre los labios.

—Déjame decirte por qué no me puedo ir. Tengo dos hijos. ¿Qué les voy a decir cuando sepan que su madre se marchó? —contestó.

Él la miró con resignación. La abrazó con el alma rota y las canas más blancas que cuatro días atrás.

Sabía que lo que le estaba sucediendo era extraordinario.

Ese tipo de certeza que ocurre pocas veces en la vida y que muchos mueren sin haber sentido.

Un amor que hace que se olvide la realidad.

Una presencia que borra las frustraciones de lo imposible.

Que nos intenta convencer de no estar tristes porque, en el fondo de nuestras entrañas, confiamos en que estaremos juntos.

Robert la volvió a besar. Le limpió las lágrimas.

—Te estaré esperando unos días —le dijo y se marchó.

Horas después llegó el marido del viaje.

Francesca lloraba, escondida entre las puertas de su casa.

Revisaba su clóset, su cocina, sus utensilios, como seleccionando lo que se llevaría.

Suspiraba. Por un momento pensé que se marcharía con él.

Pero no. Llevada por esa culpa tan femenina y amarrada a una familia estable, sin sorpresas, se negó a un nuevo despertar de su vida.

Pasó la noche sentada en la misma mesa de la cocina, con el mismo vestido beige puesto, mientras las horas pasaban como el detonador de una bomba, reduciendo uno a uno los segundos que le quedaban para no volverlo a ver.

La mañana siguiente, llegó en el automóvil con su marido al parqueadero de un supermercado, donde estaba Robert.

Llovía a cántaros. En cuanto el esposo se bajó del carro, Robert se acercó y se quedó de pie, cerca al vehículo, empapado, mirándola fijamente.

Ella suspiró en su asiento. Agarró la manija de la puerta como intentando abrirla para marcharse con él.

Pasaron segundos de miradas muy profundas, como las que se habían dado desnudos la noche anterior.

Silencio. Seguía lloviendo. Más silencio.

Más lluvia. Las miradas fijas clavadas en el otro.

Pasaron cinco, diez, quince minutos. Pasó la vida que se les escapaba de las manos.

El marido regresó cargado de bolsas y se sentó en el puesto del conductor.

A su lado, Francesca se agarró el corazón como si se le fuera a escapar del cuerpo.

Cerró los ojos, lloró desconsolada una lágrima tras otra mientras Robert le sonreía a la distancia, mordiéndose los labios.

Con compasión, con tristeza, conteniendo él también su propio tormento.

Ella levantó un poco las cejas, respiró profundo y cerró los ojos. Déjame decirte por qué no me puedo ir.

Robert entendió. Dio media vuelta, se montó en su carro, se quitó la cadena con el Cristo que ella le había regalado y la colgó del retrovisor. Francesca soltó la manija de la puerta y se desgonzó en la silla del copiloto. No fue capaz de irse.

Robert hundió el acelerador, se marchó y así terminó uno de los romances más fabulosos de la historia del cine. Qué dolor. Qué escena. Y qué tamaño de realidad. No se puede dejar tan fácilmente la vida.

Como en un buen idilio, se recordaron hasta el último aliento.

Y como la película tiene casi tres décadas, puedo hacer spoiler .

Cuando él murió, casi quince años después, ella recibió una caja con algunas de sus pertenencias: la pulsera que no se quitaba del brazo izquierdo, el esfero que llevaba colgado de la camisa, los binoculares con los que esculcaba paisajes a la distancia, su cámara fotográfica, la cadena y, lo más demoledor, un libro con las imágenes tomadas durante aquellos días maravillosos en los que pensaron que el amor era posible, con una dedicatoria que lo decía todo: “Para F”.

Él tampoco la olvidó jamás.