El olor del fin del mundo Primera parte #3
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Primera parte #3

Siempre, después de semejante clímax, yo terminaba destruida.

Desconsolada. Sabía que no podía continuar con esa relación tan intensa y dañina.

Era joven, guapa, libre para amar. Tenía pretendientes y amigos que me proponían noches de salsa y cenas al aire libre, pero yo me negaba.

No tenía tiempo ni ganas de conocer a alguien que impactara mi vida.

Antonio era dueño de mis pensamientos y prioridades, aunque jamás me acostumbré a la clandestinidad que nos regía.

Nunca confesé quién era ese hombre con el que me encontraba tarde en la noche, cuando me marchaba, prudente, de alguna fiesta para escaparme con él ni revelé quién, al otro lado del teléfono, en medio de una cena de amigos, me conducía hasta el baño, desde donde le enviaba fotos de mis manos tanteando las ciénagas de mi cuerpo mientras nos decíamos cómo y dónde tocarnos.

Salía roja y sudorosa a enfrentar el mundo con mi secreto a cuestas, con él tan lejos y tan cerca, como el título de la película de Win Wenders que transcurre en Berlín, con música maravillosa de U2.

Faraway, so close! Como nosotros después de un orgasmo virtual y efímero con el que calmábamos por un rato las ganas que manteníamos de devorarnos.

—Vamos —me dijo aquella vez.

Ya voy. Me terminé de limpiar los residuos de maquillaje en el rostro y de sus pasiones en el cuerpo. Abrí la puerta del baño y lo encontré ya vestido, con la corbata perfectamente puesta y sacudiéndose con esmero los vestigios de nuestras horas previas para no dejar huellas.

Me abrazó con fuerza una vez más y me dio un beso seguido de otro.

—Te amo —me aseguró sin titubear.

—No te creo —contesté.

—Ese sí es problema tuyo.

—De los dos.

—Tuyo, que no me crees.

Sonreí. Sabía deshacerme. El problema no era si le creía o no.

El problema era que su manera de amarme no era suficiente.

Nunca lo fue. Sin importar cuánta alegría viviéramos cuando estábamos juntos, la despedida era un zapatazo en la cabeza que me mandaba de bruces contra una realidad dolorosísima que me negaba a aceptar.

—Vamos —le dije.

Se quedó mirándome, como detenido en el tiempo.

Ya a esas alturas sabíamos que había un iceberg entre los dos.

¿Qué faltaba para que nuestro romance terminara?

¿Cuántas veces más sentiría yo ese vacío entre las costillas que me causaba despedirme de ese hombre?

Meneé mi cuerpo y mi pelo. Me sacudí la falda larga de brillantes que llevaba puesta, me estiré la chaqueta de cuero.

Agarré con fuerza la cartera roja que él me había regalado en la Navidad anterior y emprendí mi camino.

Al momento salió él.

La calle nos recibió con un ventarrón helado bogotano que apagó los residuos del fuego que llevábamos aún encima.

El vendedor de cafés ambulantes de la esquina se resguardó bajo su paraguas y el cuidador de los carros dejó de zangolotear su trapo blanco, envejecido y engrasado.

El planeta entero se detuvo. Una ráfaga de imposibilidad nos despelucó.

Las calles estaban mojadas. Antonio dio un par de pasos lejos de mí, se volteó, me miró y sonrió.

Yo le guiñé un ojo. Bajó la cabeza. Se marchó.

Caminé despacio para no resbalarme. La noche olía a olvido.

A desconsuelo. A besos con horario. Y, ya sin nosotros haciendo maromas para encontrarnos, la ciudad se volvió infinitamente triste y sola.

Esa fue la última vez que tuve a Antonio, a mi Antonio, adentro.

* * *

Nos conocimos en un supermercado en noviembre del 2014.

Y fueron los supermercados los que, de alguna manera, nos salvaron seis años después, durante la pandemia, cuando en aquellos tiempos tan fatídicos se convirtieron en algunos de los muy pocos lugares a los cuales una persona corriente como yo podía ir.

Un martes en la tarde, durante mi último semestre de universidad, en un descanso de las entregas finales, fui al supermercado cercano de mi casa a comprar los víveres de la semana y algo más para enredar el antojo causado por los lienzos y el óleo.

Cuando terminé de hacer mi selección y era el momento de cancelar en la caja registradora, me percaté de que no llevaba la billetera.

Ya habían pasado por la caja las lechugas, los panes, los quesos, el pollo, la carne y el salmón.

La cajera hacía cara de impaciencia. Detrás de mí había seis o siete personas con la misma actitud casi desesperada de ella.

Me azaré. Sin billetera no tenía cómo pagar.

En esa época, los giros electrónicos, y todos esos mecanismos contemporáneos que se fueron inventando para desaparecer los billetes, no existían.

—Mil disculpas —dije— ¿Podría, por favor, guardarme los paquetes mientras voy a mi casa por dinero y regreso?

Un hombre maduro, de pelo canoso abundante, piel bronceada y con unas manos capaces de abarcarlo todo, se saltó la fila y se acercó a mí.

—Yo pago lo de ella —le dijo a la cajera.

Sacó una tarjeta y canceló mi mercado. Era guapísimo. Unos ojos increíbles, almendrados, grandes y profundos. Me llamaron especialmente la atención sus brazos firmes, musculosos, lanudos, que alcancé a detallar a pesar del agite del momento, asomándose por debajo de un saco beige .

—¡Qué vergüenza! —le dije.

—Tranquila.

—Deme su número, por favor. Prometo que le devuelvo todo.

—Tranquila —repitió.

Sonrió. No parecía tener intenciones de establecer contacto alguno conmigo.

Lo suyo había sido un gesto de cordialidad con una jovencita medio perdida en un supermercado.

Me entregó mis paquetes y regresó al puesto en el que estaba en la fila.

Quedé sonrojada e impactada. Antonio siempre me dejó así: impactada, sonrojada, fascinada. Con ganas de más.

Agarré mis bolsas y me marché.

Tuvieron que pasar muchas lunas para volvernos a encontrar.

Yo sospechaba que vivía en mi mismo barrio.

Aquel día estaba a medio vestir, con ropa deportiva, despelucado, con actitud de domingo, como si estuviera listo para meterse en la cama a ver una serie de Netflix.

Por eso, con la esperanza de reencontrarlo, volví al mismo mercado a la misma hora, varias veces, durante varios meses.

Lo buscaba entre los escaparates y hasta le pregunté alguna vez a la cajera de aquella ocasión si tenía algún rastro de él.

Nadie parecía conocerlo. Se había esfumado.

Pero como la vida, que es tan bella y difícil, no se guarda nada, nos volvimos a encontrar varios meses después, cuando yo ya no lo buscaba, en una noche de fiesta, en el bar de la esquina de mi apartamento, un lugar al que solía ir un fin de semana sí y el siguiente también, sola, acompañada, alegre o triste.

Su barra era mía y quienes atendían me conocían en todos los estados posibles.

Me habían visto reír a carcajadas, llorar, besar, coquetear.

Conocían mi cara de preámbulo amoroso cuando me excedía en tragos y también la de aburrimiento cuando ya me quería ir a dormir y no sabía qué excusa sacar.

Me cuidaban. Era un lugar en el que me sentía cómoda.

Esa noche, ante mi total sorpresa, mientras sonaba un saxofón exquisito y yo me embriagaba con el jazz y el vino tinto, se me acercó con su mirada enloquecedora el mismo hombre que había conocido como un relámpago meses atrás en un supermercado. El corazón se me detuvo.

—¿Sí sacaste hoy la billetera para pagar ese vino? —me dijo, irónico, para romper el hielo.

—¡Upa! Apareciste…

—¡Upa! Te diste cuenta de que no había aparecido…

—Uff… hace rato te esperaba —dije.

—Mucho gusto. Antonio.

—Carmen.

—¿Te puedo invitar a un vino?

—A uno solo no.

Sonrió. Se sentó a mi lado en la barra y nos tomamos una bebida y luego otra y otra más.

La noche se extendió mientras hablábamos sin parar sobre nuestras banalidades, nuestras memorias, nuestros amores, los primeros besos que dimos, los sueños que tenían esos niños de ocho años que alguna vez fuimos, las ganas de conocer cada esquina del mundo.

Nos contamos la vida como si viniéramos de una anterior juntos.

Tuvimos una conexión especial, una conversación enriquecida con nuestra curiosidad por el otro mientras bebíamos desaforados y el piano sonaba alrededor.

Ninguno de los dos quería que el amanecer llegara.

Estábamos enloquecidos por conocernos más, por escuchar anécdotas, por comprender quién era esa persona que nos causaba tanto magnetismo.

Fue la primera vez que reparé en su boca gruesa, apetitosa. Un absoluto martirio estar a su lado toda la noche mirándole los labios que quería tener sobre los míos.

Era de una guapura extraña. Serio, de palabras medidas y de mirada muy profunda.

Yo lo hacía reír con lo que le contaba y, entonces, cambiaba su rostro por completo y dejaba de mirarme como mafioso albanés.

Hasta a mis muertos los reviví esa noche.

Le conté de mis viajes, de mis amores enterrados, del infinito dolor que jamás superé tras el fallecimiento de mi padre.

Me contó de su hijo adolescente que quería ser pintor, como yo.

Le expliqué lo difícil que era sobrevivir a punta de pinceles.

Pero él, seguramente, con ese padre tan potentado, no tendría mi misma suerte.

Con certeza, le costaría menos la vida en el mundo del arte de lo que me costaba a mí.

—Estoy feliz aquí, contigo —le dije cuando la noche iba terminando.

—Yo también. Hace mucho no me sentía tan bien —me aseguró.