Primera parte #4
Cuando comenzaron a prender las luces y los músicos salieron con sus saxofones en la espalda, me acompañó caminando hasta la puerta de mi casa y no fui capaz de decirle que subiera ni él de pedirme que lo dejara subir.
No sé por qué. Era la primera vez que un hombre me gustaba tanto, me intimidaba tanto…
A las mujeres, cuando un hombre de verdad nos gusta, nos cuesta trabajo invitarlo a pasar.
Preferimos que nos corteje, que dé el primer paso.
Ellos… no sé. Jamás he podido descifrar la capacidad de iniciativa de los hombres.
Si quieren subir, ¿por qué no siempre lo dicen?
Se pueden marchar campantes, como si el adiós no les importara, y uno se queda tambaleando, con ganas de decirle que por favor se devuelva, que lo está esperando.
Pero ya es tarde y ya la noche con sus posibilidades se ha ido.
Nos despedimos en la puerta de mi apartamento con un beso cortísimo pero intenso, un medio mordisco húmedo en la esquina de los labios. El preludio de los miles similares que nos daríamos en adelante.
Llegué obnubilada a mi cama. Quería todo con él.
Estaba convertida en un océano bajo mi ombligo.
Ansiaba probarlo, que sus brazos peludos me asfixiaran, que metiera sus manos enormes entre mis piernas.
Me dormí embrutecida por el alcohol, por el recuerdo de nuestra noche y por su olor, que se me impregnó en los dedos cuando le acaricié la parte de atrás del cuello.
No pude conciliar el sueño. ¿Qué tenía Antonio para alterarme así?
Salió el sol y yo seguía mirando el celular, tarareando las canciones que habíamos escuchado juntos, recordando la conversación.
Antonio. Tu olor. Tu aliento. Tus ojos sobre los míos.
Nuestras ganas de seguirnos escuchando. Este deseo tan brutal.
Ya con la luz del día encima, logré dormir un poco, y cuando me desperté con resaca, lo primero que hice fue mirar de nuevo el teléfono. ¡Me había escrito!
ANTONIO
Buenos días, artista.
Quisiera volverte a ver.
Quedé estupefacta. ¡Apareció! ¡Antonio apareció!
¿Contesto ya? ¿Qué digo? Calma, Carmen, calma.
Que no se te note todo tanto. Salté de la cama.
Me tomé dos pastillas de acetaminofén para calmar el dolor de cabeza que sentía por el exceso de licor y me serví un café como me gusta, doble, denso, con un poco de leche y sin azúcar.
Metí el celular debajo de la almohada, como si fuera un animal en celo que me iba a morder, como si escondiéndolo de mis ojos pudiera evitar la tentación de agarrarlo y contestar de inmediato.
Tenía planes para encontrarme con un grupo de amigas para almorzar en el restaurante del momento: un francés de ambiente bastante ameno en el que tomábamos vino y comentábamos las exposiciones y las noticias.
Agarré el teléfono. Leí de nuevo su mensaje.
Quisiera volverte a ver. Me tumbé una vez más en la cama y cerré los ojos.
Intenté dormir, pero no pude. Las imágenes de la noche previa se estrellaban en las paredes de mi cerebro y mi corazón latía, desbocado.
Estaba desesperada por tenerlo cerca de nuevo.
Lo que más me impresionó de esa noche fue el nivel de conexión que tuvimos, la conversación tan fluida, tan íntima, tan abierta entre dos desconocidos.
CARMEN
Buenos días .
Escribí, tajante, intentando disimular mi emoción.
ANTONIO
¿Cómo está tu tarde?
CARMEN
Tengo un almuerzo, pero luego estoy disponible.
Acordamos encontrarnos a las seis de la tarde en una librería que se convertía en bar cuando caía la noche.
Me metí a la ducha. Me quedé un buen rato sintiendo el agua sobre mi cuerpo y repasando su mirada.
Antonio. Antonio. Me sentía guapa. Mi cuerpo estaba torneado, firme.
Preciso para ser recorrido por esas manos enormes.
De solo imaginarlo, me mojé sobre lo mojada que ya estaba y me toqué frente al espejo, como me gustaba, para calmarme un poco.
Me puse un vestido azul oscuro, largo, una chaqueta de jean y unas botas.
Salí al almuerzo con las amigas: una panameña fascinante que trabajaba en el servicio diplomático de su país y una DJ roquera más joven que yo, que nos invitaba a almorzar a su casa los domingos para que le ayudáramos a perfeccionar su receta de pollo al curry .
Con ellas me divertía siempre. Solucionábamos las inquietudes románticas y decretábamos lo que el destino nos debía entregar.
Estábamos conversando, probando el vino blanco que acababa de llegar a nuestra mesa, cuando de repente vi a Antonio.
Entró al restaurante con una mujer. Por poco me atoro.
Me puse nerviosísima. Me miró a lo lejos.
Se sentó en una mesa al otro lado de la mía y ya no lo vi más.
No nos saludamos. No pude almorzar. Tenía la cabeza en la barra de la noche anterior, en su olor, en sus whiskies y mis vinos y en sus ojos increíbles que ahora no me miraban.
¡No puede ser esta coincidencia!
¿Hay un gnomo en algún lugar del planeta jugando con nosotros como si fuéramos fichas que arma y desarma para reírse de nuestros destinos? ¿O es la vida, que se las ingenia para advertirnos lo que nos puede pasar?
Dice Patrick Modiano en su libro Villa triste que hay “seres misteriosos —siempre los mismos— que montan guardia en todas las encrucijadas de nuestras vidas”.
Tal vez sean esos seres los autores de las coincidencias que tanto nos desarman, porque claramente hay pocas cosas tan perturbadoras como las coincidencias.
Nos despiertan los sentimientos que guardamos en las entrañas y sobre los cuales casi no tenemos manejo: la rabia, la incertidumbre, el miedo, la sorpresa.
Lo inesperado. Lo que nos cambia los planes y la rutina.
Encontrarse a alguien a quien uno amaría encontrarse en circunstancias distintas, en medio de una enorme ciudad, es una sorpresa y una gran coincidencia que nos puede alegrar la vida o idiotizar de inmediato, como me pasó a mí.
No quería estar un segundo más en ese lugar. Me despedí, con cualquier excusa, de las amigas que querían seguir la velada.
—Tengo que ir a la galería a revisar una exposición —les dije.
Estaba intranquila. Habíamos pasado juntos una noche fenomenal, de una conexión increíble, y ahora ni siquiera me saludaba en un restaurante.
¿Me vio? ¿Quién era ella? ¿Por qué no me había saludado?
¿Qué tamaño de pecado, aún por cometer, cargábamos encima para que nos encontráramos como dos individuos cualesquiera, en un lugar a las dos de la tarde, y él siguiera derecho sin siquiera levantar su mano en el más elemental gesto de saludo? Y yo ¿por qué no le dije “hola”?
Salí del restaurante en medio de todos estos pensamientos, y cuando iba a subirme al taxi, sonó mi teléfono.
ANTONIO
¿Nos podemos ver ya?
CARMEN
Sí. ¿Dónde?
ANTONIO
Dime tú. ¿Qué quieres hacer?
CARMEN
Quiero verte también.
Me dio la dirección de un apartamento ubicado en el norte de Bogotá. Y también una clave de ingreso.
Me demoré una eternidad en el tráfico infernal de las cuatro de la tarde y cuando llegué, bajo un cielo nublado a punto de descargar un aguacero, ya me estaba esperando.
—Hola —dije desde la puerta.
El lugar era pequeño: un sofá blanco entrando a la izquierda, una cama doble con un tendido azul claro situada al fondo, una pequeña nevera de hotel, un baño diminuto con una ducha en la que no cabríamos, un ventanal enorme de lado a lado y Antonio mirándome.
—Ponte cómoda —me sugirió.
Eso hice.
Me quité la chaqueta y me senté en el sofá. Él abrió dos cervezas heladas que sacó de la nevera y me ofreció una.
—Gracias —le dije y pude volver a detallar sus dedos que tantas veces sentiría en mi cuerpo.
Se sentó a mi lado en silencio.
—Qué bueno volverte a ver —me dijo.
—Estoy asustada —contesté.
Temblaba.
Sonrío y se me acercó suavemente.
—¿Qué te pasa? —me preguntó con esa sonrisa de atorrante que tenía.
—No sé. Nada. Todo. Me pones nerviosa.
Siguió sonriendo.
Me puso su mano sobre mi muslo y me empezó a acariciar, haciendo que la tensión entre los dos incrementara con cada movimiento suyo sobre mi piel.
No me opuse. Su olor era el mismo de la noche anterior, una mezcla dulce y rara de tabaco fresco con madera, vainilla, gotas de almíbar y un par de cítricos, que respiré hasta las entrañas.
Acercó despacio su rostro al mío. Me besó los labios, las mejillas.
No me pude detener ante el placer que me generaba tenerlo cerca. Su olor me embriagaba.
Al principio, todo fue muy despacio, sensual, romántico.
Antonio deslizó sus manos con suavidad desde mis rodillas hacia a mi cintura.
Me acarició las caderas, el estómago, alrededor del ombligo.
Me metió sus dedos debajo de la blusa y se dedicó un rato a tocarme con suavidad los pezones, que estaban enardecidos.
—Me estás matando —le dije.
Mientras me tocaba, me besaba. Me mordía las orejas, el cuello. Bajó con sus labios carnosos por la carretera que conduce desde mi rostro hacia mi ombligo. Me levantó la falda y, como si me leyera la mente, puso sus manos entre mis piernas.
Contuve la respiración.
Mi cuerpo estaba ardiendo.
—Todo está bien —me dijo al oído.
Yo le creí. Me sorprendió tener semejante nivel de intimidad con un extraño, pero por razones inexplicables me sentí segura con él a mi lado. Había acumulado suficiente libertad en mi vida y en ese instante la reclamé.
Comenzó a tocarme entre las piernas, de forma circular, sabiendo que me enloquecía con su ritmo impecable. Estaba acalorada e hirviendo. Metió sus dedos adentro de mí. Los movía mientras yo me retorcía y me empapaba cada vez más.
—No pares, por favor —le dije.
—Solo voy a parar cuando tú quieras —me prometió.
—Entonces, nunca.